¿Te gustó? ¡Comparte!

Guadalajara, Jalisco, 28 de enero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 9 minutos

Cuento esto como testimonio de lo que quedó de mí y de mi hija María. Después de la desaparición de María, la casa no se volvió silenciosa: se volvió irregular. No tenía un ritmo propio. Las puertas ya no cerraban igual. La luz de la tarde apenas entraba; el color era distinto, también la inclinación, como si las habitaciones hubieran olvidado cómo funcionar juntas. Yo tampoco supe quedarme entera. Empecé a habitar los espacios de otra manera. Torpe. Precavida. Marcaba con el pie el piso antes de cruzar los umbrales, como si necesitara confirmar que la casa todavía respondía a mis movimientos. Caminaba más lento, encorvada, como si la ausencia me estuviera doblando. Encendía luces que antes nunca prendía. Dejaba la televisión encendida con el volumen bajo, no para escucharla, sino para que algo respirara conmigo. La casa estaba tan cambiada que cada sonido parecía ajeno, como si viniera desde una grieta entre paredes. Esa misma semana aparecieron los primeros hongos, discretos, como una cortesía.

La desaparición de María había ocurrido dieciséis meses atrás. Una mañana salió rumbo al trabajo y nunca regresó. No hubo mensaje, ni rastro, ni testigos. Su novio también desapareció. Huyó. La fiscalía inició la carpeta de investigación. Después no hubo más. Hasta ahí dejó el caso. En la colonia empecé a pegar volantes con la cara de María. Al principio los miraba como si fueran otra clase de espejo, uno que no devuelve nada. Luego dejaron de estar. No se caían, alguien los arrancaba con paciencia, con método. A veces amanecían solo los pedazos de cinta, como costras. Una vecina dijo que mejor no los pusiera en el poste frente a mi casa, que “se veía feo” y “atraía cosas”. Como si lo feo no viviera ya aquí. Como si la casa pudiera tragarse la ausencia y digerirla.

Los primeros meses seguí la rutina como si aún hubiera tiempo para que la vida volviera a su lugar. Hacía café para dos. Guardaba tus cosas como si fueras a necesitarlas. Revisaba cinco veces al día la entrada por si escuchaba tus llaves. Prefería estar en casa. Por si llegabas.

Salía poco. Las vecinas me llevaban el mandado. Me preparaban de comer. Se sentaban conmigo. Me hablaban. Yo no tenía ganas de hablar. Con el tiempo empecé a escuchar cómo se deshacía mi orden interno, el desayuno, la cama, la sobremesa, la respiración dentro de las habitaciones. Todo se iba aflojando. Todo se deshilaba. Yo también.

Una de las mamás buscadoras me recomendó prender una veladora blanca. Otra vecina me trajo un listón rojo “para cortar envidias”. Mi hermana me dijo de encender una vela negra antes de ir a dormir. Acepté todo. Cuando ya no queda nada, se acepta. Puse una imagen pequeña de un santo sobre la repisa, la veladora junto a un vaso con agua. La veladora duró tres horas. Se ahogó en su propia cera y dejó un olor a grasa vieja. El agua amaneció con una película fina, como baba. Esa mañana pensé, ridícula, que quizá el santo me estaba contestando. Después entendí que no hay santos para esto. Solo hay cosas que entran. Hay personas que se van y nunca regresan, pensé.

Pasaron semanas. Cerca del tercer mes apareció el carrete de hilo gris. No me sorprendió. Siempre he guardado cosas en algún lugar de mi geografía: sueños, recuerdos, memorias. Hilos. Era pequeño, anodino, casi ridículo. Pesaba menos de lo que parecía. Olía mal. A algo que llevaba tiempo podrido. Lo dejé en el escritorio, donde no estorbara. A los pocos días ya no estaba. Lo encontré sobre la nevera. Luego en el cajón de los cubiertos. Después dentro del zapato izquierdo. Más tarde en una caja de té. Luego en mi boca. Después lo sentí en el pecho. Era inquietante. Insistente. Un ruido muy tenue que vuelve justo cuando estás por olvidarlo. Entonces apareciste tú.

No logro nombrarte. Ahora tampoco lo voy a hacer. No tengo más tiempo humano para nombrarte. No tienes rasgos humanos ni de ningún ser vivo. No pareces querer parecerte a nada. La primera vez que te vi, a un lado de la lavadora, en la penumbra azulada del cuarto de lavado, supe lo que había sucedido. No lo quise aceptar. No te estabas escondiendo. Simplemente estabas. Quizá llevabas más tiempo allí y yo había decidido no verte.

Eras pequeña. Enojada. Gris. Flaca. Pálida. Tu piel parecía un trapo húmedo, cartón ablandado, algo que no debería mantenerse en pie, pero lo hace porque no conoce otra forma. Tenías manos, pero no dedos. Solo extensiones disparejas. Recuerdo que me acerqué y con tus manos me abrazaste. No me dejaste ir. Tu presencia no fue consuelo. Fue tristeza. Venías acompañada de hongos. Los primeros ya habían aparecido antes. A partir de ese momento comenzaron a esparcirse por toda la casa, en los zoclos, en las esquinas, después en las paredes. La primera vez que te vi entendí tus ojos. Eran huecos opacos. Absorbían la luz. No miraban. Permanecían. No emitías amenaza ni propósito. Existías. Habías elegido existir en mi casa sin avisar.

Esa noche el carrete reapareció sobre la mesa del comedor, destripado. El hilo atravesaba la mesa, el piso, parte de la pared, como si algo hubiera intentado medir el espacio sin saber cómo hacerlo. Para entonces el mundo exterior ya no tenía sentido. Me había acostumbrado a esperar llamadas que no llegaban, a tocar tierra húmeda buscando rastros imaginarios, a caminar con otras mujeres que cargaban fotos plastificadas al pecho. Era una rutina doble, afuera buscaba; dentro sobrevivía. Te tuve nueve meses en mi vientre, ahora te busco en las entrañas de la tierra, pensaba.

Esa noche el teléfono sonó. Habían encontrado el cuerpo de María en una fosa. Llamó una de las mamás buscadoras. Estaban cerca del estadio. Habían pasado dieciséis meses y dos días desde que todo empezó a quedarse. Apenas pude reconocerla por la voz. Sentí alivio. Confusión. Tristeza. Ira. Después, una calma sucia, ofensiva, de esas que llegan cuando ya no queda nada que defender. Cuando la muerte deja de doler y empieza a ordenar. Al día siguiente vino gente. Mujeres con caldo, tortillas, remedios para la pena. Una me apretó la mano y dijo que “una nunca sabe con quién se mete”. Otra dijo que “seguro andaba en algo”. Lo dijeron bajo, con la voz que se usa para juzgar. Pensé en la boca de María. Fragmentada. Después ya no quise seguir mirando. Pensé también en mi madre, es tu culpa me había dicho. La desaparición también se cuenta así, como culpa.

Desde entonces aparecías más. Nunca en el mismo lugar. A veces cerca del suelo. A veces a la altura de mis ojos. Una vez dentro del armario, acomodada como un objeto sin categoría. Cada vez dejabas un nuevo tramo de hilo. Suelto. Interrumpido. Cortado por algo que no corta. La vida empezó a tomar esa forma, fragmentos que no armaban nada completo. El olor ya no se iba. Llegaste cuando a María se la llevaron. Como si la casa necesitara una pieza donde antes había otra. Un reemplazo. Una cicatriz viva. Un huésped. Una herida que me habita. Desde que el cuerpo apareció supe que no te irías. No eras ilusión. Eras un hecho. Una materialidad imposible ocupando mi casa. Ahora te observo cuando apareces. No haces nada. Solo ocupas un lugar nuevo. El hilo sigue llegando. Siempre incompleto. Siempre roto.

La humedad avanzó después. Espesa. Silenciosa. A veces olía a hierba, a veces apestaba, a veces a tierra removida. Otras veces no olía a nada. Los hongos crecían siguiendo patrones parecidos al hilo, curvas torpes, líneas que no cerraban; líneas cortadas. Una vecina dijo que ventilara. Que usara pintura. Le dije que sí. No lo hice. Pensaba en ti. Tú parecías hecha de lo mismo. Cuando movías tus manos caían esporas. Manchas mínimas que se expandían. De a poco, comenzaron a entrar en mí. Dejé de limpiarlas. Las acepté. Borrarlas era negar algo que necesitaba existir.

Los trámites, la identificación, el ministerio público. Un hombre dijo que eso les pasa por estar de vagas, seguro se fue con el novio. Lo dijo sonriendo a su compañera de al lado. Me entregó unos documentos de mala gana. Pensé en sus manos: manos que firman, sellan, archivan cuerpos. Ese día, al volver, estabas esperándome en el pasillo. Esa misma tarde te encontré en la cocina. Habías intentado abrir la perilla del gas. Al abrir la puerta te asusté. Caíste. Me miraste de mala gana y te levantaste. Esa noche aparecieron cuatro hilos: en la cuchara, en la pared, en la almohada, en mi cabeza.

Te sentabas donde María se sentaba. En la cama. En la silla. Frente al espejo. Una noche te paraste detrás de mí. No me tocaste. Sentí tu respiración. –¿Qué quieres? –pregunté. No respondiste. Los hilos se multiplicaron. Cinco. Doce. Veintitrés. Los acariciaba. Los olía. Eso me mantenía viva. Las vecinas dejaban el mandado y se iban. Ya no hablábamos. Una vez llevé un tramo a la nariz. Olía a tierra. Olía a sangre. Lo lavé. El hilo se encogió. A la mañana siguiente estaba intacto. El hilo había crecido.

Ahora pienso en María como una línea. Gris. Incompleta. Extendida por la casa. La desaparición forzada no deja fantasmas. Deja espacios deformados. Rutinas torcidas. Casas que respiran mal. Hilos que nadie sabrá hilar. Han pasado semanas desde el velorio. Me siento afortunada de haberte encontrado. He aprendido tu recorrido: cocina, baño, sala, habitación. Siempre el mismo orden. Hoy es la última vez. Estoy en la cama. No es de mañana. La casa está en silencio. Entras. Miras el desorden. Las pastillas. Me miras. Caminas. Despacio. Cerca. El hilo se tensa. Lo siento en la garganta, en el pecho, en la lengua. Ya no intento calmarme. Ya no pienso en María. Ya no pienso en mí. La casa respira hondo. Cierro los ojos. Los hongos cubren la pared. Tú me observas. Ya no hay nadie que se vaya.


¿Te gustó? ¡Comparte!