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Por Adán Medellín (@adan_medellin)

Ciudad Tula, Tamaulipas, 30 de julio de 2020 [00:54 GMT-5] (Neotraba)

Aún es un misterio de la vida y la literatura lo que ocurrió la noche del 11 de abril de 1987 con el escritor italiano de ascendencia judía sefardí Primo Levi. Se dice que el novelista se arrojó por el hueco de las escaleras desde el tercer piso de su departamento en Turín, en un suicidio motivado por la depresión y las cicatrices invisibles que le legó su tiempo en el campo de Auschwitz; otros niegan ese fin y aducen un accidente o un desmayo, pues la entereza melancólica de Levi no lo habría hecho decidir un final así.

Lo cierto es que con la muerte de Levi desaparecía uno de los registros literarios más detallados y espeluznantes de las atrocidades del nazismo. La memoria de Levi había conservado para sus lectores presentes y futuros sus terribles experiencias en uno de los campos de exterminio más oscuramente célebres del Reich entre 1944 y 1945.

Primo Levi era entonces un joven de 24 años con fervor revolucionario y que deseaba unirse a la Resistencia Italiana contra el fascismo. Fue apresado por su inexperiencia y le trocaron el fusilamiento inmediato por una condena al campo cuando se identificó como judío. Fue conducido desde Italia en un tren sin retorno. Cuando salió de Auschwitz, ya era otro. Un viejo en el cuerpo de un muchacho enflaquecido. No le bastó su formación de químico. Había atestiguado las últimas horas de tantísimos, incluidos hombres, mujeres, viejos y niños; tal y como relata en las ineludibles páginas de Si esto es un hombre, uno de los documentos narrativos más impactantes de la maldad humana en la literatura del siglo XX:

Cada uno se despidió de la vida del modo que le era más propio. Unos rezaron, otros bebieron desmesuradamente, otros se embriagaron con su última pasión nefanda. Pero las madres velaron para preparar con amoroso cuidado la comida para el viaje, y lavaron a los niños, e hicieron el equipaje, y al amanecer las alambradas espinosas estaban llenas de ropa interior puesta a secar, y no se olvidaron de los pañales, los juguetes, las almohadas (…) ¿No haríais igual vosotras? Si fuesen a mataros mañana con vuestro hijo, ¿no le daríais de comer hoy?

Junto con otros sobrevivientes, Levi fue liberado por el Ejército Rojo en 1945, pero lo que había vivido aquellos años lo atravesó y lo punzó durante toda su vida. Una esclavitud aberrante, llena de golpes e insultos, con los pies desechos y helados. Escribió memorias, relatos, novelas y poemas. Conoció, gracias a esos recuentos, la aclamación mundial, pero, en el fondo de sí, persistía ese mundo roto de los ausentes queridos y los asesinados por una serie de medidas dictadas por la locura más irracional y totalitaria.

La idea faro en los libros más brillantes de Levi es la conservación y la salvaguarda de la dignidad humana a pesar de las circunstancias más oscuras y las atmósferas más hostiles. Ahí donde la máquina del Lager o de las ideas genocidas se esforzaban por convertir en animales a los hombres, un obstinado latido de supervivencia obligaba a mantener la vida para narrar lo sucedido: “que aun en este sitio se puede sobrevivir, y por ello se debe querer sobrevivir, para contarlo, para dar testimonio, y que para vivir es importante esforzarse para salvar al menos el esqueleto, la armazón, la forma de la civilización”.

Hace unos días charlaba con una alumna a la que apoyo con algunas materias de secundaria. En nuestra clase de historia dimos con la cifra de 60 millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial más los millones de exterminados, exiliados, desplazados, heridos y traumatizados por este conflicto. Vimos algunas fotografías y videos. La evidencia de lo sucedido era insultante; el pago de aquellos crímenes parecía insuficiente. Todos lo sabemos ahora, pero a veces actuamos como si no lo supiéramos.

En estos tiempos donde el sentido humano parece tambalearse por el empuje del egoísmo o de la desazón de la pandemia que vivimos, volver a Primo Levi nos permite reconocer los rasgos del humanismo más desnudo y despojado de retóricas. Una escritura de urgencia donde se unen ética y literatura para mantenernos vivos, para reconocer lo que no debe repetirse ni mutar a formas más sofisticadas ni sutiles. No habrá lugar para horizontes menos peligrosos desde el egoísmo, la desmemoria o la falta de empatía. Cuando sobrevivamos a la pandemia, como sucedió con Auschwitz, ¿seremos capaces de comprender lo que ha ocurrido?

Primo Levi no podía soportar que “dentro del orden natural de las cosas los privilegiados opriman a los no privilegiados”. Desearía pensar que el misterio de su salida del mundo sólo lo ha llevado a un renacer desde las palabras, desde la memoria compartida en sus libros que nos advierte que no deberíamos olvidarnos del próximo prójimo. Si Primo Levi ha renacido en otro espacio u otro orden cósmico, pido que sepa que lo recordamos este 31 de julio, a 101 años de su nacimiento terrestre. Shalom, Primo Levi.


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