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Por Juan Jesús Jiménez

Puebla, México, 8 de febrero de 2021 [00:01 GMT-5] (Neotraba)

¡Dejen de leer! ¡Quemen los libros! ¡Quemen a sus autores! ¡Que ardan las bibliotecas! Sí, creo que eso sería el fin del mundo. Pero, de cierta forma, dichos gritos destartalados podrían tener una justificación ante la realidad actual; la literatura es subversiva, conspirativa, malvada y provocativa para el lector. Me alegro de que así sea.

Una de mis amigas dirá que soy elitista, y sí, creo que puedo serlo con un arte del que intento aprender y que realmente me hace feliz. La literatura, por sí sola, no es buena ni mala. Hay libros buenos y malos, sí, hay obras más destacadas que otras, pero la literatura no obedece a un juicio predeterminado por el ser humano. Me detendré un poco a explicar este punto, con el fin de saber porque es que uno podría pedir que ardieran las bibliotecas.

Sangre de campeón de Carlos Cuauhtémoc Sánchez
Sangre de campeón de Carlos Cuauhtémoc Sánchez

Punto A: ¡Maldito seas, Carlos Cuauhtémoc!

Dudo que mi columna la lea este escritor, pero si lo hace: ¡eche cotorreo hombre! igual y puede ayudarle a mejorar su trabajo. Dicho esto, continuemos; ¿por qué existe la segregación de libros buenos y malos? A mi opinión, radicaría en la forma y fondo que se le impregna a un texto, el efecto sensible que pueda ocasionar en el ser que le contempla y mejor aún, las inquietudes que los muevan a raíz de la obra. Un buen libro por ejemplo, sería aquel que cumpla con su propósito inicial, sea cual sea; a diferencia de un mal libro, que solo fuera un compendio de palabras que no llegan a ninguna parte.

Los autores de libros de superación personal, de historias de inspiración (como la infame saga de Sangre de campeón) son buenos libros porque sirven a su propósito de comunicar (como toda obra que parta del lenguaje), pero solo llegan a ese punto, no proponen algo distinto a lo que conocemos ni se atreven a experimentar con las anormalidades que este mundo ofrece. Y ese, en gran parte, hace que aunque Carlos Cuauhtémoc sea un autor de libros, no es un creador de literatura.

Aura de Carlos Fuentes
Aura de Carlos Fuentes

Punto B: Mi arte es superior y si no te gusta, vete

Creo que es sumamente fácil caer en este tipo de frases, más cuando empieza a meterse en el ambiente y tiene una buena aceptación de su círculo social, pero la próxima vez que lo escuche o lo diga, ponga –o póngase– una papa entera en la boca y no lo deje continuar, porque no: ningún arte es superior a otro. La vanidad que puede desarrollar un artista, de cualquier tipo, es algo comprensible pero no tolerable y mucho menos si se quiere formar una obra de calidad. Nutrirse de otros y compartir lo que se sabe es lo más apropiado para crecer en un panorama sensible, y se debe tomar en consideración cada una de las cosas que componen el universo que habitamos.

En caso de la literatura, la fotografía podría dar la pauta a visiones surreales surgidas de la naturaleza óptica; o de la música, esa extensión no corpórea del sentimiento; de la pintura la interacción casi infinita de pigmentos sobre un lienzo. El arte, así como los conjuntos matemáticos, no son autocontenidos, son movimiento que se comparte.

Al evaluar una obra pasa algo parecido: determinar si solo es un libro o forma parte de la literatura es el primer paso, lo que sigue es la descripción de las razones por las cuales, un texto puede ser considerado como literatura. Apegándonos a esto, tomaremos de ejemplo a la novela “Aura” de Carlos Fuentes.

Leerla provoca en nosotros un sentimiento nostálgico, casi como si viviéramos en carne propia el paso de los años dentro de la casa sin número. Sabemos entonces que es un buen libro porque cumple con su propósito inicial: contar una historia y la comunicación entre la ficción y una locación real –la Ciudad de México. Ahora, las razones que le dan el título de obra literaria están en su estructura y en el modo que hace uso del lenguaje.

Si la revisa, se dará cuenta que en todo momento nos vemos envueltos por un círculo narrativo, desde las oraciones que nos cuestionan como una voz en nuestra cabeza, hasta la visión de un futuro que todavía no se cumple, porque no hemos leído el periódico, ni lo hemos releído por un anuncio en él.

La novela es en sí, como la casa, que parece interminable y que muestra cosas que no están ahí –supongo que de ello se desprende la narración futura. Y de la confusión, de la manera de narrar en futuro sin hacerlo cansado, es de donde viene la genialidad de un texto, que le vale la etiqueta literaria.

Así ocurrirá con la fotografía, o con una pintura, una escultura, una obra de teatro o un baile; para adquirir un aspecto artístico deben cumplir con una comunicación entre lo real y la ficción y además, proponer algo distinto a lo que se tiene. Como el tiempo y la memoria de una fotografía –en el caso de Aura.

Pigmeo de Chuck Palahniuk
Pigmeo de Chuck Palahniuk

Punto C: ¡Eres un enfermo!

Si existe una obra que impacte al lector desde las primeras páginas es Pigmeo de Chuck Palahniuk. Un humor negro como ningún otro, una trama que en la vida real parecería un chiste de mal gusto y temas como la violación, el abuso infantil, el uso de armas, problemas psicológicos y palabras tachadas (para proteger identidades, claro), hacen que el lector desarrolle cierta empatía con las anotaciones del agente que nos narra la historia. De acuerdo a los dos puntos anteriores, es un buen libro y es literatura.

La incertidumbre surge de las temáticas que menciona de forma directa o indirecta; la literatura puede causar ese tipo de efectos al tratar las cosas que nos son incómodas como seres humanos. Pero ese es el primer problema, la ficción no tiene la intención de ser agradable ni cómoda, solo de ser ficción, de explorar las cosas que de forma natural no podríamos ver (aunque estén ahí).

¡Al que le guste la literatura es un enfermo! Porque lee sin miedo –al menos al principio– la naturaleza humana y las cosas que pueden salir de ella. Enfrenta monstruos y bestias descomunales que beben las almas ficticias de personajes sin salida. Sí, incluso aunque queramos negarlo, hay historias que en la realidad se volverían una cosa horrible de oír, pero que desde el papel nos llaman y nos llenan con cada particularidad de sus mitos terroríficamente humanos: sobre cómo un bebé es devorado por hormigas, leer sobre la buena y la mala leche del Molkas, sobre jugar con concurso de miradas con una ciega…

Lolita de Vladimir Nabokov
Lolita de Vladimir Nabokov

¡Ardan malditos!

Es precisamente la incomodidad que generan, las cosas que limitan el uso de un medio sensible para la expresión. El arte, más bien, su virtud está en la experimentación y las combinaciones posibles para el desarrollo de una idea, limitar dicha experimentación por vanidad (y no crecer con otras ramas del arte), por el desconocimiento de la disciplina que se pretende practicar (como los buenos libros de Carlos Cuauhtémoc aunque no sean literatura), o el temor que genera plantear problemáticas inusuales; lo que hace que el arte se vuelva añejo y quebradizo; y algo que se debe evitar a toda costa.

Porque, de otra forma, habría un episodio apocalíptico en el que el arte deje de ser inherente al ser humano y se vuelva otra cosa perdida en las historia de la humanidad y también habría gente que, después de leer Lolita, gritase ante un tumulto de gente ¡Ardan malditos enfermos literatos!


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