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Puebla, México, 29 de enero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 2 minutos

Cierto día de marzo una blanca y joven paloma, junto a una vieja y sucia paloma, se encontraban en la punta del edificio más alto del estado. Parloteaban una contra la otra como si fueran un viejo matrimonio en el cual ya no existe el cariño, pero no llevaban veinte años juntas. Las palomas hablaban, sobre todo menos la vida. Habían visto más cien intentos de volar fallidos y no entendían porque los sinplumas nunca lograban hacerlo.

–¿Alguna vez has pensado morir? –preguntó la más blanca de ambas, con un ligero tono de tristeza en su pregunta.

–Toda la vida, todo el tiempo –respondió la otra, la más vieja.

–¿Y alguna vez dejaste de volar? –volvió a preguntar la más blanca, pero esta vez, con cierta emoción.

–No, nunca, jamás –respondió con desaire la más vieja. Era como si la compañía de la otra paloma la tuviera harta.

–¿Entonces por qué morir? –preguntó una vez más la paloma blanca.

–¿Y por qué no hacerlo? –devolvió amargamente la pregunta la paloma vieja.

–Ellos han intentado volar.

–Pero han querido morir.

La paloma vieja miró a la joven paloma blanca con una sonrisa desesperanzadora. En aquella mirada se podía observar el paso de los años y las experiencias, las guerras interminables y la constante adaptación al cambio brusco de su entorno, pero, si se ponía la suficiente atención, muy dentro del manto oscuro de sus ojos podías ver lo que ella había visto vida tras vida, los interminables intentos fallidos de volar. La misma representación de libertad.

–Ellos han muerto –dijo al fin la paloma blanca para romper con el silencio infernal que le consumía el plumaje.

–Y también han aprendido a volar, al menos por un momento.

Desde aquella plática, las palomas siguen observando, pero ahora lo hacen en silencio, ya no hablan, no cantan y no pelean, solo observan sin intervenir, solo cuentan más intentos.


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