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Ciudad de México, 2 de marzo de 2024 (Neotraba)

Historia de una mujer sin nalgas
(Séptima versión)
Limpio amor

–Da vergüenza ser sirvienta; hubiera preferido ser puta. Ser criada fue la causa de que me casara con un hombre feo, porque las criadas no tenemos derecho a una vida feliz. Debemos conformarnos con lo que sea y con el que sea.

Eso le decía Filadelfa a la bebé que la miraba desde su sillita, balbuceando, mientras ella lavaba trastes en el fregadero. La cocina era enorme, con paredes de cristal desde las que se veía el extenso jardín de la residencia estilo californiano de la calle de Laja, en el Pedregal de San Ángel.

–Tú no sabes de eso, nena. Tú naciste en pañales de seda, eres blanca, tienes tus ojitos azules como tu mamá y el cabellito rubio y lacio. Además, te apellidas Garza Sada y te llamas Roberta, en honor a tu abuelo.

La niña balbuceaba, y aventaba su chupón con la manita, aplaudía y se veía feliz.

–No te creas, yo no era fea, y mis hermanas menos, todas fuimos nalgonas y acinturadas. A mi hermana Agustina le decían «el monumento» en nuestro pueblo, y a Florencia, cuando caminaba por la calle le preguntaban «¿Cuánto?». Pero las tres siempre supimos cuál era nuestro lugar en el mundo. Nunca nos hicimos grandes ilusiones. No esperábamos nada de la vida. Tu mamá es buena gente, al menos no es una perra frustrada como mi última patrona, que se llamaba América. ¡Hazme el chingado favor! ¿Quién en su sano juicio nombra así a su hija? ¿Sabes por qué me corrió la tal América? Porque un día platicaba ella con su amiga la Doctora Maira Colín de que una vez más habían despedido del trabajo a la señora América, por mitotera y chismosa. Entonces doña América estaba furiosa con su exjefe y le decía a la Doctora: Ese pinche naco, bizco, prieto, que usa camisa negra y tiene cara de chango, ¡imagínate, se llama Jenaro con J!, camisa negra con corbata roja. ¡Y me pide la renuncia! ¡Es un pobre pendejo que nunca ha viajado, no sabe ni hablar, no sabe inglés, es un pobre afanador recomendado, era chofer del secretario y ahora se siente jefe! Por favor, Doctora, si de inteligencia se tratara, hasta ella sería mi jefa…Yo todavía no salía de la sala y alcancé a ver con el rabo del ojo que me señalaba con la cabeza… y que no me aguanto. Volví la cabeza, con la cafetera en la mano y le dije: …Y si yo hubiera tenido su preparación y sus oportunidades, quizá no hubiera sido su jefa, pero estoy segura de que nunca hubiera permitido que me mantuvieran, señora América…, y la Doctora soltó la carcajada. En cuantito se fue la visita, que me llama la huevona de la América y que me dice: ¿Sabes qué, Fila?, que ya te estás volviendo muy respondona, así que mejor agarras tus cosas y te vas. No me pagó la semana que me debía, pero nomás de ver su cara me dio tanto gusto que hago de cuenta que pagué por ver.

La niña comenzó a pujar con incomodidad y a llorar. Filadelfa la cargó y, con ella en brazos, sacó un frasco de papilla del refrigerador, lo calentó en el horno de microondas y lo sirvió en un platito. Sentó a la niña nuevamente y comenzó a alimentarla a cucharadas de papilla de verduras.

–¿Y además sabes con qué me salió, nena? ¡Con que le preocupaba lo de las voces! Verás: yo le había contado alguna vez que en mi familia había gente que escuchaba voces dentro de la cabeza, como si alguien te aconsejara al oído. Algunas, como las de mi tía Emidia, eran voces amables, que susurraban halagos y cosas buenas, pero otras, como las que escuchaba mi tío el Coyote, eran ásperas y ordenaban cosas feas: «Mátalo a machetazos», «Dale con la reata y apriétale el pescuezo…», cosas así. ¡Ay, nena, en mala hora se me ocurrió contarle a la tal América que estaba visitando al psiquiatra, que había escuchado un programa y me había ganado una consulta con un buen médico y que me estaba recetando medicina controlada! Yo de compadecida, nomás porque vi como que se quería suicidar cuando la dejó el señor Luis. Pero cómo no, si ella lo jode de un hilo, lo único que hace es ordenarle cada minuto, todos los días. Además, es más vieja que él y desde que la corrieron está más gorda de lo que ya estaba. No le hace que tenga cara bonita, está gorda. El señor Luis se agarró una jovencita, rubia y libanesa, es decir, con mucho dinero. Y tiene un cuerpazo la vieja, creo que se llama Jeny Trad y se armó un sanquintín, como dicen en mi pueblo. ¡Me tengo que apurar, bebé, porque no va a estar la comida para cuando lleguen tus hermanos de la escuela! Es que eso de que falte el mismo día tu nana y la recamarera, pues sí está cabrón. Para mí que ya encontraron otra casa. Es que tu mami es muy linda, pero paga poquito, y nosotras, las que trabajamos en casa, estamos peor que putas, porque ellas siquiera tienen tarifa, nosotras ni eso.

Filadelfa prendió el quemador de la estufa y puso el hervidor de biberones. Alta, delgada, de pelo largo, ondulado y cara triste, ni aún el horrible uniforme de poliéster negro lograba ocultar sus prominentes nalgas. Hacía mucho que había adquirido la costumbre de hablar sola mientras cocinaba o hacía limpieza. Ese día lo hizo con más entusiasmo pues en su fantasía actuaba como si la bebita le entendiera y respondiera con cada balbuceo.

–Sí, ya sé. Para qué me casé con él, si no me gustaba. Ya lo sé, pero es que imagínate a dónde vamos las sirvientas a pasear los domingos, pues a la Alameda; tú no conoces, porque los únicos lugares que visita tu madre están en Santa Fe, o por acá en San Ángel, o San Antonio, en el otro lado, cuando las lleva tu padre de compras; es como si no fueran mexicanas. En la Alameda lo único que te puedes encontrar como marido es un macuarro, como les dicen a los albañiles o a los que limpian vidrios de edificios, y yo no quería ser viuda como mi amiga Sara. Figúrate que el marido de Sara trabajaba en una de esas empresas que te contratan por quincenas y te dan de baja para no pagar el Seguro Social. Pues ahí tienes que contrataron a su esposo para limpiar vidrios y, como el hombre no tenía experiencia, no se amarró bien al columpio, no llevaba ese hilo al que le dicen «línea de vida» y que se cae el pobre cristiano. Se cayó dentro de los juzgados de la Ciudad de México y ni por eso tuvieron compasión de Sara. El juez salió y ordenó que sacaran ese hombre, «me da horror mirarlo», dijo, y para colmo la desgraciada empresa no lo tenía inscrito al Seguro Social, y ahí tienes a la pobre Sara, «boteando» para poder sepultar a su marido. Una de sus patronas le prestó dinero y así pudo cremarlo, porque era más barato. Él que deseaba tanto que lo sepultaran en Guerrero. Por eso no me quise casar con un macuarro. Tuve un novio que se llamaba Ramiro y era de Calvillo, Aguascalientes, y estaba bien chulo, parecía nuestro señor Jesucristo, era macuarro, en Estados Unidos, pero al fin macuarro. ¡Ni loca me voy del otro lado y menos de mojada!

Filadelfa terminó de darle la papilla a la niña y ésta parecía tener una mascarilla verde alrededor de la boquita y sobre los cachetes, pero reía y reía. De una caja de toallitas para bebé, la sirvienta sacó dos, y limpió la cara de su pequeña patrona.

–No estábamos platicando de eso, bebé. Les voy a hacer unas tortitas de espinaca a tus hermanos y sopa de verduras y ya con eso. Ya ves que tu mamá nomás nos compra verdura, que, porque es más sano, y a nosotras no nos compra ni tortillas, que porque engordan. La vida me ha enseñado que los ricos por eso tienen, porque retienen. Porque cuidan los centavos como si no tuvieran para tragar al día siguiente. ¿Que a dónde más vamos? Pues verás, por nuestras compras vamos a la Merced, y si es ropa, al mercado de Mixcalco, y por zapatos al mercado de Granaditas. Aunque luego te dan igual de caro, pero es peor cuando lo patrona te quiere vender sus cosas usadas, dizque bien baratas. Cuando apenas llegas del rancho y los domingos es tu día libre, pues no conoces lugares en la ciudad donde descansar y vas a ver a la familia a Neza, Naucalpan o Ecatepec. Primero eres novedad, pero ya pasados varios domingos te cuelgan cara porque eres una boca más para comer. Por eso, no te creas, prefería irme por mi lado, porque si por error te llegas a quedar en el trabajo, te siguen chingando, no le hace que sea tu día de descanso. Los ricos no consideran que hay que respetar a los pobres.

»Entre nosotras las criadas, no falta la ilusa que se cree sus propias mentiras. Como mi prima Lucha, que ni hablar sabía, pero según ella tenía varios pretendientes y no sabía cuál elegir, si un Arquitecto o un Ingeniero. Decía: “es que está muy ecnamorado de mi”. Sí, oíste bien, “ecnamorado”, no enamorado. En el pueblo le hacíamos burla, pero nunca se lo dijimos en su cara.

»Tampoco faltan las pretensiosas que regresan al rancho imitando a sus patronas. Mis primas Elena, Cristina y Crisanta, se peinaban de chongo para ir al pueblo, se compraban ropa nueva y llevaban abrigo al rancho, en pleno mayo y en ese pinche desierto. Les gustaba que las eligieran para madrinas en las competencias de basquetbol en la cancha o para las carreras de caballos. Se ponían sus tacones desde la carretera y se iban caminando hasta Ixcaquixtla. Cuando al fin llegaban, ya traían los zapatos enlodados y sus tacones rotos. Había un paisano que se llamaba Higinio y al que le decíamos Jincho. Nos daba risa que se paraba cerca del camino para correr a avisarnos que llegaban las muchachas, gritando: “Ya vienen esas viejas con el culo rechinante”. Otra payasa fue mi prima Chófora, que llegó a casa de su abuelita y le dijo: Es que yo no como más que puras cosas buenas, no puede faltarme el pan bimbo, y ahí va la pobre viejita a conseguir el pan Bimbo por toda la ranchería cuando ni luz, ni agua teníamos».

La bebé se comenzó a tallar los ojos con la manita y a bostezar.

–Pues sí, bebé, en el fondo, a todas nos da vergüenza aceptar que somos las “gatas” de otros. Figúrate que aquí cerca vive Aurelia, que pasea a un perrito llamado Pingo y me quiere hacer creer que ella es la patrona y la dueña del animal. ¿Con quién se quedó Pingo?, le pregunto y me contesta: “¡Con una amiga!”. “¡Ay, pobre Aurelia!, soñando que la patrona puede ser tu amiga. En este trabajo en el que vives las 24 horas del día en la casa donde limpias, eres poco más que una esclava. La única manera de saltar de una esclavitud a otra es casarte, como yo, que me casé pensando que me liberaría y lo único que cambió fue que ahora trabajo por días y emergencias, como hoy”.

»“¿Por qué te casas con ese hombre?”, preguntó mi abuela cuando vio a mi flamante prometido. Me daban ganas de contestarle que ningún otro le pediría matrimonio a una sirvienta ni estaría dispuesto a venir al desierto a celebrar la fiesta de boda para honrar a la familia. Cuando el sacerdote nos estaba dando la bendición me quería echar a correr y no parar jamás. Escuchaba voces que me decían: “Dile que no, dile que no”. Les hubiera hecho caso, ahora de todos modos tengo que trabajar y además escuchar a mi marido decir: “Te saqué de criada, ahora eres señora de tu casa”, y siento que lo odio, parece como si me hubiera sacado de puta, me dan ganas de hacer caso a las voces cuando me dicen: “Mátalo, mátalo”.

»O como hoy, que las voces me han dicho todo el día: “Tu patrona es una maldita, siempre está abusando de ti”. Pero yo digo que no. Tus papás son educados, de los que nunca te dicen “chacha”, “gata”, “criada”, te dicen “muchacha” aunque ya tengas setenta años, de los cuales cincuenta has trabajado con ellos. Son de los que te saludan de beso como quien da una limosna a un pordiosero, para que los demás vean qué “lindos” son, qué buenos seres humanos. Los que te invitan a sus fiestas, como bodas o bautizos y te dejan sentar entre los invitados, pero en la mesa de la orilla, por si se les ofrece algo, pues que te levantes rápido y sirvas, que para eso estás. Te regalan un suetercito en navidad y hacen que los niños se porten bien contigo. ¡Ya tienes sueño, hermosa! Te voy a arrullar para que te duermas antes que lleguen tus hermanos porque con su griterío y escándalo siempre te despiertan».

Filadelfa tomó entre sus brazos a la pequeña Roberta y la acunó para arrullarla sin dejar de hablar.

–Y bueno, te decía, tus papás son ricos, pero no tanto. Cuando recién llegué a México trabajé con unos millonarios en la calle de Nube. Esa familia contaba con mayordomo, ama de llaves, cocinera, jardinero, dos choferes, dos nanas y yo era la recamarera. Doña Ofelia y don Ranulfo tuvieron siete hijos. Fue mi primer trabajo en la Ciudad de México. En ese entonces, yo tenía quince años, entrados a dieciséis. Todavía recuerdo a una de las hijas llamada Nini, fíjate qué ridículo, ¡Nini! Nunca supe cómo se llamaba en realidad la tal Nini, pero empezaba: “Chaparrita ¿dónde están mis medias? Me las encuentras, aunque sea debajo de la tierra o te las descuento de tu sueldo”. Tenía mi edad la muy estúpida, sólo que yo trabajé desde los ocho años y ella ni estudiaba ni trabajaba, sólo esperaba casarse. Ese trabajo me lo consiguió doña Demetria, el ama de llaves. Ella era de mi pueblo y buscaba muchachas para trabajar con sus patrones. Un servicio extra no pagado, pero como era el ama de llaves y conocía a los patrones desde que se casaron, los niños la obedecían en todo. Doña Ofelia le decía a cada uno de sus hijos: “Si Demetria se va por tu culpa, vas a hacer todo lo que ella hace”. La señora se dedicaba a andar de dama de compañía de la esposa del presidente de aquel entonces, así que le horrorizaba pensar que el ama de llaves la dejara porque ella, de su casa, no sabía absolutamente nada, y de criar hijos, menos, nomás los había parido. Es muy fácil ser madre si otra te cría a los hijos. Así que la mandamás de la casa era doña Demetria. El señor tenía unos laboratorios; en aquel entonces yo me creía eso de que fabricaba medicina, me extrañaba encontrar jeringas en su recámara todos los días; ahora que soy vieja y he visto series de televisión me doy cuenta de que lo que fabricaba era heroína. Lo malo fue que también la consumía. Un día me dio un susto. Doña Ofelia y don Arnulfo dormían separados. Era de noche cuando me pidió que le llevara un güisqui a su recámara. Doña Demetria, que era muy lista, me acompañó al pasillo y me dijo: “Nada más le dejas el trago y te sales, aquí te espero”. Pues que encuentro al viejo sentado en su sillón reposet. En la mesita de noche se veía una jeringa, el viejo estaba raro. Hablaba agitado y de pronto, me abrazó. Entonces empecé a escuchar voces que me decían: “¡Mátalo!”. Y que agarro la jeringa y clavé la aguja en su cachete, sus gritos hicieron que me diera cuenta de que le di varios piquetes. Que entra doña Demetria y que me saca de la recámara. El viejo estaba bien enojado y gritando: “¡Saquen a esa loca de aquí!”. Ni doña Ofelia ni doña Demetria le creyeron que yo lo había atacado sin motivo, pero tuve que irme de esa casa. Al fin doña Demetria me consiguió empleo en casa de una amiga de doña Ofelia. Mis voces me han salvado muchas veces, son mis ángeles de la guarda que me cuidan. Pero hoy, no les voy a hacer caso. Toda la mañana me han dicho: “Envenena a los niños. Mata a la bebé”.¡Mejor vamos a la alberca, mi niña!


Fabiola Sánchez (Ciudad de México, 1966). Escritora, periodista y actriz de teatro cabaret.Inició su carrera literaria como periodista de investigación de la revista Contenido; sin embargo, la vida finalmente la llevó a su verdadera pasión: la narrativa, misma que tiene como epicentro temático en la tierra de sus ancestros: la mixteca poblana. Ha escrito la novela Que baje Dios y diga que no es cierto, y su continuación, El reposo de la sombra. Ahora trabaja en la tercera parte de la saga: Soñé que te perdía. Desde 2021 se ha revelado como dramaturga y actriz en el teatro cabaret. Ha escrito en coautoría cuatro obras del género, la última titulada Sabor a PRI(AN), montada en el Teatro Bar El Vicio en 2023.

La verdadera historia de La Mujer Lagarto (Nitro/Press–SACPC, col. Habitaciones Propias, núm. 4; México, 2023): https://nitro-press.com/9786078805327

Contraportada de La verdadera historia de La Mujer Lagarto de Fabiola Sánchez Palacios
Contraportada de La verdadera historia de La Mujer Lagarto de Fabiola Sánchez Palacios

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