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Federico Campbell foto de Pascual Borzelli Iglesias
Federico Campbell foto de Pascual Borzelli Iglesias

Por Juan José Luna

Tijuana, México. 5 de noviembre de 2019 (Neotraba)

Fue a principios de febrero cuando supe que el CECUT celebraría el quinto aniversario luctuoso de Federico Campbell en la sala que lleva su nombre. Sería el primer evento literario de la administración de Vianka Santana. El llamado me pegó de inmediato. Daniel Salinas Basave y Vicente Alfonso nos darían razón de su vida y obra. Hice a un lado mis lecturas en curso para asirme a la narrativa, ensayística y textos memorialísticos de Campbell y, también, al Lobo en su hora, la frontera narrativa de Federico Campbell, de Daniel Salinas Basave, libro ganador del Premio Bellas Artes de Ensayo José Revueltas en el 2005.

El homenaje tendría lugar a las 19.00 horas del viernes 15 de febrero. Días antes se habían pronosticado las peores tormentas en la ciudad desde hacía cuarenta años. Dado a que Tijuana no está hecha para recibir un azote tan severo, temí que el evento se fuera a cancelar. Para fortuna de la ciudad, el clima se compuso y la agenda cultural siguió su curso.

Llegué al café del CECUT a las 18.00 debido a que tenía una cita con Enrique Briseño para discutir sobre un proyecto literario que trae en manos y que se ha forjado al cabo de muchos años. Campbell era un tipazo, me dijo Briseño con una amplia sonrisa, todo un personaje, platicar con él era una delicia; era divertido pero divertido culto. Briseño me contagió con su entusiasmo y me hizo sonreír.

Al cabo de un café y de sesenta minutos de charla, llegamos a La Campbell. Allí encontramos a Luis Rubén Zubieta y a Luis Manuel Reza, amigo personal de Campbell y un entusiasta promotor de sus letras y de su personalidad. Me senté en las gradas de madera, solo, como me gusta. Pero luego llegó Sofía Bautista a interrumpir mi soledad (la sala Campbell y Sofía Bautista, quien fuera Jefe de Oficina de la Gerencia de Literatura por cinco años, siempre estarán ligadas en mi corazón, no recuerdo algún evento donde ella no estuviera presente y donde no compartiéramos impresiones, éramos generosos con las bondades de los eventos y con sus participantes, pero también éramos despiadados con los desfiguros en general, podíamos ser sangrientos).

Vianka Robles Santana, directora del CECUT, pronunció unas palabras sobre el homenajeado y anunció que próximamente se lanzaría una convocatoria para celebrar la carrera periodística de Campbell, el Premio de Periodismo Máquina de escribir. Era la primera vez que la escuchaba hablar como directora. Vianka habla como artista, pensé. No pierde ese timbre y esa espontaneidad que es rasgo propio del artista. Ojalá que no lo pierda con la carga de trabajo institucional, seguí pensando. Cuando concluyó tomó asiento en la primera fila.

*****

Mientras esperaba a que la charla diera inicio, recordé que yo le tenía miedo a los escritores. Federico Campbell, entre muchos otros, me daba miedo. Nunca lo conocí en persona, tal vez por eso le temía. Ahora que sé un poco más de él, entiendo que no era un tipo para temer, sino para querer y leer. Cuando tuve la idea de meterme a las letras, Campbell ya era Campbell y su imagen me imponía. Más tarde, durante el homenaje, Vicente Alfonso mostraría una foto donde aparece Campbell con mirada adusta, dura. Relata Alfonso que cuando Federico se refería a esa foto decía “Te estoy guachando, te estoy guachando”. Eso es lo que yo sentía, que era un tipo duro, sentía que si me paraba frente a él me vería con recelo:

-Y tú ¿quién dices que eres?

-Juan José, señor.

-Juan José ¿qué?

-Juan José Luna.

– ¿Hay sangre poética en tus venas, provienes de alguna dinastía literaria?

-No, señor. Soy el primero de mi gente. No tuve padres literatos ni tengo hijos, mis letras mueren conmigo.

– ¿De qué dices que escribes?

-No sé, todavía no sé. Pero sí escribo.

-Y ¿qué pretendes con tus letras? ¿A dónde quieres ir?

-A ningún lado, señor. No pretendo ir a ningún lado.

-Entonces, ¿por qué escribes?

-No encuentro otra cosa que hacer con mi vida, señor.

-Eso es bueno. Solo quien no pueda hacer otra cosa con su vida debería aspirar a las letras. ¿Quién dijo eso? ¡Bah!, qué más da. ¿Has sufrido?

– ¿Perdón?

-Que si has sufrido en tu vida.

-Sí, señor, mucho; no como los niños que trabajan en las minas por doce horas, pero sí tengo lo mío.

– ¿A qué te refieres con eso de los niños que trabajan en las minas? ¿Qué puedes tú saber de eso?

-Los digo por La compuerta número 12.

-El cuento de Baldomero Lillo.

-Ese mismo, señor.

-Veo que tienes tus lecturas.

-No tanto como quisiera, señor.

– ¿Has viajado por el mundo sin rumbo fijo?

-Ciertamente, señor.

– ¿Tuviste un padre alcohólico?

-Como Dios manda, señor.

– ¿Has sentido que no encuentras tu lugar en el mundo?

-Todos los días, señor.

-Entonces tal vez tengas posibilidades. Sigue escribiendo. Yo también he sufrido, yo también tuve un padre alcohólico y también he viajado sin rumbo fijo, y mírame.

-Sí, señor.

-Otra cosa más.

-Dígame, señor.

– ¿Abandonaste tu ciudad natal, tus raíces, tu familia, tu clima?

-Todo eso, señor.

– ¿Cómo anda tu nostalgia?

-Casi al punto de melancolía.- Tienes posibilidades. Síguele. Adiós.

*****

Daniel Salinas Basave fue el primero en tomar la palabra con su célebre grito ‘¡Colegas!’, que, hasta la fecha, después de haberlo escuchado un sinfín de veces, me sigue causando gracia. No habló con el entusiasmo que lo caracteriza cuando habla de letras, habló con la sobriedad propia de quien recuerda con cariño a una persona que admiró.

Vicente Alfonso, amigo íntimo de Campbell y albacea literario, relató algunas anécdotas de su relación con él. Entre otras cosas, comentó que Campbell tenía la costumbre de quedarse con los libros que le entregaba con la esperanza de que los firmara y escribiera algún cálido comentario. Me decía que luego me los regresaba, pero nunca me los regresó, concluye Alfonso, quien ahora trabaja para que cierto material inédito de su amigo vea la luz en los próximos meses.

Federico Campbell Peña habló de su padre con la autoridad y el desenfado propios de un hijo. Relató anécdotas de la infancia, de la casa donde vivió su padre, de sus peculiaridades y de sus gustos literarios. En la sala también estaban sus dos hermanas y sus sobrinos, entre ellos Eduardo Flores Campbell, el más allegado a él.

El evento se extendió por más de noventa minutos. Por medio de anécdotas personales, nos formamos una idea del amigo, del padre, del lector, del escritor que fue Federico Campbell. El homenaje concluyó como deberían concluir los homenajes, con la gente feliz.

*****

“Carmen, me estoy derrumbando, creo que ya no voy a salir de esta.”

Federico Campbell murió el 15 de febrero del 2014, justo cinco años antes de que nos diéramos cita en su sala para hablar de él y de sus letras. En El lobo en su hora, Salinas Basave dedica un capítulo a sus últimos días, lo llamó ‘La máscara de la muerte invernal’ y da inicio con un lapidario epígrafe de José Revueltas: La muerte no es morir, sino lo anterior a morir, lo inmediatamente anterior, cuando aún no entra al cuerpo y está, inmóvil y blanca, negra, violenta, cárdena, sentada en la más próxima silla.

En su libro, Basave da razón de diversos aspectos de la vida y obra del autor. En ‘La máscara de la muerte invernal’ narra el paulatino deterioro de su salud, realata cómo va de un lado a otro con amigos y familia, de Tijuana a Los Ángeles, cómo bebe malteada, cómo ríe y cómo ofrece una conferencia sin saber que por su sangre corría un virus fatal. “Federico descendía por las escalares del CECUT siendo ya un condenado a muerte”.El capítulo consigue hundir al lector en un pozo de melancolía. O cuando menos ese fue el efecto que tuvo en mí.

Antes de leer sobre su vida y muerte, ya tenía yo días sin pensar en que un día me iba a morir –cosa rara, dado a que todos los días pienso en que me voy a morir. Pero esa imagen, la imagen de Federico bajando la escalera que ya nunca volvería a subir, la escalera que yo mismo he subido y bajado docenas de veces, agitó, esa noche cuando fui a la cama, la asfixiante idea de que un día yo también iba a morir y que nunca más volvería a saber de mí.

Le perdí el miedo a los escritores cuando descubrí que hasta los más grandes escribieron bajo la sombra de la duda, de la inseguridad, de la nostalgia, del miedo; Campbell, al parecer, era uno de ellos: “A lo mejor ya he dejado de ser escritor. Tal vez uno solo es escritor durante un periodo de su vida y para mí ese periodo ya ha pasado, me dijo Federico Campbell cuando me despedía de él en la puerta de su casa, en una oscura y lluviosa tarde de agosto del 2011”, anota Basave.

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