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Por Hugo César Moreno

Puebla, México, 12 de septiembre de 2022 [00:02 GMT-5] (Neotraba)

Hay un aforismo de Friedrich Nietzsche que cito de memoria: “en este lugar podríamos vivir, porque, de hecho, aquí vivimos”. He buscado la fuente sin éxito. En ese sentido, la cita es, quizá, de falsa memoria. He llegado a creer que ni siquiera es de Nietzsche, que no la leí ni escuché, que me surge como síntoma de síndrome de Estocolmo. Recuerdo esto a propósito de Tren Suburbano de Aldo Rosales. Crónicas sobre la vida cotidiana acaecida en el Estado de México. Es curioso que el cronista se declare ignorante sobre el género y logré crónicas exactas sobre aquello tan poco deslumbrante como el día a día de ancianos, migrantes, perros, mujeres que viajan solas, obreros y demás carne humana habitante de las sombras del acontecimiento. Será esa ignorancia sobre lo que se supone es la crónica como género literario lo que permite a Aldo hacer la crónica de un lugar terrible, según sus descripciones, detalladas, amplificadas con tropos poéticos potentísimos que transforman la urbe en selva enervada de vida incluso en la burbuja existencial de un hombrecito verde que siempre va y sólo descansa con el ocaso del rojo. Será por eso que permite al lector habitar ese lugar invivible donde, a pesar de todo, es donde él vive junto a muchos otros.

“En ese lugar podríamos vivir porque, de hecho, aquí vivimos”, parece querer decirnos Aldo con un discurso a contrasentido, pero siempre asentándose ahí, entre perros, porque son cinco animales por humano, aunque baste un humano para hacer sufrir a miles de perros. Se puede vivir ahí, porque viven, salen temprano y llegan tarde, pero viven, sufren el trajín del traslado, el terror al asalto, el asco, pero viven. Hay vida, mucha vida, pero una vida vista con un ojo revueltiano, porque Aldo no tiene reparo en rendir tributo al autor de sus amores, el duro, fiero y, siempre, sensible José Revueltas, ese del Luto Humano, porque siempre existirá ese moño negro revoloteando sobre los dinteles de las casas recipientes nocturnos del Estado de México.

Portada de Tren Suburbano de Aldo Rosales. Imagen de Malpaís Ediciones
Portada de Tren Suburbano de Aldo Rosales. Imagen de Malpaís Ediciones

Tren suburbano muestra nuevamente la capacidad de Rosales Velázquez para atrapar el detalle y deformarlo en hermosura: “Los semáforos parecen ser el árbol de la vida porque bajo su copa de luz habitan todo tipo de seres” (p. 51), toma lo invisible por ser tan persistente y halla su vitalidad, encuentra en la muerte el dolor más allá del hecho de morir, porque se queda con los vivos, con sus llantos o quijadas apretadas, buscando ahuyentar lágrimas inservibles, porque estorban para seguir bregando.

Busqué, otra vez sin éxito, la fuente del aforismo nietzscheano, quiero citarla correctamente, no de mala memoria. Me consuelo pensando que, si escribo este texto sobre las crónicas de Aldo, no importa la exactitud, porque la crónica, como género, no precisa de datos exactos, sino de encuentros fructíferos entre el observador y los hechos. Además, en estas crónicas no hay acontecimientos, sólo la faena de la existencia de los derrotados, en ese sentido, no hacen Historia, sino historias afiladas muy hirientes.

Me pregunto si todo habitante del Estado de México, de ese Estado de México retratado por Aldo, es un derrotado. No lo creo. Ni Aldo, habitante de Cuautitlán, ni yo mismo, pues viví más de treinta años en Tlalnepantla, somos derrotados, pero sí regresé muchas veces agotado, temblando después de un asalto, atemorizado por sombras con forma de hombre. Quizá ese sea el sentido de la derrota, poder volver al siguiente día para combatir y, en una de esas, ganar. O no, no va por ahí, no del todo, si nos atenemos a los personajes en quienes se fija el cronista: migrantes, ancianos, prostitutas, presidiarios, indigentes, niños de la calle, perros callejeros, obreros y obreras, mujeres (siempre en peligro).

Aldo Rosales foto cortesía de la Biblioteca Central de la BUAP
Aldo Rosales foto cortesía de la Biblioteca Central de la BUAP

Supongo que la selección tiene su origen en la filia revueltiana de Aldo y, también, en la profusión de estos seres que nos escupen a la cara y ensucian las mínimas victorias cotidianas. Con esta selección, la miseria, gracias a su acumulación humana, deviene acontecimiento y se agolpa en el esófago en un acceso de llanto, los ojos se rasan y los suspiros dan consistencia a los derrotados y uno no sabe si alinearse con la derrota a fin de no sentirse un hijo de puta por disfrutar de las pequeñas cosas, cuando Aldo se regodea golpeándonos con esas otras pequeñas cosas que confirman la materia de la naturaleza humana. Y, sin embargo, estamos en un lugar donde podríamos vivir porque, de hecho, aquí vivimos.

Rosales Velázquez, Aldo. Tren Suburbano. México, Malpaís Ediciones, 2019.


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