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Ciudad de México, 23 de enero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 9 minutos

Elsa caía una vez más. Las pequeñas lucecitas dispersas no alumbraban: eran apenas puntos de color colgados de la oscuridad. La tierra no tenía prisa por atraerla, casi flotaba. El aire dibujaba una estela perezosa a su paso.

Había iniciado su caída en el remate de la escalera del segundo piso, boca abajo. Descendía tratando de distinguir los objetos detrás de las luces hasta que vio con claridad las losetas del hall: duras, cercanas, definitivas. Despertó súbitamente entonces, con la certeza de que chocar contra ellas habría sido un final absurdo de un sueño casi placentero.

El sueño se repetía más o menos cada mes. Era el complemento de otro, también recurrente, de su hermana Paloma. El escenario de ese segundo sueño era el patio abierto donde se guardaba el coche. Paloma se veía sentada sobre la barda, como si ese fuera un lugar natural donde descansar. Elsa aparecía de repente enfrente, afuera de la ventana de la recámara que compartían las cuatro hermanas, agitando los brazos extendidos mientras caía.

No gritaba. No pedía ayuda.

Los rosales al pie del muro extendían sus ramas abiertas para recibirla. En cámara lenta, Elsa los traspasaba; sus manos resorteaban al tocar el suelo y parecía que este impulso hacia arriba y el denso colchón vegetal la salvarían. Pero enseguida sus brazos se doblaban, su cabeza giraba conforme se recargaba contra el suelo y, al caer el resto de su cuerpo, su cuello permanecía en un ángulo imposible. Imposible para que continuara viva. Paloma despertaba gritando:

–¡Elsa está muerta! ¡Se cayó!

Su mamá acudía y trataba de tranquilizarla, recordándole que era sólo una pesadilla. Aun así, el desasosiego rondaba a la niña por el resto del día.

  *   *   *   *

Hoy es un jueves como tantos otros. Al terminar las tareas, la mamá de Elsa la sienta junto con sus hermanas frente al enorme cinescopio blanco. A las ocho de la noche, al terminar Lassie, Elsa es enviada a dormir a pesar de sus protestas. El brillo de la TV ilumina muy poco, pero no le permiten prender la luz porque se refleja mucho en la pantalla y ya empezaron Los Intocables.

A partir de la mitad de la escalera, la oscuridad se come los escalones. Elsa aprieta el barandal con su mano derecha hasta que duele. Fuerza tanto la vista que le parece ver alrededor diminutas lucecitas de colores. Llega al remate de la escalera en el segundo piso. Recorre el pasillo conteniendo la respiración. Entra a la recámara, cierra la puerta y por fin puede prender la luz. Ha terminado la dosis de terror del día.

  *   *   *   *

Elsa, de siete años y Paloma, de nueve, eran las más pequeñas de las cinco hijas de Roberto y Otilia. Seguían las cuatas, de diez años y Sonia, la mayor, quien acababa de terminar la secundaria. Elsa era la más inquieta; Paloma, la que mandaba a punta de golpes y mordidas. Las cuatas vivían en su propio mundo. Sonia se mantenía cerca de sus papás, salvaguardando su papel de primogénita.

Como premio de graduación, Sonia y Otilia se fueron por dos días a Oaxaca. Mientras Roberto trabajaba, las cuatro chiquitas quedaron a cargo de la tía Imelda.

El primer día, después de comer, en lo que Imelda recogía la cocina, les dio permiso a las niñas de subir a las recámaras a jugar. Las cuatas propusieron una guerra de almohadazos en su cuarto. Había dos camas, dispuestas frente a frente. Trajeron almohadas de todos lados y se parapetaron por parejas.

Paloma dio la señal y empezó la guerra: volaban los almohadazos, y las niñas brincaban en la cama y caían al piso. Fueron aumentando el enojo y el caos. En una de esas, Elsa se desplomó contra la ventana y la ventana cedió, dándole paso franco. El grito de Paloma cortó el aire. Las cuatas se asomaron al patio y corrieron escaleras abajo.

–¡Tía, tía, se cayó Elsa! ¡¡Se cayó Elsa por la ventana!! ¡Está en el jardín!

La tía Imelda casi tiró la olla que acababa de lavar:

–¿Que pasó qué? ¡Escuinclas peleoneras, ya las estaba oyendo yo! ¿Quién fue, quién la tiró?

Las cuatas, asustadas, dijeron:

–Nosotras no fuimos.

Voltearon a verse, y como si se hubieran puesto de acuerdo, añadieron:

–¡Estaba junto a Paloma!

Los ojos de Imelda echaban fuego; su voz se hizo muy grave y potente:

–¡Ahora sí vas a ver, Paloma! ¡Te voy a matar, maldita escuincla!

En el jardín, Elsa se vio de pronto acostada bajo la cerrada fronda de los rosales que crecían al pie del muro. La tierra tenía una humedad dulzona. El surtidor al fondo soltaba su agua gota a gota. Más allá, un niño daba el uno, dos tres por mí y por mis compañeros… Desde la calle se escuchaba un carro pasar con lentitud.

Permanecía atontada. Aparecieron a su lado las cuatas e Imelda. No entendía lo que decía ninguna. Continuó sintiendo una calma que le pedía no hacer caso de nada, sentirse ajena a lo que había pasado. Tras un medio minuto, se dio cuenta de lo que le preguntaban:

–¡Elsa!, ¿estás bien, estás bien?, le preguntaron por enésima vez.

–¡No te pares, no te muevas!, añadió Imelda.

Respiró hondo y pudo responder:

–No, no me duele nada, y ya quiero pararme.

–¡No te vas a levantar así nomás!

Imelda le movió lentamente cada brazo y cada pierna. El brazo derecho tenía arañazos de las espinas de los rosales… Ardían y había hilos de sangre, pero nada más.

–¿Dónde te pegaste?

–No sé.

–¿A dónde vas? –la detuvo Imelda. –Te vas a apoyar en mí hasta que lleguemos al sillón de la sala y te vas a quedar quietecita hasta que llegue tu papá.

Le dio pan y agua y la ayudó a recostarse. Mientras tanto, las cuatas habían subido a buscar a Paloma. La encontraron sentada en el suelo, temblando.

–No le pasó nada, ya cálmate, –le dijeron quedito.

–Pero Imelda dijo que me va a matar, o si no, mi papá o mi mamá lo harán. Lloraba silenciosamente.

–No, ellos no. Escóndete debajo del sillón grande del costurero, está tan pesado que nunca lo pueden mover. Imelda no podrá sacarte de ahí.

–¿Están seguras?, susurró. –¡Claro que sí! Se la llevaron y la ayudaron a meterse hasta el rincón más lejano bajo el enorme sofá del costurero.

Imelda subió, reanudando sus amenazas. Juró que iba a recorrer todos los cuartos hasta encontrar a Paloma, que la iba a correr de la casa, que iba a llamar a la policía… Después de un rato, frustrada, dijo que ya Roberto se haría cargo y se regresó al primer piso.

Paloma pasó debajo del sofá tres horas de tortura interminable. Imelda dejó de gritar llamándola, pero ¿qué iba a pasar si Elsa se moría?, ¿la había empujado o se había caído sola? No estaba segura. ¿Vendría la policía a buscarla? ¿Qué castigo le iban a dar? ¿Le iba a creer su mamá que esto había pasado sin querer? Quizá no, pues apenas el día anterior les había mordido la espalda a las cuatas, dejándolas aullando de dolor. A lo mejor sí terminarían corriéndola de la casa. Sentía que se volvía loca. Seguía temblando y llorando en silencio.

Roberto regresó del trabajo en cuanto pudo. Le preguntó con calma una vez más a Elsa si se sentía bien. También, si había comido algo y si no le había dolido el estómago o la cabeza. Decidió que no había nada más que hacer hasta que llegara su esposa. Con voz tranquila llamó a Paloma, quien salió de su escondite llorando ahora histéricamente en el regazo de su papá. Viéndola así, las cuatas también lloraban. Roberto repitió varias veces que Elsa estaba bien y que no había de qué preocuparse. No preguntó el detalle de lo que pasó, pero les prohibió jugar en las recámaras de ahí en adelante. Paloma con mucho trabajo aceptó un vaso de leche antes de irse a la cama. Elsa tampoco tenía apetito. Se fueron a dormir como siempre.

Elsa, aparentemente tranquila, a quien realmente esperaba para desahogarse era a su mamá. Le diría lo extraño que le resultaba no recordar nada de la caída en sí; le preguntaría por qué no recordaba ni siquiera qué vio mientras caía, ni la sensación misma de ir bajando, nada de cómo entró en contacto con los rosales y llegó al piso. Sólo su mamá podría explicarle cómo podría haber ocurrido, sólo ella sabría si de verdad no estaba lastimada. Pensó que quizá al platicar con ella lloraría, pues le había impresionado mucho ver tan asustada y enojada a su tía.

Cuando llegó Otilia y subió, se sentó en la cama. Paloma empezó a temblar. Sin hacerle aparentemente caso, Otilia se dirigió a Elsa:

–¿Entonces no sientes ningún dolor en ninguna parte?

–No, pero fíjate que…

–Enséñame los rasguños. ¿Te arden?

–Un poco. Es que…

–¿Y no te duele, sólo es el ardor?

–Sí, yo creo que…

–Te vas a quedar acostada. Ya le hablé al doctor y te va a ver mañana temprano. Pero no te pasó nada, ¿verdad?

–No, creo que no… Pero estuvo muy raro, fíjate que…

Otilia había tocado su frente.

–Tampoco tienes temperatura. No, no te pasó nada. Ya duérmete.

–Sí, pero ¿no crees que…?

–¿No me oíste?, necesitas descansar –dijo Otilia.

–Está bien –respondió Elsa con resignación.

Al salir, Otilia dijo con suavidad:

–Paloma, vente conmigo.

Paloma, temerosa, salió lentamente de la cama y siguió a su mamá. No regresó, se quedó a dormir con ella. Se volvieron inseparables.

Para Elsa la vida continuó igual, salvo por sus sueños recurrentes y su terror a la obscuridad.


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