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Puebla, México, 25 de febrero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 8 minutos

A todos nos ha pasado, todos tenemos contacto con ellas, no hay quien en su vida no se encuentre con estos animales o que ellos no nos encuentren a nosotros. En grupo son ignorados, pero en la soledad se les presta atención, no por contemplar las curvas y piruetas en su vuelo sin sentido, sino por el estresante sonido que produce el aleteo veloz de sus alas chocando con sus duros cuerpos de su exoesqueleto.

Día o noche, sentado, acostado, durmiendo. Al trabajar en el proyecto que te han asignado para cubrir con tus metas laborales, en una sesión de estudio para aquel examen que no pasarás por no poner la suficiente atención en los 2 meses de clase y cuyas palabras en los libros académicos no son comprensibles en ese momento para ti; al escribir una carta que le darás al amor de tu vida antes de que te entregue un anillo que representará el inicio de una nueva etapa de su vida; contando el dinero y haciendo cuentas de tus gastos dándote cuenta que no te alcanzará y tendrás que volver a solicitar un préstamo a tus padres para salir de otra deuda que ya tienes, viendo la televisión en tu programa favorito donde hablan de que a equis actor de tu novela favorita fue detenido en una calle de la Ciudad de México por ir a exceso de velocidad y manejar ebrio; al planchar tu camisa, pantalón, vestido (dependiendo de tu género) para el día de mañana en que tendrás una entrevista para un trabajo que te permitirá no seguir tanteando tus ahorros obtenidos de aquel otro trabajo desesperante al que renunciaste después de un ataque de ansiedad; sumido en tus pensamientos vacíos, en el conjunto de todas tus preocupaciones y agonías, sin rumbo fijo; al leer un gran libro, una historia de la que no esperabas nada pero que cada capítulo se vuelve en un paradigma que te tortura y al mismo tiempo te conmueve y vuelve adicto a seguir con la historia, entrado. Cualquiera de esas cosas, en que las haces pensando e idealizando los sucesos que puedan pasar, esa crisis, esos sueños, esa concentración, ese sentimiento, son interrumpidos por el zumbido abrupto del insecto.

Tratas de ignorarlo, continúas. Tu mente se distrajo de ese momento. No importa. Sigues, continúas tu momento de calma o desesperación, al final, tuyo. Vuelves a oír el sonido más cerca. Tu piel se eriza, no entiendes totalmente el por qué, es una sensación involuntaria, puede que en el inconsciente tengas presente los lugares en los que el insecto se ha postrado con el único objetivo de alimentarse, descansar o aparearse con otros de su especie y que en ese preciso instante se encuentra cerca tuyo o, simplemente, es un efecto que causa el zumbido involuntario.

Vuelves a la calma y nuevamente tratas de poner atención a tu momento para que luego, por alguna desconocida razón para ti, el insecto se acerca a tu oreja izquierda o derecha, como si quisiera entrar y salir por la otra; no lo logra posiblemente por el líquido del cerumen que emana de tus oídos para justo evitar que pequeños animales entren en ti, por lo que continúa dando vueltas por tu habitación, pero antes, recibes una bofetada de tu misma mano tratando de eliminarlo. Sientes (o tu percepción del sentido del tacto) que lo tocas levemente, pero por su rapidez escapa. Nuevamente, tu piel se eriza. Tienes un cosquilleo que inicia en la espalda baja y sube a tu nuca. Te hartas, te levantas y, tienes dos opciones, dejar ir al insecto o, por tu molestia y desesperación, cazar y matarlo, es común que la segunda opción sea la elegida.

Tomas cualquier cosa que esté cerca tuyo, puede que la camisa que no has doblado y está encima de la silla del escritorio de tu recámara, la toalla con la que limpias tu cara después de lavarla con agua y jabón; un zapato o tenis, un matamoscas si es que tienes uno, sea lo que sea tu objetivo es claro.

El insecto vuela rápido, cerca de ti. Tomas el objeto y lo agitas al aire en sentido donde la mosca vuela, no consideras nada más que el acierto de la suerte en colocar un golpe y que ésta choque en el suelo y puedas terminar con su vida, pero las probabilidades de acertar el golpe son casi nulas si es que no fijas ese objetivo; en lugar de ello, observas como el animal se aleja rápidamente dando curvas en el aire. Te es casi imposible visualizarlo, se vuelve por muchos momentos invisible e incluso inexistente. Observas a todos lados, pasa por detrás de ti, debajo, hacia arriba, lo sabes porque escuchas ese aleteo desesperante mas tu percepción indica que ha dejado de existir por no poder observarlo, se ha vuelto un ente incorpóreo, pedante y agotador. Te sientas en una de las esquinas de tu ventana, ves a un punto vacío recordando a la nada, tu mente se va al blanco más puro.

La paradoja termina, vuelves a verla. Vuelve a ser existe a tu perspectiva. Regresas a la realidad. Volteas hacia tu ventana y está postrada sobre el vidrio, caminando, sin rumbo. Te levantas y vas directo con el objeto en tu mano a por fin aplastarla, pero antes, por unos instantes, decides observarla.

Su camino es un trazo sin sentido, ilógico, no va a ningún lado, simplemente está, ya no busca huir, solo existe. No entiendes el objeto de su existencia, te es difícil entender lo que a tu lógica pareciera su único propósito: ser devorada por insectos más grandes, los pequeños y monstruosos depredadores que buscan satisfacer su apetito atraídas por el rápido pero débil insecto, pero si no es para ello, los consideras en cambio de los insectos más molestos e inservibles del mundo. Tratas de encontrar una similitud entre tú y el animal, no encuentras más que la existencia física que tienen en este planeta, pero cuestionas si tú al igual que ella, eres la presa de aquellos depredadores con los que te toca cruzarte en la vida. Pese a ello, más no puedes encontrar. Piensas. Los sueños realizados y frustrados que tú tienes jamás podrán estar en un animal como ese, con poca importancia ante el gran mundo en que se encuentran (te vuelves a cuestionar, piensas en una similitud más, lo descartas inmediatamente).

Está ahí, caminando en la nada, da giros sin sentido, se detiene, vuela por un instante y se vuelve a postrar en el vidrio, la asemejas a una partícula de polvo suspendida en el aire. La observas con detenimiento, mientras la ves y piensas, te produce un tanto de serenidad su camino, suavizas tu mano del objeto con la que la golpearás. De repente, la mosca nuevamente, por instinto, detecta tu presencia, te mira con sus cientos de ojos rojos, decide seguir su huida guiada por su instinto. Ves que vuela y se postra en el vidrio a una distancia un tanto más lejana de donde hacía sus vueltas. Vuelves a apretar el objeto y lo azotas directamente al vidrio. Se alarma, quiere cruzar el vidrio, pero choca múltiples veces sin tener idea del espacio en que se encuentra. Vuelves a tirar el golpe, no le das. El insecto sigue en su necedad de cruzar el vidrio. Aprovechas su estupidez y conectas un último golpe. La mosca cae al suelo de inmediato.

La observas, el animal aún mueve sus patas como espasmos, no entiendes si sigue viva o no. Ves con asco el líquido amarillento que sale de su cuerpo y que quedó un tanto embarrado en el vidrio, sientes ligero asco y para evitar ver semejante escena, tomas un papel del baño y recoges al animal, limpias improvisadamente el cristal y lo arrojas al cesto de basura. Tu instinto animal no la dejó ir, existir. Pensaste solo en la venganza de la interrupción de tu espacio, de tu momento, ese que cambiará tu vida por completo o del que vives todo el tiempo.

Vuelves a tu ocupación, tratas de volver a enfocarte en ello, pero piensas por un instante en el insecto que acabas de matar, te preguntas: ¿la mosca seguiría viva si tan solo hubiera aterrizado en la ventana y diera vueltas en círculo en ella? ¿Le hubieras abierto la ventana para que escapara y fuera libre? ¿Qué es ser libre? ¿Qué es la libertad?, tú, ¿eres libre? Regresas a lo que te aqueja una vez más, no sabes cómo tomar tu acción con tus preguntas, pero continuas.

Este mundo no está hecho para estos insectos.


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