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Ciudad de México, 1 de septiembre de 2025 (Neotraba)

El café se llenó como se llena cualquier lugar cuando sin previo aviso una lluvia torrencial se desata. En menos de siete minutos la calle se convirtió en un río que fluía en sentido contrario al de los coches, el drenaje se saturó y la alcantarilla empezó a vomitar el agua, la gente desapareció de las banquetas, y el café –ese café en el que nos metimos– se convirtió en el refugio del doble de personas de las que cabían aquel lugar, personas que no tenían la menor intención de comprar un café, personas que no hacían más que mirar desde la puerta a la calle, personas que no tenían planeado refugiarse de la lluvia porque no tenían pensado que iba a llover. Nosotros corrimos con suerte, ocupamos la última mesa vacía y pudimos sentarnos, otros tomaron sillas desocupadas y las arrastraron frente a la entrada para contemplar, como si estuvieran en una terraza, el espectáculo de la lluvia sobre la calle, la mayoría esperó de pie, esperó esperanza. Poco a poco todos terminaron por acomodarse dentro del café, poco a poco se hizo una fila frente a la caja y la gente ordenó algo que beber o algo que comer para matar el tiempo. Cuando la fila desapareció, hice lo propio, pedí un chocolate frío y un americano. La lluvia disminuyó, la calle dejó de ser un río, la alcantarilla dejó de vomitar agua y nosotros retomamos nuestro camino.


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