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Puebla, México, 11 de marzo de 2024 (Neotraba)

A diferencia de lo que muchos pensadores eurocentristas afirmaron hasta el siglo XIX, civilización y barbarie son conceptos relativos. Observemos un par de casos de la Conquista para contrastar la arbitrariedad de estas categorías. Según refiere Bernal Díaz, a los españoles les resultó un choque aberrante y terrorífico entrar al Templo Mayor y ver que una representación de Huitzilopochtli:

[…] tenía en las paredes tantas costras de sangre y el suelo todo bañado de ello, como en los mataderos de Castilla no había tanto hedor. Y allí le tenían presentado [a su hermano Tezcatlipoca] cinco corazones de aquel día sacrificados (Historia verdadera 174).

Llama también la atención leer, algunos capítulos atrás en el mismo relato de Bernal Díaz, cuando Hernán Cortés descubrió que Xicoténcatl le había enviado espías para seguirlo en su camino por el valle de México:

[…]  mandó prender hasta diez y siete indios de aquellas espías, y dellos se cortaron las manos y a otros los dedos pulgares, y los enviamos a su capitán Xicotenga, y se les dijo que por el atrevimiento de venir de aquella manera se les ha hecho ahora aquel castigo (122).

No argumentaré que cortar manos y pulgares es más o menos brutal que sacar corazones aún latentes. Incluso omitiré decir que la motivación de los aztecas era rendir noble tributo a sus dioses, mientras que a los peninsulares los movía exclusivamente la ambición. Porque también es sabido que los aztecas fueron pioneros de la política del terror. Pero la crueldad de Cortés y sus coterráneos es innegable. Por supuesto, hay quienes acusan estas representaciones negativas y las califican como una “leyenda negra”. Según las dos primeras líneas de Wikipedia (autoridad irrefutable en este espacio y en cualquier plática de bar), la “leyenda negra” se relaciona con “hispanofobia” y “anticatolicismo”. Como si las atrocidades que registran no sólo frailes (Motolinía, Bartolomé de las Casas), sino los propios conquistadores (Bernal, Cortés), fueran un retrato injusto hecho por ellos mismos. Interesante: la representación hecha por el enemigo nunca va a ser favorable, pero dibujarse para el mundo desde la mirada propia arroja una luz muy nítida sobre las deformidades del sujeto, en mayor medida cuanto éste menos las percibe.

Entre algunas “técnicas de la conquista”, el historiador Georg Friederici menciona la calumnia y el insulto. La calumnia es una herramienta de ataque tan presente entonces, cuando se tildaba a los aztecas de antropófagos y de sométicos, como lo fue en los 50 el cine de propaganda anticomunista. El enemigo caricaturizado de los gringos ha tenido muchas nacionalidades. En los 40 hubo grotescos estereotipos japoneses (como los Ducktators, caricatura propagandística de la 2da Guerra Mundial con el Pato Lucas). Todavía en los 90, los malos eran siempre rusos (Rocky IV: DRAGOOO!!!). Hoy el epíteto de terrorista pretende encasillar, junto con todos los musulmanes, a cualquier narcomexicano que inunda de fentanilo las calles doradas de America, The Beautiful, plagadas de enfermos mentales, analfabetas, chimuelos crackheads y desposeídos.

La parodia descalifica al Otro, lo minimiza. Pero a veces uno mismo es el autor más brillante de su propia burla. Las representaciones propias, incluso las más honestas o quizá más en cuanto lo sean, rayan el ridículo si evidencian delirios de grandeza. Volvamos a referentes coloniales. El recurso retórico más socorrido entre los Cronistas de Indias fue la captatio benevolentae o “captación de benevolencia”. Es constante en las Cartas de Relación de Hernán Cortés, que buscaba retratarse a sí mismo como un guerrero valeroso, noble y esforzado para atraer la simpatía de Carlos V, a quien nunca baja de “Su Muy Amable, Excelentísima y Catolicísima Majestad”. Tanto Bernal como Cortés (para Christian Duverger, la misma persona) refieren un rumor que circuló entre los soldados: el Apóstol Santiago descendió en un caballo radiante, con su armadura plateada, su espada refulgente y, casi casi, lanzando rashos láser para matar indígenas durante la batalla del Templo Mayor. Claro: toda guerra se gana de antemano cuando se es hijo elegido del dios más chicho.

Volvamos con los gringous. El mismo mecanismo opera cuando Iron Man y el Capitán América luchan por el bien y la justicia en términos abstractos. Dan por hecho que los Estados Unidos son los únicos protectores de la paz en el mundo (“he logrado exitosamente privatizar la paz mundial”, dice Tony Stark en Iron Man 2). Y pensemos en los simpatizantes de Trump. Desde siempre, el partido conservador o republicano tiene una mayoría cristiana entre sus filas. Pero los seguidores de Trump suelen profesar una fe basada en la interpretación literaria de la Biblia, o como a ellos tanto les gusta proferir sobre los musulmanes, fundamentalismo extremo. Hay organizaciones paramilitares de cristianos lunáticos que planean levantarse en armas contra un orden mundial de reptilianos pederastas y creen que, encabezados por el mismísimo Pato Donald Trompas, liderarán al mundo hacia una nueva era de valores tradicionales.

Esta gente cree textualmente lo que dicen las escrituras sobre el origen del universo y la vida. Lo llaman “creacionismo” (no tiene que ver con la poesía vanguardista de Huidobro). Pero ellos también tienen ojos y han visto los esqueletos de los dinosaurios. Ahora, como el mundo sólo tiene seis mil años de existir, según la suma de todas las edades de los profetas en el Antiguo Testamento, no queda otra conclusión que la más lógica y evidente: el hombre y los dinosaurios tuvieron que coexistir en algún lugar remoto (ni tanto) de la historia (bueno…).

En síntesis: Los Picapiedra es un documental. Los centuriones patrullaban las calles de Roma en tricératops con silla y bridón. El domingo de ramos, Jesucristo no montó un burro sino un velociraptor. No se ría. Si a esta heroica imagen del redentor le agregamos un par de metralletas en las manos agujeradas, cualquier americano patriótico con cachucha roja (MAGA) se sentirá tocado por Dios y experimentará el más noble fervor nacionalista.

Bibliografía:

Díaz del Castillo, Bernal. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. México: Porrúa, 2015.


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