Aprendizaje artificial
Juan Rivas escribe sobre el Aprendizaje Artificial: ¿cómo evaluar el aprendizaje de alguien que ya no tiene necesidad de escribir, mucho menos de pensar?

Juan Rivas escribe sobre el Aprendizaje Artificial: ¿cómo evaluar el aprendizaje de alguien que ya no tiene necesidad de escribir, mucho menos de pensar?

Por Juan Rivas
Puebla, Puebla, 4 de octubre de 2025 (Neotraba)
Desde hace mucho en México las reformas educativas, a las que algunos les anteponen el epíteto de “dizque”, buscan, como todo en la vida política e institucional mexicana, una simulación de resultados. Esto lo vi muy de cerca dando clases durante diez años en más escuelas privadas de las que quisiera recordar.
Claro ejemplo de estas simulaciones de progreso se encuentra en las mal llamadas evidencias docentes. Es una maravilla de victimización y repartimiento de culpas el endilgarle a un docente mal pagado, desmotivado y con la moral por los suelos, la responsabilidad de sustentar su clase con trabajo burocrático. Lamentablemente, con estos mecanismos no se busca el acierto sino la falla, que derivará en el pretexto de chingar al trabajador.
Para las escuelas privadas, que abundan particularmente en Puebla, el docente es mano de obra barata y prescindible. Gracias a la lógica corporativa y prácticas explotadoras como el outsorcing, sale más barato mantenerse en un ciclo perpetuo de despidos y contrataciones masivas que dejar al trabajador echar raíces, subir de sueldo, recibir prestaciones, hacer su maldito trabajo y retirarse a morir de viejo como le tocó a nuestros abuelos y padres. Esa esclavitud de la se quejó toda la generación X a través de Edward Norton y Brad Pitt en El Club de la Pelea, de repente, se antoja idílica.
Víctima de su propio perfil, el profesor de humanidades de escuela privada suele ser muy inútil para ganarse el pan con un trabajo de verdad, y lo suficientemente iluso para creer en el valor y la nobleza de su labor.
Alguna vez en un consejo técnico opiné que en vez de justificar nuestras clases con fórmulas de Excel deberíamos ser capaces de escribir un ensayo al respecto. El profe de matemáticas se indignó y el de educación física de plano exclamó “Ay, que no mame”. Otra vez, también propuse evaluar a los alumnos de preparatoria, al menos para las materias de humanidades, con ensayos. Uno solo en vez de examen final. Mi idea descabellada tuvo el mismo resultado. Y todo esto fue antes de la proliferación de la inteligencia artificial.
Hoy día, se sabe, hay alumnos que copian y pegan el texto con todo y prefacio y colofón de Chat GPT.
Una vez, en una prepa privada de renombre, le pedí a un alumno la tarea y me mostró un celular con un pantallazo de Wikipedia.
–¿Y esto qué chingados es? –tuve ganas de preguntarle. Al día de hoy, lamento no haberlo hecho.
–Pues es lo que pidió. Usted quería saber quién era Eurípides. Y ahí dice.
A punto de que se me enchuecara la boca por el coraje, empecé a procesar todo. El chavo creía que yo quería saber, cuando era él quien tenía que investigar. Casi casi como si no fuera yo capaz por mí mismo de buscarlo en la red. O a lo mejor sólo me hallaba en presencia de un genio del mal, de un troll canalla, tal vez del mismo Anticristo, que obtenía un solaz infinito con mi frustración. Pero ¿qué hubiera pasado si me entrega escrita a mano en su libreta la información que venía en el artículo de Wikipedia? Si hasta le escribe el enlace a mano al pie de página. Bravo, muy bien, firma, sello, etcétera. ¿Aprendió quién es Eurípides? “Algo se le ha de quedar”, decimos resignados los maestros en nuestro confín de la sala de maestros mientras compartimos una torta de chorizo con huevo y nuestras más profundas frustraciones. Las tareas escritas suelen ser el equivalente de la planeación docente: evidencia en papel.
Ya no doy clases ni sé si vuelva a hacerlo. Pero ante el alcance de los procesadores de lenguaje y chat bots, me pregunto: ¿cómo evaluar el aprendizaje de alguien que ya no tiene necesidad de escribir, mucho menos de pensar? También me acuerdo de que, como alumno, fui una lacra. Para muchos, entre los que me incluyo, la docencia fue un purgatorio del que salí listo para ascender al cielo con todo y tenis. En la secundaria yo no puse atención un solo día de clases y llegué a presentar más de una tarea impresa directamente de las pantallas de la enciclopedia Encarta 99. O sea que el problema tampoco es totalmente nuevo. Y por eso sostengo que el ensayo improvisado sigue siendo buena opción.
Otra más osada, a mi entender, sería la evaluación oral. ¿Qué no Sócrates fue célebre por hablar en vez de escribir? Vivimos en la era del podcast y los medios audiovisuales. ¿No sería factible llevar al alumno a través de una conversación en la que apenas se dé cuenta de que se le está examinando, para ver si se le puede hacer parir el conocimiento mediante la plática? Se llama mayéutica y claro que sería posible, si no fuera por el montón de trabas sistemáticas que tienen atrofiado e inútil al sistema educativo mexicano.
Ya puedo ver algunas objeciones: la evaluación oral es subjetiva. Necesitamos evidencia palpable, criterios unificados. En otras palabras: no podemos otorgarle tanto poder al maestro, ni confiar en sus conocimientos y arbitrio a tal grado por dos razones elementales: la primera, ¿quién se cree? ¿Ya viste cuánto gana? Si supiera más no estaría aquí. Y la segunda: sin duda va a reprobar alumnos por capricho o por placer, es un pinche resentido, ¿ya viste cuánto gana?
