¿Te gustó? ¡Comparte!

Por Manuel Illanes

Santiago, Chile, 12 de octubre de 2023 (Neotraba)

Habitar esta ciudad es palpar la tensión entre la Historia y lo inconcluso, entre las piedras consagradas y los edificios que extienden sus varillas metálicas al cielo, entre el esplendor de los palacios novohispanos y la precariedad de las fábricas abandonadas y las habitaciones hechas con plásticos y alfombras en los rincones más oscuros, entre la violencia simbólica desplegada en la exposición de Otto Dix y su espejo, la violencia real, monstruosa de los desmembrados, los encajuelados, los cadáveres que flotan en las aguas negras como envases vacíos de refrescos, hinchados, las huellas digitales deslavadas, los ojos cerrados por siempre. Habitar esta ciudad es vivir en las fronteras del sentido sólo para cruzarlas y regresar a un territorio en que somos extraños.
En los extramuros del mundo. Extensiones y extensiones de extensiones de casas, torres de alta tensión, edificios, moteles, avenidas elevadas, árboles cuyo verde ha extinguido el tráfago del sol, murallas grafiteadas, azoteas con sus ropas flotando contra el cielo del atardecer, estaciones de metro, calles que van y vienen desde y hacia ninguna parte, colonias grises, espantajos grises, vehículos grises: vidas minúsculas que la Historia conduce hacia la extinción, el cenotafio del olvido.
Si me fuera de México una de las imágenes de las que jamás podría desprenderme es de la visión de las azoteas con su revoltijo de ropas flotando contra la brisa, ladrillos, llantas de vehículos, macetas con todo tipo de plantas, bicicletas herrumbrándose, cascajo… la precariedad a la que el país somete a sus habitantes resumida en un espacio que es liminar por excelencia, un lugar que está fuera de la casa al mismo tiempo que pertenece a ella. La imagen como símbolo de esta tierra construida entre el desorden y el fuego, entre la Historia que desfila con sus grandes discursos y el reguero de baba y vómito que deja a su paso.
Los niños saltan y gritan fuera de mi ventana. Los escucho arrojar el trompo al suelo, subir corriendo las escaleras mientras se persiguen sin descanso, golpear rítmicamente la pared de la Unidad con un balón pateado infinidad de veces, por el mero gusto de hacer resonar esa pared. Cae una leve llovizna, el cemento se ha mojado y el frío crece, y sin embargo su felicidad sigue siendo completa. Yo estoy recostado, tratando de dormir, cubierto con varias frazadas luego de una jornada de alcohol, y me sorprendo de su energía, de su ansia de exponerse a la noche. Como si con sus juegos, con sus gritos de urracas hambrientas reinventaran un futuro que parecía haberse perdido, el futuro de esta Unidad que subsiste al margen de los grandes jardines y los palacios de la ciudad trepidante, el futuro de un país que sobrevive a pesar de toda la violencia y las fosas repletas de muertos.
Una pequeña parábola. Astillas de Nadie visita la pirámide de Tenayuca luego de atravesar toda Temixtitán. Tláhuac-Estado de México, tres horas: caminata-camión-moteles-estacionamientos-farmacias-colonias-más colonias-vendedores ambulantes-putas-taquerías-metrobús-medidor de glicemia-inyección-torta suiza-ticket de entrada. Ningún fantasma en los alrededores. Cielo despejado, el costado de la pirámide ofreciendo una sábana de sombra. Astillas de Nadie se recuesta sobre el pasto. Piensa –piensa– en la ruina que es. En su cuerpo –la enfermedad avanza. En la cabeza sobre el pavimento. En la permanencia de la pirámide, que sobrevivió a la catástrofe de la conquista. En… No, no piensa. Divaga. Pequeñas malezas en las escalinatas. El coatepantli. Un jacarandá lleno de urracas –como si se tratara de una escena de Los pájaros de Hitchcock. Los cerros de los alrededores invadidos de casas mal construidas, que parecen a punto de despeñarse. El cielo despejado (¿ya dijo eso?). La luna colgada de la inmensidad. Sí, divaga. Sigue cercado por la angustia, pero al menos intenta enfrentarla. Recostado sobre el pasto, flotando encima del tiempo, aguardando el descenso del Arcángel.
Visita dominical al tianguis cercano. En Avenida La Turba, dos patrullas y al menos diez policías custodian el tránsito y la circulación de personas. Pax romana. Un poco más adelante, la carcasa quemada de un vehículo. Después de una caminata de unos diez minutos desde el departamento, llego al tianguis. Aparente tranquilidad. Una multitud de personas recorre los puestos tendidos sobre la plaza. El compa al que compro habitualmente libros tiene hoy en venta Abaddón el exterminador y Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato...con qué extrañas sincronías nos sorprende de pronto el universo. El exterminador... me llevo ambos por cien pesos. De vuelta a casa, un borracho, sin zapatos, tirado en plena vereda. Pax mexicana- o lo que se le asemeje.

Los poemas aquí presentados pertenecen a Paisaje con ruinas.


Manuel Illanes. Fotografía cortesía de Manuel Parra Aguilar

Manuel Illanes (Santiago, Chile, 1979). Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM. Mención Honorífica en el VII Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2022. Libros: Tarot de la carretera, Crónica de Tollan, Memorias del inframundo, Paraíso inc., Diario de la peste, Paisaje con ruinas y Cascajo.


¿Te gustó? ¡Comparte!