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Por Juan Jesús Jiménez

Puebla, México, 13 de octubre de 2020 [00:02 GMT-5] (Neotraba)

Este es un tema que ya le debía a una de mis lectoras (tú sabes quién eres) y lo había postergado una y otra vez porque aún lo estaba investigando, pero hoy, tras meses de ardua labor, en medio de mi estrés como estudiante (que ya es algo común), es el día. Hablaremos de la meditación, pero quítese esa idea de que un hippie estereotípico de los setentas, con medio gramo de LSD encima, o en un viaje de opioides que le van a dejar una cruda intensa. No. Creo que no hay nada que se oponga más al concepto de la meditación que el usar drogas como sustituto de una necesidad en nosotros (de hecho, eso no es nada sano, y es algo que requiere un apoyo profesional). Dicho esto, quítese ese poncho todo grasoso, deshágase de sus rastas y por favor, dese un baño, que este es un tema decente.

La meditación es un concepto que se ha visto inmerso en muchas áreas de la experimentación humana, y se debe a que, en efecto, como práctica es una disciplina que se desparrama en todas las formas que el ser humano puede interactuar con su entorno, ya sea de forma racional o espiritual. Y es por eso que, entre las primeras cosas que tenemos en mente cuando mencionan la palabra, sean a monjes en el Tíbet, concentrados en una sola tarea casi inhumana. Pero entraremos en detalles de eso más tarde.

La meditación como concepto no es más que una forma de concentración casi absoluta, donde el individuo dedica todo su ser consciente a una tarea y el ser inconsciente facilita las acciones de abstracción que se realizan durante la meditación. En esta característica teórica, una ideal, dicha acción tendría que ser fácil de aprender, o mejor dicho de desarrollar, pero la realidad es que no. Concentrarse en algo casi por completo es muy difícil en la práctica. Pero no se sienta mal, es natural que algo así ocurra, y le explico por qué: de forma ideal, cuando uno medita lo hace en un espacio aislado de todo tipo de distracción que no sea útil al propósito, logrando que nuestra concentración no tenga de otra más que obedecernos y buscar su ocio en una sola cosa, pero piense en los lugares en los que quiere poner en práctica este concepto, en medio de su habitación que (quiera creerlo o no) ha llenado de distracciones que le agradan, o los supuestos grupos de meditación (que realmente son más un curso de cómo respirar apropiadamente) donde el simple hecho de estar rodeado de gente y no interactuar con ellos es un factor de distracción.

La meditación, en teoría es fácil, pero la realidad que vivimos lo hace muy complicado. Y en mi opinión no es algo que podamos solucionar ni ahora ni en el futuro.

¿Recuerda que dije “distracción que no sea útil al propósito”? ¿Entonces hay alguna que sea útil? ¿Cuáles son y cómo las empleamos? Sí, las hay, son un poco ambiguas en algunos casos pero se debe a que usualmente no se abordan de buena forma, un ejemplo sería la meditación orientada al ámbito religioso, donde uno se plantea una idea o pregunta referente a la religión y parte de ella para concentrar sus pensamientos a darle solución. El propósito en sí es resolver la duda, pero es la concepción religiosa la que nos guía para en principio plantear la pregunta, o bien, contestar la misma. En este caso, la religión es una distracción útil al propósito ontológico.

En relación a la segunda pregunta; no diría que hay solo una, hay muchas, y todas en función a lo que se desea lograr en primer lugar. Si uno hace un ejercicio de meditación para cumplir una rutina de ejercicios muy pesada, es porque quiere alcanzar una meta inmediata (metas físicas en la mayoría de casos) y eso es una distracción útil. Mi meta es lograr cumplir la rutina, y es la distracción la que alienta este propósito.

Aquí es donde la meditación empieza a tomar un aspecto más activo, donde pasa del concepto a la práctica, obviamente con un fin determinado.

La meditación, en mi opinión, es una forma de entrar en contacto con abstracciones ya definidas. Pero se debe dejar en claro que uno solo se propone a realizar un ejercicio de meditación y lograrlo lleva mucho más que eso, porque para aprender a usar las distracciones de forma útil se debe des-aprender la forma en que conceptualizamos la reflexión, como una cosa súper pasiva que parte del pensamiento del “yo” como centro de todo.

Y si no me cree, trate de reflexionar (en serio) de cualquier cosa, no importa qué, y siempre, en cualquier tema, concluye con el “yo digo”, “yo pienso”, “yo considero”, haciendo que su reflexión se vuelva solo para usted. Des-aprender algo así, lleva tiempo, y eso sin considerar el tiempo que lleva volver a aprender cómo reflexionar sin el “yo” de por medio, y en eso es algo que las drogas llevan ventaja.

Y usted dirá: ¡¿No que no ibas a hablar de la meditación en relación a las drogas?!

A lo que yo contestaré: Oh, espéreme. Vaya por un chocolatito y ya luego nos agarramos a guantazos si quiere.

Mire, el consumo de sustancias psicoactivas no es recomendable en ningún caso, pero no porque sea ilegal y ni porque ocasione un daño a largo mediano y corto plazo se va a dejar de hacer. Las drogas son un pequeño (pero muy basto) tabú cuando nos adentramos en la meditación relacionada a la auto exploración. El ejemplo de un hippie estereotípico de los setenta es un ejemplo perfecto. No por el asunto del uso de drogas, sino porque aunque se sabía que no todos consumían drogas, el tabú hacía que todos creyeran que siempre andaban en comunas diciendo “rola la planta” o algo así.

La autoexploración en la meditación tiene que ver más con “cómo me siento respecto a” y de ahí que parta muchas veces de la experimentación con sustancias o circunstancias poco convencionales. Las drogas, en este aspecto, están ahí, lo han estado siempre y ahí seguirán mucho tiempo, pero uno decide si emplearlas para tener una experiencia o volverlas una distracción sin utilidad. Porque es muy fácil decir: “consuman drogas, experimente desde ese estado” pero realmente para qué son útiles.

Hay quienes dicen que son un atajo a la concentración, pero realmente funcionan al contrario, nos hacen tan sensibles a la realidad que nuestra atención no va al pensamiento inicial, sino que ramifica en todo lo que estamos sintiendo al momento, ramificando más lo que sentimos dentro de diez minutos, en dos horas, etc. … Además, hay formas más saludables (aunque menos inmediatas) de replicar estos efectos: el espectro emocional es un dealer muy influyente, y siempre anda por ahí rondando entre nuestras experiencias diarias para drogarnos de forma orgánica.

¿Qué concluimos de todo lo que le acabo de decir? Que vea usted la meditación como una planta, que necesita de buena tierra para crecer y que necesita del cuidado constante para dar flores o frutos. La meditación, como todo organismo vivo, necesita del alimento (su experiencia) para convertirlo en nutrientes (el conocimiento), lleva tiempo, y no es muy agradable en algunas ocasiones, pero es necesario. Así que, cuando se adentre a este campo, no sea gacho, role la planta.


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