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Por Macaria España

Celaya, Guanajuato, 22 de agosto de 2023 [00:15 GMT-6] (Neotraba)

La oficina principal que ocupaba el subprocurador Agustino Celorio Torres tenía un escritorio de caoba reluciente, un frigobar nuevo, libreros y estantes que daban una atmósfera lujosa.

—Hola. Soy la investigadora Violeta Rojo, hoy es mi primer día aquí pero no me han entregado oficialmente la agencia a mi cargo, ¿puede atenderme el licenciado Celorio? —cuestioné a la secretaria que tenía una cara de aburrimiento y fastidio que podía notarse a veinte kilómetros a la redonda.

—Déjeme ver, siéntese si gusta —señaló con su índice perezoso derecho un sillón de piel.

El subprocurador, sub para abreviar, estaba muy ocupado, pero me iba a dar un par de minutos para ponerme al tanto de lo que ahora serían mis actividades y cuáles eran las prioridades de la Agencia X. Él era un tipo bajo, regordete, al que le escurría constantemente sudor por los costados de la cabeza, con un aroma mantecoso, tenía un respiro asmático cada que hablaba y en ese momento también dejaba al descubierto una sonrisa metálica por las coronas doradas que usaba en casi todos los dientes frontales. A primera vista, se me figuraba más que un funcionario, un capo del crimen organizado y alguien muy desagradable.

—A partir de hoy se incorpora a este aparato de justicia, sabemos que ha sido un elemento muy capaz, por lo que considero desempeñará un buen papel en la Agencia X, donde se resguardan todos los casos No Nombre (N.N.). Como autoridades tenemos la obligación de velar por la justicia y ofrecer resultados a todas las víctimas. En particular, queremos que nos ayude con la identificación de los N.N., es algo a lo que se comprometió el gobernador, así que confiamos y delegamos en usted esa responsabilidad, que, sin duda, traerá muchas satisfacciones para todos. En estos días es probable que reciba muchas visitas de los familiares de gente desaparecida, manténgalos controlados y no habrá problema. Mañana mismo se incorpora a la agencia una agente que será quien la asista en todo momento. Cualquier otra cosa que ocupe, no dude en pedírsela a mi secretaria y trataremos de apoyarla.

Me hizo una seña con la mano para que saliera de la oficina. Ni siquiera me dio la oportunidad de responder, ni debatir algunas de las cosas que me estaba delegando, o mínimo ofrecer mi punto de vista sobre la estrategia para trabajar. ¡Tremendo subprocurador de justicia se tenía! Dejarme toda la responsabilidad de algo tan delicado, sin contexto, grave, en fin, era ser un caradura. Había quedado muy claro el panorama al que me enfrentaba. No me sorprendía, esa era una de las decenas de razones por las que se tenían disparados los índices de violencia en la entidad.

Llegué a una pequeña oficina que olía a humedad mezclada con tabaco rancio. Esperaba una bienvenida formal, pero no hubo ninguna. Había cajetillas de cigarro tiradas, tazas sin lavar, uno de los basureros vomitaba los papeles sucios. El lugar parecía abandonado. Esa era la Agencia X (diez) de Averiguaciones de la cual estaría a cargo desde ese momento. Fue como recibir un Casio después de tener un Rolex.

Trabajaría en conjunto con el Centro Médico Forense (CEMEFO) como parte de la escuadra de inteligencia. En ese momento yo era la única, me imaginaba estar como un peón solitario en el tablero de ajedrez buscando hacer enroque. Esperaba poder conformar un equipo con la llegada de la agente para que las cosas no fueran tan complicadas. Me senté en una de las sillas y se le desprendió el respaldo. Qué mierda. Me cambié a otra menos destruida, pero a esa no le servían las ruedas. Doble mierda. Agarré una hoja de reuso para hacer el listado de cosas que necesitaba y remarqué como número 1, una silla, número 2, bolígrafos. Estaba escribiendo con el que traía, porque en el escritorio solo había polvo y unas arañitas que estaba haciendo ahí su guarida. Respiré profundo. Exhalé. Tal vez me hacía falta un café para despejarme.

Mandé llamar a una persona de aseo para que me ayudara a poner orden en la oficina y dejara de oler a motel decadente. Prendí una computadora más obsoleta que mi ex para entrar a la base de datos. Apenas funcionaba el equipo, no me iba a conformar con las miserias del poder judicial, así que en ese instante metí una solicitud para que renovaran todo. Si querían resultados, mínimo deberían darme las herramientas necesarias. Por un segundo, sentí que había cometido un error al pedir mi transferencia, pero cuando me reincorporé a mi trabajo en la Procuraduría de Justicia después del bombazo en la esquina de Madero, o como yo le digo “gajes del oficio”, el trabajo ya no fue igual. Me trataban como una especie de robocop que sobrevivió a la muerte. Pero era más complejo que eso, odiaba dar explicaciones de cómo fue que pude escapar, o si la suerte ese día estuvo de mi lado, peor aún, algunos creían que fue una treta mía en colusión con Dueñas. Para evitar las especulaciones solicité reasignación a un lugar donde pudiera ayudar a resolver crímenes sin tanto revuelo, la sabuesa cazando liebres, ya saben, salir de “cacería”. Mi jefe trató de convencerme para que permaneciera en la procu, pero yo no iba a cambiar de idea; estar en las llamas del infierno, te hace ver la vida desde un balcón diferente. A pesar de su insistencia, tuvo que re- signarse y dejarme ir. Así llegué aquí, una de las ciudades interiores con mayor número de homicidios, no solo a nivel nacional, sino mundial, las estadísticas la sitúan como una de las treinta ciudades más peligrosas del mundo. Nadie se imaginaría que todo eso ocurre en este pequeño poblado con menos de medio millón de habitantes.

La Agencia X tenía aparte de todo, una mala ubicación en la última esquina del Palacio de Justicia, sede de la subprocuraduría. Incluso el pasillo largo, oscuro y frío que conducía desde el estacionamiento hasta aquí, estaba desierto. Era un marcado contraste al bullicio de las demás agencias de investigación. Supuse que era por el tipo de casos que se turnaban, pero sobre todo porque la gente no tenía ninguna esperanza de encontrar solución.

Estaba a punto de regresar a la oficina del sub para quejarme de las pésimas instalaciones de la Agencia X, cuando apareció una mujer canosa, pero a pesar de las canas, calculé debía estar en sus cincuenta y tantos, con la cara quemada por el sol y demacrada.

—Disculpe señorita, ¿es usted la nueva investigadora?

—Soy la agente Violeta Rojo, mucho gusto señora —le extendí la mano y ella la agarró, como un náufrago se aferraría a una balsa, pude sentir los dedos huesudos apretarme con fuerza.

—Mire, licenciada, mi hija está desaparecida desde el 3 de julio de 2016. Se llama Ximena Sánchez Pérez. Vine de inmediato a reportar su desaparición, pero me atendieron de mala gana, hasta la fecha no saben nada…. Yo estoy desesperada. El licenciado que me tomó la denuncia me preguntó si tenía novio, yo de tonta le dije que sí, pues ya de eso se agarró para decirme que entonces se había ido con él, que regresara a mi casa a esperarla. Pero eso no es cierto, mi hija nunca se iría así —dijo conteniendo las lágrimas.

Me explicó detalladamente cómo había estado yendo diario a la agencia por si había novedades, pero nadie nunca había hecho el mínimo esfuerzo, ya no por encontrarla, siquiera por buscarla. La explicación que le daban era la misma, que se había ido con el novio, que dejara de insistir, había asuntos más urgentes, la guerra entre los narcos por el derecho de piso. Las típicas frases que dicen cuando no quieren hacer su trabajo. Nadie tendría porqué soportar eso.

—Señora, me disculpo por el trato recibido. Sinceramente. Vamos a empezar de nuevo y de una mejor manera, ¿le parece?

Tomé los datos que me dijo la señora Ofelia sobre su hija y el número de expediente que le habían asignado. Le pedí al menos cinco días para revisar su carpeta y tenerle alguna información. Ella se fue conforme, confiando. Solo esperaba no traicionar esa confianza.

En ese momento otra mujer me esperaba en la puerta de la agencia. Su hija también estaba desaparecida y tampoco había avances. Repetí el mismo procedimiento, solicitar detalles, folio y paciencia.

Después de ese intenso primer día laboral, llegué al pequeño departamento que había rentado. Como era costumbre, lo primero que hice fue quitarme el brasier, esa sensación de libertad es la mejor del mundo. Es extraordinario como un pedazo de tela oprime a las mujeres. Dirán que también levanta, pero a mi juicio, es más opresor que nada.

Me tiré en la cama mientras ponía una lista de canciones lofi para escuchar y relajarme. Aunque nunca fui fumadora de vez en cuando se me antojaba un tabaco con una copa de vino tinto, un cliché. Así que me serví un poco del Concha y Toro que tenía en el refri y saqué mi cajetilla de Dunhill reservada para esos momentos. Me lo merecía. Le llamé por teléfono a mamá.

—Mamá, ¿qué tal andas?

—Bien, Violeta, bien, ¿cómo estás?, ¿te fue bien en el trabajo?

—Pues eso, no tan bien, es una mentada de madre todo por acá. Pero no te quiero agobiar, estoy bien, solo quería saber cómo estabas y tal vez ahora tendré mucho trabajo y no podré reportarme siempre.

—No te preocupes, hija. Yo sé que tienes mucho qué hacer. Lo entendí con tu padre, más contigo. Llámame cuando puedas —contestó sin pena y después de unos cuantos minutos colgamos. Esa era una de las cosas que hacía cada semana. Llamarle para decirle que seguía viva.

A la mañana siguiente, encontré en la agencia a una muchacha pequeña, que no rebasaba el 1.55 metros, tenía rasgos aniñados, con una nariz respingada tipo bolita, peinada de trenzas a los lados que dejaban ver el color oscuro de su cabello salpicado por un tinte rosa fucsia, contrastante con la camisola oficial que usaban todos los agentes. Ella estaba en uno de los dos escritorios de la pequeña oficina.

Apenas entré a la oficina, se puso de pie, extendió la mano mientras se presentaba.

—Buenos días, soy la agente Tawny Martínez. Mucho gusto. ¿Le sirvo café?

—Sí, por favor, pero no me vayas a servir en ninguna de las tazas —aunque las había lavado la intendenta, dudaba de lo higiénicas que podrían estar en ese ambiente. Saqué unos vasos de cartoncillo que compré en el camino y se los di.

—Muy bien, usamos estos entonces.

Mientras me servía el café me comentó que era la agente que habían asignado de apoyo. Conocía mi carrera, había leído algunos de mis libros y le sorprendía que estuviera en la institución. Me preguntó si podía llamarme por mi nombre o cómo me gustaría. Le dije que Violeta a secas era lo mejor. Yo le diría Tawny.

Sin duda fue algo divertido pero extraño conocer a una admiradora de mi trabajo, me estresa un poco porque pienso que no siempre cumpliré las expectativas que deposita la gente en mí. Sin embargo, ella me agradó y le quedó rico el café.

Me senté en la silla sin llantas, le dije a Tawny que buscara otra silla que tuviera respaldo, pero ya había parchado la defectuosa con cinta canela. Remierda. Seguía la misma computadora vieja. No habían mandado ni siquiera los bolígrafos. Respiré profundo. Exhalé. Tal vez debía tomar una segunda taza de café para relajarme.

Sobre mi escritorio se encontraban cinco folders amarillentos para comenzar a trabajar. Ahí seguían las arañitas, me daba pena quitarles su hogar, así que hice de cuenta que no estaban. Mientras revisaba, los expedientes, Tawny buscaba la información respecto a la hija de la señora Ofelia. La primera carpeta que abrí se trataba del caso de una mujer, sin rostro ni ojos. Un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta los pies al leer las descripciones. ¿Quién podría cometer semejante acto? Chequé los papeles que contenía el expediente, apenas eran unas cuantas hojas que comenzaban a envejecer.

Fecha de ingreso: 21 de septiembre de 2016 No. de acta: 122/08/30g

Levantamiento: Autopista 49 km 305 +200 Señas particulares: Ninguna visible

Sexo: Femenino

Nombre: INDIVIDUO DESCONOCIDO (NO NOMBRE N.N.)

No había ninguna pista del asesino. Ni un levantamiento adecuado de pruebas. Era todo lo que tenían, eso me molestaba bastante, porque a simple vista resaltaba la poca investigación que realizaron y que no dieron continuidad. Se cruzaron de manos y les dio igual. Cuando existen estos tipos de crímenes se convierte en prioridad resolverlos, no hay más. Sabes que afuera hay un peligro y si no acaba uno con eso, es una putada. Comencé a llenar con notas adhesivas un pintarrón blanco que estaba en la pared al costado de mi escritorio, en ellas escribí los principales indicios del crimen, mientras repasaba el escueto expediente y me urgía revisar de nuevo la autopsia, pero ese documento no venía en el archivo. Me dirigí con el médico forense, solicité un oficio para que me permitieran ver el cadáver. Con cara de desaprobación, el asistente me indicó con un seco ademán que lo siguiera. La gente que trabajaba ahí era demasiado áspera. Llegamos a la zona de las cámaras frigoríficas en donde mantenían los cuerpos, sobre todo los No Nombre, esperando que alguien los reclamara antes de mandarlos a la fosa común.

Abrió con brusquedad uno de los refrigeradores dejando al descubierto un cadáver de mujer que, de acuerdo con la autopsia practicada y que sostenía en sus manos:

Informe de los forenses oficiales

DILIGENCIA.- a veintiuno de septiembre de dos mil dieciséis.

D. José Delfín, Doctor en Medicina. Catedrático de Medicina Legal de la Facultad de Medicina Metropolitana. Especialista en Medicina Legal y Forense.

Y manifiesta que a las 8 horas del día 21 de septiembre de 2016, en cumplimiento con la orden judicial, practico la autopsia al cadáver No Nombre.

Examen Externo:

Aspecto general del cadáver.

El cadáver aparece sobre la mesa de autopsia en posición decúbito prono...

Salté toda la información técnica y busqué con el dedo índice dere- cho entre los párrafos llenos de tecnicismos médicos y por fin encontré lo esencial para mí: Consideraciones Médico Legales.

Sobre la identidad del cadáver.

El cadáver no portaba vestido alguno ni contaba con objetos personales, no es posible hablar de una identificación cierta con los datos mencionados, que resultan insuficientes. Para llegar a la identificación, es necesario obtener datos, la reseña necrodactilar para la cotejación en la base nacional de identidad. Se ha enviado las muestras.

Al leer la parte de la causa de muerte, a pesar de estar acostumbrada, sentí se me revolvían las vísceras de impotencia e ira, al saber que una mujer fue vulnerada de esa manera. Tal vez estaba más vulnerable por el tiempo que estuve fuera de servicio.

Los hallazgos necrópsicos permiten inferir con certeza absoluta la existencia de una lesión cerebral causante de la muerte, derivada de una herida por arma de fuego con entrada a nivel de región temporoparietal izquierda y alojamiento. Existen en el cuerpo otras violencias traumáticas no implicadas directamente en la causa de la muerte, como el desprendimiento de los globos oculares y epitelio craneal frontal.

Seguía siendo poca evidencia sobre el caso, era necesario partir desde cero yendo al lugar donde encontraron el cadáver.

Nos subimos en la camioneta Ram 1500 del año del caldo que asignaron a la Agencia X, no me sorprendió. Una mierda con llantas desgastadas. Me costó un par de minutos que arrancara. Tampoco es que esperara un Ferrari, pero al menos un Twingo. Remierda.

En la autopista 49 km 305+200, nos adentramos a unos treinta metros que nos separaban del asfaltado. Los criminales tuvieron que meterse en automóvil para poder abandonar a la mujer en ese paraje. Aún colgaban unos jirones de la cinta diametral amarilla ya pálida que enmarcaba la escena del levantamiento. De acuerdo con la información previa, se estableció que el crimen sucedió en otro sitio, ahí solo dejaron el cuerpo. Había un sol despiadado, aunque el calor era agobiante comenzamos a repasar la zona, polvo y piedras era lo que abundaba. Removí unas cuantas bolsas de basura que se acumularon ante la indiferencia de preservar los rastros. Nos llevaría más de un día repasar centímetro a centímetro todo el lugar.

Regresamos a la agencia y había una fila de personas esperando. Todos tenían un familiar desaparecido. Algunos traían lonas con la foto de la persona. Sentí la garganta cerrada. Respiré profundo. Exhalé.

Las gentes gritaron apenas me vieron. Exigían atención y respuestas. Era lo que me había advertido el procurador.

—¡Licenciada, atiéndanos, tenemos meses insistiendo y nadie nos dice qué pasa! ¿Dónde están nuestros hijos?

Traté de calmarlos.

—Señoras, señores, permítanme un momento. Tengo pocos días de asumir el control de la Agencia X de Averiguaciones.

Las personas continuaban con los gritos.

—No queremos excusas. Queremos a nuestras hijas, a nuestros hijos y los queremos vivos.

—Yo lo sé y créanme que voy a hacer todo lo posible para y darles una respuesta en breve. Se los pido, por favor.

Después de unos minutos lograron serenarse, les expliqué la situación. ¿Qué puedes decirle a la gente que ha perdido lo más importante de sus vidas? Nada. No puedes ser hipócrita y decir que los entiendes. Me comprometí a apurar lo más posible el trabajo con las personas des- aparecidas. Le pedí a Tawny que hiciera una nueva base de datos con la información esencial de toda la gente que estaba llegando, asignáramos citas para cada uno de ellos y revisar caso por caso. Duramos horas recabando la información que nos daban los familiares.

Se hizo de noche, decidimos no regresar a nuestros domicilios, preferimos terminar el archivo con la información condensada, beber café, espantar el sueño y esperar al amanecer para ir de nuevo al punto del hallazgo. Dieron las tres de la mañana, por fin terminamos.

—¿Estás cansada, Violeta?

—Cansada es poco. Estoy muerta, pero ya lo he estado antes.

Tawny sonrió pensando que ya deliraba, que no podía estar hablando con un fantasma. Nos acomodamos en nuestras respectivas sillas destartaladas para cerrar los ojos y tratar de dormitar un par de horas. No pude quitarme el sostén, así que solo lo desabroché. Media libertad al menos.

Queríamos evitar que el sol limitara nuestro trabajo, así que em- prendimos marcha a eso de las siete de la mañana. Nos repartimos el terreno. Seguimos buscando, escarbando donde parecían protuberancias. Sentía el polvo pegado en la piel por el sudor. Pasaron varias horas. Tawny llevaba un termo con café. Hicimos una pausa para despabilarnos con la bebida. Era muy cansado, teníamos hasta el mediodía para lograr un avance significativo. Pero de nueva cuenta no encontramos nada.

Al día siguiente repetimos lo mismo, pero no me concentré en la zona demarcada, recordé el dicho del comandante Rojo que decía: “piensa mal y acertarás”. Extendí la línea perimetral por si acaso los investigadores previos habían marcado erróneamente. Después de unas horas buscando en la nueva área un resplandor llamó mi atención. Tomé el equipo de recolección, coloqué los guantes de látex en ambas manos y procedí a desenterrar aquel brillo que emergía como una señal de parte de la tierra. Pronto mostró su cara, a pesar de estar lleno de tierra era un anillo, tal vez de compromiso por el diseño de corazón con piedra roja al centro, era peculiar, en la parte trasera tenía una especie de protuberancia, pero no era una deformidad, era como la firma del joyero. No sabía si pertenecía a la víctima, pero una corazonada me decía que tendría importancia relevante para resolver el caso.

Los peritos no lo habían notado porque solo se quedaron en el área señalada. O eso era lo que pensé. Apenas llegamos a la Agencia X, le encomendé a Tawny llevara de inmediato el anillo, con su respectiva cadena de aseguramiento, a que le realizaran los análisis pertinentes. Solo que- daba esperar que pronto estuvieran los resultados.

Un par de días después, casi al finalizar la jornada, personal del laboratorio nos llevó los resultados que arrojaban que el anillo poseía material genético que pudo ser cotejado con la base de datos local, y había una coincidencia del 99.9 % con uno de los cuerpos que estaban en la morgue, específicamente la N.N. que había sido localizada en el sitio donde encontramos la joya, era casi un hecho que pertenecía a la víctima de la autopista.

*

Los No Nombre, N.N. como clave, eran un tema complejo, pero sobre todo doloroso. En mi carrera había destacado como perfiladora criminal, pero cuando solicité mi cambio de adscripción, pedí otra área, la de los N.N., que era diferente a la que habitualmente trabajaba. No asesinos seriales por un buen rato. Sentía una necesidad palpitante que me nacía todas las mañanas al leer los periódicos. Cientos de personas desaparecidas, cientos de cuerpos sin reconocer. Quería ser más útil a una sociedad desangrada con tantos cadáveres que atiborran las planchas de los CEMEFOS e incluso ya no cabían en algunas instalaciones y en los casos más insólitos, tenían que pasear a cientos de cadáveres en tráileres frigoríficos como una verdadera carroza fúnebre.

Esta era la oportunidad de probarme hasta qué punto las autoridades pueden y quieren devolverles sus nombres a todas las víctimas que hasta ahora lo han perdido. Quitarles la vida no les fue suficiente, los obligan a que pierdan el nombre, su dignidad y nosotros perdamos su memoria.

*

La señora Ofelia llegó a las nueve en punto después de los días que le pedí como plazo para darle algún avance sobre el caso de su hija. Era una mujer muy puntual y decidida.

Tawny ya me había pasado los pormenores de la carpeta, no se había realizado diligencia alguna, apenas se contaba con la declaración inicial de la madre sobre los hechos, pero de ahí ya no hubo más investigación. El coraje invadía mi cuerpo, almacenándose como un dolor punzante en mi cabeza. Respiré profundo. Exhalé.

—Le voy a ser honesta, los agentes anteriores trabajaron sobre la teoría de que su hija se había fugado con el novio…

—Pero eso no es cierto, señorita…—me interrumpió desesperada.

—Yo lo sé, por eso vamos a tomar su declaración sin pasar por alto ningún detalle. Siéntese aquí, la agente Tawny va a tomar todos los datos e información que tenga y nos permita dar con el paradero de su hija.

Tawny comenzó a teclear en la vetusta computadora todo lo que salía de la boca de la señora Ofelia. Mientras, yo seguía con la pista del anillo de la N.N. Tenía algunos datos sobre las joyerías que vendían ese tipo de diseños, poseía particularidades que lo hacían poco común, desde el grabado hasta la firma abultada en la parte posterior, lo cual era una ventaja para ubicarlo más pronto.

Gracias a una búsqueda por internet con la fotografía del anillo, no tardé mucho en contactar un negocio que fabricaba joyas del mismo estilo. Se trataba de una joyería ubicada en el centro de la ciudad. Bastante conocida por los diseños exclusivos que manejaba.

Oro mexicano era el nombre del lugar, ahí me identifiqué como investigadora, le mostré mi credencial y una fotografía de la prenda. El dueño, don Orestes Montes, reconoció de inmediato el delicado trabajo labrado en oro de 24 quilates, todo el derredor tenía ornamentos de estilo mexica, en medio sobresalía un rubí engarzado y labrado en forma de corazón, en la parte trasera un ligero abultamiento en forma de “O” era la firma del autor, el diseño era el Yóllotl, especial para dar a la amada por su significado sentimental. Él lo había realizado.

—Se lo vendí a un joven hace algunos meses. Puedo buscar la fecha exacta en la facturación. Regularmente este anillo lo compran cuando hacen una propuesta de matrimonio. Es un anillo caro, es un diseño exclusivo, lo que eleva mucho el precio es el trabajo. Soy el joyero más viejo de la ciudad, mi bisabuelo fue el primero. Nuestros trabajos tienen un sello único.

—Veo que tiene cámara —le dije señalando el CCTV visible—, ¿podría tener la grabación de ese día?

—Sería cuestión de buscarla, porque el tiempo que guardamos es de tres meses y eso fue hace más, si la memoria no me falla. Pero puedo intentarlo.

—Hágalo, por favor —extendí mi tarjeta de presentación para que me llamara a mi número privado apenas supiera la fecha exacta de compra y si recuperaba la grabación de ese día.

Esperaba con impaciencia que pudiera existir esa grabación y así podríamos ubicar al posible el prometido de la víctima.

Manejé rumbo a la oficina, no sin antes desviarme por un par de cafés. Tawny se merecía que le llevara un frappé con panna, yo el clásico americano sin azúcar. En el camino pensaba que, de no estar la grabación, tal vez con el equipo de informática se podría recuperar. Alguna vez lo hice en la procu, rescatar un video previo, pero eso depende de muchas cosas.

—Tawny, te traje tu café favorito.

—Ay, ¿cómo supiste que moría por uno?

—Soy investigadora, lo deduje.

Apenas estaba tomando mi lugar detrás del escritorio, cuando mi celular sonó. Era el joyero. Tenía la fecha y factura del anillo.

La factura estaba a nombre de Ximena Sánchez Pérez, un nombre que de inmediato reconocí, se trataba de la hija desaparecida de la se- ñora Ofelia. El joyero me explicó que había recordado al ver la factura expedida el 2 de julio de 2016, el joven que compró el anillo quiso ponerlo a título de su novia, ya que sería la dueña y era común que facturaran de esta manera. El pago fue en efectivo, así que no teníamos rastros de movimientos bancarios para seguirlo. Solo quedaba esperar las viejas grabaciones del CCTV.

Un sentimiento de angustia me quemaba la garganta, llegué corriendo con Tawny para decirle que la víctima de la carretera y la hija de la señora Ofelia eran la misma persona: Ximena Sánchez Pérez. La primera N.N. que dejaba de serlo. Pero venía lo más difícil, decírselo a su madre.


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