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Ciudad de México, 21 de agosto de 2025 (Neotraba)

A Mario Ramírez

A Mario le gusta la inestabilidad,
por eso prefiere a las mujeres intranquilas,
que tengan una cuerda
atada de hombro a hombro
para colgarse en sus clavículas
y si resbala,
morir en el ombligo de su deseo.
Yo profiero el amor blanco,
blanco como un manicomio
para que mi locura
tenga un punto de rehabilitación.
A mi amigo le gustan las mujeres
que sepan abrir una botella
con los dientes
y aún conserven la sonrisa
de principio de semana.
Mario reconoce su soledad,
es idéntica a la mía,
lo que nos lleva a vivir en círculos en llamas,
a repetir la búsqueda,
y pensar que el amor de la vida
se encuentra
cuando todos se callan en medio de una fiesta.
Venías de otro sitio
y hablabas diferente,

por eso el sonido de la cafetera
te recordaba a tu casa.
Venías a estudiar Literatura
y nos conocimos en la décima nota de julio,
resumí mi vida en dos minutos y un cigarro,
a ti no te alcanzó el tiempo
para resumir tu país.
Nos fuimos para que la biblioteca de la universidad
nos reencontrara,
para que tus ojos me marcaran
una ruta desconocida,
donde un beso era la patria
y ahora, yo, era el extranjero.
Recuerdo la noche en que viniste a casa,
venías con chocolates de café en la maleta,
venías para dejar la sombra de tus párpados
en las almohadas,
y en tu cuerpo había anuncios
me marcho en unos días.
La primera palabra de esas horas
las dictaba Spinetta “muchacha ojos de papel”
todavía me hablabas de usted,
hasta el día de nuestra despedida,
aun sabiendo que hiciste de mi pecho
un paisaje de tus labios.
El ruso finlandés

A Edher Rivas

Corremos tras un taxi a las dos de la madrugada,
creemos en las palabras de un taxista
que nos habla de su encierro de trece horas en su jaula con llantas.
Emborracharse sabiendo que estás triste
y que acabarás más triste
no importa, ser joven es ser triste,
como el ruso finlandés que recordará México por su tequila
y su cerveza Victoria y tal vez regrese a emborracharse,
porque quería conocer Latinoamérica.
No pronunciamos bien su nombre,
El finlandés no sabe groserías,
odia las groserías,
yo no, como el hijo de puta del taxista que nos cobró mal,
el finlandés no lo sabe,
tal vez las palabras más sinceras de mi vida son groserías.
El finlandés se va en dos noches,
se nota dolorido por dejar esta tierra,
la muchacha con la que le encontramos,
la conoció en un Starbucks,
ella estudia Historia con nosotros
y está abierta a cualquier posibilidad,
no tuvo miedo de las malas jugadas,
El güero estaba desorientado,
no hablaba ni pío de español,
pero quería conocer Ciudad de México.
México es eso,
conocer a una mujer que te recoja en un café del centro histórico,
y te lleve a su círculo,
eso es Latinoamérica y esa es nuestra juventud,
conocer a un ruso finlandés
en una esquina de Tlalnepantla,
no sabe en dónde estuvo
y aun así lo recordará,
y nos habla que del otro lado
con un par de rublos pasaría lo mismo.
Éramos el centro de la reunión
cuando la madrugada y las copas de vodka
y las sillas desordenadas por el baile
las ventanas sin cortinas,
el espíritu apagado de los asistentes
y el huracán del sueño
que pasó por sus ojos.
Un colchón en medio de la sala
puede ser el único espacio para amarnos,
decides quedarte en lencería
y construimos un beso
en el silencio de la fiesta,
es el impulso nuestro mejor armamento
y las caricias caerán
como una obediente lluvia
que solo nos mojará a nosotros.
Porque fuimos el centro de la reunión
el punto exacto de la envidia,
la tormenta que arroja
el sonido del orgasmo
y la pregunta inicial
para la batalla
¿nunca tuviste público?
Qué acto tan indigno 
vestirse después del sexo,
cualquier palabra rompe
la pintura de los cuerpos trenzados,
porque lo único que nos queda
es vestirnos para tomar vagones diferentes
y despedirnos con un obscuro beso en la mejilla,
que sabe a sudor y a carne después del coito.
El cuerpo es una llama
que se extingue a las cinco horas,
de una habitación alquilada para tocarnos,
para escuchar la conversación de nuestros ombligos,
las caricias ya no soportan más,
y la soledad nos reclama
la hora de la partida,
de buscar las prendas arrojadas al suelo
y vestirnos tímidamente
sin mostrar la parte del cuerpo
que ocultamos durante el asalto.

*Los poemas aquí presentados pertenecen a El efímero placer del desorden


Ricardo Plata

Ricardo Plata (Ciudad de México, 1994). Libros: Para habitar mi nombre; El efímero placer del desorden.


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