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Por Fernando Barba (@bdsfernandobarb)

Guadalajara, Jalisco, 4 de agosto de 2022 [00:01 GMT-5] (Neotraba)

¿Para volar, realmente se necesitan alas? –Sólo un profundo abismo.

YO DE GRANDE QUIERO SALVAR AL MUNDO. Les respondía desde niño con toda naturalidad y sin titubeos a todos aquellos que me preguntaban sobre aquello que me gustaría ser cuando fuera grande.

A los trece años, nadando en una piscina me percaté de que un niño estaba en el fondo, sin pensarlo dos veces, tomé aire y me sumergí para rescatarlo. Como pude lo acerqué a la orilla en donde otras personas le dieron primeros auxilios, aún recuerdo cuando la madre, en su desesperación, gritaba a todo pulmón:

–¡Edmundo reacciona, respira por favor, no te mueras!

Afortunadamente no fue mucho tiempo el que estuvo sin respirar, por lo que logró salvarse. Una vez que el niño recuperó el color y ella la cordura, me miró y me dijo con los ojos rojos de tanto llanto:

–¡Muchas gracias por haber salvado la vida de mi hijo! Y abrazando al niño y colocándolo frente a mí le dijo:

–Mundo, dale las gracias al niño que te salvó la vida.

El niño me miró con timidez, y aún sin saber cómo reaccionar, me dijo balbuceando:

–Mu, mu, muchas gracias.

Pero como que aún no dimensionaba lo que había acontecido. O era que se imaginaba la paliza que iba a recibir por, seguramente, haber desobedecido a su madre.

Sí, ese día salvé a mundo.

Cuando crecí platicaba, más bien, presumía mi anécdota, y les decía que ahora no me quedaba más remedio que salvar a la galaxia.

Escribo esto porque una serie de eventos en los últimos días me han hecho recordar todas esas palabrerías.

Sucedió la semana pasada, que mientras iba caminando distraídamente por la calle, me entró una llamada y me detuve para contestar y en el momento en el que colgué, a unos cuantos metros de donde yo me encontraba, observé el momento cuando una señora bajaba de un taxi y, al hacerlo, no se percató de que se le había caído su teléfono, el cual quedó a mitad de la calle; le grité pero no escuchó, así que unos segundos antes de que fuera pisado por las llantas de los autos que venían arrancando del semáforo anterior, corrí hacia donde se encontraba el teléfono y en un solo intento lo tomé y seguí corriendo hasta llegar a la acera de enfrente, en donde no tardé en alcanzar a la señora que aún no se había percatado de que ya no tenía su teléfono; al entregárselo, lo observé y vi la marca: Samsung Galaxy, así que de una forma irónica, esta vez había salvado a la galaxia.

Logré salvar al mundo, a la galaxia, así que ahora tocaba el turno del universo para auxiliar a un auto con una llanta ponchada que estaba deteniendo, casi por completo, el tráfico; cuando me acerco al asiento del conductor, me parece ver una cara conocida, de una joven mujer, en ese momento bajó el vidrio: era la ex Miss Universo que vive en Guadalajara, me dice que no sabe cómo cambiar la llanta y que lleva casi 30 minutos esperando a que le conteste su novio o alguien de su familia para auxiliarla, y nada, que no se quiere bajar porque se expondría a una mano cariñosa o a los gritos e insultos que se escuchaban con mayor intensidad conforme iban pasando los minutos, así que aceptó mi ayuda. Procedo a cambiar la llanta con gran agilidad, y al momento de despedirme de ella me da un beso en la mejilla y me dice:

–Muchas gracias, me has salvado.

Ya no había nada más que salvar, me sentía realizado en mi fantasía, y mientras estaba pensando en voz alta cómo iba a armar mi anécdota completa en mis temas de conversación, o como mi esposa le decía, en mi egómetro, al ir caminando no me percato de que había una alcantarilla mal tapada y al pisarla se abre y caigo con medio cuerpo dentro de ella, una persona corre a ayudarme a salir. Y ya recostado en el pavimento, una vez que el dolor disminuye un poco y les digo que no será necesario pedir una ambulancia, dirijo la mirada hacia mi socorrista improvisado:

–Muchas gracias. ¿A quién tengo que agradecerle?

–No hay nada que agradecer, me llamo Salvador. Pero me puedes decir Chava.


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