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Por Luis Rubén Rodríguez Zubieta

Tijuana, Baja California, 3 de agosto de 2020 [00:47 GMT-5] (Neotraba)

Resulta que la OMS es una organización obesa que tiene más de 7,000 personas trabajando en más de 150 países, seis oficinas regionales y la sede, que se encuentra en Ginebra, Suiza. Los salarios de sus directivos son altísimos. Con solo ver el edificio que tienen en Ginebra me imagino lo que costó su construcción. Como reza la sabiduría popular: Con esa lana se podrían construir varios hospitales.

Al recorrer su página oficial, lo primero que recordé fue a mi madre y les juro que era lo que menos quería. No sé a ustedes, pero en mi caso, ella todos los días y a todas horas se la pasaba diciendo -eufemismo de chingando: lávate las manos, no te agarres la cara, tápate la boca cuando tosas, ponte un pañuelo en la nariz cuando estornudes, mira nada más como vienes, quítate la ropa y ponla en el cesto de la sucia, ni creas que vas a entrar a la casa con los zapatos sucios. Esos sabios consejos me hicieron reflexionar sobre la concepción que yo tenía de ella y de todas las madres de su generación que insistían en esas medidas. Seguramente fueron pioneras en la creación de esa organización o ya de perdis consejeras.

También recordé la escuela donde cursé la primaria y secundaria. Ahí, siempre antes de entrar a clase o en cualquier evento escolar nos hacían guardar distancia. Y hasta que todos la tomábamos continuaba la actividad. Además, los pupitres estaban a una distancia que hoy es saludable.

Tanto mi madre y sus coetáneas así como esos canijos de mi escuela sabían que sesenta años después venía el coronavirus y los muy ojetes no nos dijeron nada. Ni como reclamarles pues, seguramente todos o casi, deben estar muertos. Me impresionó que las medidas de salud preventiva que adoptaban mi madre y mi escuela, sesenta años después, siguieran siendo las únicas que aconsejaba la OMS.

Tijuana. Foto de Abraham Camberos
Tijuana. Foto de Abraham Camberos

Al parecer su director, Tedros Adhanom Ghebreyesus, era fanático del programa de televisión de Chespirito. No me cabe la menor duda de que la Chimoltrufia es su asesora, pues un día dice que si ya te infectó el bicho eres inmune y tres semanas después dice que siempre no. Igualito que mi madre, un día regaña a los indisciplinados porque no han adoptado los sabios consejos de ella y de mi escuela, y otro les dice que no sean exagerados.

De las pocas cosas que hasta ahora me han quedado claras es que los científicos especialistas en esta clase de bichos tienen un sinnúmero de dudas sobre su origen, evolución y duración, así como la fecha en que estará disponible la vacuna que nos hará inmunes.

Durante esta pandemia se desnudaron nuestras miserias, nuestra ignorancia y nuestro individualismo. Creer en versiones apocalípticas, estar en contra de la opinión científica, e incluso creer en charlatanes que ofrecen información falsa y productos que curan a los infectados, es evidencia de nuestra ignorancia. Pero estigmatizar al personal de salud con la consecuente agresión de que algunos médicos y enfermeras fueron objeto, a los ancianos como portadores incuestionables del bicho y a las personas enfermas con COVID-19, es pendejismo. Una especie de reencarnación de la expulsión de los leprosos en la Edad Media o de los asesinatos de estudiantes en Canoa en 1968.

No consultamos información porque esto nos dotaría de poder, así lo planeó el modelo capitalista: ignorancia rampante. Incluso cuando tenemos al alcance información dura, leemos lo que imaginamos, no lo que está escrito. Hacemos las mismas preguntas siempre porque las respuestas de los científicos no nos gustan. No son escandalosas. Lo que ansiamos escuchar es aquello en lo que nosotros creemos o en la información de dudosa procedencia que nos envían –charlatanería pues–, con la que nos machacan el cerebro, pero no en lo que los científicos explican.

Tijuana. Foto de Abraham Camberos
Tijuana. Foto de Abraham Camberos

Los expertos emergentes cuestionan pero sin proponer nada. O proponiendo sin contexto que en México se tomen medidas de otros países como Italia, que según ellos, es ejemplo de disciplina de su población. Al momento que leo esas propuestas, veo un video donde Gianfilippo Banchieri, alcalde de Delia, está encabronadísimo porque la indisciplinada población italiana de ese pueblo no hace caso de las medidas de confinamiento. “¿Hay alguna neurona o están todas apagadas?”, les espetó en un video. También veo imágenes de los alemanes haciendo manifestaciones para protestar contra las medidas restrictivas, a los franceses saliendo en multitudes a bailar en las calles, a los californianos atestando las playas sin precaución alguna. ¿Esos son los ejemplos?

Lo único decente que escuché de todos los opinadores que no son expertos en el tema fue la declaración de Jürgen Klopp, famoso entrenador del Liverpool, equipo de futbol inglés. Una reportera de un medio de comunicación inglés lo entrevistó y le preguntó qué cuál era su opinión del COVID-19. Su respuesta fue maravillosa.

–Me extraña que ustedes de los medios de comunicación le pregunten a los famosos y no a los expertos.

Entonces, hice una reverencia para Jürgen.

Ya por último y para quitarme el gusanito, busqué a los economistas expertos y a los que trabajan en las firmas mundiales más reconocidas. Esas que nos llevaron a la crisis financiera global de 2008, que desató de manera directa el colapso de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos en el año 2006. El hallazgo fue insólito. En mis últimos cuarenta años, varios amigos se han burlado de mí cuando se enteran de que estudié economía. Me dicen que esa carrera no sirve para nada. Que lo que decimos es como el pronóstico del clima. He resistido con valentía esos agravios, pero cada vez pienso con mayor frecuencia que cuando me vuelvan a preguntar les diré que solo fui a la primaria y ni me gradué.

Los economistas dizque expertos que solo deben usar sus recursos intelectuales, se pasan. Dicen lo obvio: ¡La pandemia nos llevará a una crisis económica sin precedente! ¡Se va a contraer la economía! ¡Aumentará el desempleo! ¡Bajará el PIB!

Me imagino que un economista de esos con doctorado en Harvard va de copiloto en un automóvil y se da cuenta de que este ya casi no trae gasolina. Este sería el diálogo con el piloto:

Oye, ya viste que casi no traes gasolina.

Sí, ya vi.

Pues hay que ponerle porque si no se va a acabar.

Tijuana. Foto de Abraham Camberos
Tijuana. Foto de Abraham Camberos

¿Tanto estudiaron para decir esas obviedades? ¡No chinguen!, por su culpa he tenido que soportar tantas burlas.

Pero al parecer el gremio emergente en esta pandemia, los sicólogos, también se infectó del virus de la simplonería de los economistas. Sus sesudas deducciones son igual de maravillosas: ¡Habrá más violencia doméstica por el encierro! ¿Pues que esperaban? ¿Paz y amor en el encierro? Si no lo había sin encierro.

Pero cuando menos, creo haber entendido que mientras no exista la vacuna y toda la población del mundo se la haya aplicado, el bicho seguirá ahí y se seguirán infectando seres humanos.

Las medidas de relajamiento adoptadas por varios gobiernos, no se toman con un enfoque de salud sino con un enfoque económico. La presión del gran capital para reactivar la actividad productiva y el consumo será la que determine las diferentes formas de relajamiento, no la incidencia del bicho.

A esta altura de mi profunda investigación debo confesar que me encuentro un poco frustrado. No encontré lo que esperaba. Además, no sé cuándo voy a poder reintegrarme a la actividad no confinada. La Chimoltrufia y los expertos me confunden cada vez más. Mi única esperanza es la vacuna. Pero me queda claro que es como apostar en la lotería.

A mí me vale madre que los venaditos y otros bonitos animales hayan regresado a las calles de las ciudades, que haya patos en las fuentes de Madrid, que los pajaritos trinen de nuevo por las mañanas, que en Venecia los delfines chapuceen alegremente en la laguna de Palafitos, que el agujero de la capa de ozono se haya disminuido, que los glaciares hayan aumentado su tamaño y que los ovnis sí existan. Espero que los científicos que andan en busca de la vacuna se apuren antes de morir asesinado por mi hija, y antes de que mi vecino, que cada día se pone más agresivo, asesine a su esposa e hijos.

Termino de escribir esto cuando escucho el ruido del carrito de mi amigo el pepenador. Como el patrón de consumo en casa se ha normalizado, solo tengo una bolsa de basura reciclable para darle. Bajo presuroso a su encuentro. Ahora viene solo.

– ¿Cómo estás, hermano?

–Bien, jefe, pa’ qué me quejo.

–Y ¿tus hijos?, y ¿el otro carrito?

–Pus ya no vinieron, ya no sale tanta basura que sirva y, pa’ qué los traigo.

–Y eso ¿por qué?

–Dicen que el gobierno puso la ley seca y pus ya no venden cheve. Ya no pistean y por eso ya no hay tantas latas.

– ¿Pero te sigue yendo bien?

–Así como en las otras semanas, pus la verdad no. Está como siempre. Y luego hay otros cabrones que también se pusieron a recoger. La neta no hay pa’ todos. Ta’ cabrón, jefe.

–Pero dicen que ya pronto regresaremos a la vida normal, ¿no has oído?

–No, jefe, yo no oigo nada, pa’ qué le digo que sí, si no. Yo nomás me dedico a lo mío.

Le entregué mi bolsa y le deseé suerte. Ya no le pedí que se cuidara, al fin y al cabo ya se van a reiniciar actividades. Espero verlo el próximo lunes para que sigamos platicando de basura reciclable y otras cosas.


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