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Ciudad de México, 4 de febrero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 6 minutos

Cada vez que desde Estados Unidos se insinúa la posibilidad de intervenir México, no sólo se activa una alarma diplomática. Se despierta algo más incómodo, más antiguo y, por eso mismo, más difícil de erradicar. No es el miedo lo que aflora primero, antes bien una forma torcida de entusiasmo; una expectativa apenas disimulada. El gesto de alivio de quienes, desde la oposición al gobierno en turno, imaginan que el desorden interno será corregido no por una reconstrucción nacional, más bien por la fuerza que viene de fuera. No por la política y por nosotros, sino por la bota y por aquellos.

Las recientes declaraciones de Donald Trump, en las que vuelve a fantasear con el ingreso de fuerzas armadas estadounidenses por tierra a México bajo el pretexto del combate al narcotráfico, han funcionado como catalizador. No tanto por su viabilidad real –limitada, jurídicamente inviable, diplomáticamente explosiva– al contrario, por lo que revelan del subsuelo ideológico mexicano. La euforia de ciertos sectores anti 4T no es un arrebato momentáneo, es un síntoma. Un reflejo casi automático.

La manifestación contemporánea de una pulsión histórica que reaparece cada vez que el país atraviesa un conflicto profundo: la inclinación a entregarse con gusto al poder extranjero cuando la política interna resulta incómoda, lenta o frustrante.

Conviene decirlo sin rodeos. No estamos hablando únicamente de las viejas élites, de las familias que desde el Porfiriato soñaron con Europa mientras gobernaban de espaldas al país real. Hablamos también –y quizá, sobre todo– del aspiracionista contemporáneo. Ese sujeto que no pertenece a la alcurnia; sin embargo, la imita, que no detenta el poder, no obstante, lo defiende, que no es invitado a la mesa pero se ofende si alguien cuestiona al anfitrión.

El aspiracionista no busca justicia ni soberanía; anhela pertenencia simbólica. Y para conseguirla está dispuesto a entregar lo que no es suyo: la dignidad colectiva, la autonomía política, el país entero si hace falta.

Esta proclividad no nace con Trump ni con la llamada Cuarta Transformación. Es anterior, estructural, casi pedagógica. Desde el siglo XIX, México ha oscilado entre el deseo de afirmarse como nación y la tentación de ser tutelado. La intervención estadounidense de 1847 no sólo abandonó una herida territorial, dejó una lección mal aprendida: que el poderoso avanza y el débil se resigna. Que la modernidad puede llegar en uniforme extranjero. Que la derrota puede maquillarse como civilización. Esa lógica no desapareció con el tiempo; se refinó, se volvió discurso, se infiltró en el sentido común.

Hoy reaparece envuelta en sarcasmo digital, en memes, en comentarios que celebran la posibilidad de una incursión como si se tratara de una limpieza moral, de un acto higiénico. “Que entren”, se lee. “Que pongan orden”. Como si la violencia externa no tuviera historia. Como si las invasiones no dejaran cadáveres, resentimientos y generaciones marcadas por la humillación. Como si el poder extranjero actuara movido por altruismo y no por intereses estratégicos, económicos y geopolíticos.

El entusiasmo entreguista no se sostiene en un análisis serio de la realidad internacional, se parapeta en una pulsión emocional. No piensa en términos de nación, sino de castigo. No busca soluciones, busca venganzas simbólicas. Que el país arda con tal de que caiga el gobierno que detesta. Que la soberanía se suspenda con tal de que alguien más “arregle” lo que aquí incomoda. Es una lógica profundamente autoritaria, aunque se disfrace de pragmatismo. Una renuncia anticipada a la política en nombre de la fuerza.

Los especialistas en geopolítica lo han advertido con insistencia: una intervención militar estadounidense en México no sería quirúrgica ni controlada. No distinguiría entre culpables y población civil. Alteraría el equilibrio regional, rompería la relación bilateral más compleja del continente y colocaría al país en una espiral de violencia difícil de contener. No existe antecedente en América Latina donde una acciónarmada de Estados Unidos haya producido estabilidad democrática o fortalecimiento institucional. Lo que sí existe es una larga historia de Estados debilitados, soberanías erosionadas y sociedades fragmentadas.

Pero al arribista eso le resulta irrelevante. Su lógica no es histórica, es pretenciosa. No se piensa como sujeto político, sino como espectador que desea alinearse con el vencedor. Hay, además, un componente racial y clasista que rara vez se nombra. La fascinación por el invasor no es neutra. Tiene color, idioma y jerarquía. No se fantasea con una intervención latinoamericana, ni africana, ni asiática. Se sueña con el soldado blanco, con el sheriff global, con el imperio que promete orden porque se percibe como superior. Es la colonialidad interiorizada, esa forma de dominación en la que el dominado adopta la mirada del dominador y se juzga a sí mismo desde ahí.

Defender la soberanía, frente a este escenario, no es un gesto retórico ni una consigna hueca. Es una línea mínima de dignidad política. Rechazar la intervención no implica negar la gravedad de la violencia ni idealizar al Estado mexicano. Implica entender que ningún país se recompone desde la humillación impuesta. Que ningún tejido social se reconstruye bajo ocupación. Que la solución a nuestros conflictos no vendrá del exterior porque el exterior no vive aquí, no entierra a sus muertos aquí, no carga con las consecuencias aquí.

La pregunta incómoda no es si Donald Trump puede cumplir su amenaza. La verdadera pregunta es por qué hay mexicanos que la celebran. Qué tipo de formación política, qué pedagogía del desprecio, qué derrota cultural ha producido sujetos dispuestos a entregar la soberanía con tal de ver castigado al adversario interno. Porque no se trata de seguridad ni de justicia, se relaciona con una pulsión más baja: la del castigo administrado por un amo extranjero.

En ese deseo no hay pragmatismo, hay claudicación. No hay crítica, hay resentimiento. No hay oposición democrática, hay nostalgia del orden impuesto. La derecha mexicana, en su versión más ruidosa y aspiracional, no concibe un país mejor: imagina un país corregido a golpes por alguien más. Y en esa fantasía no aparece el pueblo, ni la ley, ni la historia. Sólo la bota que viene de fuera y la esperanza infantil de que, esta vez, la humillación será para otros.

El peligro no es que la frontera se cruce; el verdadero peligro es que haya quienes ya se arrodillaron antes.


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