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Por Lorena Rojas (@olaenlamar)

Ciudad Tula, Tamaulipas, 23 de septiembre de 2020 [01:08 GMT-5] (Neotraba)

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Cuando cumplí 20, mucho tiempo después de aquellos recreos en que el Chico me salvaba, mi mamá me llamó para darme la noticia. Mi corazón se arrugó como las hojas de papel viejo, ese de los recortes de periódico donde él aparecía, los que todavía guardo. El Chico, a sus 21 años, con campeonatos regionales ganados y siendo una promesa del boxeo en el noreste de México, se había disparado con la escopeta de su padre, encerrado en el cuarto de la azotea de su casa.

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El Chico era peleonero desde chamaco, broncudo, alebrestado pero noble, por eso era mi primo favorito. Siempre le dijimos el Chico porque era el menor de tres hermanos y porque así se veía a comparación de otros de su edad, flaco y pequeño pero bien correoso. Todos le tenían miedo porque enojado, surtía trancazos pa’ todos lados sin ver ni a quién.

El Chico llegó a mi escuela un día de febrero, a mitad del ciclo escolar porque siempre lo andaban corriendo de las primarias. Ya había recorrido como tres en ese año y vino a dar acá porque su mamá tenía la esperanza de que yo –su prima la aplicada– lo ayudara por fin concluir quinto año.

Por esos días yo traía un problemón con los niños de mi salón pues, como tal vez la sangre dispuso, me la vivía echándoles pleito, defendiéndome cuando me decían “cuatro ojos” o se burlaban de mis piernas de pollo. Sólo que entre niños son más broncos y yo, bien machetona, me metía con ellos y luego ya no podía controlarlos. El Chico me llegó como bajado del cielo porque nomás de verlo lo respetaron y a mí junto con él. Recuerdo el primer día que estuvo en clases, que a mí ya me habían dicho los chamacos esos que a la salida me daban mi lección. Salí con el Chico a la explanada y cuando lo vieron todos dieron paso atrás. “Nomás cuídame bien la mochila, Lichita” me dijo el Chico. Y pegó carrera pa’ donde estaban aquellos. “¡Yo te la cuido bien, Chico!” alcancé a gritarle cuando él ya estaba en los guamazos con todos los que se le venían, que ni le duraban nada.

Nos cuidábamos los dos. A mí nunca más me molestaron los niños y a él nunca más lo corrieron de la escuela. Le ayudé con sus tareas y le expliqué los quebrados, acabamos juntos el ciclo y mi tía me quiso más que nunca.

Desde esos días se veía que era bueno pa’ los golpes y, probablemente pa’ eso y nada más, yo creo por eso comenzó a entrenar. Y es que el Chico tenía lo que debían tener los buenos boxeadores: la mecha corta y la panza vacía.

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Ya en la secundaria, el Chico y yo fuimos a distintas escuelas. De vez en cuando sabía de él porque en las fiestas de la casa nos juntábamos, me contaba de sus nuevos pleitos y de cómo lograba sacarse de encima a los de segundo y hasta los de tercero. Para entonces ya se la pasaba entrenando en el gimnasio, con los señores que le prometían que iba a ser la próxima estrella.

Sus ojos del Chico siempre brillando mientras me contaba.

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Nunca podré olvidar la primera vez que lo vi boxear, un verano antes de que yo comenzara la prepa en otra ciudad. Fue un viernes. Mi papá cerró la cantina temprano y se llevó a los borrachos a ver al Chico al auditorio municipal, que el primer viernes de cada mes, se improvisaba como arena para los boxeadores locales. Estaba lleno de gente que quería ver cómo peleaba el Chico ya estando en un ring.

El lugar se inundó de chiflidos, griterío y matracas. El otro peleador era de la capital, chavo también, pero más alto y corpulento. Yo me había salido a escondidas de la casa a pesar de que mi mamá me advirtió que no lo hiciera, no le gustaba que anduviera en la calle tan tarde, a diferencia de mis hermanos que llegaban a la hora que se les antojara. Para no encontrármelos –ni a ellos ni a mi papá– me metí al auditorio con sigilo y me quedé cerca de las orillas por si había que salir corriendo, pero en las gradas de arriba para alcanzar a ver. Lo vi salir por el pasillo de mi lado, donde estaban los baños que seguro le habían servido de vestidor. Traía un short azul, que por lo guango lo hacía ver más flaco, pero caminaba firme, con cara de que le urgía empezar, con ese aire que me recordó a los gallos de pelea cuando les soplan para que se avienten a morir o matar.

El auditorio se encendió cuando anunciaron a los boxeadores y sonó la campana. El Chico se movía con agilidad y perseguía a su contrincante por el ring, se veía impaciente. El otro, tenía gesto de toro, deslizándose tranquilo, a pasos amplios por el terreno y esquivando bien los golpes.

El Chico recibió el primero, un izquierdazo en la mandíbula. Hasta sentí que me dolía. La gente gritaba, en su mayoría abucheos porque el Chico era del pueblo, el de casa… pero él aguantó. Ahí vi sus ojos destellar, como cuando alguien le gritaba en la escuela “órale pinche enano” y éste que se prendía y les enseñaba a punta de trancazos por qué nadie que lo conociera se metía con él. Fue como si se le juntara la rabia de todos los años siendo niño en los puros puños.

Y yo lo conocía, sabía que no iba a permitir que lo humillaran, que se burlaran de él. Estar ahí era importante, era como un premio por el aguante, las tranquizas y el hambre. Que todo el pueblo lo viera pelear era todo el sudor, todo el amor, todas las lágrimas y los aplausos que siempre quiso.

Después de unos rounds bailando por el ring, dando y recibiendo, el Chico logró arrinconar al otro, le soltó unos golpes a los costados del cuerpo y en el descuido, logró meterle un gancho que hizo al toro doblarse. Sus puños aprovecharon para ir directito a la cabeza, hasta que uno bien puesto en la mandíbula, como el que había recibido él al principio, noqueó a su oponente, que se quedó recargado en el poste y se fue deslizando como un costal de papas mal acomodado.

El Chico brincó, chocó sus guantes y de un saltó se trepó a las cuerdas para recibir ovaciones de un pueblo que, como él, se aferraba a lo único que tenía: sangre y necesidad de seguir peleando.

5

Viví en San Luis desde los 14, llegué allá sin conocer a nadie en el estado para estudiar la prepa, que entonces era un edificio austero rodeado por descampado y que, con todo y sus paredes en obra negra, significaba una vida distinta y prometedora para los que lográbamos salir de nuestros pueblos polvosos.

Me fui unos días después de ver al Chico triunfar, y desde allá seguí sus victorias gracias a que mamá me leía los encabezados de los periódicos cuando hablábamos por teléfono, me contaba con lujo de detalle las cosas que, a su vez, papá le contaba a ella y a todos los que pisaban la cantina. El Chico estaba abriéndose paso, acumulando victorias y primeras planas.

Supe también que con todo aquello, mi tía se enfermó de los nervios por pura incertidumbre, por la preocupación de ver al Chico llegar hinchado y con sangre seca pegada a los cabellos. Le sobaba la espalda, le rezaba a la virgen entre lágrimas y reclamos, embarraba a su hijo de cuanto menjurje encontraba pa’ sanarle las heridas, mientras el otro decía que no pasaba nada, que todo estaba bien. Mi tío, por otro lado, le dio más a la bebida por el orgullo de tener un hijo chingón, que no se rajara nomás por recibir unos cuantos putazos. Que eso era la vida, qué más.

6

La gente dice que las cosas pasan por algo. Yo no sé, pero de pronto hay algunas que no tienen explicación y entonces nos da por creer esos dichos, aunque sea por puro justificarse, por justificar a la vida y sus vueltas, a sus juegos sucios con uno.

Al Chico la vida le jugó sucio, le volteó el carácter. Algunos dicen que de pronto ya no le importaba entrenar, que ya en el gimnasio casi ni se paraba. Ganar sí, eso era importante, pero más verse ganando, verse rodeado de gente, oír su nombre retumbando en el auditorio y en las arenas, las cervezas y las fiestas que venían después, esas donde nada le faltaba. Porque ganar es eso, el estruendo, las felicidades, las hieleras llenas. Ganar es estar acompañado y sentir que nada te falta.

Pero perder, perder es bajar la mirada para no encontrarte con ojos burlones, hacer oídos sordos para no escuchar abucheos, quedarte solo en los vestidores y no encontrar quién te lleve a casa aunque sea casi madrugada y la cara pese de lo inflamada y lo roja, sentir la boca seca. Perder es quedarte solo y, como puedas, lamerte las heridas.

Yo creo que por eso el Chico prefería ganar. Y olvidarse un rato, no perder, mejor perderse pa’ no saber.

7

Esa noche el Chico llegó de una última pelea en Victoria, la capital, en la que no había podido responder igual porque el alcohol, las drogas o quién sabe qué diablos lo habían vuelto torpe y descuidado.

Entró a la cantina ya bien de madrugada, con los ojos perdidos. Se sentó en el rincón, pero varios de los rezagados que todavía reaccionaban a pesar del alcohol, comenzaron a preguntarle qué le había pasado con sentencias burlonas “¡’ora sí ni cómo ayudarte, Chico!”, “¡pa’ eso me gustabas, pinche Chico!”. Dicen que otros callaban a los indiscretos y miraban al Chico compasivamente, con tristeza, que movían la cabeza y apuraban el trago. Pero éste nomás veía su cerveza, agachado, resoplando.

No pude verlo antes, ni pude saber bien qué fue lo que se atravesó por esos ojos y esa mente impaciente los últimos años, no pude decirle que gracias por cuidarme, porque esos ojos destellantes se apagaron sin que pudiera darme cuenta.

El Chico es una leyenda, un golpe que me acompaña y que resuena por todas partes cuando siento impotencia y rabia. El Chico es un chamaco que vino, vivió e hizo lo que quiso, aunque la vida lo golpeara más fuerte.


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