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Roberto Fernández Iglesias. Foto de Pascual Borzelli Iglesias
Roberto Fernández Iglesias. Foto de Pascual Borzelli Iglesias

Ciudad de México, 23 de abril de 2020 (Neotraba)

Todas las fotografías son de Pascual Borzelli Iglesias

Panamá, 27 de agosto de 1941 – Metepec, Edomex, México, 23 de abril del 2019

IN MEMORIAM DE RFI

Rafael Torres García

Alumno de Roberto Fernández Iglesias

En las aulas universitarias de la ENEP Aragón, a fines de los noventas y principios de los ochentas, aprendí a aquilatar su valía como intelectual y como maestro. Pero fue años después, en sus diferentes casas, en la cafetería de la librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo y durante algunos viajes de placer, donde conocí la calidad humana de Roberto Fernández Iglesias. Yo me sentía privilegiado por su trato, pero cuando murió (justo el Día del Libro) leí los mensajes de condolencia a la familia y me di cuenta de la dimensión de su generosidad.

Son cientos de personas las que gozaron de su bonhomía y recibieron sus palabras con júbilo. Quienes abrevamos alguna vez en su mesa y convivimos con su familia podemos dar testimonio de la abundancia de las viandas y de lo provechoso de las sobremesas a su lado. Había quienes le llamaban Maestro Montaña. No andaban desencaminados.

PS: Les presumo: en un examen sobre 100 puntos, Roberto me puso 120. Creo que ese día nació nuestra amistad.

Roberto Fernández Iglesias

Mauricio Carrera

Aprendiz de médico, rebosante de un tropicalismo que lo redimía y le otorgaba vacíos, de premisa maestro y contundente y poeta sin restricciones, Roberto Fernández Iglesias nunca fue un balbuceo y sí una corpulencia de la palabra y del aspecto. El Gordo, le llamaban con justicia calórica y cariñosa. Practicó una poesía que asió la belleza y la beligerancia. Le malhumoraba la mediocridad que abunda en la academia, las chambas, la literatura y la vida.

Podía ser agresivo en su cuestionar nuestra zona de confort, mejor conocida como pereza intelectual. Si Montaigne tenía su Torre y Henry Miller su Big Sur, él tenía su bunker en Metepec, una biblioteca y hemeroteca disfrazadas de hogar. No fue mi profesor en sentido estricto de salón de clases, pero llevo en mí enseñanzas suyas como vitales, ortográficas, éticas, roneras, periodísticas, narrativas. Siempre lo llamé, a él y a su amada, el Maestro y Margarita.

Nunca se lo dije, pero lo de TunAstral, si bien como aventura vale anécdotas y aplausos varios, como nombre me parecía horrible, un desatino juvenil eso de unir tunas y estrellas para pergeñar poemas y rebeldías. La última vez que lo vi fue en la presentación de uno de mis libros. Le agradecí su presencia, su solidaridad. Me entristecí saberlo tan disminuido en su proceder físico, me enfureció el tanque de oxígeno que lo ataba ya a la lenta agonía. Una semana después de su muerte volví a verlo en ese atisbo hereditario que fue encontrar a su hijo A. Conversamos, tequila en mano, entre recuerdos alegres bañados de lacrimosas melancolías, y juro que a ratos era él, el mismísimo Gordo Iglesias.

Un año ya, desde entonces. Qué rápida transcurre la vida, que rápida se aposenta la muerte. Recuerdo su risa, como de hacha que destroza infiernos de tristeza, su rostro con leves reminiscencias de terceras raíces, su genio y figura: un montón de literatura que calzaba tenis converse y le iba a los Yankees de Nueva York, a juzgar por sus gorras y sudaderas en colores naranjas, rojos, azules.

En miércoles, por la mañana, tenía que ser

Pascual Borzelli Iglesias / Margarita Borzelli González / Miguel Borzelli Arenas

Hoy, solo, en pensamiento y corazón.

Desde muy temprano como siempre, saliste y salíamos. El deber de cumplir con el trabajo familiar: vender billetes de lotería en miércoles, día del sorteo, como en los otros días; por la tarde los estudios y los amigos; la lectura y la escritura; el café frente a la mar, esa preciosa vista de la bahía de Panamá que disfrutábamos desde el café y restaurante Boulevard, en la misma mesa de siempre, que a partir de cierta hora se reservaba para nosotros o bajo advertencia de que a nuestra llegada la tenían que desocupar.

Partiste temprano, como debía ser en miércoles, y tantas veces dijimos; días antes nos fuimos despidiendo, primero en Panamá, en la casa de Elsa y su familia, luego en un café con tu Margarita, siempre de compras, acompañados de Felita, que contenía las lágrimas en el corazón, y el poeta Gorka Lasa que me dijo porque no te conoció antes. Charla sin prisa, aunque el avión y su tripulación no nos esperarían, con un sopón de gallina, aunque no era de patio, pero gallina, al fin y al cabo, con chicha de naranja y nosotros cerveza.

Luego en México, la llamada y aviso de tu regreso y llegada de Panamá; días después en Metepec, en la casa de adobe rodeado de tus libros; llegaron en distintos tiempos Miguel, Margarita y Patricia para estar contigo y reconfortante, reconfortarnos. Hablamos, nos abrazamos y despedimos.

El siguiente encuentro fue en la cama del hospital del Instituto de Seguridad Social del Estado de México y Municipios. Estabas dormido, te durmieron, para tratar de disminuir los dolores de tus padecimientos. Te llevamos música con Patricia para que la escucharas; te leímos versos de tu poesía,

Marx puso un huevito

Engels prendió la estufa

Lenin lo cocinó

Trotsky le puso sal

y Stalin se lo comió

Hablábamos. Compartimos recuerdos, solo escuchabas, en algunos momentos con las manos entrelazadas sentimos tu apretón. Llegaste a decir agua y sólo te pudimos humedecer los labios. Supongo que veías que estabas frente a la mar, esa mar que viviste nuevamente en días anteriores y que en ese momento la compartías con nosotros. Estuvimos así varios días. Nos quedamos contigo, varias mañanas.

Regresamos, en miércoles, a despedirnos con música, como lo acordamos, estábamos conectados con Roma y San Francisco, con los dos que conociste desde que nacieron y los hiciste tuyos. Partiste en miércoles, en miércoles moriste y en miércoles te escribo, igual lo hizo Margarita con una selección de poemas de tus libros que le dedicaste y Miguel con los retratos que te hizo en la despedida.

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