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Hermosillo, Sonora, 12 de febrero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 3 minutos

El espacio se impone

En cuatro de los cinco relatos que componen el libro, el monte es un espacio determinante. Lo es para las tramas y para la textura de la prosa. Para las tramas porque las motivaciones y el comportamiento de los personajes las explica una casa perdida en la falda de un cerro, una costumbre incomprensible para una arrogante alma urbana, el conocimiento de senderos de ramas y tierra seca. Lo es para la prosa porque Omar Bravo siempre está atento a las posibilidades de lo inmediato para alimentar su estilo: una metáfora con el chiltepín como centro, una comparación con el coyote, la descripción de un cerro a partir de un conjunto de adjetivos que no existen fuera de ese territorio.

La mirada que viene de fuera

El amor que seguramente le tiene Omar Bravo a su tierra no significa un obstáculo a la hora de verle su sustancia irracional. En la composición del relato, se prioriza la mirada que conoce el espacio natural desde fuera: un doctor al que mandan a la sierra, un ingeniero que se interna en el monte, un profesor que acude a un extraño funeral en el interior de una comunidad indígena. Esa mirada ajena es en principio arrogante: en un primer momento, cree saber más de lo que sabe, pero en algún punto del cuento la realidad del monte, de la sierra se revela indescifrable, inquietante, ominoso. Justo de ello suele surgir el conflicto. Con todo, más que exotizar a la otra cultura, lo que implica esta revelación es el reconocimiento de que no terminamos de asumir la diferencia.

La literatura del ruido

A diferencia de otros territorios naturales, como el bosque tropical, donde el silencio es la excepción, en el monte sonorense se impone el silencio. Así, quien se interna en ese territorio termina agudizando de tal manera su oído que consigue captar hasta los pasos del ciempiés: de pronto, todo ruido es significativo; de pronto, todo ruido es parte de un plan; de pronto, todo ruido está orientado. Pues bien, Omar les saca provecho literario a los ruidos del monte. Los convierte en pistas, amenazas, promesa de fiera animal o humana. En ese sentido, más allá de la mención de una especie nativa, de la referencia a una textura específica, gran parte de las descripciones de Fuerza de gravedad descansan en un sentido perceptual amplio, subjetivo, basado en las emociones. Esto le da originalidad a la proyección literaria del monte, a la vez que es una especie de antídoto contra la folclorización, contra la guía de turismo.

Tradición y novedad

Fuerza de gravedad se inscribe en la tradición del mejor realismo (rural) mexicano. El realismo que rehúye el costumbrismo y prioriza el drama, el conflicto humano más hondo, que apunta a la escala universal desde el regionalismo bien entendido, asumido y procesado literariamente. En estos cuentos hay ecos de Rulfo, Gardea, Méndez, Parra, Sada, pero ninguno de esos nombres, gigantescos, rotundos, consigue disminuir la voz de Omar Bravo, construida en una aleación de erudición, de saber libresco, y experiencia directa con la tierra, con sus vecinos de monte. Así, Fuerza de gravedad, sin negar lo que le precede, aporta una pieza al gran rompecabezas de la cultura rural mexicana, que a su vez es una pieza del rompecabezas de Sonora, donde no todo es desierto.

La portada

Una mención especial a la ilustración de portada, del artista oaxaqueño Soid Pastrana: oscuro preámbulo de Fuerza de gravedad.

Portada de Fuerza de gravedad de Omar Bravo
Portada de Fuerza de gravedad de Omar Bravo

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