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Por Eduardo Robles Gómez

Ciudad de México, 27 de noviembre de 2021 [02:44 GMT-5] (Neotraba)

Voy a contarlo así, si les parece. Y me dejan. Es mi ropa, déjenme la bajo. Si gustan, revísenla. No traigo nada. Me es más sencillo, son mis modos. ¿Se vale? Si quieren prendan la luz. No, no es para excusar. Es para poner distancia de por medio, echar tierra. Porque no me van a entender. Uno puede ser dos personas, gentes distintas, aquí mismo. Porque ese no soy yo o, más bien, no soy todo eso. ¿Puedo? Le tomo su pluma. Me gusta platicarlo, en voz alta, mientras rayo la hoja. Me relaja. Creo que ya sé cómo quedará, lo de mi hija; se me acaba de ocurrir. Entró a la carrera. Psicología. No era para menos. ¿Cómo cree que me va hablar? A lo mejor en los careos, ¿no? ¿Se hacen todavía? Es lo que es. A ver, entonces. Les platico, normal, tranquilos todos, por las buenas, en lo que me cambio.

Meses de encierro, ¿verdad? No he de ser el único. Te levantaste tarde, tocaron a la puerta. Mayra salió a primera hora, tal vez a preguntar cuándo regresaban –si es que lo hacían– o en qué podía ayudar desde casa. No estaban en condiciones de renovarle contrato, le dijeron en gerencia, ni mucho menos asignarle tareas (ella insistía en revisar los inventarios, cuadrar números). El salario se recortó y se pagaba sólo a los esenciales. Además, por rumores, se enteró de que pronto cerrarían esa sucursal. La noche anterior, mientras veían la tele para pensar en otra cosa, le dijiste que ya no fuera. Era un poco de todo. Razones sobraban. Ella, al menos, intentaba algo más seguro y salía, a pesar de la instrucción sanitaria; tú no. Mandaba CVs; tú no. Trabajó en distintas ramas, tenía experiencia; tú no recordabas la última vez que tuviste empleo estable, y eras demasiado viejo como para que te aceptaran en uno –apenas 50 años y ya no entras en las vacantes de puestos por encima de lo mínimo. Pero sobre todas, pesaba más lo que fueran a decir de ti los vecinos. Que ella era la que te mantenía. Que la ibas a lastimar en cualquier rato, por lo que te pasó antes. Sí, por lo otro. Y tenía a alguien más, Mayra, lo sabías por cómo se arreglaba. Por más buena impresión que quieras dar, no te arreglas así para dejar una solicitud. Tú, a medida que corría la cuarentena, te ibas quedando en un piso deshabitado. Tal vez hoy fuera el día, en el que hablaba por teléfono para avisarte que ya no regresaba más. Si fuera así, no se lo echarías en cara. Entenderías. Sería mejor.

Bajaste las escaleras y te persignaste, sin ver a la Virgen, tan sólo presintiendo el altar a tus espaldas, al final del pasillo. Abriste la puerta de vidrio nublado –la que no te dejaba distinguir quién era–; luego, la rejilla. Era el chalán del maestro de obra, venía a terminar de pintar el taller que levantaron en la azotea. Tu hermano lo mandó instalar para ti, aunque rehusara admitirlo. Te quería ocupado, armando ventanas, arabescos metálicos, ensamblajes de madera. Ganarte los pesos, ir juntando clientes. Era una forma sutil de decirte que ya no te regalaría el dinero. Tendrías que procurártelo. Prefería ayudarte, mientras estuvieras en la casa, a tenerte en otro lado. Aquello tampoco te lo decía, pero le preocupabas. Lo asustabas, mejor dicho. ¿De qué serías capaz? Quizá eso no lo dejaba dormir, a tu hermano.

Como que no sabe qué hacer. A lo mejor es lástima. No sé como a qué hora llegue hoy, pero seguro más noche. Déjenme que hable primero con él, no quiero que piense mal, que la cagué. Se oye luego cuando entra. Ocupa la planta baja; es de estas medidas, más o menos. Dos recámaras y cocina; baño individual, un cubo pequeño para tender ropa. Yo le hice el trabajo de plomería. Si pudiera, te dejaría la casa para él irse a vivir a Quintana Roo, de donde era su madre. Metería, de una vez por todas, los trámites de la jubilación y disfrutaría el retiro. También, si pudiera, denunciaría. Pero ¿denunciar qué, exactamente? ¿Cuántos años se tiene para eso? Tal vez ya ni siquiera importaba; hay hechos que prescriben y se convencía de que lo tuyo, tus maneras, fueron cosa de una mala noche. Él también contaba los días para marcharse.

Saludaste al joven de mano –al menos más joven que tú, de la edad de tu hija; un poco mayor, quizá. El trabajo hace mella en los rostros, endurece las junturas de los brazos, del corazón, y crece con la tristeza de una barba raída–, como antes, y lo hiciste pasar. Tú no llevabas cubrebocas, no creías mucho en eso. Él sí traía, pero a la altura del mentón. La gente exagera, pensabas, porque no conocías a nadie con eso, y los que morían –es decir, los muertos de siempre– era por otra cosa. Pero no por eso.

—¿Y el patrón? —preguntó el chalán, de quien no te habías molestado por aprender el nombre, al pasar junto a la habitación de tu hermano.
—Se sale tempra. Es que chambea lejos, mi buen.
—Oh, ya —dijo y se hincó a medio pasillo para amarrarse las agujetas de los botines. Reparaste en ellos, sus zapatos de trabajo, y era como si, de tan cuarteados, asomaran minerales—. Y ¿en dónde da clase el profe?
—No, ya no da clase. Como está sindicalizado, anda en zona. Está metido en todo ese desmadre del magisterio.
—Entonces es de los pesados, ¿no? Bueno, me imagino, como uno no le sabe.

Terminó de amarrase los cordones, se sacudió la cal, como por costumbre, impregnada ya a la tela del pantalón, y remontaron las escaleras, tú adelante.

—Grillero, más bien —contestaste y el albañil se guardó la cartera y las llaves dentro de su mochila, demasiada pequeña y floreada para un hombre adulto, aunque tampoco era tal cosa el joven—. Como está todo eso de que las clases ahora son en línea, hay profesores sin grupos, pagos detenidos, mucha reticencia de las normales a parar. Es un desmadre.
—Ya —concedió el chalán y se detuvieron en el primer piso, el tuyo y de Mayra, antes de reanudar el paso por la cuesta—. Es que sí está cabrón. Todo está detenido. Uno como quiera saca estas chambitas, pero ¿y los demás? ¿Ahí cómo le haces?
—Mira, te voy a decir algo —te pusiste serio y le indicaste con un gesto de la mano el barandal, para acometer los siguientes peldaños—. Yo, la verdad, no acabo de tragarme lo de esa madre. Pon tú que sí existe, que sí te da y todo. Por lo que he escuchado, hasta en las mismas pinches conferencias, es como una gripe. Hay enfermedades más cabronas que, por esta onda de la contingencia, no se están atendiendo y las ponen como muertes asociadas. ¿Qué es esa mamada? Sí, sí hay defunciones, pero no todas por eso —alcanzaron el segundo piso y le señalaste la puerta del departamento adyacente. Caminaste hasta su marco como si pretendieras embestirlo y llamar a golpes a los que adentro vivieran—. También, otra cosa. Aquí se quedan mis sobrinos, estudian medicina y todo el pedo; son hijos de una hermana que tengo allá por Hidalgo. Todavía ni son doctores y ya creen que pueden andar acatarrando. Que échale desinfectante, que no me saludes de mano, que tápate la boca. Ni entre ellos se quitan la mascarilla. Salen con su careta y sus guantecitos, casi casi con traje espacial y la mamada. A mí, eso me emperra. Si no quiero usarlo, es mi bronca. Por gente así, que se paniquea y lo hace más grande de lo que es, se chinga uno, se te va el trabajo. Te quedas sin lana. Le tengo más miedo a pasar hambre que a su resfriadito.
—Pues es que, luego de tanta cosa que sacan, uno ya no sabe, mi jefe —te hacía la plática por convivir, pensaste—. Ya mejor así —tensó su cubrebocas hacía abajo, doblándose la punta de las orejas—, y me quito de broncas. De todos modos, se necesita para subir al camión, si no, ni la parada te hacen. Después, son otros los enfermos. Se trepan a la combi, saludan como si nada, hasta van cotorreando, pero tú no sabes qué pedo con ese wey. Hay madres de las que ni te enteras; las resientes ya tarde, cuando te tumban.

Era la primera vez que el chalán venía solo y lo notaste inquieto; sobre él descansaba la cortesía protocolaria del patrón. Ese maestro de obra que evitaba tratar contigo; que, antes de dirigirte la palabra, prefería marcarle a tu hermano. Así lo entendiste y quisiste hacérselo más fácil, al joven, nada más. Para entrar en confianza, para infundir ánimo, como si fueras tú el que arribaba a un pueblo extraño a trabajar la jornada, preparar el colado y descansar con el atardecer, como se hacía antaño, igual que una persona normal, de todos los días. No eres ese a quien pintan los vecinos, no lo eres, que quede bien claro desde ahorita. Sé conservar mis formas.

Entre tú y el chalán había más puntos de encuentro que otra cosa, se notaba; venían del mismo lado, hechos con el mismo molde, como cualquiera. Con su sola presencia te sentiste otra persona, con otro nombre, otras memorias y otra estela de equívocos detrás. Quizá hasta podría ofrecerte trabajo, luego de verte ensamblar la madera. Te viste como parte de su cuadrilla, dormitando en alguna combi envuelta en niebla, rumbo a un pueblo de adobe en las montañas. Redimido, gracias al pretexto de la labor, y la lejanía respecto a lo que fuiste, ya extinguido el sol purpúreo de las seis de la tarde.

—Sale, mi buen —hiciste pasar al chalán, alcanzado el último peldaño de la azotea.
—Me cambio y empiezo a jalarle.
—¿Qué necesita?
—Una cubetita con agua, si tiene —el hombre avanzó directamente a la covacha donde guardaban el material, encorvado, demasiado a prisa—. El plástico acá lo tenemos, igual el periódico —cerró la puerta de lámina de un golpe; él mismo se crispó. Se la imaginó más pesada, supusiste. Se escuchaba cómo abría el cierre de su mochililla, extendía la muda de ropa y desabrochaba el cinturón—. El patrón me cagoteó la otra vez, que le manché la losa. N’ombre, casi me deshereda.

Te acercaste, despacio, a la puerta, donde se desvestía. Por un segundo, quisiste ver. No te distinguiría del todo, por el vidrio templado. Además, es de hombres eso, mirarse desnudos, como si nada. Entre menos pena, más cabrón. Pero te detuviste, recargado en la escalera de aluminio que lleva al tinaco. Te limitaste a observar el ir y venir de su silueta a contraluz. Le desabotonabas el pantalón, bajaste su cremallera. Sudabas. Adrenalina, pura y seca. Es lo que te incitaba a enseñar. Que te viera, primero, y atesorar esas reacciones, tan humanas, tan transparentes, para después. No le hace justicia esa palabra, “perverso”. Es belleza, el instante en que se revela la absoluta vulnerabilidad; puede percibirse al alma salirse de las comisuras. Así sientes. Ya que lo presencias, necesitas de más. Como guardarse un jirón de piel, conservada, viva, que responde al taco y aún se estremece. Un muestrario de conmociones, de inocencia.

El chalán salió, vestido con overol de trabajo, y tú únicamente te cubriste cintura para abajo con la camisa holgada. Comenzó a colocar el plástico en rededor, distendiéndolos con el puro zapato; sacó los botes de pintura y, sentado sobre uno de ellos, revisó las cerdas del rodillo.

—Entonces, lo dejo, mi buen —le comentaste al tiempo que comprobabas que la escalera estuviera fija—. Igual ahorita subo, también tengo que acabar este pinche pedido —tanteaste unas vigas de madera arrumbadas junto a una mesa de corte; medio limpiaste la mesa con un trapo, para que luciera usada, y bajaste un cesto que tenía encima. Cosas que tu hija decidió dejar atrás, que no valían ni un reclamo—. Cualquier cosa, me echa un grito.

Entraste al departamento, con el pantalón a punto de caer, en la línea del vello púbico, al borde del vientre, y te encerraste en el que era el cuarto de Vanessa. Revisaste el cesto. Cepillos, esmaltes, blusas roídas. También algunos cuadernos de notas, dibujos de cuando era pequeña, y animales de felpa, obsequios de pretendientes. Había uno bastante elaborado: una Coca Cola de vidrio rellena con lunetas de colores y una hoja quemada –una carta de amor, te figuraste– dentro del envase, como la nota desesperada tras un naufragio. Pensaste en leerla, pero, al fondo, la hallaste: ahí estaba, dispuesta, enternecedora; una prenda íntima, casi un bóxer, como los tuyos, pero de mujer. Sabías que era de ella, la conocías, se la habías visto antes, cuando se agachaba. La oliste, en su parte más percudida, y te la llevaste al miembro; cervicales y el brazo de apoyo se tensaron al unísono entre la furia ciega del arrebato; el rostro se cubrió de fiebre, mientras arremetías bajo la tela del pantalón, de la trusa ceñida. ¿Hace cuánto que no la ves? ¿Tres, cuatro años? Pensaste en tu hija, cuando visitaba la casa.

—Ay, papá. ¿Por qué andas así?

Te gustaba pasearte, cada vez con menos ropa, por el departamento, cortinas abiertas. Al principio probaste sin camisa; luego, sin pantalón. Pero hasta ahí, no más. Eso fue por un tiempo.

—¿Qué tiene? —le preguntabas, como si ella fuera la exagerada.
—Nada —contestaba entre risillas, burlona—. ¿No te da pena que te vayan a ver los vecinos?
—Pues, si les molesta, que no miren, ¿no?

A continuación, perseguías a tu hija por la sala, en un juego, ambos niños, al amparo del mediodía bostezando por los ventanales. Una estela de polvo suspendida en el comedor, un rectángulo de luz en la pared entre habitaciones, ambas vertían sobre la atmósfera un aire furtivo y secreto. Era provocación, pero también cariño. No subías el tono, a menos que ella quisiera, con sus movimientos, su cadencia, un poco más cada vez, abrazados el mayor rato posible, recortados por el resplandor hasta desaparecer, hacerse uno.

La idea te cimbró. ¿Y si te la probabas? ¿Si la rasgabas con tus muslos o te la metías entre las nalgas, para lastimarte? Los pantalones cayeron a los tobillos cuando el albañil tocó a la puerta.

—¿Patrón?
—Voy —dijiste, ajetreado. La hebilla golpeaba fuerte a la hora de vestirte, entre sacudidas, y te acicalaste el cabello hacia atrás—. Voy

Guardaste las cosas dentro de la bolsa de nuevo, sin el cuidado de antes, como las fueran soltando tus manos, impregnadas de orín, y quitaste el seguro a la puerta. No estaba.

—¿Qué pasó, mi buen? ¿Ahí andas?
—¿Le puedo tomar la escalera? —preguntó, de espaldas al marco de la puerta, como si hubiera estado oyendo desde hace quién sabe cuánto, en silencio. No te veía a la cara y su tono cargaba algo de vergüenza. ¿Qué sabía? ¿Habrían sido los vecinos, que se iban de lengua con la cuadrilla? Porque también habían trabajado con ellos. Y no falta el chisme, los murmullos que aíslan y acusan hasta el quebranto.
—Sí, tómela. Si usted necesita algo, agárrelo. Ni me pida permiso, cabrón. Está haciendo una chamba y, ahora sí que, como quien dice, es su área de trabajo. Es como usted se acomode.

El albañil se despegó de la puerta y miro al techo, como si, inmediatamente arriba, estuviera el material y los botes de pintura.

—Pero me echa la mano, ¿sí? Es que está bien puta pesada.
—Sí, sí. Cómo no, mi buen. Vámonos riendo.

Y, a punto de emprender cuesta arriba, el chalán, por curiosidad, y tal vez por la confianza en el trato que le manejabas, se asomó, de perfil, al cuarto. Había un silbido opaco, tristísimo, como atrapado en el vidrio-block de una de las paredes. Era el aleteo de un colibrí que, al posarse frente a un tragaluz, la mitad de su ser ensombrecía al instante.

—¿Y éste, don? —preguntó, mientras entrecerraba los ojos para distinguir los muebles, la cama perfectamente restirada, los posters laminados de grupos pop pasados de moda—. ¿También va a querer pintarse?
—Yo creo, pero ya después —cerraste la puerta, como si alguien, una pequeña, durmiera adentro todavía, a esas horas—. Ahora que vuelva mi hija, para que me diga como de qué color le gusta. O igual hasta lo hacemos estudio —acariciaste un tallón que descubría la madera tras el acabado, tal vez se hiciera durante alguna de esas perseguidas, de esos lances tuyos—. Pero hasta que me diga ella; falta, primero, que regrese.

Colocaste un par de vigas de madera encima de la mesa de trabajo y el chalán terminó de pintar el muro oeste, donde se acababan las casas y seguía un terreno baldío. Por el marco de una ventana sin empotrar corría el viento cálido del puro césped, de los arbustos salvajes. Era tanta maleza, tanta buganvilia en flor, que trepaba hasta la cornisa y se colaba, de puntillas, por debajo del cobertor de plástico, al compás de una danza de mosquitos centelleantes y atravesados de sol.

El chalán movió los botes de pintura junto al cuartito donde se había cambiado por la mañana; faltaba pintarle el exterior. Sacó una cinta adhesiva del bolsillo de su overol y comenzó a cubrir la delgada franja del azulejo; tú, mientras, deslizabas los dientillos metálicos de la sierra contra las vigas. Lo hacías sin gafas de seguridad, sin orejeras industriales para el ruido, sin mucha idea de cómo se tendría que ver un corte recto. A medida que el disco del motor avanzaba contra la madera, éste soplaba aserrín al aire, como quizá intentaría tu hija de haber estado ahí, cual confeti o una nevada imposible.

Por el ajetreo y el ruido, la estela de madera escapaba del techo en dirección a los departamentos contiguos, a la primaria, ahora vacía, sin niños. ¿Recuerdas cuando llevabas a Vane, cuando la cambiabas? A veces imagino la escuela. Tiene un árbol viejo, como de esta forma, me parece. Dicen que asusta, porque se ve la cara de un hombre pronunciarse en la corteza. Hay un patio enorme, mesitas techadas. La ves precipitarse sobre sus amigas, compañeras de clase. Algunas, más altas, asoman signos de otra edad, bajo la blusa a cuadros, sus faldas. ¿Son tantos los años que nos apartan? Si se quiere, podemos tener cualquier edad, la que decidamos. ¿Quién nos mide el tiempo transcurrido? Bien visto, todo luce pequeñísimo, como en esta hoja; hasta nosotros. Todo es joven. Pero los vecinos se quejarían otra vez con tu hermano. La gente estaba encerrada en sus casas, haciendo trabajo de verdad, y eran muchos los dispuestos a llamar a las patrullas, como ya te habían amenazado desde lejos, a gritos.

Cesó el bramido de la sierra luego de unos minutos (algunas ventanas de los edificios del rededor se abrieron para asegurarse de que se trataba de ti, otra vez) y el chalán aprovechó para acercarse. Revisaba su celular con una media sonrisa afilada.

—Mire, jefe. ¿Cómo le caería una de estas? —te dijo al enseñarte la imagen de su pantalla.

Reflejaba tu rostro por el techado y la pobre iluminación del teléfono, pero la contemplaste unos segundos que escurrían por la piel, estrechos y pesados. Era una cosplayer, de grandes pechos, vestida de escolar y sin bragas.

—¿Se la paso? —la pregunta también era un tanteo, comprobar la naturaleza e inclinación de aquel que le contrataba, si valía la pena hacer migas para amarrar otro trabajo, en caso de que pararan las grandes obras.
—No, cómo cree —te reíste, tratando de concentrarte en el siguiente corte, apartando el aserrín rezagado sobre la mesa con tu propio aliento—. Me revisan el celular. Me vas a meter en un pedote.
—Está bien pinche chidota, ¿verdad? —agregó el chalán, como si él mismo quisiera entrar en la habitación de la foto y abandonarse, dar rienda suelta al ardor hacinado en su frente, enrojecida—. Yo sí, aunque fuera mi hija. Me cae de madres.

Recordaste el último día de Vanessa contigo. Ella veía una película en la sala y te entraron ganas de bañarte, como siempre que se quedaba. Entrarías a la regadera, normal, tirarías el jabón al cesto o lo ocultarías dentro de una de las batas y le pedirías que te llevara uno. La puerta estaría abierta y te mostrarías, entero, desnudo, ante la persona que más amas. Eso bastaría. Ni tocar, ni ser acariciado. Tan sólo que te admirara así, erguido, hombre al fin, capaz de incitar con el solo roce, la sola presencia.

Saliste de tu recamara, el cuerpo cubierto, de la cintura para abajo, sólo con toalla, y la viste. Vanessa, tendida boca abajo sobre el sofá, con una bermuda demasiado corta, demasiado arremangada, en los linderos de los muslos, asomando ropa interior adulta, con bordados. Te recargaste contra la puerta del baño y la abrazaste, besándola nada más que con ojos; ella se contoneaba desde los cojines y sobre el cuero, reaccionando a tu avanzada, invitándote a más, más cerca, más la piel contra la piel. Pronto, una de tus manos despareció dentro.

—¿Vanessa?
—Mande, papá —respondió con un fastidio adolescente, tierno. Tenía la televisión encendida, reproduciendo videos de viajes, pero no les prestaba atención; escribía en su celular, se le notaba aburrida, tal vez le respondían algo triste.
—Voy a entrar a bañarme. Te estás al tanto, por si tocan o te pido que me pases shampoo o papel de baño. Con eso de que te lo acabas… —dijiste, entrecortado.
—Uy, pues si quieres, ya no vengo.

Para sacar la mano, aparentaste sujetar bien la toalla, descubriéndote un ápice las rodillas. Rodeaste a Vanessa y te sentaste, piernas abiertas, en un brazo del sillón contiguo, desde el que podías apreciar toda la extensión de tu hija, acostada, cabello suelto y hasta la cintura.

—¿Qué estás viendo?
—No que te vas a bañar —te objetó, aún sin voltear a mirarte—. ¿Por qué hablas así, como raro? ¿Te espantaron o qué? ¿Tienes miedo? Y se supone que tú eres el adulto. De verdad, eh. ¿Qué vamos a hacer contigo, Carlos? ¿Quieres que te lleve de la manita a bañarte? ¿Quieres que bañemos al bebé? —se burló, usando esa voz que emplean los mayores cuando hablan con recién nacidos. La que acostumbrabas, y tantas veces practicaste con ella, en brazos, cuando no podía dormir, o cuando devolvía la papilla entre dulces rabietas que le ahogaban. Vanessa tomó un cojín entre las manos— ¿Te tallo la cabeza? ¿Le limpiamos la colita al bebé? ¿Es eso? ¿Quieres que yo te bañe?
—Sí.

Con lágrimas, te dejaste caer la toalla. Quedaste desnudo. Y junto al paño, también cayeron tus ojos.

¿Qué hacías? Estabas convencido, nunca podrías lastimarla, eso no. Uno ama a sus hijos. Es que, ¿cómo darse a entender? Era un juego, secreteándose entre sí, al oído. ¿Saben lo que es eso? ¿Se lo imaginan? Sólo quienes tienen hijas, ellos entienden. Ellos también resisten, como tú. Como yo. La he vestido, le he dado techo, la cuido, siempre estoy al pendiente. Trato de ser niño con ella. Lo mío se cura, es sin malicia. ¿Cómo voy a maltratar lo que nació de mí, lo único mío que quiero que se recuerde? Sólo querías enseñar un poco, lo que eras, así, de carne y hueso. Sin tocarse. Esto es tu padre. ¿Me amas? ¿Me amarías así, como soy?

—Mírame —fue el último grito de esa noche, el que se te alcanzó a escapar de los vestigios en la garganta—. Mira lo que me haces hacer, Vanessa.

Y, a pesar de que llegaste a la puerta que da al andador, una parte de ti, hija, quizá la más pequeña y aturdida, quedó atrapada en las ruinas de tu recámara.

—¿Y éstas? —preguntó el chalán, apuntando a un estéreo arrumbado en el techo, sobre el cuartito, al pie del tinaco—. ¿Sí sirven, jefe?
—La verdad, no sé, mi buen —confesaste un tanto distraído, tratando de medir una tabla con tu cinta métrica oxidada, cigarro en la boca—. Pero, si quieres, conéctala.
—Pues sí, ¿no? Hay que poner musiquita.

El chalán desprendió con sus uñas la mezcla pegada al extremo del auxiliar, conectó el estéreo a la toma y lo encendió. Un falso lanzó un aullido; ajustó bien el cable en su entrada de celular, lo recargó en los tabiques que sostenían al tinaco y, después de diferentes maniobras y dobleces con el auxiliar, el sonido de su lista de reproducción –gruperas clásicas– llegó limpio. Subió el volumen.

—Éstas con unas chelitas, ¿no? —sugirió al bajar las escaleras—. Sí se antojan, patrón. ¿O va a decir que no toma?
—Sí, pero puro relax. Tampoco soy de largo aliento como ustedes —respondiste, preocupado.

Era el ruido. No te querías ver tan pedante y decirle que le bajara. Así se escucha la música, alta. No hay otra forma. Quienes trabajan, así lo hacen. Es su victoria, el clamor desde las cornisas, en edificios que nunca nadie sabrá que fueron levantados por ellos, con sus propias manos. Son himnos y, envueltos de calima, cantan promesas, desventuras. Le da gracia a las friegas y los embates, como si la atmósfera misma ayudara a secar la pintura, sujetar el pulso y delinear los arabescos de la contrapuerta metálica; soldar las vigas. Encendiste la máquina y su fragor contrapunteó con la verbena, cual instrumento de viento, y la azotea se hizo un jaleo, una celebración. El chalán cantó y tú te sentiste esperanzado respecto al taller; con el tiempo, te llegarían más los encargos, y tú y Mayra remontarían aquel temporal. Te llegó ese aroma dulzón de la hierba, al otro lado del muro. Las cosas te mejorarían. Así es. Hasta lo malo pasa, se fastidia también de atosigar.

Entonces, los reclamos, a lo lejos, en la briza cálida, como rocío. Bájale. Bájale, por favor. Déjanos trabajar. No nada más tú estás chambeando, hijo de tu puta madre. Trozos, irregulares, rodaron sobre la esterilla de aserrín. Intentabas concentrarte para no estropear la madera, para que alguien comprara tu trabajo. Ya estuvo, ¿no, cabrón? Pinche enfermo de mierda. Los dientes se atascaron al centro del triplay, donde sus estrías formaban un ojo acechante, diáfano. Arremetiste con fuerza y se hundieron las hojas a su piel. O le bajas o le bajamos nosotros, ¿cómo ves? Mejor ni salgas, que te reventamos. Regresaron a tu mente las dudas de Mayra. ¿Por qué nadie te habla en la calle? ¿Por qué no tratas con los vecinos? ¿Por qué, en la tienda, la despachan con caras? ¿En dónde tu hija? ¿Sólo aquí te atreves a besarme, en su cuarto? Ya nos las debes, perro. Recularon unos momentos, detuvo la sierra y, en ese instante, el sol se coló por los orificios en la lámina del tejado. Finalmente, el sollozo de una mujer. Pinche sin huevos.

Escondiendo bien la lástima, el chalán se enfundó aún más la gorra de trabajo y subió al tinaco. Quitó los datos de su celular, apagó el estéreo. Cesó la música. Terminaron de ocuparse tan pronto asomó el atardecer. Procuraron el mayor tiento: correr despacio el disco, sacar los escombros de la covacha para maniobrar mejor el rodillo. El chalán, quizá por los nervios de aventarse la pintada solo, olvidó cerrar su mochila a la hora de desocupar el cuartito. Su ropa del diario se manchó; sin darse cuenta, le escurrió un envase encima.

—Qué pendejo —se dijo, él en cuclillas, la ropa entre sus manos.
—Si quieres, te presto una bermuda. No hay falla.

El chalán te miró como si lo acabaran de bolsear en una combi y no trajera un solo peso para regresar a casa. Tendría 18 o 19 años, tal vez recién cumplidos. Bien descubierto el rostro, conservaba rasgos aniñados, o eso te pareció, ya con las facciones cansadas y el cabello empapado. Se le veía fuerte, tal vez marcado del abdomen. ¿Y si le pagaras por abrazarte, porque te mirara sin ropa? ¿Estaría eso tan mal? Nadie tocaría a nadie. Sólo mirar.

—No, cómo cree, jefe. Ni pedo. En verdad. No manche. Pues vengo de la chinga, no de modelar. Ni modo que me bajen. Ya con el pinche cubrebocas la armo.
—¿No te quieres echar un riego?

La pregunta le provocó arrugar la frente, como si nunca se lo hubieran propuesto antes o, al menos, no en ese tono.

—No, jefe. Yo creo que mejor me muevo.

Comenzó a guardar sus cosas en su pequeña mochila, sonándose la nariz del coraje, y tú le volviste a tantear.

—¿Seguro? Si quieres, nos bañamos, en corto.

Y sonreíste, como si le tomaras el pelo, cual camaradas incitándose en la juerga, terminada la obra. Le besarías, entre bromas y chiflidos; una prueba de entereza, de consolidación, viril. Acariciarías su pierna, meterías mano, y no significaría nada, porque entre hombres se puede, siempre que no sea en serio, siempre y cuando se sienta igual que con una mujer; uno, ya a esas alturas, debe conocerse, cada región, por lo que carece de dudas en sus acometidas. No es una cuestión de la carne, sino de lazos, de absoluta fragilidad, como mostrarse desnudo. Es una prueba y, al tiempo que el cuerpo se regocija, también debe cuidar contenerse; decirle al palpitar del corazón, de los brazos, que es el equivalente, o el siguiente horizonte, de compartirse un cigarro, de prestarse hermanas, chingar a la madre. Mientras eviten ir a más, mientras el juego se mantenga en las miradas, y los dos forcejeen, bruscos, efusivos, ahí queda. Nadie tiene que saber. Nadie.

El chalán pareció no entender bien el chiste, pero tampoco tomarlo a mal. En realidad, la invitación quedó suspendida, ahí, en la azotehuela, entre las macetas de siemprevivas y helechos de Mayra, como motas de pintura levantando el vuelo al sacudir los plásticos, tornasolados ya de tanto uso. Le entró una llamada, el maestro de obra, y ambos bajaron hasta la puerta principal, donde el chalán se despidió de ti con el puño cerrado, aún al teléfono. No tendría más de 18, 19 años. Los de tu hija, la misma edad. Crestas rojizas discurrieron del arco del andador, biombo de dulces arabescos filtrándose entre las hojas de los fresnos, a un costado de la avenida. El chalán cruzó ese telón empolvado, viejo, y una patrulla, igual de añejada, se detuvo frente a él, con policías señalando en tu dirección.

Dos o tres veces asomaron las luces de la torreta andador adentro. En tu departamento, escondiste las cosas de tu hija bajo la cama y cerraste con seguro la puerta de su cuarto. Te apresuraste a trapear y barrer cualquier rastro de aserrín, a guardar el material dentro de la covacha. ¿Vendrían por ti? ¿Vanessa, al fin, había acudido? Tu hermano aún no llegaba. Mayra, tal vez, ya en otro departamento, con otras personas, recomenzando su vida. ¿Y si era eso lo que debía hacer? ¿Si era esta casa la que causaba aquel daño? Porque no soy así, no siempre me manejé con estas formas. También soy otro. He podido ser otro, antes. Puedo amar, como cualquier gente. He amado, y me gusta; tengo las facultades, y a eso me aferro. Amé, con la fragilidad de un figurilla de vidrio soplado; el cuerpo, también con heridas y raspones, deja asomar la pátina verde del alma. Así es mi amor.

No, no son trazos sin sentido. Sin propósito ni consecuencias. Puedo desandar, dar rodeos, pero regreso a donde mismo, su cuarto, lo que me imagino en él. No tengo que escribir nada para discurrirme en la tinta, pero aquí está todo. Es como andar sin rastro; mis pisadas nunca tocan las piedras, ni mis manos los pétalos. Nada sucede. Nadie mira. Sólo yo. El follaje regresa a su lugar tan pronto lo atravieso. Si alguien quisiera saber cuál de los dos es, sólo tendría que prestar atención, bien de cerca, a los senderos al reverso de esta hoja. ¿Lo ven?

La sirena se desfondó aquí, en los edificios aledaños. Desde la escalerilla, los rojos y los azules se sucedieron en la cara, me aturdían, daban la impresión de interrogarme ya, a gritos, esposado y contra la patrulla. Apenas logré distinguir a unas personas con chaleco verde, de esos de la ciudad, desfilando hasta la casa con escoltas.

Tocaron a la puerta. Aún quedaba herramienta desperdigada en la mesa de trabajo, la sierra, pero ya no quise levantarme más, ir a las prisas. Ya no quise ocultar las cosas, lo que era, lo que soy. Aproveché para reconectar las bocinas. Enchufaste tu teléfono al auxiliar y terminaste de cantar lo pendiente, aunque fuera con esos pulmones abrasados que cargas a cuestas, el cuerpo pedregoso. Serías como antes, joven, al fondo de un barecillo con el chalán, a un costado del paradero, el que sea, apostando alto, si alcanzar la última combi o amanecerla, cubeta de por medio. Otra vez muchacho, una sola persona, no dos, sólo yo: un rostro que no doliera tanto reconocerse en los cristales empañados de los camiones, sin más reino que el aroma ahumado de la madera.

A veces siento que esto es lo que me queda de hombre, de hijo de Dios. Las cruces que ensamblo son para mí. Quiero clavarme una y otra vez, y que mi hija me llore por lo bajo. Quiero que ella se encargue de embalsamarme, me cargue desnudo y limpie mis heridas. Las bese. Me bese. Juntas, nuestras comisuras, sus labios. Ibas bien. ¿En qué momento te apartaste de los tuyos? ¿Dónde les perdiste el paso? ¿En cuál obra, en qué pueblo con campos humeantes? Te gastaste los años demasiado pronto. Pareja, divorcio, hija. Se disiparon en el rocío del páramo al amanecer. ¿Dónde te hiciste así? ¿Es malo sentir como lo hago?

Uno de tus sobrinos abrió la puerta. Ustedes entraron. La música también se detuvo (tal vez los datos o el internet falló). No iba a atrancar la azotehuela ni encerrarme en la covacha. El tiempo de las explicaciones también se marchó de aquí, como un hombre cansado de arrancar hierba que vuelve enredarse por las vigas a la madrugada siguiente. Desabroché las botas de trabajo, luego el cinturón. El pantalón y la camisa los doblé encima de la mesa. Al final, el bóxer. Y escuché el clamor de lo que parecía cientos de aves en el terreno de al lado. En ese en el que aún nadie se atreve a levantar edificios ni bodega alguna; aquel sin vecinos o hermanos; donde no hay familias asentadas, y nadie dispone en sus cimientos la miseria sobre la que erigen, necios –más por un arrebato que con fe– el delirio marchitado de ser otro.

Retiré, con las orejas de un martillo, los clavos en las esquinas del protector de la ventana. Y ahí, pegado a la tapia, el arbusto desenfrenado de buganvilias, coronadas, ya no por pétalos violeta, sino por flores de un verde profundo, de esmeralda quieta junto al remanso. Colibríes, decenas de ellos, revoloteaban dentro y fuera de las hojas; gorjeaban entre aleteos eternos, se perseguían, así como tú y Vanessa, de habitación en habitación, de rama en rama. Pensaste en ella. ¿Qué estaría haciendo ahora mismo? Tal vez, como tú, recargada en el alféizar de su ventana, frente al atardecer vertido en industriales naves, claudicando sobre cruces.

Dicen que cuando ves un colibrí es de buena suerte. Miré el césped al fondo, las florecillas del verano que se cierran con la noche, y se me antojó un lecho, aguardando a que me soltara, decidirme a ello de una vez por todas. Y no sé por qué, pero quise pedir algo. Un deseo. Vanessa. Deseabas volver a verla, algún día, ya que se te fuera la enfermedad. Cuando, con los años resecos, dejaras de ser muchacho, otra vez hombre, otra vez persona.

No sé si eso sirva. Por mí, guárdenla, no tengo inconveniente; no es lo que me molesta. Los papeles de la herramienta los arreglo. Pero, ¿y no me pueden llevar con ustedes? ¿Tiene que haber denuncia? No quiero ver a mi hija preocupada. Prefiero estar allá, de donde uno no sale. ¿No se puede así, entregarme y ya? ¿Y si hago otras cosas? ¿Lastimar, pero en serio? Ya, entonces hasta que abran carpeta. Bueno, entonces, si es todo lo que queda, ¿le entregó la hoja? No, quédensela, por cualquier situación. Un adelanto. No vaya a ser. Sí, sí voy a ir a donde me dicen. A lo mejor hasta me toca que me dé consulta mi propia hija. ¿Se tratará lo que tengo? Porque puedo ser como ustedes, todavía. Así, con trabajo y todo. Pero no sé; no sé qué vaya a pasarnos. ¿Quién lo sabe? Sí, el plano de la casa. Correcto, ese es el cuarto de Vanessa. Así me gustaría que quede su recámara, con la remodelación, para cuando vuelva. Pintarle las paredes. Unas buganvilias con colibríes enflorados.


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