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Puebla, México, 28 de octubre de 2025 (Neotraba)

Cuando tenía ocho años los adultos me espetaban la clásica y choteada pregunta que se le hace a todo niño: “¿Qué quieres ser de grande?” Yo siempre respondía: “Quiero ser taxista”. Me acuerdo el saque de onda que le daba a la gente mi respuesta, sobre todo porque lo decía en serio. Otros querían ser abogados o doctores. Yo quería manejar un taxi. Y si algún terco intentaba averiguar por qué tenía una meta tan poco común, yo le respondía con un argumento del que hoy abusan y malentienden políticos, empresarios y otras formas de explotadores: la libertad.

Crecí con mi mamá y mi abuelita, que no tenían coche ni sabían manejar. Tampoco eran mucho de andar en camión. De manera que a donde no llegábamos a pie teníamos que ir en taxi. En aquel entonces había bases de taxistas en cada parque. Era muy común que la gente tuviera sus taxistas de confianza a los que se les llamaba con anticipación para programar servicios. La dejada mínima a finales de los noventa en Puebla era de doce pesos, tarifa que a mi abuelita le respetaron los choferes de la colonia hasta ya entrado el siglo veintiuno. Cuando trataban de cobrarle veinte pesos o más por llevarla al ahora extinto Gigante del boulevard 5 de mayo, ella les ponía una regañiza bárbara. Terminaban disculpándose, aceptándole sus doce pesitos, y yo me mordía un cachete en el asiento de atrás para aguantarme la risa.

Antes de que los taxistas fueran mafias coludidas con la policía y el gobierno para extorsionar turistas y viajeros, uno conocía a la gente más peculiar andando en taxi. Los choferes individualizaban su vehículo como se les daba la gana. Los había decorados con motivos de fútbol, de lucha libre, de muñecos de peluche; los había de temporada con brujas, fantasmas y calacas en halloween o santacloses, arbolitos y piñatas en navidad. Algunos incluso llevaban televisión portátil para ir viendo el fut o las noticias. Y yo me preguntaba cómo le harían para concentrarse en el camino, para no quedarse viendo la pantallita blanco y negro y no estamparse sin remedio.

Había choferes que usaban chaleco o suéter, corbata, bigote bien peinado y corte a la brosh. Otros andaban sin mangas, tatuados, con melena de los Temerarios y barba de chivo, y venían escuchando rocanrol. Estos últimos eran los que mejor me caían. Me intrigaba verlos fumándose sus cigarros sin filtro, oyendo su música, con el viento despeinándoles la melena, con el olor a aceite y gasolina de sus carcachas.

A veces te sacaban la plática, desde la más trivial hasta la más profunda, o te contaban anécdotas inverosímiles. Los taxistas sacaban chistes y consejos; eran psicoanalistas, confesores, confidentes y buenos teóricos de la conspiración. Tenían hipótesis sobre el chupacabras, los asesinatos de Kennedy, Colosio y Paco Stanley o el alunizaje.

Cuando empecé a viajar solo en camión por ahí de quinto de primaria, el pasaje costaba dos pesos con cincuenta centavos. Lo mismo que una memela. Y cuando se me antojaba más irme a chingar una buena bandera con puro queso y cebolla, en vez de irme a la escuela, aplicaba el viejo truco, según yo infalible, de que “Nomás no pasó el camión”; de que “Venía llenísimo, ni en un pedacito de escalón cabía”; de que “Se iba muy lento” o “Se averió” o “Chocamos” o lo que fuera, pero el caso fue que “Llegué tarde a la escuela y el ojete del prefecto no me dejó pasar, me regresó. Mejor suerte para la próxima, así me dijo. Y pues tuve que regresarme, jefa”. “Sí, chucha”. Me empezó a mandar en taxi para asegurarse de que llegara a tiempo.

Qué tortura. Aproximarme a la escuela me hacía brotar del pecho una ansiedad corrosiva que se intensificaba conforme el taxi llegaba conmigo a su destino. Y yo me quedaba como siempre observando al chofer irse a vivir su vida, a recorrer las calles de la ciudad; a escuchar el radio, platicar en los parques con sus cuates taxistas; a desayunarse una memela y a fumarse un cigarrito o echarse una siesta dentro de su coche, a la sombra de un árbol, con el asiento replegado en lo que llegaba pasaje y preguntaban: “¿Cuál sale?” Y yo en cambio tenía que estar ahí adentro de esa cárcel, uniformado, escuchando cosas que no me interesaban, formado y caminando del patio al salón y del salón al patio como maldito borrego del redil.

Hoy en día ya no hay taxis en los parques. La gente pide coches comunes y corrientes desde su celular. Dependiendo del clima, la hora y otras variables caprichosas, puede costar más caro viajar a otro estado que al trabajo o la escuela.

La libertad es un término prostituido y una ilusión problemática. “¡Viva la libertad, carajo!”, grita el presidente de Argentina mientras endeuda con veinte mil millones de dólares a su país, cada día más precarizado. En México, el multimillonario Ricardo Salinas Pliego le hace eco mientras le debe otros tantos miles de millones a un gobierno que nos prometió en campaña reducir la jornada laboral de 48 a 40 horas, y que ya se echó para atrás. “¿Cuál pinche libertad, ojetes?”, se pregunta mi yo-taxista imaginario en lo que me lleva a mí mismo de pasajero por las calles caóticas del recuerdo edulcorado.

Pero las memelas ya no valen lo mismo que el pasaje de transporte público, ni se viaja de ida y vuelta con cinco pesos; los choferes ya no son filósofos de la cotidianeidad ni divulgadores de la paranoia. Ahora todos somos libres. Al menos de acuerdo con la libertad que definió Fromm cuando dijo que estaba “destinada a crear un sentimiento profundo de inseguridad, de impotencia, de duda, de soledad y de angustia”[1]. O como dijo alguno de estos barones ladrones posmodernos, somos libres de morir de hambre abajo de un puente.


[1] Fromm, Erich. El miedo a la libertad. Paidós: Argentina, 1977.


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