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Manifestación de estudiantes de la BUAP, foto de cortesía
Manifestación de estudiantes de la BUAP, foto de cortesía

Por Adonai Castañeda

Puebla, México, 27 de febrero de 2020 (Neotraba)

«Quiero decirte que a los casi 80 años de edad me da pena aprender los nombres de los pueblos mexicanos que nunca aprendí en la escuela y que hoy me sé sólo cuando en ellos ocurre una tremenda injusticia; sólo cuando en ellos corre la sangre: Chenalhó, Ayotzinapa, Tlatlaya, Petaquillas…. ¡Qué pena, sí, qué vergüenza que sólo aprendamos su nombre cuando pasan a nuestra historia como pueblos bañados por la tragedia! […] Parece mentira, José Emilio, que hayan pasado tantos años y todavía no hemos aprendido a no mancillar ese fulgor abstracto que alimentaba nuestra pasión por la patria.»

«Carta a José Emilio Pacheco», Fernando del Paso (5 de marzo de 2015)

I

Domingo veintitrés de febrero, Huejotzingo, Puebla. Esa noche, Ximena, José Antonio y Francisco Javier abandonaron el carnaval de Huejotzingo. Los primeros dos, estudiantes de intercambio, originarios de Colombia, en la Universidad Popular Autónoma de Puebla, que realizaban sus estudios en el Hospital General de Cholula; el último, estudiante de la Facultad de Medicina de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, alumno que realizaba su servicio social en Izúcar de Matamoros. Era hora de ir a casa, optaron por tomar un Uber. Diez con quince de la noche, aproximadamente. Los tres estudiantes abordan. Josué, el joven conductor de Uber, un automóvil color plata, arrancó y los cuatro individuos se perdieron en el filo de la noche.

Lunes veinticuatro de febrero, Junta Auxiliar de Santa Ana Xalmimilulco. Esa mañana, los  campesinos de la zona encuentran cuatro cadáveres en el campo y la terracería. Las autoridades acuden al llamado de los testigos y notifican que se trata de una mujer y tres hombres, todos con heridas de bala. Los cuerpos son identificados. Ximena, José Antonio, Francisco Javier y Josué. Seres humanos con aspiraciones. Con sueños. Esa historia todavía no era documentada.

Por la mañana, en los portales del Zócalo de Puebla, en los puestos de periódicos, se vuelve casi inevitable posar la mirada en los trabajadores que fuman, que cargan cajas o que se devoran una torta de tamal. Varios montones de periódicos, múltiples notas rojas, entorpecen el paso de los transeúntes, llenando el suelo con sus ejemplares. No es suficiente ese obstáculo para que aquellos que crucen esos rincones bajen la mirada. Encabezados idénticos que cuentan una tragedia en apenas diez palabras, cuando nunca serán suficientes.

Varios comunicados oficiales hacen eco esa tarde: la UPAEP [1]  y BUAP [2], respectivamente, lamentan la muerte de los estudiantes de Medicina y manifiestan su indignación ante la inseguridad que se vive en Puebla, en México. Llegaron más mensajes y publicaciones de luto, se compartieron, se difundieron, recorrieron el vasto mar de la información, salpicando todo a su paso. Bastarían unas horas para que el hashtag #NiUnaBataMenos se convirtiera en tendencia.

Manifestación de estudiantes de la BUAP, foto de cortesía
Manifestación de estudiantes de la BUAP, foto de cortesía

II

Martes veinticinco de febrero. La mañana no se sintió igual. Los estudiantes de turno matutino asistimos a nuestras respectivas clases. El día presumió su falsa normalidad hasta que a las diez de la mañana el suelo del Centro Histórico retumbó al ritmo de «¡Jus-ti-cia, jus-ti-cia, jus-ti-cia! ¿Por-qué-nos-asesinan-si-somos-el-futuro-de-América-Latina? ¿Qué-queremos? ¡Ni-una-bata-menos!» Un cúmulo de cientos de estudiantes y conductores de Uber alzaban la voz, con pancartas, carteles y un vigor como no se había visto desde hacía tiempo. La Facultad de Medicina se cerró. Un silencio sepulcral invadió la zona. Un tronar de voces cruzó el Centro Histórico y desembocó en la Casa Aguayo. La energía que emanaba aquel conglomerado era tal que ni transeúntes ni automóviles fueron obstáculo. Doce de la tarde. La espera fue larga. Me retiré pronto de la zona, aunque todavía se alcanzaban a oír con claridad los gritos clamando justicia varios cientos de metros después.

Horas más tarde, en redes, ya se hablaba de otra marcha a nivel universidad. Varias convocatorias invitaban a un paro activo, varias facultades en cuestión. El objetivo: la solidaridad ante el asesinato del veintitrés de febrero en Huejotzingo. El obstáculo: la posible malinterpretación del movimiento. Varias versiones sobre el porvenir asomaban en publicaciones de Facebook. «No permitamos que se politice esta lucha» advertían, «un paro es un acto político», «no cierren las puertas, ni se les ocurra», «esta lucha es por los estudiantes, por nadie más». Es solidaridad. Detrás de nosotros hay otros estudiantes, nadie nos envía a hacer esto» opinaban otros tantos. La incertidumbre se hizo esperar hasta la madrugada.

Manifestación de estudiantes de la BUAP, foto de cortesía
Manifestación de estudiantes de la BUAP, foto de cortesía

III

Miércoles veintiséis de febrero. Por la mañana, en boca de muchos estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras se encontraron las palabras paro, marcha, solidaridad, violencia, represión, miedo, terror. Mucho terror. La comunicación se prolongó a todas las facultades de la BUAP. De algún modo, un hilo nos unió a todos. Economía, Arquitectura, Artes Plásticas, Comunicación, Lenguas, Psicología, Administración, Derecho, Cultura Física, Filosofía y Letras… se respondió al llamado. No se hicieron esperar los diálogos entre colegios. La toma de notas para una asamblea mayor que involucra un acuerdo de seguridad. La confección de centenares de carteles con leyendas como «Mi familia espera un profesionista, no un cadáver», «Ni una bata menos», «No me arranquen mis sueños». La salida hacia una marcha. Esa mañana estaba con un par de amigos, reflexionando sobre los alcances de este movimiento; sin embargo llegó el momento de actuar. Se nos dio la señal de que el contingente conformado por estudiantes de la Facultad de Lenguas y Psicología, se ubicaba a unas calles de nosotros, de la Facultad de Filosofía y Letras. Salimos.

Centenares de alumnos esperaban fuera de la facultad. Altavoces, carteles, cámaras fotográficas, pintura roja en los rostros, rostros enfurecidos, con tristeza, con sonrisas, con alegría de ver que otros tantos se unían a ellos. El espíritu se sentía en el aire, en el pecho. Muchos temblaron, otros tantos se colocaron gafas, se cubrían el rostro. Marchamos ahora, bajo el ritmo de «¡Señor, señora, no sea indiferente, se matan estudiantes en la cara de la gente!», «¡Ey, mirón, únete al montón! ¡Tu hijo es estudiante y tú trabajador!». Los flashazos no avisaron. Fuimos retratados por múltiples cámaras. Varias miradas de rechazo ante nosotros fueron sustituidas por aplausos, aplausos desde las ventanas. Se me escurrieron las lágrimas inevitablemente. Pienso en el sentimiento de saberse entregado a la angustia de esperar un disparo definitivo. De no tener certeza de si se sigue viviendo o no. Pienso también en la escalada de violencia que nos supera a todos, tanto que incluso muchos deciden ignorar las redes sociales un rato, con impotencia.

Las calles se iban, nuestras voces rebotaron en los edificios. Pienso en Puebla como un sitio contemplativo, donde la más mínima epifanía se presenta en cada esquina. En cómo la cotidianidad puede devorar incluso una tragedia y sepultarla bajo tierra, en la dificultad para encontrar esos restos, nos superan. Asumo mi ignorancia ante la existencia de Santa Ana Xalmimilulco. Viene a mi memoria la carta, de Fernando del Paso, para José Emilio Pacheco: y es que es triste dar cuenta de que existe un sitio por el solo hecho de ser sellado por la tragedia. Cuánto no sabremos todavía. Abrí los ojos, los gritos siguen envolviendo cada lugar que atravesamos. Un agente de seguridad universitaria que nos acompaña en una motocicleta, junto con algunos estudiantes que colocan conos naranjas en el camino, nos abre paso. La banda sonora de la ciudad se mezclaba con los aplausos de los transeúntes. Ximena, José Antonio, Francisco Javier, Josué. La muerte es una fuerza que no discrimina. ¿En qué momento nos hicimos uno con la muerte? ¿Con la muerte del recuerdo?

Consigna, foto de cortesía
Consigna, foto de cortesía

IV

Los claxonazos dejaron de emitir un negativo pimpim-pim-pimpim, dando paso a un pim-pim-pim constante. La distancia redefine. Escucho esta última traducción en mi mente, siento la voz de los automóviles: «jus-ti-cia, jus-ti-cia…». Sonreímos, cruzamos la calle y agradecimos el apoyo. Más gente se apiñó a nosotros, respetando el mensaje de la comitiva: se busca justicia. Caminamos con un brío infatigable. El terror se disuelve en incertidumbre. Cada paso define un sendero. Con el puño en alto, pensamos cada paso. El silencio hace acto de presencia. El silencio como pausa reflexiva. A unos pasos de la Facultad de Medicina, notamos el inmenso gentío que ya estaba presente.

Nos piden levantar nuestras credenciales de estudiante. Reparo en que no tengo una. Sin embargo logro ingresar al amasijo de personas identificándome. Somos demasiados, el calor arrecia contra nosotros. Mis amigos me observan distinto; yo los veo distintos. No logramos conectar esa sensación con palabras y sólo nos miramos, solemnemente, con una sonrisa. A nuestro alrededor, más personas cruzando esa metamorfosis. Esa tarde quedará en los corazones de más de uno. ¿Esto es Puebla?, como muchas otras veces, diría infinidad, me pregunté.

Manifestación de estudiantes de la BUAP, foto de cortesía
Manifestación de estudiantes de la BUAP, foto de cortesía

V

Me quedé pasmado, pensativo, ante el edificio que teníamos enfrente. Me cubrí bajo una sombra y esperamos todos, con un silencio a veces mediado por reflexiones, por planes para continuar. Sin entender todavía muy bien por qué, desde ese momento y hasta ahora, sigo pensando en un fragmento del cuento «La sunamita» de Inés Arredondo:

«La muerte y la esperanza se transforman. Pero ahora comienza a amanecer y en el cielo limpio veo, ¡al fin!, que los días de lluvia han terminado. Me quedo largo rato contemplando por la ventana cómo cambia todo al nacer el sol. Un rayo poderoso entra y la agonía me parece una mentira; un gozo injustificado me llena los pulmones y sin querer sonrío. Me vuelvo a la rosa como a una cómplice, pero no la encuentro: el sol la ha marchitado.»

Vuelvo la mirada al cielo y sonrío, sé que vendrán más días lluviosos, pero el sol no se hace esperar. Seguiremos contando los días…

26 de febrero de 2020

Consigna, foto de cortesía
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Referencias:

[1] Upress. (24 de febrero de 2020) «A las autoridades del estado y del país, a la sociedad toda» Recuperado de:

https://upress.mx/index.php/noticias/nota-del-dia/5741-a-las-autoridades-del-estado-y-del-pais-a-la-sociedad-toda

[2] E-Consulta. (24 de febrero de 2020) «BUAP exige justicia por asesinato de alumno en Huejotzingo» Recuperado de:

https://www.e-consulta.com/nota/2020-02-24/universidades/buap-exige-justicia-por-asesinato-de-alumno-en-huejotzingo

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