Ciudad de México, 15 de junio de 2026 (Neotraba)

Se paran frente a mí y se santiguan. Quesque soy muy milagrosa, que pidiéndome a mí ya ni falta hace entrar a la iglesia, que no sé qué más. Lo que pasa es que compenso un poco la ausencia del cura, quien cayó enfermo en el pueblo vecino.

El primero fue Eduardo. Si yo hubiera tenido la facultad de escapar cuando vino, lo habría hecho. De inmediato sentí una Presencia. Venía siempre que estaba borracho, “Crucecita, te lo juro que es la última vez, verdad de Diosito lindo…”Pero ahora clarito se le veía una mirada torcida y se notaba que no tenía la menor idea de lo que le pasaba. Con que no se me acerque mucho, pensé. Traía una temblorina y no paraba de hablar: que en el pueblo nadie lo quería ayudar, que su mujer lo mandaba a bañar porque olía a azufre, que nunca lo habían visto así de borracho: “¡Crucecita, sálvame!”

A la tarde siguiente vi pasar la procesión. Detrás, el voceador gritando:

–¡Lleven su periódico, todo sobre el caso del borracho que mató el diablo! ¡Amaneció sin ojos y sin lengua! ¡Se ha dado aviso a la cabecera municipal! ¡Léalo todo aquí! ¡Sólo un pesito!

Todos estaban a la espera de la policía, que tendría que venir de la cabecera municipal. Al otro día vino Doña Toñita, la obesa de la tienda. Es una buena mujer, en el pueblo la quieren porque les fía siempre a los viejitos. Viene por enésima vez a pedir por el hijo que se fue a estudiar a la ciudad. Ojalá se siga hasta la iglesia. ¿Yo en qué la puedo ayudar? Los santitos de adentro, esos sí que son poderosos.

No entró, se paró frente a mí. Que le daba pena ir con los santitos de adentro porque le avergonzaba lo que se imaginaba y esos santitos son gente seria; se sentía más en confianza conmigo. “Además, tú eres más milagrosa.”Se confesó: le había dado por imaginarse que atacaba a su marido. Le arañaba la cara, lo tiraba por un despeñadero, le daba gusto ver cómo comían su cadáver los buitres. “Ayúdame, Crucecita, sólo Dios sabe lo que me está pasando.” Y lo que va a pasar, me dije a mí misma…

Un par de días después, las plañideras lloraban a gritos porque Doña Toñita le había asestado un machetazo en el cráneo a su marido mientras él dormía la siesta. Gritaban que aún repetía sin cesar que algo se le había metido en el cuerpo, que ella ya no era ella.

Era el Mal. El Mal, que se instaló junto con una densa neblina en todo el pueblo, mucho más densa en el atrio. Cuando más me necesitaban, quedé oculta: cosa del diablo, lo hace para que ni siquiera conmigo encuentren un poco de paz estas pobres gentes.

Con Lucrecia, la jovencita de la tintorería, en realidad no se supo qué pasó. De un día para otro desapareció. Cuando vino a verme Jovita, su vecina, me dijo que los padres de la chica no pusieron mucho empeño en buscarla, pensando que estaba escondida en casa del novio.

Una mañana, salidita de la niebla, estaba Doña Anatolia junto a mí. “Crucecita, juro por Dios que tenía la misma mirada del diablo. Este m’hijo me reclamaba en la cocina que no tuviera dinero para darle. Su rostro estaba cambiado, pero sobre todo la mirada, esa mirada. Supe que se había contagiado, que a continuación me atacaría. Y levanté el cuchillo que tenía en la mano. Sostuve su mirada para que no se imaginara lo que iba a hacer y con rapidez lo hundí hasta el fondo en un solo movimiento, empujando hasta que, sin dejar de mirarme con esos ojos diabólicos, se desplomó… Ahora la que se tiene que ir tras él soy yo.”

–¡Pueblo maldito!, habría gritado yo, si a una cruz de piedra le fuera dado gritar.

¿Quién seguiría?, era la pregunta que flotaba en el aire. Las madres no dejaban salir a sus hijos y dormían con ellos. Quienes tenían que hacer algún mandado se cubrían la nariz y se apresuraban sin hablar con nadie en el camino. En cualquier rincón, acechando en cada cama, se podía materializar el Mal. El doctor no atendía, las oficinas cerraron, los hombres dejaron de ir al campo, se empezó a vivir de la rapiña.

Otros hombres, otras mujeres, desfilaron frente a mí, cada uno con una historia diferente, todos con el mismo final. La policía aún brillaba por su ausencia, que por los levantamientos que asolaban el municipio. El cura ya se había aliviado, pero ¡válgame Dios!, estaba esperando que el Arzobispo pudiera acompañarlo, pues él sólo no podía contra una población dominada por Satanás.

Se perdió hasta la esperanza, Manuel me dijo llorando. Le dio por amarrarse en las noches a su cama. Su miedo no era que lo atacaran, sino convertirse en verdugo. La fue librando, pero una mañana despertó con las sogas desatadas y las manos ensangrentadas hasta el codo, sin saber a ciencia cierta qué había hecho. “Crucecita, yo que ayudaba a todos y ahora me sacan la vuelta. Se siente feo. No me voy de aquí porque los que se han ido han regresado con los pies por delante: Pablo, machucado por un camión, Mariano, por una enfermedad fulminante. Y así los demás, algo siempre les pasa. Te lo suplico, ayúdame a encontrar una salida que no sea la de Doña Toñita.”

Ha pasado el tiempo. Ya no viene más nadie, ni a pedirme milagros ni a confesarse. Aquí me quedé yo, impotente e imponente, a la entrada del atrio de una iglesia sin cura en el centro de un pueblo maldito del cual fui la única confidente.


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