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Berlín, Alemania, 2 de octubre de 2025 (Neotraba)

Snow Series 1

She thought that if she stared hard enough at the past, she might catch the moment when it turned into history. Or at least when it turned into happiness: like sugar crystallizing into sweetness in the mouth, the past crystallizing into pastness in the mouth of time, which crunches it into the petit-fours of history, recent history, ancient history. Across the valley, the apartment block kept bleaching in the sun.

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It was with full cognizance of the worldwide melting of glaciers that we rode the téléphérique up to gaze down at the glacier at the top of an incognizant world. It looked like nothing more than a dirty ice-skating rink extending for miles, but still exuded the pathos of an expiring species, I said, when you leaned over and kissed me for, as only became clear later, what would be one of the last times.

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In the shop window: a row of plaster copies of Mont Blanc, and underneath that a row of plaster copies of the Matterhorn. She sideswiped his grandfather’s Cadillac just once on the dozens of dizzying hairpin curves down into the town. The Alps in the distance looked exactly like the Alps; the slices of cherry cake on white porcelain plates in the mirrored café looked exactly like slices of cherry cake.

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She asked him why there was a chapel in the airport. He asked her why it made them so happy to go to museums to look at objects that used to belong to the filthiest of the filthy rich. By the time they made it to the zoo to see the famous baby polar bear, it had morphed into a big smudged adult with a protuberant snout and teeth that could gnash their bones into powder in the time it takes a snowflake to melt.

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They knew there must be a warming point at which sentiment melts into sentimentality, pathos into bathos. Which Alp was framed in the window when the sun exploded on his grandfather’s bed? Staring at the ice we saw a ring, which no carving with your pocketknife could deliver to my hand. Why, she wondered, aren’t whole industries invested in trying to stop the present from deliquescing into the past?

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Meanwhile, it said in the novel, I had the voluptuous sensation of being slowly erased by the billowing steam of a nineteenth-century train . . . She asked him why it was that the Italians call Germany Tedesco, and the French call it Allemagne. Brushing her ear with his lips, he asked her whether she thought that each of the gilded Louis XIV desk’s dozens of locked drawers would open to only one gold key.

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In the mirrors they watched the cherry cake slices recede into infinity. He kept talking about how the Swiss chalets back down in the village had looked exactly like Swiss chalets. She wanted to feel it, the instant the photoshopped photograph of a glacier turned into «art history,» the whitewashed apartment block turned into «the vernacular,» its recessed balconies noted in volumes on architecture.

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For there must be an exact notch in time when it occurs: a building falls into a ruin, a ride on the téléphérique ices over into a memory, a distant memory freezes into a fetish, a loved one disappears over the horizon for good, like a container ship loaded with adult polar bears distributed to indifferent southern zoos. A video of the abandoned polar bear’s death spiral has almost a million views on YouTube.

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The only thing they could afford to order at the café was snow-capped hot chocolate. Years later, tucked into a copy of The Castle, she found an unsent postcard of the baby polar bear. Hadn’t she only wanted him to lace up her ice skates and take her back up to the glacier? Hadn’t she only wanted to skate and skate and skate until she could trace figure eights straight into the brown mountainous ground?

Series de Nieve 1*

Ella pensó que si se detenía a mirar con suficiente atención al pasado, podría descubrir el momento en que se convirtió en historia. O al menos cuando se convirtió en felicidad: como azúcar cristalizándose en dulzura en la boca, el pasado cristalizándose en lo pasado en la boca del tiempo, masticándolo hasta hacer con él pastelitos de historia, historia reciente, historia antigua. Cruzando el valle, el bloque de departamentos seguía siendo blanqueado por el sol.

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Fue con absoluto conocimiento del deshielo mundial de los glaciares que subimos al téléphérique para mirar hacia abajo al glaciar desde la cima de un mundo carente por completo de conocimiento. No parecía más que una sucia pista de patinaje de hielo extendiéndose por millas, aunque exudara aún el aliento de una especie a punto de extinguirse, dije, cuando te acercaste y me besaste por la que sería, aunque solo quedase claro después, una de las últimas veces.

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En la vitrina: una hilera de copias de yeso del Mont Blanc, y debajo de esa una hilera de copias de yeso del Matterhorn. Solo una vez ella le pegó un topón en el costado al Cadillac de su abuelo en la docena de curvas vertiginosas y cerradísimas como un pinche para el pelo que hay en el camino hacia el pueblo. A lo lejos los Alpes se veían exactamente como los Alpes; las tajadas de pastel de cerezas sobre platos de porcelana blanca en el café de los espejos se veían exactamente como tajadas de pastel de cerezas.

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Ella le preguntó a él por qué había una capilla en el aeropuerto. Él le preguntó a ella por qué los hacía tan felices ir a ver a los museos objetos que solían pertenecer a los más asquerosamente ricos de los asquerosamente ricos. Cuando finalmente llegaron al zoológico para ver al famoso cachorro de oso polar, había devenido en un adulto grande y manchado con un hocico protuberante y dientes que podrían convertir sus huesos en polvo en lo que a un copo de nieve le toma derretirse.

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Sabían que debe haber un punto en la temperatura en la que el sentimiento se deshace en lo sentimental, el patetismo en lo vulgar. ¿Cuál de los Alpes quedó enmarcado en la ventana cuando el sol explotó sobre la cama de su abuelo? Mirando fijamente el hielo vimos un anillo, un anillo que ninguna inscripción hecha con tu cortaplumas podría hacer llegar hasta mi mano. ¿Por qué, se preguntaba ella, no hay industrias enteras dedicada a evitar que el presente se diluya hasta convertirse en el pasado?

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Mientras tanto, decía en la novela, tuve la voluptuosa sensación de estar siendo poco a poco borrado por el vapor de una locomotora del siglo diecinueve . . . Ella le preguntó por qué los italianos le decían tedescos a los alemanes, cuando los franceses les decían allemagne. Rozando su oreja con sus labios, él le preguntó si creía que todos y cada uno de la docena de cajones de ese escritorio dorado de Luis XIV se abrirían con una sola llave que fuera de oro.

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Vieron en los espejos cómo las tajadas del pastel de cerezas se desvanecían en el infinito. Él seguía diciendo que los chalets suizos allá abajo en la villa lucían exactamente como chalets suizos. Ella quería sentirlo, el instante en que la fotografía photoshopeada de un glaciar se convertía en «historia del arte», el blanqueado bloque de departamentos que pasó a ser lo «vernacular», sus balcones bajo techo destacados en revistas de arquitectura.

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Porque debe haber un punto exacto en el tiempo en que ocurre: un edificio cae en ruinas, un paseo en téléphérique se desliza en la memoria, una memoria distante se congela en un fetiche, una persona amada desaparece para siempre en el horizonte, como un barco de carga lleno de osos polares para ser distribuidos en cualquier zoológico del sur. Un video con la espiral de osos polares muertos y abandonados ha sido visto casi un millón de veces en YouTube.

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Para lo único que les alcanzaba en ese café era un chocolate caliente cubierto de nieve. Años después, entre las páginas de un ejemplar de El castillo, ella encontró una postal del cachorro del oso polar que no había enviado. ¿No quería simplemente que él le hubiera amarrado los patines de hielo para ir de nuevo al glacial? ¿No quería simplemente patinar y patinar y patinar hasta poder hacer un ocho justo encima del montañoso suelo marrón?

Snow Series 2

There once was a polar bear who didn’t know that he was polar bear, because he’d been raised in a zoo by people. What would a polar bear have to know, to know that he was a polar bear? That’s what the people would never know. All that winter, as we roamed around the gingerbread town, we kept noticing how the snowmen’s bodies were segmented like insects’, and how the new snows kept resembling other, older snows.

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The beautiful young woman slowly realized that her beauty was a currency, but did not know how best to spend it. «It is difficult to be beautiful for long», wrote Max Jacob. The young woman read this and promptly forgot it. The Swiss chalets dotting the hillside did resemble other Swiss chalets. The polar bear who didn’t know that he was a polar bear had snowy fur reflecting those regions where only our supercooled minds can go.

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You were the one who wanted to ride the téléphérique all day long that winter, to float up over the Alps and then back down into the valley in an endless paternoster loop that would keep cycling us in and out of the sweetest ether. If «architecture is frozen music,» then «music» must be «liquid architecture». The architecture itself was frozen: there were chalets trapped in aspics of ice. There were insects trapped in aspics of icicles.

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In another city, people flocked to the zoo to imagine owning a baby polar bear named Flocke, whom they’d relinquish to her fate once she grew out of the phase in which they wished to crush her snowy fur with bear hugs. «Flocke» means «snowflake.» No two snowflakes are alike. The wonder of uniqueness. The wonder of ownership. We opened our mouths to let unique snowflakes explode all over our wondering tongues.

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Wonder upon wonder, tongue upon tongue, Alp upon Alp upon Alp. One Alp resembled another Alp. Gliding higher and higher on the telpherique, we felt we were at last one with the Alps: encased in a glass eye floating up over the snow, all eye ourselves, our intertwining bodies architectonically segmented into distance, ownership, and desire. The glacier below us was beautiful, beautifully, violently expiring.

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But later, as we moved deeper into winter, I couldn’t help noticing how your body was starting to resemble a snowman’s—it kept melting to nothing when I tried to hold it close. The old man wondered aloud why some valleys fill with water and become lakes, and others remain simply valleys. Eventually the young woman would know that beauty’s currency was like any other: useless if hoarded, gone when spent.

Series de Nieve 2*

Había una vez un oso polar que no sabía que era un oso polar, porque había sido criado por seres humanos en un zoológico. ¿Qué es lo que tendría que saber un oso polar, para saber que es un oso polar? Eso es lo que la gente nunca sabrá. Todo ese invierno, mientras caminábamos por el pueblo hecho de pan de jengibre, nos dimos cuenta que los cuerpos de los hombres de nieve eran descuartizados como los de los insectos, y cómo las nieves nuevas seguían pareciéndose a otras, más antiguas nieves.

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La hermosa joven fue de a poco dándose cuenta de que su hermosura era una moneda de cambio, pero aún no sabía la mejor manera de gastarla. «Es difícil ser hermoso por mucho tiempo», escribió Max Jacob. La hermosa joven leyó esto y rápidamente lo olvidó. Los chalets suizos salpicando las faldas de la colina se parecen a otros chalets suizos. El oso polar que no sabía que era un oso polar tenía un pelaje nevado que reflejaba esas regiones donde solo nuestras mentes súper frías pueden ir.

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Tú eras el que quería montar todo el día el téléphérique ese invierno, flotar sobre los Alpes y después volver a bajar al valle en el eterno loop de un padrenuestro que nos mantendría dentro y fuera del ciclo del éter más dulce. Si «la arquitectura es música congelada», entonces «la música» debe ser «arquitectura líquida». La arquitectura misma estaba congelada: había chalets atrapados en una jalea de hielo. Había insectos atrapados en una jalea que parecía agujas de hielo.

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En otra ciudad, la gente caía como copos de nieve en el zoológico para imaginarse que eran los dueños de un oso polar recién nacido llamado Snowflake, al que después abandonarían a su propia suerte una vez que hayan superado la fase en la cual deseaban apretujar su pelaje nevado con abrazos de oso. «Snowflake» significa «copo de nieve». No hay dos copos de nieve que sean iguales. La maravilla de lo único. La maravilla de la propiedad. Abrimos nuestras bocas para que copos de nieve irrepetibles explotaran sobre nuestras maravilladas lenguas.

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Maravilla sobre maravilla, lengua sobre lengua, Alpes sobre Alpes sobre Alpes. Uno de los Alpes se parecía a otro de los Alpes. Deslizándonos más y más alto en el teleférico, sentíamos que por fin éramos uno con los Alpes: encerrados en un ojo de vidrio flotando por encima de la nieve, todo ojos nosotros mismos, nuestros cuerpos entrelazados arquitectónicamente segmentados en la distancia, la propiedad, el deseo. El glaciar bajo nosotros era hermoso, hermosamente, violentamente expirando.

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Pero después, mientras nos adentrándonos más en el invierno, no pude dejar de notar que tu cuerpo empezaba a parecerse al de un hombre de nieve — derritiéndose por completo cuando trataba de abrazarlo. El anciano se preguntó en voz alta por qué algunos valles se inundan con agua y se convierten en lagos, cuando otros permanecen simplemente como valles. En algún momento la joven entenderá que la moneda de la belleza era como cualquier otra: inútil si es acaparada, perdida cuando se gasta.


Donna Stonecipher es autora de seis libros de poesía, el más reciente The Ruins of Nostalgia, fue considerado uno de los mejores libros de 2023 por NPR, y un libro de prosa, Prose Poetry and the City. Su poesía ha sido traducida a siete idiomas. Actualmente traduce la trilogía de la poeta austriaca Friederike Mayröcker: études, cahier y fleurs, un proyecto para el cual recibió una beca de la National Endowment for the Arts. Donna vive en Berlín.

Cristián Gómez Oivares (Santiago de Chile, 1971). Poeta y traductor. Fue miembro del International Writing Program, de la Universidad de Iowa, y Writer in Residence en el Banff Center for the Arts, en Alberta, Canada. Es profesor de literatura latinoamericana en Case Western Reserve University, en Cleveland, EE.UU., donde también reside. Co-dirige la editorial de poesía en traducción 51GLO V51NT1Dó5, de México. Es Associate Editor de Cardboard House Press. Libros: Alfabeto para nadie; La casa de Trotsky; La nieve es nuestra; El hombre de acero; El libro rojo; Yo, Norma Desmond; El incendio del Reichstag/Burning of Reichstag.


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