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Puebla, México, 22 de enero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 6 minutos

Aceptamos con mayor facilidad la idea de orden y legalidad en cualquier serie policíaca o película gringa que en nuestro propio país. Así se nos ha adoctrinado. Como mexicanos, en cambio, damos por hecho que aquí eso no aplica. Hubo incluso una serie de acción, El Equipo, producida por Televisa en 2011 y financiada nada menos que por el gobierno de México, bajo la supervisión de Genaro García Luna. El resultado nos parece tan hilarante como inverosímil: una ficción policíaca ambientada en México que evita el tema de la corrupción. Por eso mismo, los antihéroes de la novela negra moderna necesitan claroscuros, complejidades y un sinfín de defectos que los humanicen, como El Zurdo Mendieta en la saga de Elmer Mendoza. Tiene vínculos con el narcotráfico e intercambia favores con ellos, casi siempre con motivaciones nobles.

Para que una ficción se sostenga tiene que estar cimentada en la realidad. Cuando un agente de policía rompe el protocolo en alguna película o serie gringa, se arma un morocotongo interno para lidiar con las consecuencias legales. Pero acaba el capítulo de la serie y a la mañana siguiente deslizamos el feed interminable de mierda que nos alimenta con cucharadas de avioncito el algoritmo, y vemos cómo un agente enmascarado de I.C.E. le dispara en la cara a una mujer por oponerse a una redada contra inmigrantes. Renee Nicole Good era poeta, lesbiana, madre de familia homoparental y abierta defensora de los derechos de los migrantes; o sea, el enemigo, la otredad y el opuesto absoluto de los que pertenecen a MAGA, el culto de Trump.

La noticia de su asesinato me llevó a uno de esos agujeros de conejo y así encontré información sobre las estrategias de reclutamiento de I.C.E. El gobierno invierte millones en publicidad dirigida a jóvenes que consumen podcasts sobre masculinidad y valores conservadores. Por ejemplo, el de Joe Rogan, el bastión de Trump en Internet. En su podcast, el comediante y ex luchador de MMA les habla a sus casi 20 millones de seguidores sobre OVNIS, ir al gimnasio para estar mamuco y no necesitar vacunas, o consumir DMT para alcanzar la iluminación espiritual. Últimamente se ha vuelto cristiano.

Los anuncios de reclutamiento para I.C.E. utilizan clips de películas de acción y promueven la idea de que buscan escuadrones de machos para abatir narcoterroristas. Todo el imaginario estadounidense es, desde luego, un blockbuster de acción. Pero a toda aquella basura de plomazos, músculos y sangre que hay en Hollywood, se opone ese contenido selecto, de calidad, con valor intelectual más profundo. No obstante, un análisis minucioso revela que hasta en nuestras series predilectas hay un profundo arraigo de propaganda, que consumimos como se acepta esa dosis inevitable de alquitrán cada que gozamos un delicioso levantón de nicotina.

Durante el apogeo de las narcoseries, hace algunos años, mucha gente con consciencia social e histórica empezó a protestar contra aquella especie de glamorización del crimen organizado y su nefasta cultura. Yo alguna vez objeté que, si no querían que viéramos series como Narcos o El Chapo, ambas de Netflix, por el problema de las drogas, tampoco había que ver The Wire o Breaking Bad porque trataban de lo mismo. La diferencia: estas últimas nos quedan muy lejos.

Mientras la venta de heroína en los proyectos de Baltimore, y la inverosímil coronación de un maestro de Química como capo del crimen en Albuquerque, nos mantienen al filo del asiento con narrativas híper complejas, diálogos realistas y personajes con psiques intrincadas, al final del día presentan siempre un orden e instituciones en quién confiar.

En Narcos, por ejemplo, el héroe Enrique “Kiki” Camarena es abatido por el Cártel de Guadalajara (un amigo que estaba clavado con la serie pero nunca se ha interesado por la realidad del país, se puso triste cuando le di este “spoiler”). Pero numerosas investigaciones señalan que el asunto no fue tan simple, entre ellas las de los periodistas Témoris Grecko para la revista Domingo de Milenio (“La mitad oculta del caso Irán-Contra: México-California”), Jesús Esquivel (La CIA, Camarena y Caro Quintero). En la ejecución de Camarena estuvo involucrada la CIA y altos funcionarios tanto de los gobiernos de Ronald Reagan y Miguel de la Madrid.

Estas ficciones toman elementos ásperos de la realidad, los estilizan, pero eliminan toda denuncia que pueda incomodar al poder. A lo mucho, en The Wire, al final de la segunda temporada, averiguamos que una red de crimen internacional logra evadir las investigaciones del detective McNulty y su escuadrón de valientes, por culpa de un infiltrado en niveles muy altos de la CIA (ese hijo de perra ocasionó que mataran a Frank Sobotka). O bien: en Breaking Bad jamás se atrevieron a involucrar a ningún agente de la DEA con las operaciones delincuenciales de Gustavo Fringe y los cárteles mexicanos. Hank Schredder es un agente de la DEA con problemas de ira y actitudes misóginas, pero ni él ni sus compañeros de las fuerzas armadas se corrompen jamás. Esa sería una buena continuación para la serie de Netflix: Narcos: DEA.

Estas series están magistralmente escritas. Basan toda su calidad en la construcción literaria y dramáticamente estructurada de los personajes y las tramas. Pero no tienen la menor responsabilidad ética o política con un público al que le venden sus historias para enriquecer los bolsillos de las cadenas que las producen (AMC, HBO/Warner, Netflix, que al momento de escribir esto está a punto de adquirir Warner). Ante este punto cualquier ingenuo cuestionaría: “¿Por qué no dejas de politizar todo y sencillamente lo disfrutas?”. O quizá sólo, como Freud o como Sócrates, me conviene discutir conmigo mismo para ganar siempre las discusiones que yo solito me planteo. El caso es que llega un punto en el que ya no puedes entrarle al pacto de ficción. Cuando sabes que el sistema aplaude la masacre, la tortura, la invasión, el genocidio (Gaza, Venezuela, México, Minneapolis), y ves que el agente del FBI en la pantalla de tu sala no se atreve a disparar su arma por seguir el protocolo, la incredulidad sí te hace de repente torcer la boca, ¿no?

La ficción reconforta porque le da a la existencia un sentido de linealidad y propósito. Si no, ¿de qué nos sirve observar esas narrativas burdas, violencia gratuita ejercida por villanos sin refinar y con motivaciones simplonas? No hace falta ver series sino echarle un ojo a la realidad que nos vomita el algoritmo, uno de los peores escritores de contenido.


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