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Por Alejandro Badillo

Puebla, México, 05 de marzo de 2022 [15:15 GMT-5] (Neotraba)

A finales del año 2009 –noviembre para ser precisos– recibí una llamada en mi departamento. Eran las 8 o 9 de la noche cuando sonó el teléfono. Le daba un sorbo a una cerveza mientras escuchaba, del otro lado de la línea, al editor principal de una revista especializada en arquitectura que quería contratar mis servicios para un artículo. ¿Arquitectura? Al inicio pensé que era un error. Mi especialidad, por llamarla de algún modo, era escribir columnas de opinión para un diario deportivo. Casi todas, a decir verdad, trataban sobre futbol. Las columnas, como se puede suponer fácilmente, eran bastante superficiales y la única motivación para escribirlas era el pago puntual que recibía cada semana. Le dije al editor que podría recomendarle a un autor más apropiado para la tarea porque desconocía casi todo lo concerniente a la arquitectura. Sin embargo, la voz me pidió, encarecidamente, que aceptara la oferta. Le insistí en que no tenía los rudimentos necesarios para la empresa, pero el editor me tranquilizó diciéndome que le interesaba una perspectiva que fuera más allá del conocimiento especializado. Quería una crónica que retratara el espacio íntimo de Roberto Wang, uno de los arquitectos más afamados del país. El objetivo –dijo, remarcando la última sílaba de la palabra– era ofrecer una mirada distinta a sus lectores, algo que acercara la arquitectura a un mercado editorial diferente. Ellos me conseguirían una entrevista con el arquitecto Wang en la que le podría preguntar lo que quisiera. Y estaba pensando en eso –las diferentes maneras de escribir el texto, las preguntas adecuadas– mientras el editor me seguía ofreciendo detalles importantes de la encomienda: tendría que averiguar lo más que pudiera sobre el arquitecto, un descendiente de chinos que, gracias a la buena fortuna de su familia, es decir su prosperidad y astucia para los negocios, había podido estudiar en las escuelas de arquitectura más prestigiosas de Estados Unidos y de Europa. Había realizado innumerables proyectos, algunos emblemáticos para muchas ciudades. Por si fuera poco, su nombre era mencionado todos los años como uno de los favoritos para el premio Pritzker, el más importante del gremio.

Después de acordar el pago y la fecha de entrega fui a la recámara y prendí la televisión. Quizás alguien le había dicho al editor acerca de mis intereses literarios que abandoné cuando perdí varios premios en fila y las editoriales no me contestaban los correos electrónicos. En aquellos años algunos colegas estaban al tanto de mis intentos y mis respectivos fracasos. Tenía tres novelas y varios cuentos escritos, todos guardados en la memoria de mi computadora. En poco tiempo me olvidaría de su existencia y se dedicarían a vagar, sin pena ni gloria, en los circuitos de mi máquina o desaparecerían en el limbo de internet.

Al siguiente día confirmaron la cita: sería el sábado en la noche. El editor había hablado con el arquitecto Wang. La sorpresa es que le había gustado tanto la idea del reportaje que me invitaba a su casa para cenar con él y su esposa. Antes de que llegara la cita me preparé leyendo algunos artículos sobre su obra. Decidí llevar una pequeña grabadora y una libreta para tomar apuntes. No se me podría escapar nada. Quizás, si llegaba a buen puerto el encargo, podría proponer otros textos a la revista y sumar ingresos a mi magro presupuesto mensual.

La casa del arquitecto Wang estaba en el fraccionamiento residencial más exclusivo de la ciudad. Mientras me identificaba con el guardia de seguridad, pensé que el término “casa” no era apropiado para nombrar el lugar que iba a visitar. Sería una residencia impresionante o, acaso, un palacio como los que aparecen en Las mil y una noches. Destacaría de inmediato entre los otros inmuebles. Supuse que tendría que ser llamativa de alguna forma: el color, la simetría, la sabia disposición de los espacios. Quizás, cuando estuviera enfrente, tendría alguna especie de revelación. Y se me saldrían las lágrimas o se me acabarían las palabras y estaría inmóvil, en la calle, víctima de un arrobamiento. Con esas expectativas llegué al número indicado según las instrucciones de mi editor. Me bajé del taxi tratando de aparentar seguridad. Cuando eché un primer vistazo me decepcioné: la residencia era muy grande pero, a mi gusto, ordinaria. Tenía dos pisos y ventanas circulares que recordaban las claraboyas de un enorme barco. Era de color lavanda y azul. Tenía un jardincillo frontal, delimitado por una cerca de madera. Es cierto: había algo peculiar en el techo inclinado y, vistas a la distancia, las líneas principales de la estructura recordaban un conjunto de cajas colocadas con descuido. Por supuesto, para muchos ese diseño dialogaba y acaso rompía con alguna tradición arquitectónica desconocida por mí. Me recriminé mi falta de preparación y anoté las primeras impresiones en mi libreta de notas. No podía olvidar ningún detalle. Me alisé la camisa y toqué el timbre.

El arquitecto Wang abrió la puerta. Se veía bien conservado para sus casi sesenta años. Le raleaba el cabello gris, pero sus ojos chispeaban tras los lentes de pasta gruesa. Iba vestido con un saco azul y unos pantalones de mezclilla. Me invitó a entrar. Caminamos por un largo corredor. Después, con una sonrisa, mi anfitrión me indicó que podíamos pasar al comedor. Para mi sopresa ya estaba servida la cena: vino tinto y fideos fritos de arroz acompañados con camarones. No habría oportunidad para romper el hielo y tener algún acercamiento preparatorio. En la mesa esperaba la señora Wang. Había averiguado que también tenía ascendencia oriental. Se veía más joven que su esposo. A veces aparecía con él en la inauguración de algún edificio o en fotografías en revistas de sociedad. Sin embargo, no había mucha información sobre ella. No tenían hijos. La señora Wang, después de saludarme, fue a la cocina para traer un salero y copas para el vino.

—Entonces te mandaron de la revista —inició el arquitecto Wang mientras me invitaba a sentar.
—Así es. No soy experto en arquitectura, pero me interesa conocer una perspectiva más personal de su trabajo. Queremos que su obra llegue a un público más amplio.

Me sentí mal por el tono complaciente de mi voz, sin embargo había funcionado porque el arquitecto Wang sonrió satisfecho.

—Es muy bonita su residencia —le dije después de pasar el primer bocado. Esperaba que mi mentira sonara sincera.
—Este lugar, en realidad, le debe su belleza a la habitación amarilla —dijo el arquitecto Wang después de servir una porción de pasta. Incluso, le podría confesar que es el verdadero secreto de mi éxito. Pero no se apure, ya tendremos tiempo de charlar a profundidad. Antes, hay que brindar.
—¿Por qué brindamos?
—Por el encuentro afortunado de esta noche, por supuesto.

Asentí en silencio y brindamos los tres chocando nuestras copas. El tintineo perduró, metálico, unos segundos. El vino descendió, como un río lento, por mi garganta.

Estaba nervioso. No sabía si era apropiado sacar mi pequeña libreta para tomar notas. Juzgué que le quitaría espontaneidad a la conversación, así que tendría que apelar a la memoria. La habitación amarilla sería, sin duda, un elemento a recordar. Quizás era una de las muchas excentricidades del arquitecto Wang, así que convendría ahondar más en el asunto para lograr un reportaje interesante. La afirmación que acababa de escuchar sobre ese sitio me parecía una de esas ambiguas sentencias orientales, una frase hecha para especular, rodearla con paciencia hasta extraer su verdadero significado. Sonreí levemente: justo frente a mí, en el otro extremo de la mesa, el semblante del arquitecto Wang recordaba vagamente al de un sabio taoísta.

La mujer se dio cuenta de mi ensimismamiento porque me preguntó:

—¿Se encuentra bien? ¿Quiere que le sirva más fideos?
—Sí, muchas gracias —le contesté tratando de aparentar suficiencia.

Foto de Alexis Salinas
Foto de Alexis Salinas

La mujer tomó una cuchara y un tenedor grandes y me sirvió en mi plato. Mientras lo hacía contemplé las cortinas estáticas. El mundo parecía haberse detenido. Era como habitar un acuario. El arquitecto Wang le dio un trago a su copa con delectación. Su esposa miraba con nostalgia la botella de vino que estaba en el centro de la mesa. Sus manos largas, de uñas rojas, parecían hurgar en las servilletas. Cuando se dio cuenta que la miraba, se apenó y se sirvió un par de camarones más. No había música y el silencio contrastaba con la abundante decoración de los espacios. El silencio, pensé, era parte de una puesta en escena, una pátina opaca y acaso antigua que impregnaba todo lo que veía: los cubiertos plateados, un florero de cerámica fina, la alfombra decorada con motivos geométricos. Un arquitecto es un artista, pensé, alguien atento a los detalles. No se le escapa nada. Cualquier elemento había sido largamente evaluado hasta llegar a una convicción definitiva. El arquitecto Wang me dedicó una mirada penetrante. La expresión transmitía severidad, pero también confianza, como cuando estamos enseñándole una lección a un niño pequeño.

—¿Podría decirme más sobre la habitación amarilla? —le pregunté, con voz animosa, sintiendo que ya me había ganado su cercanía.

Los lentes del arquitecto Wang emitieron un destello que se perdió en la luz de la lámpara tipo Art Decó que nos alumbraba y que colgaba del techo como un insecto estático y extravagante.

—No.

Me quedé sorprendido por su respuesta. La había dicho con seguridad y, acaso, con cierta concupiscencia, como si hubiera sido parte de un plan elaborado antes de recibirme. Había esperado mucho tiempo para soltar ese monosílabo, dejarlo en libertad como un ave que ha pasado largos años enjaulada.

—¿Por qué? —le pregunté.

El arquitecto Wang se quedó callado. Pero su mutismo no era, de ninguna forma, un retroceso: era un sutil ataque que me ponía a prueba. Él esperaba que yo me pusiera nervioso y, quizás, que cambiara de tema rápidamente. Mi obcecación, de alguna manera, rompía su juego y el gesto de contrariedad en su cara confirmó mi teoría.

—Es algo muy complejo. No lo entenderías.

Le di un sorbo a mi vino para tranquilizarme. No podía dejar que me afectara su agresión disfrazada de condescendencia. Podía mandarlo al diablo, despedirme y regresar a mi departamento. Sin embargo, además del pago por el reportaje, estaba en juego mi pundonor. Alcé mi copa un poco y miré el vino denso que se balanceaba como si fuera un mar apenas perturbado por el viento. La botella, refulgente aún en la mesa, mostraba en la etiqueta la leyenda “Chateau de Chantegrive”. Miré con sospechas mi copa. Tal vez la bebida que ahora probaba tenía algún tipo de sedante y, después de caer desmayado, me despertaría amarrado a una silla, como en las películas de espías. El arquitecto Wang me torturaría hasta saber los motivos que me habían llevado a su casa. Vino a mi mente el suplicio destinado a los regicidas o a los que atentaban contra sus amos: el Leng tch’e. Sentí escalofrío al imaginarme drogado con opio y siendo fileteado por un hábil verdugo hasta llegar al corte número cien. El arquitecto Wang rompió mi divagación:

—Pero no te preocupes. Hablemos de otras cosas —dijo con una afabilidad impostada, consciente de que intentaba reagruparme y seguir preguntando.
—¿Más vino? —me dijo su esposa, cuando miró que mi copa estaba medio vacía.
—No, muchas gracias —respondí tratando de conservar la paciencia. ¿Cuántas veces más me ofrecerían vino? En realidad, a mí me gustaba la cerveza.
—Lo que te puedo decir, querido amigo, es que la arquitectura es un arte complejo. He aprendido que tiene que ver más con la sensación que con la imagen o el raciocinio. Un proyecto puede ser revelado durante el sueño. La labor del artista es desentrañar esas premoniciones, darles forma, descubrirlas. ¿Entiende?

Era un tipo pretencioso aunque, tenía que admitirlo, tenía un discurso atrayente. Imaginé que eso era muy útil en el círculo social en el que se desenvolvía. Podría tener encandilado, durante un buen rato, al jet set de la ciudad. Me decía eso como un tipo de recompensa, una compensación a mis esfuerzos.

Le sonreí por cortesía mientras pensaba que tenía que replantear la estrategia para intentar preguntas diferentes. Sin embargo, estar ahí, frente a él, custodiado por su esposa que apenas parpadeaba, me ponía de mal humor. Tenía que alejarme un momento para pensar mejor y regresar más fresco.

—¿Dónde está su baño? —pregunté.
—¿Puede ver el vitral que está en la pared derecha, en el pasillo, justo al fondo?

Asentí con la cabeza.

—Enfrente está el baño.

Caminé por el pasillo. El vitral tenía la imagen de un león en campo abierto. Recordaba un escudo heráldico apócrifo. La luz de una lámpara se filtraba lentamente a través de la figura y parecía darle movimiento. El baño no tenía nada fuera de lo esperado en una residencia lujosa: jabón caro, una impoluta toalla con adornos de encaje; olores a especias exóticas y flores. Mientras me lavaba las manos pensé que debía insistir –aunque esta vez de forma más sutil– en la habitación amarilla. Quizás podría llegar a ella tangencialmente y, de esta forma, conseguir que el arquitecto Wang confesara algo relacionado con ella sin darse cuenta. A lo mejor tendría algún otro tipo de fetiche, algo que podría usar como pretexto para llegar a mi verdadero objetivo. Me eché agua en la cara. El aire tibio en el baño me abochornaba un poco. El lugar, desde que había llegado, me transmitía una sensación incómoda, casi amenazante: una mezcla de soledad y de impostura. La decoración en algunos puntos exacerbada (cuadros de paisajes naturales, tapetes con diseños caprichosos, plantas de interior arracimadas en macetas de cerámica) contrastaba con zonas en las que predominaban muros vacíos y ausencia de muebles. Parecía que el diseñador de interiores hubiera peleado consigo mismo al momento de decidir qué estilo utilizaría en la residencia. Cuando estaba a punto de salir del baño me miré en el espejo y me quedé estupefacto: en el espejo se reflejaba el rostro del arquitecto Wang en lugar del mío.

Foto de Alexis Salinas.
Foto de Alexis Salinas.

Parpadeé y moví mi mano derecha: el arquitecto Wang hizo lo mismo. Por dentro seguía siendo yo, pero el exterior había cambiado. Sentí vértigo. Me palpé la cara y miré mis pies. Después revisé mi ropa: estaba vestido con el saco azul y los pantalones de mezclilla. Todo era del arquitecto Wang. Ahí estaban las arrugas, los lentes de pasta, el vientre un poco abultado e, incluso, un leve entumecimiento en las rodillas, un achaque propio de su edad. Tuve miedo. Cerré los ojos, volví a hacer la prueba, pero la imagen era la misma en el espejo. Me acerqué a la puerta para tratar de escuchar algo. ¿Ellos estarían, al otro lado, conteniendo la risa? Si seguía consumiendo minutos en el baño, ellos se acercarían para preguntarme si todo estaba bien. Yo trataría de convencerlos de que no entraran. Inventaría cualquier pretexto para mantenerlos lejos. Bajé la tapa del inodoro y me senté: era como si hubiera descendido al fondo remoto de un sueño. Atado a un lastre que no conocía, estaría un buen rato así, sin saber qué hacer, esperando algún tipo de revelación. Quizás todo estaba previsto desde mi llegada a la residencia del arquitecto Wang y no lo había podido sospechar. Sentía el cuerpo pesado y las sienes me latían poderosamente. Entonces vino la primera idea: saldría de ahí como si no me hubiera pasado nada, y me presentaría ante mis anfitriones con la esperanza de que el hechizo se acabara. Quizás las leyes de la realidad no permitirían una duplicación y, una vez frente al arquitecto Wang original, la velada volvería a la normalidad: yo –con mi fisonomía habitual de un lado de la mesa–; él y su esposa del otro lado. Nadie se enteraría del acontecimiento y la desagradable experiencia quedaría como un mal sueño. Me levanté del inodoro con el pánico un poco más controlado. Me convencí de que el mayor peligro consistiría en que, de repente, existieran dos arquitectos Wang (¿Wangs?) en el comedor y que la buena señora, espantada por la visión, saliera de la residencia gritando y alertando a los vecinos. Tenía que poner manos a la obra, así que me ajusté los lentes de pasta y eché una última mirada al espejo: el arquitecto Wang, con el cabello ralo, bolsas debajo de los ojos rasgados y abundantes canas en las patillas, se veía aún desconcertado, pero mis ojos combatían esa expresión con un toque de combatividad y desesperada convicción. Abrí la puerta y me dirigí, de nuevo, al comedor.

Me asomé lentamente a la estancia. Era como entrar a un mundo nuevo. Veía una parte de la mesa y la vitrina en la que brillaban unos platos de cerámica fina. No soporté más la curiosidad y entré: la señora Wang estaba, solitaria, en la mesa. No había nadie más. El mantel blanco resplandecía. El plato que yo había usado y mi copa, simplemente, no existían. Me quedé sin aliento. Sin un nuevo plan ocupé por inercia la silla del arquitecto Wang y, después de un largo suspiro, me serví una porción de fideos. Tenía que aparentar tranquilidad aunque no podía evitar mirar de reojo, mientras comía, a la señora. Ella parecía no advertir ningún cambio y se sirvió, displiscente, un poco más de vino. Permanecimos en silencio, como si fuéramos unos completos desconocidos. Por momentos creía ver un gesto de satisfacción en su rostro, pero cuando movía ligeramente la cabeza para comprobarlo, ella regresaba a su seriedad habitual. Impenetrable, seguía masticando y bebiendo vino. Parecía complacida por el cambio. Le iba a pedir que me dijera el secreto de la broma, cuando ella, a bocajarro, me soltó un “buenas noches”, y se fue de ahí supongo que a dormir o a mirar la televisión en la recámara principal cuya ubicación, por cierto, ignoraba.

En el comedor me sentí un náufrago sin salvación a la vista. Podría irme de ahí y emprender una nueva vida con mi extraña apariencia. Imaginé el desconcierto de mi casera al encontrar, en el departamento, a un hombre maduro de aspecto oriental. Sin embargo, pensé que esa opción, al menos por el momento, no era la mejor. Llené de nuevo mi copa. Quería emborracharme. Quería salir a la calle y gritar. Quería ir a una estación de televisión y describir, de cabo a rabo, mi historia. Miré el pasillo que me había conducido al baño y el inicio de la escalera que llevaba al segundo piso. Imaginé que la residencia era una especie de laberinto, una galería de espejos mágicos que deformaban la realidad. ¿Cuántos cuartos tendría? ¿Cuántos baños? ¿Cuántos dormitorios? Me levanté de la silla, un poco aturdido, y me asomé por una de las ventanas circulares que daban a la calle. Las otras casas tenían prendidas sus luces. Un perro ladraba. Un gato negro hacía su acto de funambulista en una barda. Me recargué en el quicio de la ventana. Pensé que el mundo era algo en constante movimiento; desde mi ingreso al baño, había entrado en una nueva etapa. Las personas, a partir de ese momento, eran parte de una sustancia mudable y líquida. Alguien, de repente, se descubría transformado en otro. Podría ocurrir en cualquier instante: en la parada del autobús, en la fila del banco, esperando la señal del semáforo para acelerar, en medio de una fiesta, al despertar de una pesadilla, en el desayuno o después de un largo bostezo. Pensé que esta nueva cualidad, por llamarla de alguna manera, también afectaba a otras cosas. Por ejemplo: el árbol que tenía enfrente –un abundante encino– a pesar de su apariencia exterior podría estar habitado por la esencia de un bonsai que había estado muy tranquilo, unos segundos antes, en un jardín interior al otro lado de la ciudad. Quizás esta misma transformación se llevaba a cabo con objetos, elementos inanimados que vibran desde su anonimato, burlándose de nosotros gracias a su aparente inocuidad, y cambiando su esencia en una eterna migración sin control. Los usamos todos los días sin saber que tenemos el espíritu de otras cosas en las manos. Mientras más reflexionaba se desdoblaban nuevas posibilidades. Una, quizás la más inquietante, era que esta transformación no se desarrollaba de forma simple y acaso anárquica. Lo que acontecía era un intercambio. En ese escenario, entonces, el arquitecto Wang se habría descubierto en mi departamento, mucho más joven. Quizás estaba por salir rumbo a su residencia para retomar su vida. Iría veloz, en un taxi, maldiciendo y arrancándose sus (mis) cabellos. Revisé mis bolsillos y encontré el teléfono celular del aquitecto Wang. El mío, seguramente, lo tenía él. Marqué mi número, pero nadie contestó.

Sin un plan definido, me quedé en la sala, esperando a que el arquitecto Wang tocara el timbre. Iban a dar las 10 de la noche. Había encontrado en la cocina un par de botellas de cerveza, destapé la primera y le di un trago largo. Era difícil acostumbrarme a mi nueva condición. El silencio, percibido a través de los oídos del arquitecto Wang, era turbio, hecho de pequeñas interferencias. El mundo, tras sus lentes, perdía precisión y vivacidad. Apuré la botella de cerveza y abrí la otra. Aventuré que el posible intercambio no había ocurrido y que mi cuerpo estaba quién sabe dónde: en la cima de un volcán, en un hotel de mala muerte, en un estadio de futbol o pudriéndose en un basurero. Miré las puntas de los pies del arquitecto Wang, extendí sus brazos y toqué sus escasos cabellos. Sentía las mejillas flojas y los dedos torpes. Traté de no entrar en pánico. Recordé cada uno de los momentos antes de entrar en la casa y la breve charla que había tenido con mis anfitriones. Si lo más importante, según el arquitecto Wang –“la razón de mi éxito” había dicho– era la habitación amarilla, tal vez ahí estaba la clave para que todo regresara a la normalidad. Recorrería la residencia cuarto por cuarto hasta encontrarla. Una vez ahí ocurriría algún tipo de revelación y, como por arte de magia, todo regresaría a la normalidad. Tendría que apresurarme.

Empecé por la planta baja. Revisé un pequeño cuarto adyacente a la cocina. Recorrí el despacho del arquitecto, un pequeño gimnasio y llegué a la cochera que tenía dos Mercedes Benz último modelo. No había ninguna habitación amarilla. Me dirigí a la planta alta cuidando de no hacer ruido para no despertar a la señora Wang. Había un cuarto de huéspedes, una pequeña biblioteca y un baño. Revisé una terraza y una especie de bodega. Agoté todos los espacios disponibles y ninguno de ellos era de color amarillo. Había objetos, es verdad, que tenían ese color, pero eran pocos y no pude discernir ningún patrón o clave. Tomé nota de una toalla amarilla en uno de los baños, una maceta amarilla que tenía una planta de sombra, un tapete amarillo en la entrada de la casa, entre otras cosas. Al final, agotado por la búsqueda, entré al único lugar que me faltaba: la recámara principal. Suspiré y abrí lentamente la puerta: la señora Wang roncaba a intervalos irregulares. A veces era un silbido que en ocasiones se fortalecía hasta alcanzar notas más graves. Estaba de costado, medio oculta por las sábanas y varias almohadas. La penumbra era suficiente para distinguir el color azul claro de las paredes y el rojo deslavado del piso. Llamó mi atención, frente a la cama, una acuarela en la que jugaba un grupo de macacos japoneses, de la nieve. Los animalillos parecían divertirse en medio del paisaje invernal. Cerré la puerta sintiéndome vigilado por sus ojos diminutos y su expresión curiosa. El ronquido de la señora Wang, que se elevaba en medio de la noche, parecía confirmar la certeza de que no existía la habitación amarilla. Sin más por hacer bajé a la sala e intenté dormir.

Desperté en uno de los sillones con un poco de resaca. La señora Wang me había dejado hecho el desayuno: unos hot cakes que ya estaban tibios, jarabe de maple y mantequilla. También había un jugo de naranja. Me recriminé no haber estado despierto para acribillarla a preguntas. Ella ocultaba algo y, quizás por eso, había decidido huir. Fui a la mesa de la cocina y seguí la esforzada labor de habitar al arquitecto Wang. Descubrí, a la primera mordida, un diente con caries y, después, la trabajosa digestión que desató una serie de ruidos en el estómago. Me puse de mal humor: la materia del otro empezaba a cambiarme, muy pronto corrompería mi carácter habitualmente bonachón. Después del desayuno pronuncié unas palabras en voz alta: su tono agudo me molestaba. Ya lo había notado desde la noche anterior sólo que ahora sonaba peor. Con el paso del tiempo quedaría apresado en él, viviendo en una simbiosis que empezaría a erosionar mis recuerdos y todos los elementos que me habían conformado hasta ese momento.

Con el estómago lleno regresé a la sala. Traté de limpiar las telarañas de mi mente. Tendría que apelar a la supuesta inteligencia del arquitecto Wang para reconstruir, paso a paso, lo que había acontecido esa noche. En medio de las palabras, de los movimientos que iban y venían en la cena –como en un ballet perfectamente coreografiado– había claves para entender, pasadizos que evaluar. Sólo tendría que esforzarme y encontrar la salida de ese laberinto. Miré los objetos que me rodeaban y los vigilé como si fueran enemigos acechándome. La mesa de centro me interrogaba. Una vacía botella de cerveza languidecía en el piso. Después de mucho pensar y, ante la falta de más pruebas, pensé que toda la farsa estaba en mi cabeza: yo había elaborado la fantasía de la revista y el encuentro con el arquitecto Wang para poder entender algo trascendental en mi vida. La aburrición y cierta desesperanza habían sido los detonantes. Todo estaba en algún lugar de mi subconsciente y había fermentado durante largos años hasta que, finalmente, escuché la voz del editor del otro lado del teléfono. Era una locura lúcida y, por lo tanto, muy peligrosa. El arquitecto Wang había surgido –con todo y esposa– de alguna lectura realizada hacía mucho tiempo. Quizás la materia prima era un cuento ambientado en el lejano oriente –pensé en alguno de Las mil y una noches, uno de mis libros favoritos– y el tiempo le había añadido ramificaciones modernas. Todo había incubado en mi interior de forma inocente, como en un juego de niños. El arquitecto Wang era yo mismo, acaso una versión de mí que desplazó a otras que no pudieron cuajar en la revoltura de mi mente. Por lo tanto, el verdadero significado de la habitación amarilla tendría que estar en mí, en algún rincón de mi cerebro, escondido en la elaborada ficción que había creado. Me tomé de la cabeza, como si haciendo presión en ella el secreto pudiera quedar en libertad, como cuando un corcho es expulsado a presión de una botella. Supe que, a partir de entonces, me convertiría en el buscador de algo intangible y etéreo, un caballero templario obcecado por el Santo Grial, un conquistador explorando la ruta de El Dorado. Revisité en la memoria el momento cuando el arquitecto Wang pronunció “la habitación amarilla”. Las palabras eran importantes, por supuesto, pero también el modo de decirlas, el gesto que las había acompañado y que acabó por pulirlas para presentarlas ante mí, con orgullo, como si fueran un elaborado anzuelo. Tuve un presentimiento. Me dirigí al despacho y prendí la computadora. Los archivos estaban repletos de planos, proyectos y cotizaciones. Revisé carpeta por carpeta, pero en ninguna encontré alguna clave o referencia a la habitación. Me arrellané en la silla, desconcertado. Miré varias fotografías repartidas en repisas y en las paredes. El arquitecto Wang lucía sonriente, dominador de la escena. También encontré reconocimientos y diplomas. Era una vida nutrida con mis esperanzas y mis deseos no realizados. Imaginé que podría llevar mi ensoñación al límite, perturbar la feliz vida del arquitecto Wang hasta destruirla. Haría un escándalo en la inauguración de un edificio, robaría un banco o, incluso, intentaría matarme. Colapsaría la realidad que me había fabricado a la medida, la saturaría hasta desbordarla. Quizás, sólo así, llegaría al fondo del asunto. Estaba por salir del despacho cuando miré la impresora que estaba a un lado de la computadora. Volví a pensar en mi teoría: la impresora era, en realidad, otra cosa: una ventana abierta, la llanta de un auto, un anuncio neón horadando la noche. Me acerqué y me di cuenta que había una hoja en la bandeja de salida. Tenía escrita tres palabras: “LA HABITACIÓN AMARILLA”. Las mayúsculas indicaban que eran el título de algo. Busqué en las demás hojas, pero todas estaban en blanco. Me quedé sentado en el piso. Sentí que el arquitecto Wang estaba en varios lugares de mi interior. Me recorría como alguien que visita, por primera vez, su nueva casa y explora todos los resquicios, mide los espacios mientras empieza a acostumbrarse, a echar raíces. Los pensamientos se dispersaron, como aves asustadas. El arquitecto las miraba pasar, en una especie de observatorio ubicado en alguna parte de mi cuerpo. Entonces recordé mis intentos por ser escritor de ficción y mis continuos fracasos. Pensé que “La habitación amarilla” podría ser un buen título para un libro, quizás el inicio de una novela o, mejor aún, una compilación de cuentos. Por supuesto, no tenía idea de qué podrían tratar porque la habitación amarilla podía ser cualquier cosa: un amanecer, la sensación de miedo que nos acompaña en la infancia mientras hay una tormenta eléctrica, el momento de duda que surge cuando bebemos café y alguien cruza la calle. Sin embargo, a pesar de lo ambiguo de la tarea, sentí que podía realizarla, que estaba al alcance de la mano. Entonces, el arquitecto Wang comenzó a hablarme. Su voz era una rama evanescente, un jardín en el que comenzaban a entrelazarse nuestros destinos. La voz me decía que lo intentara. Y yo no sabía si al terminar de escribir quedaría atrapado para siempre en el cuerpo de él o, por el contrario, recuperaría al fin mi vida. Supuse que tendría que confiar. Imaginé una habitación amarilla, con mosaicos del mismo color y sin ningún mueble. Le añadí, como un detalle interesante, un foco en el techo. Me senté frente a la computadora. Al inicio dudé, pero comencé a teclear con incierta esperanza. Después de algunos intentos pude ver una puerta. Atrás de ella estaba la habitación amarilla.


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