Las furias
Presentamos un fragmento de la novela Las Furias de Daniel Avechuco Cabrera, la cual obtuvo el Premio Internacional de Novela Negra «Una vuelta de tuerca» en 2025

Presentamos un fragmento de la novela Las Furias de Daniel Avechuco Cabrera, la cual obtuvo el Premio Internacional de Novela Negra «Una vuelta de tuerca» en 2025

Por Daniel Avechuco Cabrera
Hermosillo, Sonora, 4 de noviembre de 2025 (Neotraba)
Presentamos un fragmento de la novela Las Furias de Daniel Avechuco Cabrera, la cual obtuvo el Premio Internacional de Novela Negra «Una vuelta de tuerca» en 2025
Parte 2, capítulo 4
–Doña, enséñeme la mano de la Santa.
Fue como pronunciar la fórmula que rompía un sortilegio. Las pupilas de la vieja Sula se dilataron, y le empezó a temblar el labio superior, al parecer el signo somático de un entusiasmo extraño. Entonces abrió el joyero y extrajo una mano de madera ennegrecida. El tallado no era fino y carecía de detalles, como el contorno de las uñas, las líneas de la palma y las arrugas de los nudillos, aunque las proporciones y el diseño anatómico parecían precisos. Se trataba de la mano derecha, abierta, y era muy obvio que había sido arrancada del resto de la escultura sin el menor de los cuidados: el corte en la muñeca, no del todo horizontal, había dejado varias astillas. Sus dimensiones permitían conjeturar que la escultura medía alrededor de un metro cuarenta, si bien, a la luz del evidente deterioro de la madera, no podía descartarse un leve encogimiento. Al contrario de cómo procedía con el joyero, al que daba un tratamiento de frágil reliquia, doña Sula sujetaba la mano sin delicadeza alguna, como si la considerara invulnerable.
Nico le preguntó si podía tocar la mano. La anciana se la extendió al tiempo que le decía:
–La Santa corrió descalza.
Nico acarició la superficie de la mano, rugosa. Estaba tapizada de diminutos surcos que se lograban percibir solo al tacto de la yema de los dedos. Acto seguido se acercó la mano a la nariz: el aceite conservador que sin duda se le había aplicado no había conseguido aplacar del todo el aroma natural de la madera. Parecía pino, aunque no era una entendida en la materia.
–Doña –dijo Nico–, cuénteme de la Santa. ¿Por qué corrió?
–Corrió descalza y levantó el polvo de Malcatrán, que es muy finito y pegajoso. Y mientras corría, el cabello le ondeaba como velo de luto porque lo tenía largo y negro. Las piedras se le encajaron en los pies. En Malcatrán las piedritas son bien filosas. Son como colmillos salidos del suelo, colmillos de lince o a lo mejor de coyote; ve tú a saber. Los coyotes casi no se dejan ver en Malcatrán. Si les da por asomar el hocico, lo hacen nomás al otro lado del río y más allá de la hondonada, adonde nadie va casi nunca. Es muy raro que se dejen ver los coyotes; la mayoría de las veces nomás los oyes. Aúllan tristes. Le aúllan al sol. ¿Ya te dije que el sol de Malcatrán pone roja la tierra? –sin dejar de hablar, la anciana abrió temblorosa el joyero y guardó la mano de madera. Miraba un punto fijo a la espalda de Nico. Pero no tan roja como se puso la tierra cuando el cabello de la Santa se quedó enredado en la rama de un oyamel y no se lo pudo desenredar y la alcanzaron. La hicieron pedazos a machetazos y regaron la tierra con su sangre de yegua bronca. Yo no estaba ahí, pero decían que de su cuerpo nacieron viboritas rojas y que la sangre remojó la tierra de Malcatrán y que a los encinos hasta flores coloradas les brotaron al día siguiente. También decían que las bayas brotaron más dulces y que a las puertas de las casas les apareció una marca que nadie supo entender y que por el río corrieron torrentes de agua. Haz de cuenta que el río, que siempre había sido un arroyito que no servía para maldita la cosa, se puso a llorar por la Santa y de paso por todas las malcatreñas, que quedaron huérfanas, como quien dice.
–¿Quiénes machetearon a la Santa, doña?
–En las manos de la Santa había sangre, muchacha; no sé si ya te dije eso.
–¿Por qué había sangre en sus manos?
–La Santa ya traía manchadas las manos. Y los zorzales vieron todo. ¿Te contó Ester que los pájaros saben hablar? Los pájaros cantan lo que ven. Nomás hay que saber escucharlos.
Nico comprendió que resultaba inútil encarar la interacción con la anciana como si fuera un diálogo común y corriente. Hubo de asumir que, para efectos prácticos, simplemente hablaban lenguas distintas o dos estadios del español pertenecientes a épocas muy diferentes. En todo caso, debía dar con las palabras adecuadas para azuzar la memoria o el entusiasmo de la anciana, como le había sugerido Mingo, aun con el riesgo de que las digresiones la llevaran demasiado lejos y no pudiera regresar al camino principal de la conversación.
–Doña, ¿adónde iba la Santa esa noche?
–Iba adonde la llevaran sus piernas de yegua bronca. No dudo que hubiera llegado más lejos, más allá de Malcatrán, de no ser por la canija rama de oyamel. Porque no fueron ni el cansancio ni el dolor los que la pararon. La Santa aguantaba dolores más bravos que los que te causan las piedras filosas en la planta de los pies –la vieja Sula guardó silencio, se reclinó un poco hacia delante y observó por unos segundos sus Reebok, como si de pronto se sorprendiera de traerlos puestos. Dolores en la piel y en los huesos y dolores de los de adentro, de esos que se hacen bola en la panza. De esos dolores que no te dejan dormir de tanto sobarlos y buscarles cura, o de esos que se vuelven un sueño feo si por fin terminas quedándote dormida. Para acabar pronto, la Santa aguantó los dolores de las demás porque las demás se quedaban calladas. Las demás eran pura tembladera o negaban las cosas o se hacían las locas o las ciegas. Cuando mucho, las demás salían en silencio de sus casas en la madrugada para ya no volver. O para volver con la cola entre las patas y la boca reventada. O de plano para volver tiesas y con el alma huida. No, a la Santa no le dolieron los pies descalzos ni se cansó de correr: fue la rama de oyamel.
Nico se tomó unos segundos para formular su siguiente pregunta. Las asociaciones más o menos libres a las que recurría la anciana estaban convirtiendo la entrevista en un auténtico interrogatorio.
–Y usted, doña, ¿también se quedaba callada?
Las pupilas de la vieja Sula se volvieron a dilatar. Sus ojos, de súbito duros, se posaron en los de Nico. Si bien para cosechar algo sustancial debía conducirse así, con movimientos audaces, imprevisibles, Nico supo que aquella pregunta había sido un exceso tan pronto cerró la boca. Carecía de los datos más elementales de la historia de la Santa, e incluso no podía haber asegurado que los retazos que había reunido hasta el momento correspondían a una misma historia, pero si algo tenía claro era que la pregunta había ofendido a la doña.
–Chamaco –le gritó la anciana a Bernal, quien se había encerrado en su habitación–, acércame al baño; me ando orinando.
Nico se puso de pie: la sesión de ese día había finalizado.

Daniel Avechuco Cabrera
Nació en 1985 en Hermosillo, Sonora. Se ha desempeñado como carpintero, corrector de estilo y profesor de literatura. Actualmente es maestro investigador en el Departamento de Letras y Lingüística de la Universidad de Sonora. Ha publicado el libro de cuentos Rituales (Instituto Sonorense de Cultura, 2012), ganador del Concurso del Libro Sonorense 2011, y las novelas La mutación (Escritores de Sonora A.C. / Instituto Sonorense de Cultura), que obtuvo el Premio Nacional de Novela Breve ESAC 2024, y La caza (Fondo Editorial de la Universidad de Sonora / Instituto Sonorense de Cultura, 2025), merecedora del Concurso del Libro Sonorense 2025. Ese mismo, año ganó el Premio Internacional de Novela Negra «Una vuelta de tuerca» con Las furias.
Las furias, ganadora del Premio Internacional de Novela Negra «Una Vuelta de Tuerca», 2024, publicada por Nitro/Press (col. NitroNoir núm. 46) y la Secretaría de Cultura de Querétaro. México, 2025.
Para mayor información y formas de adquirirla: https://nitro-press.com/9786078805600

