Ciudad de México, 12 de mayo de 2026 (Neotraba)

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La oposición mexicana ha encontrado un nuevo fetiche: la bota extranjera. Resulta grotesco observar a los corifeos del conservadurismo y al gobierno de Chihuahua, entidad que, según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), mantiene cifras críticas en la incidencia de delitos de alto impacto, celebrando la inminencia de una intervención estadounidense. Se sienten arropados, casi impunes, creyendo que el tablero geopolítico les otorga licencia para la traición. Suponen una Claudia Sheinbaum debilitada, pero olvidan que el Estado mexicano sostiene el mando sobre las instituciones de seguridad federal bajo una jerarquía constitucional que no admite tutelajes externos.

Lo que está en juego no es la biografía de los señalados. El caso del gobernador de Sinaloa o de cualquier otro funcionario debe dirimirse en tribunales, no en el sacrificio de la soberanía. El gobierno federal está obligado a actuar con mano dura frente a los desafíos en la frontera norte, donde la presión de Washington se materializa en la Ley de Asistencia Exterior, instrumento utilizado históricamente como garrote para justificar incursiones bajo el pretexto de la seguridad nacional. El Estado no es escudo de particulares; quienes enfrenten procesos en cortes foráneas deben asumir su defensa en solitario, sin arrastrar con ellos el pacto federal.

Esos charlatanes que exigen la vulneración de la Carta Magna operan con una nostalgia colonial patética. Ignoran que el Artículo 89, fracción X, de nuestra Constitución mandata la no intervención y la autodeterminación de los pueblos como pilares de la política exterior. El destino de México podrá parecer sellado por la vecindad con la economía más grande del mundo, con la que compartimos un intercambio comercial que supera los 800 mil millones de dólares, pero no hay cifra económica que justifique la entrega del suelo patrio.

La presidenta no puede permitirse la docilidad. Permitir que se pisotee la soberanía para complacer el injerencismo no sería diplomacia, sería claudicación frente a una retórica que suele traducirse en la amenaza de designar a los grupos delictivos como Organizaciones Terroristas Extranjeras (FTO, por sus siglas en inglés). Este movimiento otorgaría a Washington facultades unilaterales que México debe rechazar con la Ley en la mano.

Si la derecha insiste en buscar fuera lo que no ganó en las urnas, que sepa que la historia no suele ser clemente con quienes invitan al invasor a casa. La soberanía se defiende con firmeza institucional y castigando la colusión, sea quien sea el culpable.


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