Tiempo de nada
Tiempo de nada. Un cuento de Mauricio Morales, que nos habla de cómo puede transformarse la relación de un padre y un hijo.

Tiempo de nada. Un cuento de Mauricio Morales, que nos habla de cómo puede transformarse la relación de un padre y un hijo.

Mauricio Morales
Puebla, México, 18 de septiembre de 2025 (Neotraba)
La lluvia comenzó a ser más intensa. Pablo caminó rápido, casi a ritmo de trote, las dos cuadras que le faltaban para llegar al portal. Tensó la mandíbula y resopló al ver que, a cada paso, el agua de los charcos ensuciaba los zapatos. Maldita lluvia, pero tenías que venir, pensó al cerrar el paraguas, ya bajo el portal. Resopló otra vez, con más fuerza, al sentir el sudor que comenzaba a escurrir en las sienes, en la nuca. Limpió con la palma y el dorso de la mano izquierda. Tenías que venir. Luego de hacer un suspiro muy hondo, muy lento, caminó hacía la joyería.
Buenas tardes, dijo al guardia de seguridad parado en el umbral. Sintió la calma de su propia voz. Quien hubiera sabido de la ebullición en su pensamiento habría asegurado que Pablo tenía la capacidad de transformarse en otra persona, o de ser dos al mismo tiempo. Una adaptación ejercitada durante décadas. Porque nadie tenía que saber del enojo, de las ganas de anular el mundo. Sí, busco relojes, para caballero, por favor, respondió cuando una de las vendedoras preguntó si podía ayudarle en algo.
Revisó el aparador indicado sin decir nada, tan atento a los modelos exhibidos que la vendedora llegó a sentirse incomoda por no saber si sus recomendaciones eran o no tomadas en cuenta. El silencio duró hasta que la mujer decidió regresar al mostrador principal, segura de que a aquel hombre no le importaría. Y así fue. Pablo había encontrado ya el reloj que buscaba, el mismo que, durante las últimas semanas, había vuelto a recordar con especial añoranza después de haberlo tenido en mente, la mayor parte de su vida, sólo como un deseo enquistado.
Por un segundo creyó volver a sentir el asombro de aquellos días en que, siempre en vacaciones de diciembre, Ernesto, su padre, los llevaba a él y a su madre a comprar ropa nueva hasta la capital del estado vecino. Tenía seis años la primera vez. Puebla era entonces para él un lugar lejanísimo. Un lugar que te gustará mucho, las calles son de adoquín, justo a donde vamos hay un parque con árboles tan grandes como nunca has visto; y ese corredor peatonal, imagínate, lleno de tiendas, cada una con cosas muy bonitas para ti, para mí, para tu papá; y en cada esquina alguien vende alguna golosina: helados, papas, elotes; puedes pedir lo que quieras. Quiero un reloj, dijo Pablo la tercera ocasión que el viaje estuvo en marcha. Ya soy grande y tengo que aprender a leer las manecillas.
En esa tarde lluviosa, Pablo creyó, por un segundo, volver a escuchar las palabras de su padre. ¿Cuál reloj quieres?, anda, escógelo. Pero al instante siguiente, como fue siempre que la memoria rodó hasta aquella escena, la amargura golpeó su pecho. De nuevo tensó la mandíbula, ahora para no llorar como lo hizo al presenciar aquella discusión que lo paralizó interminables segundos. Después debió correr con su mamá por calles desconocidas hasta el paradero donde abordaron un camión de vuelta a casa. Él regresó sin el reloj elegido, su madre sin los vestidos que le había descrito horas antes; Ernesto tampoco estuvo con ellos, y esa noche Pablo entendió el ritmo de vida de su familia. Esa noche, por primera vez, sintió odiar a otro ser humano. Odiar al grado de pedir a Dios la muerte de la mujer que intentó golpear a su madre, la muerte de la niña que abrazó las piernas de Ernesto.
Su nombre era Angélica, Pablo pudo saberlo meses más tarde. Desde el día en que Ernesto los presentó, el mismo en que comenzó a pedirles ser amigos, Pablo intentó dar de sí para cumplir el deseo de su padre; gracias, en gran medida, a esa relación, aprendió a ceder, a contenerse. Comenzó el ensayo exhaustivo de la destreza que le permitiría representar semblantes en realidad no sentidos, pasar en un instante de una actitud a su opuesta para ocultar todo aquello que, como Ernesto le dijo incontables veces, a nadie más le importa.
Pablo cedió durante cuarenta y cinco años. Por eso resultó extraña, incluso un poco para él mismo, la actitud que comenzó a adoptar semanas antes de esa mañana en que tuvo la intención de comprar un reloj para su padre. En la primera llamada, la primera en meses, Angélica entrevió la intranquilidad, el asomo de enojo e incertidumbre en la voz forzada a sostener un tono grave.
–Quince años, imagínate…, quince años sin faltar un solo día, quince años en que hice todo lo que me pidieron, por estúpidas que fueran sus indicaciones, y así sin más… Y en el último día del semestre, tan tranquilos me dicen que ya no, gracias por todo, pero no les será posible contratarme para el siguiente curso. Seguro no te interesa lo que pueda, lo que tenga que hacer yo para mantenerme, pero quería decirte esto como un aviso. Es él quien te debe preocupar, están pendientes unos análisis que le mandaron en su última consulta.
–¿Qué análisis?, ¿por qué no me habías comentado antes?
–Ha tenido algunas semanas difíciles. Le duele el cuerpo, ha vomitado, no duerme. No quise alarmarte…, creí que yo podría…, pero con esta noticia… Necesito que tú también te hagas cargo.
La última frase apareció tajante, Pablo escuchó la autoridad en su propia voz como pocas veces lo había hecho. En esa oportunidad Angélica no terminó por dar una respuesta concreta. Otras llamadas fueron necesarias. En cada nuevo diálogo fue evidente que la seguridad de Pablo iba en aumento. Él dirigió los acuerdos hasta que Angélica tuvo que aceptar uno de los escenarios planteados: Ernesto se mudaría con ella, a Puebla, donde sería más fácil, y tal vez más barato, realizar los análisis.
–Debes saber que no es fácil, Angélica, por la última consulta le debo algunos días a mis vecinas; ya te he contado de Griselda y su hija, ellas me ayudan mucho con él, y si él sigue aquí, ya no podría pagarles. ¿Con quién lo dejaría, quién le haría de comer? Necesito conseguir algo, puedo preguntarle a un amigo si me recibe otra vez en su despacho, o pedirle que me recomiende en otro. Necesito, además, que vengas por él.
Siempre que, en el curso de una conversación, aparecía la oportunidad de preguntar cuánto era ya el tiempo que Griselda había trabajado para Pablo, ella usaba el mismo método para calcular los años: recordaba que las primeras semanas hacía la comida para su vecino después de recoger a Victoria del jardín de niños, luego pensaba en el presente de su hija. Y ahora ya casi sale de primaria; tan rápido está a mitad de secundaria; ya el próximo año entra a universidad. Imagínese, parece que fue ayer, aseguraba cada vez. Al principio, sus encargos fueron sólo preparar la comida y hacer limpieza una o dos veces a la semana. Un mediodía, al recibirla, Pablo le preguntó si podría ir a su casa también por las tardes, la necesitaría para estar al tanto de su padre, quien llegaría a vivir con él. Ernesto, viudo y jubilado, ya era el hombre lánguido que sería hasta el final de sus días. Arreglado el tema de la remuneración, Griselda aceptó ser la principal asistencia de sus vecinos. En la rutina, ella creyó percibir un tipo de estima, muda y velada, pero reciproca. No supo nunca lo que en realidad Pablo pensaba de ella, lo que murmuraba al quedarse solo.
Fue Griselda quien avisó a Pablo sobre los malestares que Ernesto comenzó a presentar por las tardes. Al saber de la desorientación y los vómitos, Pablo ya no pudo ignorar los dolores, cada vez más frecuentes, que despertaban a su padre para instalarlos en desesperantes noches de insomnio. Algo le dolía, sin saber precisar qué. Y, ya despierto, mientras los analgésicos actuaban, algo quería hacer, pero todas las peticiones eran absurdas para Pablo. Una cita con Elena y Gabriela, para llevarlas al cine, a un café, para que no estén aburridas. Acompañar a Angélica a la escuela, para preguntar a sus profesores cómo se comporta en clases. Pablo tiene que aprender a leer las manecillas, necesito ir a Puebla a comprarle un reloj.
Una tarde, mientras miraba a la calle, sentado como de costumbre detrás de una ventana, Ernesto vio a Victoria detenerse frente a la casa, ella lo hizo sólo por dudar si acercarse o no para avisar a su madre que había vuelto de la escuela. Al fin decidió seguir su camino, no alcanzó a ver las señas torpes con que Ernesto comenzó a llamarla. Dentro de la casa, fue Griselda quien debió contenerlo, después de calmar en sí misma la impresión que le causaron los gritos y la repentina inquietud. Qué hora es, insistió Ernesto en preguntar. Dime qué hora es, mujer, no puede ser que Angélica llegue tan tarde.
–Dijo así: «Angélica». Y lo vi muy preocupado, enojado. No me dejó llevarlo al sillón, por eso nos encontró afuera, don Pablo. Su papá insistió mucho, la verdad que, con todo respeto, se puso muy necio, y tuve que acompañarlo, pero no teníamos ahí ni cinco minutos cuando usted llegó.
–¿Angélica? –Pablo no tuvo que pensar mucho para decidir que en realidad no era necesario contar nada más de su vida a Griselda. Tal vez es una conocida, alguna persona que recordó sin querer…, no sabría explicarlo de otra forma. Lo importante, señora Griselda, es cuidar que no se altere demasiado. Que no se vaya a hacer daño si los recuerdos lo vuelvan a confundir como hoy –respondió así para sentir que la situación podría ser controlada; pero en el mismo momento comenzó a imaginar lo difícil que sería atender a un hombre incapaz de distinguir entre el presente y los ayeres dejados sin fin.
Frente al aparador, sujeto aún al mecanismo de la memoria, Pablo no alcanzó a notar que la vendedora, segura de que había pasado suficiente tiempo para tomar una decisión, regresó junto a él. Puedo mostrarle el modelo que guste, caballero, dijo de la forma más amable que pudo. Pablo oyó sin voltear. Al fin tensó la mandíbula y luego intentó sonreír. Sí, gracias, puedo ver el Casio negro, por favor, el primero en el extremo izquierdo. La mujer tuvo que hacer un esfuerzo para escuchar las palabras, en el tono débil y en la lentitud del habla le pareció distinguir la indecisión que habría tenido un niño. Ya en el aparador principal, mientras Pablo acercaba el reloj a su rostro, sosteniéndolo con cuidado con las dos manos, la mujer creyó que la venta era segura, un hecho.
Al salir de la joyería, y del portal, Pablo pudo ver que las nubes seguían grises; la ciudad, flemática, respiraba un rocío afilado. Imaginó que horas más tarde, cuando la noche fuera completa, la lluvia volvería a caer. Tendría que convencer a Ernesto de abrigarse más de lo ordinario al ir a dormir. Esta vez sí será verdad cuando le diga que ya mañana viene Angélica. Pensó en ella, en el acuerdo hecho en la llamada telefónica más reciente, en la mañana de ese mismo día. Después de colgar buscó el dinero en su ropero, contó justo el que estimó sería necesario para comprar el reloj. En ese momento se sintió seguro de su intención, ahora, de regreso a casa, irritado por el frío y el agua estancada que a cada paso se volvía un obstáculo, sufría asaltos de remordimiento.
Frente a la casa, sobre la banqueta, Griselda y Ernesto esperaban la llegada de Pablo. Cuando él pudo distinguirlos concluyó, en un instante, que, a pesar de las explicaciones que Griselda pudiera darle, no acabaría por saber, con seguridad, cuánto tiempo había pasado su padre ahí afuera. Le molestó pensar, además, que el viento frío y la humedad podrían sumar alguna molestia que los dos deberían enfrentar más tarde. Algunos metros antes de alcanzar la casa comenzó a gritar ¿está todo bien?, ¿no tienes frío, papá? Ernesto caminó algunos pasos para acortar el encuentro con su hijo. Sonrió en el momento en que Pablo por fin estuvo frente a él, alzó el brazo derecho y comenzó a señalar su muñeca con el índice izquierdo.
–Discúlpeme el atrevimiento, don Pablo –explicó Griselda–, Victoria y yo quisimos hacer un regalo a su señor padre…, ya sabe usted que don Ernesto lleva semanas pregunte y pregunte la hora, pues nosotras pensamos en regalarle este reloj, muy sencillo, para que allá en el asilo donde usted nos contó que ahora vivirá no le falte manera de saber siempre qué hora es. Quien sea que ahora lo cuide no tendrá pretexto, ¿verdad?, para decirle a don Ernesto qué hora es.
Pablo observó la pequeña pantalla gris. Cuatro dígitos fueron destacados por una luz azul en el momento en que Ernesto presionó un botón en el extremo derecho del marco circular. 17:54. Pablo agachó un instante la cabeza para no mostrar la mandíbula tensa. Intentó hacer un reflejo de la sonrisa de su padre.
–Muchas gracias, no era necesario, en verdad le agradezco mucho la atención que le da a mi papá. Mírelo, ¿hace cuánto no lo veía reír así? Pero bueno, vamos adentro… Vamos, papá, en la casa me enseñas mejor tu reloj, porque aquí hace mucho frío, el suelo sigue mojado. De verdad muchas gracias, y agradezca mucho también a Victoria, por favor –dijo Pablo al abrir la puerta.
Dentro de la casa, después que Griselda los dejó solos, y mientras Ernesto dormía sentado en el sillón, Pablo fue a su cuarto para terminar de preparar las maletas de su padre. Repasó el orden que había dispuesto para el siguiente día. Angélica debería cumplir con el acuerdo: recoger a Ernesto a las diez de la mañana, y de la manera más puntual, porque la cita en el laboratorio estaba programada a mediodía. Griselda iría al mercado después del desayuno, para hacer las compras postergadas intencionalmente hasta esa fecha. Victoria, ocupada en clases, tampoco estaría cerca. Así no tendré que presentar a nadie, Angélica no tendrá oportunidad para contar su vida perfecta. Mientras se decía que todo estaba listo, como un engranaje bien ajustado, para volver a disfrutar de la calma, de la vida, de su tiempo, Pablo escuchó el golpeteo de las primeras gotas.
Asomado hacia la calle, fijo en el ritmo de la lluvia, vio pasar a Victoria. Abrió la ventana casi sin pensar, sólo para gritar muchas gracias, Victoria, tu mamá ya está en casa, allá te espera. Ella no alcanzó a distinguir las palabras, no pudo entender por qué su vecino intentaba decirle algo justo en ese momento. Al seguir su carrera pensó, como lo había hecho muchas veces, desde que tenía memoria, que los hombres de esa casa, aunque intentaban ser amables, eran muy extraños, en especial el hijo. Qué tipo tan miope, nunca se da cuenta que las personas notan cómo finge no estar de malas.
Ernesto despertó. Luego de unos segundos entendió que la quietud monótona que lo rodeaba se debía al rumor de la lluvia. Pensó entonces en Angélica. Imaginó que en ese mismo momento ella corría hacia la casa y quiso ir a abrir la puerta para facilitar su llegada. Pablo escuchó los gritos y los manotazos sólo hasta que éstos lograron destacar sobre la percusión de la lluvia. Qué haces, papá, a dónde quieres ir, la puerta está cerrada con llave. Angélica, a qué hora llega Angélica, respondió Ernesto con la voz quebrada por la desesperación. Pablo caminó hacia su padre, sujetó sus brazos con firmeza para evitar que golpeara la puerta una vez más. Resopló al sentir que Ernesto sacudió el cuerpo con la intención de liberarse. Te vas a hacer daño, papá, ya cálmate, ven al sillón. Angélica viene mañana. Cuando, al fin, logró sentar a Ernesto en el sillón, imaginó que podía ser más amable con él. Comenzó a acariciar sus manos y preguntó si le dolían. En ese momento observó el reloj nuevo. Sin darse cuenta, Ernesto lo había azotado contra la puerta. La pantalla estaba rota. Pablo no pudo contener el enojo. Quitó el reloj de la muñeca con movimientos enérgicos, bruscos. ¡Cállate y quédate quieto! ¡Angélica viene mañana! ¡Mañana! ¡Ya no preguntes!
Pablo fue consciente de haber gritado hasta que vio el espanto en los ojos de Ernesto, hasta que sintió el silencio caer sobre los dos. El silencio que volvió a fluir desde la cadencia de la lluvia. Para no sostener más la mirada de Ernesto, Pablo tomó el reloj con las dos manos y lo acercó a su rostro. Tensó la mandíbula al concluir que Griselda había dejado la correa floja. Regresó a su cuarto sin decir nada. Fue a su ropero. Dejó el reloj en el fondo del mismo cajón donde guardaba el dinero. Recordó entonces los billetes que aún tenía en la cartera y los regresó al sobre de donde los había tomado esa misma mañana. Gente estúpida, dijo al recordar la reacción de la vendedora que lo atendió en la joyería. Tensó la mandíbula al escuchar un nuevo grito de Ernesto.
*Mauricio Morales (1988). Soy originario de Tlaxcala, México. Obtuve el título de Psicólogo en el Sistema de Universidad Abierta y Educación a Distancia de la UNAM. He participado en talleres de creación literaria en Tlaxcala, Guadalajara y Ciudad de México; como resultado de esta formación he publicado cuentos en medios impresos y electrónicos, locales y nacionales.
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Qué buena forma de retratar a esas personas que que quedan en la nada.