Puebla, México, 30 de julio de 2026 (Neotraba)

1.- Es tarde. La luna apenas ilumina las costras de espuma. El mar está quieto. El malecón parece una costilla de leviatán descarnada. El ventanuco de hierro forjado (más un ojo de buey que un ojo geométrico) está cerrado a cal y canto. Corrijo: no a cal y canto, sino a sal y canto de sirena. Estoy en una biblioteca a orillas del mar. La humedad es abrumadora. Pudre los libros. Soy sub-sub-bibliotecario. Hace un mes todavía era sub-sub-sub bibliotecario. Busco citas. Leo una y otra vez Moby-Dick. Último y primer evangelio de cetología.

Probaré con un amigo pagano –pensé–, puesto que la amabilidad cristiana se ha demostrado sólo hueca cortesía.

      Moby-Dick

En nombre de Dios, ¿quién es?

Bartleby, el escribiente.

2.- Acabo de terminar de leer Melvill de Rodrigo Fresán. Su antepenúltima novela. 277 páginas. Tres largos capítulos y la ya famosa sección (siempre reveladora e innecesaria por igual) de Agradecimientos donde, más que una cascada de nombres (namedroping, quizá diría el autor) parece un extracto apócrifo-esquizoide de la Sección Amarilla donde se vierte la bibliografía leída (aquí el verbo lo entiendo más en clave borgeana que en clave administrativa) para la confección del libro. De igual modo, se añade la epifanía. ¿Cómo surgió la novela? En algún momento de su trilogía previa (La parte inventada-soñada-recordada) el personaje-narrador dice que le hubiera gustado escribir una novela sobre el padre de Herman Melville: un gran perdedor, un gran no hacedor de dinero.

Dicen que en New Bedford los padres dan ballenas a sus hijas como dote, y colocan a sus sobrinas con unas pocas tortugas por cabeza.

Moby-Dick

¡Una melancolía fraternal!

Bartleby, el escribiente

3.- Leo a Linneo. Leo a Cuvier. Leo a Lavater. Recuerdo mi vida no sólo como sub-sub-sub bibliotecario, sino también como bedel tísico, como pálido auxiliar que no hace otra cosa más que leer-desempolvar viejos diccionarios y aún más añejas gramáticas. Pero no. Ya he ascendido. Enumero con los ojos cerrados las partes de la ballena. Su esqueleto. Su gramática ósea. La inmensa catedral que sostiene toneladas de grasa y carne. Wunderkammer. Descripción y anatomización de la ballena blanca.

Lo que ahora querría poner ante vosotros es una exhibición sistematizada de la ballena en sus amplios géneros. Pero no es tarea fácil. Lo que aquí se intenta es nada menos que la clasificación de los constitutivos de un caos.

Moby-Dick

Ya que la copia de expedientes es tarea proverbialmente seca, mis dos amanuenses solían humedecer sus gargantas con helados.

Bartleby, el escribiente

4.- Todas las novelas (en menor o mayor medida) de Rodrigo Fresán se parecen. Al igual que Alonso Quijano y Emma Bovary (la lectura literal como síntoma patológico que deviene épica), Fresán apuesta por una mímesis esquizoide. Le gusta la condición de espejo. Pero no un espejo que se limita a reflejar pasivamente al otro, sino un espejo parasitario que estira la mano y agarra del cuello al otro y se lo come y se vuelve él. Mímesis-transformación. Más alquimia frankensteniana que calculado apropiacionismo. A partir de una base común (¿cuál es?) Fresán deviene otro. En Mantra deviene D.F/mosaico/catolicismo enfebrecido/lucha libre/ cultura popular mexicana. En Jardines de Kensington deviene Peter Pan/psicodelia/era acuariana/era eduardiana/british people. En El fondo del cielo deviene ciencia-ficción/Manhattan/Guerra Fría/Philip K. Dick como demiurgo/11-S/cábala. Pero, más allá de que todas las novelas de Fresán discurren sobre un tema en específico, quizá lo fresaniano palpita en el lenguaje. A base de un ejército (piénsese en la Guerra de Vietnam como un simulacro lisérgico) de tropos sobre el tema que ocupa deviene otro. Aquí, en Melvill, a base de analogías marineras y metáforas arponeras y alegorías cetológicas, Fresán deviene Herman Melville, escribiente atormentado.

¿Qué son los derechos del hombre y las libertades del mundo sino peces libres? ¿Qué son todas las ideas y opiniones de los hombres sino peces libres? ¿Qué es en ellos el principio de la creencia religiosa sino un pez libre? ¿Qué es la gran esfera misma sino un pez libre? ¿Y qué eres tú, lector, sino un pez libre y también un pez sujeto?

Moby-Dick

Con todo respeto, ¿qué palabra, señor? ¿Qué palabra, señor?

Bartleby, el escribiente

5.- He agotado (es decir, he tratado de agotar pero ellos me han agotado a mí) los archivos de El Vaticano y El Escorial y El Museo Británico. Centros de irradiación. Ejes bibliográficos fuera de quicio. Moby-Dick (¡oh bestia marina devoradora de textos!) como fragmento-aquilatado de la eternidad. Cábala leviatánica. El desmembramiento y reordenamiento de sus partes como exégesis náutica. Entre las infinitas citas que he leído-extraído-clasificado y también perdido (sí, nada más inmisericorde para un sub-sub-bibliotecario que el hálito salitroso de Posidón) sobre la ballena blanca, sobre el leviatán pre-adánico que aceita el diorama monomaníaco del Capitán Ahab; son aquellas que analizan su esfínter. Tanto el agujero superior como el agujero inferior. Lo sagrado y lo profano. Espiráculo: cráter septentrional que expulsa obeliscos vaporosos de agua.  Uretra: cráter austral que expulsa ciénagas blancuzcas de espermaceti. Líquido pestífero vital que, a base de alquimia pre-industrial, deviene velas, afeites y perfumes para mujer.

El ámbar gris es blando, céreo, y tan altamente fragante y especioso, que se usa mucho en perfumería, en velas preciosas, polvos para el pelo y pomadas. Los turcos lo usan en la cocina, y lo llevan también a La Meca, con el mismo objetivo con que se lleva el incienso en San Pedro de Roma.

Moby-Dick

Siempre lo consideré una víctima de dos poderes malignos: la ambición y la indigestión.

Bartleby, el escribiente

6.- El leitmotiv central de la novela es el hielo y la paternidad. El hielo entendido no solamente como un proceso químico natural donde al agua abandona su condición líquida-dúctil para transformarse en un bloque rígido-afilado, sino el hielo también como maldición y credo tropológico. Vayamos por partes… 1) La escena central de la novela es Allan Melville (el padre de Herman) cruzando en plena noche nevada el río Hudson congelado tratando de llegar a su casa en New Jersey, pero, también, tratando de escapar de sus miles de acreedores en Manhattan. A partir de esta postal de angustia paterna se despliega un drama jamesiano. El norteamericano rico que viaja a Europa (el viejo mundo lleno de viejos títulos nobiliarios que sólo adornan frescos cadáveres vivientes) y se “educa” (el Grand Tour) y regresa a América pero, en lugar de enriquecerse, en lugar de agrandar la herencia familiar, la dilapida. Una crónica de la crónica incapacidad de hacer dinero enmarcada por la presión de la ética protestante. Una sociedad pasivamente sádica donde el sentido de la existencia se determina en función del ingreso económico. 2) El hielo como metáfora. Esa agua que, en su tránsito de suspensión, de fijación, de congelación, de rigor mortis viviente agrupa en su seno múltiples elementos. Atracción centrípeta. El género que se come a todos los géneros. El discurso literario que reescribe a los discursos “no literarios”. El germen de la novela total. A partir de ese momento (Allan Melville cruzando el río Hudson congelado) se angustia y se afiebra y enloquece y sufre una visión/vivencia con un personaje llamado Nico C. (vampiro-demiurgo byroniano) que le enseña el pasado-presente-futuro al unísono en un Palazzo veneciano. Mas, esa visión, esa fisura gnóstica que sólo un vampiro puede ver, enloquece a Allan Melville y después, cuando termina de cruzar el río Hudson congelado, agoniza en su cama al tiempo que su hijo, con libreta y lápiz en mano, escucha el canto-elegía-confesión de su padre-mártir sobre el color del hielo y el hijo experimenta por vez primera la necesidad de contar algo ya no por medio de la palabra, sino por medio de la escritura.

¡Dadme una pluma de cóndor! ¡Dadme el cráter del Vesubio como tintero! Para producir un libro poderoso, hay que elegir un tema poderoso.

Moby-Dick.

Se descuidaba al mojar la pluma en el tintero. Todas las manchas que figuran en mis documentos fueron ejecutadas por él después de las doce del día.

Bartleby, el escribiente

7.- No puedo dormir. A veces recuerdo que no debía recordar. De vez en vez mi memoria se olvida de olvidar. No sé si tengo familia. ¿Acaso tengo sexo? ¿Acaso tengo genealogía? ¿Acaso alguna vez he estado en otro espacio que no sea una biblioteca?  ¿Este es mi camino? Bebo. Paladeo restos grumosos de jerez. Recuerdo, sí (casi como si lo viera a través de un hielo brumoso) que cuando era un sub-sub-sub bibliotecario en una biblioteca subterránea tenía que leer-extraer-clasificar información sobre los primeros cincuenta capítulos de Moby-Dick. Recuerdo, sí (casi como si los claustros umbríos de mi memoria fuesen penetrados por un haz blanquecino de espermaceti recién destilado) que tras terminar de leer-extraer-clasificar información sobre los primeros cien capítulos de Moby-Dick, fui felicitado. Recuerdo, sí (casi como si me reflejara a mí mismo en un juego de espejos donde soy uno e infinito al mismo tiempo) cómo fui ascendido y presto, sin que recordara cómo, llegué a esta biblioteca abandonada a orillas de la playa siendo ya sub-sub bibliotecario con la consigna de leer-extraer-clasificar información de todo Moby-Dick.

Pero hasta Salomón dice: “El hombre que se aparta del camino del entendimiento quedará (esto es, aun en vida) en la compañía de los muertos”.

Moby-Dick

Mis oficinas ocupaban un piso alto en el número X de Wall Street.

Bartleby, el escribiente

8.- Rodrigo Fresán como un escritor obsesionado con la génesis de los escritores. A diferencia de un Vila-Matas obsesionado con las tropelías-aventuras de los escritores avant garde que saturan cualquier historia oficial de la literatura; Fresán busca la palpitación primera. Ese acto propiciatorio donde el cuerpo límpido del lector es secuestrado y sacrificado en una plancha de piedra donde muere para renacer como escritor. Un rito. Una conversión. Una iniciación en una secta (que se cree herética, mas ávida busca ortodoxia) donde se tiene entrada, pero nunca se tiene salida. Así como lo analiza Vila-Matas (aquí vilipendiado, pero también leído) en su famosa novela del “no”; un escritor puede dejar de escribir, puede dejar de ponerse todos los días frente a la hoja-pantalla blanca pero su alma no está libre. Aunque sus dedos se afanen en tareas más “importantes”, su alma sigue atada cual potro de tortura al mástil de la escritura, a ese mástil cruel perteneciente a un barco ballenero fantasma que mora a la deriva desde tiempos inmemoriales y que, cada generación es regido por su respectivo capitán Ahab que, a base de persecuciones estéticas-políticas-mesiánicas tras la ballena en turno, lleva a toda la tripulación a la locura y perdición y así sucesivamente ad infinitum

Rastrear las genealogías de tan altas miserias mortales nos lleva al menos hasta las primogenituras sin fuentes de los dioses; de modo que, frente a todos los alegres soles cosechadores de heno, y frente a todas las lunas de suaves címbalos, hemos de asentir a esto: que ni los propios dioses están alegres para siempre.

Moby-Dick

Gradualmente llegué a persuadirme de que mis disgustos acerca del amanuense estaban decretados desde la eternidad, y Bartleby me estaba destinado por algún misterioso propósito de la Divina Providencia.

Bartleby, el escribiente

9.- Escucho ruido en la lejanía. Como bien lo sabe cualquiera que haya abandonado el mundanal ruido de la calle para sumergirse en el mundanal silencio de una biblioteca, el silencio no existe. El silencio es apenas una variación eterna de una nota infernal que está a punto de tocarse o de una nota que ya se ha tocado tiempo atrás pero aún perdura en el aire cierta reverberación, cierta crepitación subsónica. En una biblioteca el silencio es distinto. No sólo resuena el cuchicheo de las ratas y el crepitar de las polillas y el reptar del moho, sino también la respiración de los tomos. Mas, esa respiración, ese jadeo sordo e ininterrumpido que corre cual hálito fúnebre entre los corredores, es difícil de nombrar. Parece un silencio previo a la Creación o el silencio posterior al Apocalipsis. Un silencio de un dios incognoscible que, ávido de no ser, grita y se tapa la boca al mismo tiempo.

–¡Chist! ¿Oyes ese ruido, Cabaco?

Moby-Dick

Está oyendo lo que opinan – le dije, volviéndome al biombo–. Salga y cumpla su deber.

Bartleby, el escribiente

10.- Ensayemos una dicotomía. Un sistema binario de pensamiento que trata de explicar un sistema que reniega cualquier esquema fijo, definido, atemporal. Un sistema que no busca la armonía y progresión continua, sino un sistema que se regocija en el equívoco. Gershom Sholem (exégeta de Dios convertido en puzzle retórico) explica la diferencia entre el profeta y el místico. El primero, tras recibir la visión, sale a las calles y comparte con el pueblo alienado (mano de obra barata subsumida en adoración de dioses paganos) el mensaje divino que ha escuchado. El segundo, subsumido en sí mismo, aquejado de una dilatada contemplación del vacío, recibe la visión pero es incapaz de traducirla a un lenguaje humano. El eremita. El asceta. El monje que de tanto ver a Dios se le traba la lengua. La diferencia entre ora mesías ora loco. Condición análoga presume Herman Melville. Él (o mas bien lo que conocemos a través de sus biografías y hagiografías y la novela Melville, suma y resta de las anteriores), tras escribir un par de libros semiautobiográficos sobre sus viajes marítimos que le granjean una pequeña fama y aceptación familiar, enloquece. Quizá tras la larga contemplación-convivio-conciliábulo con su maestro Nathaniel Hawthorne, siente la necesidad de honrar y superar al maestro. De esa hybris edípica nace Moby-Dick.

¿Qué es Moby-Dick? El nacimiento de la novela total. Más ensayo que narración. Más especulación filosófica que descripción atmosférica. Más taxonomía frenética del cetáceo que exposición de la condición humana. Más libro apócrifo del Antiguo Testamento que novela decimonónica costumbrista. Más monólogo shakesperiano acelerado (las pocas pero míticas apariciones del Capitán Ahab reescriben en clave mesiánica-cocainómana al Rey Lear) que diálogo realista-informativo. Más novela plagada de guiños homoeróticos que gesta patriarcal-colonial. Más novela que busca el esplendor glorioso de la incompletud que el mecánico aplauso de la completud. Más novela preocupaba por las catedrales subterráneas del inconsciente que las catedrales terrenales de lo consciente. Libro incomprendido. Libro que, más de 100 años antes, funda la novela total-experimental-entrópica-postmoderna. Libro que, de tanta originalidad y desmesura y oídos sordos a los buenos principios miméticos-aristotélicos, es repudiado de inmediato por críticos y colegas. Josep Conrad (presunto colega de escritura oceánica) la abomina. Nathaniel Hawthorne (presunto mentor) guarda un respetuoso y cruel silencio. Ante la abrumadora incomprensión, inicia el aniquilamiento de Herman Melville.

Pero ahora haré que mi sistema cetológico quede así inacabado, igual que quedó la gran catedral de Colonia, con la grúa aún erguida en lo alto de la torre incompleta. Pues las pequeñas construcciones pueden terminarlas sus propios arquitectos; las grandes y auténticas dejan siempre la piedra de clave a la posteridad. Dios me libre de completar nada.

Moby-Dick

¿Está dispuesto a escribir, ahora? ¿Se ha mejorado de la vista? ¿Podría escribir algo para mí esta mañana, o ayudarme a examinar unas líneas?

Bartleby, el escribiente

11.- ¿Qué es el tiempo? No pocos filósofos afirman que el tiempo es una convención. Una ley humana que, a base de granos de arena y gotas de agua y manecillas mecánicas, anhela imitar la danza inmemorial del cosmos. Ahora (o quizá ayer o quizá mañana o quizá hoy, un hoy que no cesa de crearse-descrearse al unísono) siento que leo-extraigo-clasifico información de Moby-Dick dentro de Moby-Dick. ¿Cómo es el trabajo de un sub-sub bibliotecario en las entrañas de la ballena blanca? Difícil precisarlo. Sólo veo cómo mi mano aprieta una pluma y no cesa de copiar citas, máximas, aforismos, epigramas, parábolas, alegorías y especulaciones de Moby-Dick sobre las entrañas de Moby-Dick. Ahora (sí, esta partícula de ahora que no cesa de multiplicarse y fructificarse en múltiples direcciones) entiendo que (salvo cierta textura china celosamente guardada que Occidente nunca conocerá) las vísceras de la ballena blanca no sólo también son blancas, sino que imitan a la perfección el mejor papel al que un sub-sub bibliotecario podría llegar. Ahora (sí, este ahora que no es ahora pero que le llamo ahora para no perderme en su ahora) entiendo que Jonás no fue tragado por el gran pez como castigo, sino que fue tragado por el gran pez para que pudiera escribir su propia alegoría de la ballena sobre las entrañas blancas de la ballena.

¿O es que, dado que, por su esencia, la blancura no es tanto un color cuanto la ausencia visible de color, y al mismo tiempo la síntesis de todos los colores, por esa razón es por lo que hay semejante vacío mudo, lleno de significado, en un ancho paisaje de nieve; un incoloro ateísmo de todos los colores, ante el que nos echamos atrás?

Moby-Dick

Trabajaba día y noche, copiando, a la luz del día y a la luz de las velas.

Bartleby, el escribiente

12.- Rodrigo Fresán como discípulo herético de Vladimir Nabokov. Nabokov (así como Melville es la piedra angular –un omphalós secreto que sólo la exégesis de Edmund Wilson desenterró– de la literatura norteamericana del siglo XIX, el ruso es la piedra angular de la literatura norteamericana del siglo XX) afirma (en una de esas entrevistas que no son entrevistas, sino afirmaciones socráticas que imitan la rusticidad del diálogo) que lo único importante en la vida de un escritor no son los hechos empíricos que se suceden de forma cronológica, sino los cismas que fisuran los cimientos del lenguaje y el escritor (revelación mística que deviene arquitectura sintáctica) por fin encuentra su forma o cambia su forma o pierde su forma. Es decir, no “sobre qué escribe” sino “cómo lo escribe”. Así, bajo esa consigna nabokoviana, Fresán ensaya una ficción que trata de revelar el momento en que Herman Melville abandona su primer atavío de escritor para ungirse con su gran atavío. Fresán, obsesionado con la estampa de Allan Melville cruzando solo el río Hudson congelado, escribe al final una biografía apócrifa (apropiándose de la voz de Herman) donde tanto padre fracasado como hijo fracasado cruzan juntos el río Hudson congelado y así el hijo, compartiendo un gran momento con su padre, perdona a su padre no sólo por heredarle el gen del fracaso económico, sino por heredarle esa manía no-mimética desenfrenada que lo obliga a escribir libros que nadie entiende y perpetúan su pobreza económica.

Así, cuando izáis en un lado la cabeza de Locke, os inclináis a ese lado; pero entonces izáis en el otro lado la cabeza de Kant y volvéis a enderezaros, aunque en muy malas condiciones. De ese modo hay ciertos espíritus que no dejan de equilibrar su embarcación.

Moby-Dick

Por ejemplo, no me imagino al ardoroso Byron, sentado junto a Bartleby, resignado a cotejar un expediente de quinientas páginas.

Bartleby, el escribiente

13.- Entro y salgo de la ballena. Entro y salgo de la biblioteca. Entro y salgo de Moby-Dick. ¿Acaso hay alguna diferencia? Más que espacios en sí, son los espacios primordiales que propician la emergencia de los espacios. No la unidad apócrifa que el cuerpo corrupto de los humanos satura con su vacuidad, sino la unidad original-platónica que el alma incorrupta de los demiurgos recorre en su inmaculada geometría. En este nuevo recinto sacro he conjuntado (cual mago, cual excelso bibliotecario que algún día seré) la pluma fuente con el arpón. Sólo con el íntimo connubio de la tinta china y la sangre-grasa de ballena podré escribir lo que debo escribir.  Mi nueva herramienta de escritura (cálamo proteico cuyo nombre mi boca aún no conoce) corre con tal presteza que la eternidad de Moby-Dick (que Yahvé perdone mi herejía) se antoja calculable.

No es necesario, sugiere el obispo, que consideremos a Jonás emparedado en la panza de la ballena, sino temporalmente alojado en alguna parte de la boca.

Moby-Dick

Mas bien lo dejaría vivir y morir aquí y luego emparedaría sus restos en el muro.

Bartleby, el escribiente

14.- Tras la elegancia estructural y el esplendor técnico y el fulgor poético de sus oraciones largas, esas oraciones serpiente que no cesan de morderse así mismas sin que por ello la acción-descripción deje de avanzar; Melvill es una novela sobre la paternidad, la soledad, la incomprensión, el fracaso, la angustia creativa y la rapacidad cruenta del capitalismo. Tanto padre como hijo están signados por el imperativo protestante de la producción y acumulación de capital. Ante la incapacidad de hacer dinero en una tierra donde “todos” hacen dinero, una suerte de coto alquímico donde el nuevo demiurgo (ahora tildado industrial-empresario-inversionista) es capaz de revelar los entresijos de la Creación y sacar a la luz ora yacimientos de oro ora yacimientos de petróleo ora yacimientos de acciones; ambos enloquecen. Es decir, la locura del siglo XIX ya no como la ardua visita de un dios ocioso, sino la visita y ocupación y control del cuerpo/alma/psique/espíritu/conciencia/cerebro por Don Dinero. Ese personaje quevediano que el siglo XXI, en su locura tecno-mística-digital, ha ascendido a la condición de deidad inmisericorde.

Aunque el dinero haya de ser la medida, hombre, y los contables hayan calculado el globo terráqueo como su gran oficina de contabilidad, rodeándolo de guineas, una por cada tercio de pulgada, entonces, ¡déjame decirte que mi venganza obtendrá un gran premio aquí!

Moby-Dick

–Bartleby –le dije–, le debo doce dólares, aquí tiene treinta y dos; esos veinte son suyos, ¿quiere tomarlos?

Bartleby, el escribiente

15.- Escucho ruido de carruajes en la calle. ¿Wall Street? Escucho ruidos lejanos en las escaleras de piedra. Escucho ruido de pasos. ¿El sub bibliotecario Turkey y el sub bibliotecario Nippers? Escucho ruidos de cerraduras. Escucho ruidos de puertas que se abren y se cierran. Escucho ruidos de cabelleras engominadas. ¿El bibliotecario en jefe? Escucho ruidos de anatomías que toman asiento. ¿Amanuenses-Copistas-Abogados? Escucho ruidos de papeles que se apilan. ¿Hipotecas-Títulos de acciones-Rentas? Escucho ruidos de cajones de escritorio. Escucho ruidos de golpeteos sobre la alfombra. Escucho ruidos de plumas fuentes que abandonan bolsillos interiores del saco. ¿Un cliente importante? Escucho ruidos de tinteros que se abren y se rellenan. Escucho ruidos de pesados folios. ¿Declaración anual de renta por cinco balleneros? Escucho ruidos de saludos y murmullos y ofensas por lo bajo. ¿Otra vez Turkey ha bebido de más? Escucho ruidos de billetes grasientos. ¿Ha regresado el vil recadero? Escucho ruidos de portafolios ajados de cuero. ¿Acaso será él? Escucho ruido de soledad. Escucho ruido de energía proverbial y turbulencia nerviosa. ¿Otra vez el sub bibliotecario Turkey y el sub bibliotecario Nippers están peleando? Escucho ruido de hartazgo. Escucho ruido de cuerpo que se esconde tras un biombo. ¿Será el copista? Escucho ruido de ballena descarnada. Escucho ruido de sub-sub-sub bibliotecario que se inmola en la sección B456H90. Escucho ruido de sub bibliotecario que se arponea y desuella asimismo. ¿Acaso será él? Escucho ruido de fisura cetológica. Escucho ruido de fisura administrativa. ¿Acaso por fin seré ascendido? Escucho ruido de copista que, acostado en la alfombra, levanta un par de grados el cuello y me dice (un decir que será mi Génesis y mi Apocalipsis y también mi Job, pero nunca mi Cantar de los Cantares): Preferiría no hacerlo…


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