¿Te gustó? ¡Comparte!

Por Dulce María Ramón

Ciudad de México, a 18 de noviembre de 2020 [01:12 GMT-5] (Neotraba)

El escritor Julián Herbert, responde la llamada telefónica de manera inmediata. Después de varias semanas por fin coincidimos en nuestros horarios. Es un sábado pasadas las siete de la noche. Le comento por WhatsApp que más que una entrevista deseo me cuente sobre los espacios donde escribe, sus rutinas, y de paso las manías y los fetiches que pueda tener en el oficio de la escritura. Aunque también hablamos de su infancia, de la música, de su gusto por la cocina.

No puedo negarlo, para mí es significativo poder entrevistarlo. Mi primer contacto con él fue en una navidad, me obsequiaron su libro Canción de Tumba.

El libro me atrapó de inmediato. Me envolvió la esencia de Guadalupe Chávez Moreno, aquella mujer “bajita y delgada, con el cabello lacio cayéndole hasta la cintura, el cuerpo macizo y unos rasgos indígenas desvergonzados y relucientes”. Pocos escritores han logrado revelar en su escritura todas las pasiones en todas las tonalidades posibles, sobre todo cuando se habla de los seres que se aman, en medio de la enfermedad y la muerte.

Así que, inevitablemente encontrarlo, ya sea en la poesía, en el cuento o en la crónica, siempre te sacude el alma un poco, o más que eso.


Dulce María Ramón. Has compartido en varias ocasiones que uno de los recuerdos más gratos de tu niñez, fue cuando tu mamá te leía El Principito, ¿qué hay de cierto?

Julián Herbert. Lo primero que recuerdo son mis lecturas acapulqueñas y los viajes de ida y vuelta. Pero también tengo presente espacios y objetos. Por ejemplo, tenía una mesa de plástico de la marca Cipsa, de color rojo con blanco donde dibujaba y leía. En la memoria también se encuentra una especie de libro de trabajo llamado Mis primeras letras. Jorge, mi hermano mayor, decía que esos métodos no servían para nada y decidió escribir todo el abecedario en la parte superior del libro. Él pensaba que con memorizar el abecedario todo estaba resuelto.

En realidad siempre estuve obsesionado con la lectura desde muy chiquito. Ahora lo veo con varios niños: no se esperan a llegar a la escuela. Es un rollo que quieres resolver antes de tiempo.

DMR. Eras como muchos niños que quieren saber lo que dice la caja de cereal o lo que dicen los espectaculares.

JH. Sí. Además, en mi casa había pocos libros y no todos eran necesariamente buenos. Pero ocupaban un lugar importante en nuestras vidas. Y cuando digo “los libros” me refiero desde la Biblia hasta los álbumes de estampas.

DMR. ¿Los libros tenían un espacio específico?

JH. Depende mucho de las épocas. Éramos una familia muy itinerante. Por ejemplo, mis recuerdos iniciales no son con un librero sino con una mochila. Yo tenía una de mezclilla a la que quería mucho y siempre la traía conmigo.

Mi mamá se desesperaba demasiado: a la hora de hacer la maleta, metía siempre mis muñecos y mis libros o mis cuadernos de iluminar.

Yo viajaba con todo eso y, entonces, cuando mi mamá se daba cuenta, pues quisiera o no, me tenía que comprar ropa. Más adelante pagué un poco mi manía de niño: mi hijo Leonardo hacía lo mismo cuando era más pequeño y, por supuesto, me provocaba mucha risa, porque en él se repetía cierto esquema.

Cuando llegamos a vivir a Ciudad Frontera yo tenía como 9 años y ahí sí tuvimos un librero color café oscuro, no muy alto y de repisas anchas. Lo tengo muy presente, era donde se colocaban los libros para leer o estudiar.

Portada de Canción de Tumba, de Julián Herbert
Portada de Canción de Tumba, de Julián Herbert

DMR. Otra cosa muy importante para ti es la música.

JH. El tema de la lectura no sé exactamente de dónde nació, pero el de la música sí. Mi abuelo Pedro tenía un grupo llamado Son Borincano, en San Luis Potosí. Mi madre tenía una voz espectacular, cantaba súper bonito.

Mis hermanos y yo siempre trajimos desde niños este rollo de cantar. Se refleja, por ejemplo, en mi hermano, quien vive en Japón. Allá el tema de las casas es complicado porque son muy chiquitas, pero en cuanto pudo hizo un cuarto de música para sus hijos.

El tema de la música está muy cerca de todos mis hermanos. El papá de mi hermana menor era músico, tocaba la batería. Una vez le dijo a mi mamá, qué bueno que a tus hijos les gusta la música, porque la música hace que seas feliz.

Claro, lo dijo en este plan cursi de cualquier músico. Pero mi mamá se lo tomó muy en serio: de las pocas cosas que había en la casa, donde se hizo el sacrificio por adquirirlas, fue comprar guitarras. En mi casa todos mis hermanos aprendimos a tocarla.

Mi hermano Jorge toca mucho mejor la guitarra que yo, pero él lo hace como en sus ratitos libres. Mi hermano Said y yo lo tomamos un poco más en serio. Desde muy chavos quisimos armar una banda y nunca pudimos. A mí me gustaba tocar la guitarra y cantar en los camiones, después también lo hice en muchos bares.

DMR. De hecho, has compartido que lo primero que escribiste fueron letras de canciones.

JH. Así es. Empecé a cantar música norteña como a los 9 años, para poder viajar entre pueblos. Además —deja te digo— la ruta donde yo cantaba en los autobuses Anáhuac, es donde sucede la mitad de la obra del escritor Daniel Sada. Porque Daniel situó toda su obra alrededor de un pueblo de nombre Sacramento, ubicado a 20 kilómetros de donde yo crecí. Todos estos pueblitos me los recorrí con la guitarra. Para mí, encontrar estos poblados tan entrañables en la obra de Sada fue un suceso súper emocionante, fue algo muy chido.

Después en la adolescencia asistí a la secundaria Federal Número 2 de Ciudad Frontera, ahí tenía como profesor de música a un tipo bien loco. Su nombre es Polo. Él no quería armar con sus alumnos la típica rondalla, entonces conformó una especie de grupo versátil. Hacíamos cosas muy locas. Recuerdo que tocamos en la graduación, resulto ser algo muy aparatoso, pero muy divertido.

Lo cierto es que la región donde yo crecí es una zona de tradición musical muy fuerte, porque es un lugar donde hubo una pequeña disquera regional. De ahí surgieron muchos músicos, en su mayoría tocaban ritmos tropicales.

Cuando me vine a vivir a Saltillo, ya en los primeros años de mi vida adulta, mi hermano Saíd y yo, con otra banda, armamos este grupo llamado Madrastras.

DMR. ¿Cómo te hiciste vocalista del grupo Madrastras?

JH. Yo no toco muy bien, como ejecutante soy bastante limitado. Entiendo mejor cómo funcionan las armonías. No sé mucho de teoría musical, así que yo hacía las canciones y las letras.

Mi activo para ofrecer en una banda siempre fue el componer las canciones. Y normalmente, el vocalista hace las letras; no es una norma, pero es una cierta tendencia. Debo agregar que de chavo era muy desfachatado y eso de hacer payasada en el escenario también vendía. Además, para ser honestos, tampoco tengo una voz espectacular. Lo que sí es que estudié para tener una voz un poquito más educada.

DMR. ¿Te acuerdas del nombre de esas primeras canciones?

JH. De las primeritas, se me hace que no. Pero cuando tenía como 15 años, escribí una canción sobre una mosca en un vaso de vodka en un bar. Era una fantasía rara porque yo no había pisado un bar en esa época y no me aventé un trago de alcohol hasta los 23 años. En la adolescencia fui muy negado con el alcohol.

DMR. ¿Qué hay de verdad en que eras un nerd?

JH. Ahora me pasa una cosa muy curiosa: tuve un cambio importante en mi vida, un cambio de gerencia, por decirlo así. Hace un par de años, mi vida cambió muchísimo. Entre otras cosas, dejé de beber, por ejemplo. Mi sensación es que ahora hago muchas cosas cursis que hacía cuando era chico.

Cuando era muy joven, era un wey muy disciplinado. Tenía además un tema con lo sagrado. Era muy clavado con el tema de la espiritualidad, nada que ver con la religión.

Estaba relacionado con el lenguaje y con una sensación de cómo estás conectado con lo demás. En la adolescencia era una idea muy confusa, ahora lo es menos, porque sí, tengo una práctica vinculada de algún modo a rituales budistas; de chavo era una idea muy abstracta.

Portada de La Casa del Dolor Ajeno, de Julián Herbert
Portada de La Casa del Dolor Ajeno, de Julián Herbert

DMR. Voy a tocar un tema que sé que, a partir de tu libro Canción de Tumba (Editorial: Mondadori, 2012) es recurrente cuando te entrevistan, y es saber sobre la relación con tu mamá. En mi caso sólo preguntaré: cuando piensas en tu mamá, ¿qué olor, forma o retrato te viene a la mente de manera inmediata?

JH. Es curioso que me preguntes esto, porque acabo de escribir algo respecto a ello. Hay un par de cosas. Una es una imagen muy nítida, ocurrió cuando estábamos en Monterrey, siendo yo un niño. Estábamos sentados frente a una ventana y de pronto mi mamá me dijo, “va a comenzar a llover”. Le respondí que cómo sabía, ella me miró y dijo “porque huele a tierra mojada”. Es un recuerdo fulminante, esa sensación de aquel momento es algo muy veloz y muy intenso, es la memoria física sensitiva.

Una cosa más relacionada con mi mamá, sobre todo en esta última época de mi vida y que me regaló, es el sentido del humor. Era una morra muy divertida, tenía una visión de las cosas muy desapegada. Gozaba de la velocidad que tienen algunas personas para despegarse de sí mismas y verse en el estado del ridículo. Eso para mí es un don.

Una de las claves del humor es trasmitir la certeza de que no te vas a tomar a ti mismo demasiado en serio. Este mundo es más divertido para mí gracias a ella.

DMR. Hablemos de ti como escritor, por ejemplo, ¿cuáles son tus horarios para escribir?

JH. Es muy difícil de responder. Pero justo el horario que más me queda es el que voy teniendo.

He disfrutado épocas donde escribo de madrugada y también temporadas donde escribo en la mañanita. En este momento escribo de las cinco de la tarde a las nueve de la noche. Pero ahora pienso en volver a cambiarlo a la mañana.

Ahora me adecué a un horario para hacer otras actividades matutinas. A las seis y media me levanto y desde esa hora hasta las ocho de la mañana hago una serie de actividades que van desde ver las noticias, una lectura del tarot y hablar con mi hijo Leonardo. Después, de ocho a nueve y media de la mañana, hago yoga, una hora de meditación, corro de cinco a seis kilómetros, subo y bajo quince veces las escaleras del edificio de donde vivo y un día sí y un día no hago pesas. Todo lo que te cuento me lleva hasta las once y media o casi doce del día. Y también hay días que digo “hoy no hago nada”, como hoy.

En estas horas no escribo físicamente, pero sí hago un trabajo mental relacionado con la escritura, donde planeo mucho y diseño ideas en la cabeza. Además, tengo un cuaderno siempre a la mano para hacer notas.

Más tarde me dedico a hacer temas de la casa. Por ejemplo, cocino tres o cuatro veces a la semana.

DMR. ¿Te gusta cocinar?

JH. No es algo que disfrutara mucho, pero lo aprendí a hacer desde niño. Uno de mis hijos es chef. Y, desde que estoy sobrio, se volvió una onda de conexión entre él y yo, para después volverlo parte de mi rutina —sobre todo ahora en la pandemia.

No sé si me guste, pero sí es algo con lo que me conecto. Para mi hijo el rollo de cocinar juntos es algo importante. A veces le hablo para preguntarle cómo cocino algo, y esto provocó una mejora enorme en nuestra relación de padre e hijo.

DMR. ¿Y después que sigue en tu día?

JH. Terminando de comer tomo una siesta con mi esposa de unos 40 minutos. Después me preparo café, y a las cinco de la tarde en mi estudio comienzo a trabajar.

En ocasiones hago otras cosas, dependiendo de cómo va el día. Ahora preparo un ensayo que tiene que ver con la lectura, entonces más que escribir me la paso leyendo.

Verás, trabajé en oficinas burocráticas desde 1994 hasta el 2007, siempre estaba tratando de organizar mi espacio en un mundo burocrático, buscando tiempo libre para escribir, acomodando mi vida, para no robarle tiempo a la oficina.

Desde 2007 no tengo un empleo fijo y vivo de tener una beca o de freelancear, de regalías en algunos casos o de algún premio. Tengo que estar generando todo el tiempo.

También me dedico a una chamba que disfruto mucho hacer. Soy un wey muy afortunado, con posibilidades que miles de personas no tienen. Aunque, por supuesto, hay épocas en que se me cae el balón. Cuando hay buenas temporadas debo aprovecharlo.

Sin embargo, incluso en mis épocas de más desmadre, siempre tuve cierto sistema. Por ejemplo, en el 2015 escribía jornadas de 3 días sin detenerme.

Les decía a todos que desaparecería. Me iba a mi estudio, el cual se encontraba fuera de donde vivía. Regresaba a la casa cuatro días para hacer la parte familiar. Me funcionó para escribir el libro La casa del dolor ajeno, escrito como en empujones intensos y muy largos.

Estudio de Julián Herbert. Foto del escritor.
Estudio de Julián Herbert. Foto del escritor.

DMR. Quiero detenerme aquí, precisamente en el proceso de escritura de La casa del dolor ajeno (Random House, 2015), donde sé que necesitaste un espacio muy amplio en tu estudio, para ir desojando toda la información que requeriste para escribirlo. ¿El proceso de cada libro es distinto?

JH. Sí, así es. Siempre he pensado que existe algo corporal y espacial. Surge cuando sientes que algo no fluye bien, es cuando me detengo para ver qué ajustes debo hacer.

Todavía conservo la mesa que usé para trabajar La casa del dolor ajeno. Es una mesa para banquetes. Ahí yo tenía dos laptops, fue el sistema que me funcionó. Además, ocupaba la pared para pegar apuntes y también espacio en el piso para poder ver un mapa. Lo que estoy escribiendo ahora es muy distinto. Trabajo con cinco cuadernos. En todos tengo notas distintas y después los voy cruzando.

Además, hago mucho trabajo de preescritura. Trabajo ahora en un guion de cine, una novela y un ensayo. Pero antes de esto hice una serie de charlas —ya las terminé—, pero corrijo para poder hacer un libro de ensayos. Entonces, en este momento, uso un escritorio, uno pequeño y también tengo otro espacio donde se encuentran varios libros a la mano.

DMR. ¿Cómo percibes la escritura a mano dentro de tu trabajo?

JH. Hay un rollo ahí para mí. Me acostumbré desde muy chavo a la máquina de escribir. Empecé a usarla cuando tenía 17 años.

Para mí, estaba relacionado con la imagen del escritor que percibía en ese momento, que hablaba muchísimo de la Generación Perdida: Ernest Hemingway, William Faulkner. Para ellos el tema de la máquina de escribir era muy trascendente. Yo llegué al punto de que, como no tenía hojas de máquina para mi Olivetti portátil, arrancaba hojas de cuaderno para usarlas en la máquina de escribir. Por lo mismo tengo una familiaridad con el teclado y en general prefiero escribir en la laptop.

Pero de manera paralela siempre trabajo en cuadernos. Me gusta el tema del doble soporte: escribo a mano mientras viajo o si estoy en una cafetería, es donde evidentemente tengo mucha soltura. Siempre traigo cuadernos conmigo y me los acabo.

Pero lo que yo percibo de lo que es escribir es cuando me siento frente a la computadora. Ahora mi bronca mayor es que como me acostumbré a la máquina de escribir, siempre les pego muy fuerte a las teclas, entonces no me duran. Es una bobada, no escribí muchos años en máquina mecánica. Llevo 25 años escribiendo en computadora.

De hecho me compré una máquina idéntica y ahí la tengo, la uso bien poquito, es más como un fetiche.

Mi laptop actual es de hace un año, salió muy buena, y justo hoy sentí que su teclado ya andaba chafeando.

DMR. ¿Qué es importante para ti tener contigo en el espacio inmediato al escribir?

JH. Siempre debo tener cuadernos y libros, muchos. Ahora tengo 25 cuadernos, casi todos con un uso. Hay un par que tengo aquí, que están muy bonitos: una Moleskine de David Bowie súper chingona y que no me atrevo a usarla y una libreta comprada en Japón, donde todavía no anoto nada.

Hay una serie de libros que tengo desde hace un par de años, libros sobre budismo, sobre tarot. Tengo además un tarot, no me parece imprescindible, pero lo uso mucho. Las fotografías de mis hijos son muy importantes. ¡Y hasta un desodorante aquí en mi escritorio!

Aún conservo algo que fue muy importante en alguna época —ya no lo es tanto—, es un frasquito con unos bambúes. Hubo algún momento fueron mi vínculo más fuerte. Ahorita los quiero y los cuido, pero dejaron de ser ese objeto tan urgente e imprescindible.

Además, soy muy neurótico y obsesivo, pero también me adapto mucho. Entonces, si pierdo el objeto de mi neurosis, me neurotizo con otra cosa.

DMR. Sé que eres un tanto obsesivo con el tema de las plumas.

JH. Puedo escribir con plumas Bic, aunque preferiría no hacerlo. En general estas plumas trasparentes —tengo muchas, porque compro cajas—, las uso para prestarlas, porque no falta quien llegue y te pida alguna.

Lo que a mí me importa de las plumas es que la tinta sea muy espesa, no me gusta la sensación del punto fino porque es como raspar el papel. Jamás escribo con pluma fuente, soy zurdo y siento que no les agarro la curva.

Como me gustan las plumas de tinta espesa, pero soy zurdo y escribo raro, uso mucho estas de punta de gel. Ahora traigo un romance con las plumas Sharpie, las de punto ultrafino y descubrí unas que tienen doble punto. Y todo comenzó cuando me prestaron una en el stand de Random House de la FIL, para la firma de libros.

Cuando llegué a casa le dije a Sylvia, mi esposa, “hay que conseguir muchas de estas plumas”.

Julián Herbert. Autorretrato.
Julián Herbert. Autorretrato.

Preguntas rápidas

¿Qué es lo que siempre traes en los bolsillos del pantalón?

Las llaves, algunas monedas y un chingo de tickets.

¿A qué le tienes miedo?

A volver a ser la misma persona soberbia que suelo ser a cada rato. Le tengo miedo a perder la perspectiva del entorno donde estoy, le tengo miedo a la necedad… a la propia y a la ajena.

Si existiera el purgatorio y el infierno, ¿dónde preferirías estar?

Yo preferiría estar aquí sea el infierno o el purgatorio. En este momento lo que más intento es estar aquí.

¿A quién quieres tener siempre cerca de ti?

Es una pregunta un poco difícil. Siempre quiero estar cerca de Sylvia, pero tenemos un año de casados. Y siempre están de alguna manera, mis hijos, ellos son lo más chingón que me ha pasado en la vida.

¿Con todos tus hijos tienes una relación especial?

Con el mayor no tanto, nos hemos distanciado bastante. Con Arturo tengo una relación que ha ido y vuelto y ahora estamos en un momento muy chido de la relación. Él ya es papá, me hizo abuelo hace algunos años. Y Leonardo tiene 11 años, ya me agarró suficientemente adulto.

Además, Sylvia llegó con una niña que yo adopté. Se llama Allegra y para mí fue una gran revelación, pues tengo tres huercos y ahora tengo una niña y es otro viaje, súper intenso, súper bonito. Yo estoy encantado.

¿Qué ha provocado en ti escribir durante la pandemia?

El ritmo que yo tengo lo empecé en el 2018. Estuve tres meses internado en una clínica de rehabilitación, entonces para mí la sensación de la pandemia es de bajo impacto. Después de tres meses de estar en en un espacio tan reducido, con tan poco margen de maniobra y de saber que fuiste un wey que no supo diversificar su vida con suficiente ecuanimidad, pues lo que me transmitió la pandemia fue que tenía la oportunidad de poner en práctica lo aprendido.

La pandemia no ha sido un padecimiento tremendo. Tampoco me quiero ver como alguien fuera de lo normal. Soy un miembro del conglomerado humano y sufrimos todos juntos: lo que tiene que ver con la desazón, la angustia, ahí también estoy yo.

La pandemia es una ola gigantesca. Pero lo voy a traducir así: cuando llegó yo tenía las manos en una tabla de surf.


¿Te gustó? ¡Comparte!