La iguana
Una iguana merodea la casa de una mujer embarazada. Entra. La mujer la observa pero sus familiares, no, ¿qué ocurre en su mente? Un cuento de Jeanette Muñoz

Una iguana merodea la casa de una mujer embarazada. Entra. La mujer la observa pero sus familiares, no, ¿qué ocurre en su mente? Un cuento de Jeanette Muñoz

Por Jeanette Muñoz
Puebla, México, 25 de agosto de 2025 (Neotraba)
Muy derechita, Fátima escucha el sermón del domingo. No voltea a la izquierda. No voltea a la derecha. Mucho menos se asoma hacia atrás. Si lo hiciera, estaría cometiendo más que un error: estaría cayendo en pecado.
A la iglesia se va para escuchar la palabra del Señor, no para fijarse en los otros. No va a ser como esas mujeres que sólo van a misa para ver a quién critican, para hablar mal de sus vecinos o para burlarse del vestido zancón de “La Marica”. No. Es mejor concentrarse en lo que dice el sacerdote, quien conoce mejor que nadie el camino adecuado para llegar al cielo.
Si se atreviera a girar la cabeza, ofendería a Dios y haría ganar al Diablo. ¡Qué bien se la pasaría Satanás burlándose de ella toda la tarde! Mejor no moverse y seguir mirando fijamente el balancear de las llamas de los cirios, el rostro suplicante de la Dolorosa y los brazos regordetes de los querubines de cabellos rizados.
Así se lo enseñó su madre y así lo hará ella. Ese fue el camino seguido por Anita, a quien en el pueblo la enterraron como a una santa: con su vestido y sus zapatitos blancos, como una niña que se encamina a recibir su primera comunión. Nunca tuvo marido, así que jamás se vio tentada por el pecado carnal. Virgen la envío el Señor y virgen se la llevó. Eso, pensaba Fátima, debió haber hecho ella misma, “pero cuando se es chiquillo no se piensa y nomás se deja llevar una por las tentaciones…” y así, nomás por las tentaciones, le dio su mano a Román, cuando todavía ni la regla le bajaba.
“Queridos hermanos, la misa ha terminado…” Fátima se levanta con cuidado, se envuelve la cabeza en su rebozo negro –Anita, la santa, se cubría así para que la gente no le mirara ni la nariz– y con toda la velocidad que le permiten sus rodillas enfermas, camina por uno de los pasillos laterales de la nave y se acerca al altar.
Intenta hincarse y, al comprobar que ya no lo puede hacer, flexiona su cintura y hace una reverencia a la cara sonrosada de la virgen del Carmen. De su seno, saca una bolsa de plástico transparente en la que, mezcladas con estampillas de la virgen de Guadalupe, San Miguel y San Judas Tadeo, encuentra unas cuantas monedas que dará al templo como diezmo.
Antes de encaminarse a la salida, pasa a saludar al padre. Le pide la mano y respetuosamente acerca sus labios hasta ella. Quiere una bendición. Y el hombre, generoso, le responde con un rocío de agua bendita.
Sale al atrio y le deslumbra la luz. Tiene hambre y le apetecería comerse una gordita o tal vez un tamal, pero no está para esos lujos. Ya casi no queda dinero de la última venta de café y pues el maíz la gente casi lo quiere de balde. A veces van saliendo unos cuantos pesos con lo de los huevos que ponen sus gallinas, pero no es suficiente… ni hablar, en la casa ya habrá una tortilla con sus frijoles y su chile verde.
Por la calle, saluda a unos cuantos vecinos y regaña a unos niños que por poco y la tiran de un pelotazo.
Una vuelta a la esquina, más 20 pasos en pendiente la llevan hasta el portón de madera de su casa. Las luces están apagadas, no hay televisión ni radio. El mobiliario se reduce a cuatro piezas: un ropero apolillado, una silla tejida de palma, una repisa con una muñeca calva de vestido blanco y una cama.
Tras quitarse el reboso y ponerse un delantal blanco que hace muchos años ella misma cosió, traspone una segunda puerta de madera y entra a la cocina. Antes que cualquier cosa, abre la puerta del patio y deja salir a sus gallinas, que ya andan inquietas por la hora y amenazan con treparse al fogón para comerse el maíz, que antes de irse a misa, Fátima llevó al molino de Rosa.
En completo silencio, lava una bandeja y comienza a preparar su masa. Oye un ruido en la pared de la derecha, pero está acostumbrada y, sin prestarle atención, sigue con su trabajo. Agua y sal para darle buen sabor a la tortilla. Toma un poco de maíz, lo envuelve y con movimientos firmes forma una esfera entre sus manos y la palmea de derecho y de revés. Extiende una laminilla en el comal. Las brazas crujen, envuelven la lámina y saltan como intentando llegar al regazo de la mujer.
Un gallo canta en el patio y adentro, poco a poco se eleva la telita de encima de la tortilla, Fátima la toma en su mano y la llena de frijoles refritos. Por costumbre voltea para ofrecérsela a Román, pero como desde hace cinco años, la silla está vacía.
Suspira antes de llevarse el taco a la boca. Ya ni llorar es bueno. Todos mueren, esa misma mañana sonaron los dobles para el nacatero. Algún día también repicarán para ella, como lo hicieron para Mamita, su marido y sus cuatro hijos. Hasta Alfredo, al que más había querido, se fue con el Señor, tras un paro del corazón. Sólo le quedaba una hija, la menor, Cata, pero estaba tan lejos que, si bien le iba, la visitaba una vez al año.
Los años pasan muy rápido, considera Fátima, mientras sigue torteando la masa de la bandeja. En el patio ve a sus gallinas picar los higos caídos. Esa casa, un naranjo, una higuera y malos recuerdos son lo único que le queda de Román, con quien estuvo casada por más de seis décadas.
Los ruidos siguen en la pared y aunque sigue trajinando, Fátima siente como poco a poco se le va encogiendo el corazón. Le gusta el día y mirar el patio desde la cocina, con sus piedras y ramas, con la mala hierba y los rayos de sol que se cuelan –como seguro ha de pasar en la Gloria– por entre las hojas del árbol. La noche es otra historia: la oscuridad no se hizo para ser mezclada con la soledad.
Todavía quedan unas horas de luz. Fátima entra en la sala y abre el ropero. Tiene que mover un poco las camisas de franela que Román no se llevó y que a ella le hubiera gustado enterrar junto a él. Al final encuentra los delantales y el vestido que estaba buscando… Un arañón en la pared, un quejido, una voz que grita “Fátima” y luego, de nuevo, el silencio.
Por instinto, la anciana se lleva la mano al escapulario que lleva al cuello. Tiene miedo, pero todavía hay luz. Después de todos estos años ya se debería de haber acostumbrado, pero sólo una mujer sin alma aguantaría todo lo que ella ha pasado. Con temor se acerca a la pared e inspecciona que no haya un nuevo hoyo en la piedra, pero no encuentra ninguno, de hecho a estas alturas resulta difícil siquiera mirar la pared. La superficie de toda la casa lleva tiempo cubierta de imágenes de Jesús y de toda su corte celestial.
Por el momento, decide dejarlo pasar. Con su hato de ropa sale al patio para ponerse a lavar. Antes de comenzar, se echa agua en la cara y sonríe acordándose de la mañana en que se casó con Román. Mamita nunca quiso pagar para que llevaran los tubos del agua hasta su casa, así que Fátima tenía que ir a bañarse al río. Ese día estaba tan nerviosa que no quiso lavarse completa y sólo se mojó la cara. Era diciembre, el agua estaba helada y le dejó la piel tan enrojecida que el sacerdote la regañó porque pensó que se había maquillado, tal como hacían las mujeres de la casa mala.
Así era ella cuando tenía quince años, tan bonita que no le hacían falta ni polvos ni carmín para ponerse en la cara. No por nada un día intentó robársela Toño, el de los Pérez. ¡Dios tenga en su Gloria a su amiga Feliza, quien con la tinaja en la cabeza bajó corriendo hasta el río para avisarle y ayudarla a esconderse!, ¡qué pela le pegó a Feliza su abuelo, mira que romper la única tinaja que tenían en la casa para ir por agua!
Sí, era bonita. Tal vez aún lo fuera, pero nunca le gustó andarse viendo en espejos. Mejor recordarse como era a los quince años, que ahora con el pelo canoso y la cara llena de arrugas. ¡Cómo le chuleaba Pepe su cabello…! Se hubiera casado con él, pero Mamita la obligó a mandarle una carta para que no la siguiera molestando. Pocos meses después le dio la mano a Román y con él aprendió lo que los hombres y las mujeres hacen juntos después de decir el “sí, acepto”.
Bonita, sí muy bonita, pero eso no la libró de una noche de bodas horrorosa, en la que Román dejó de decirle versos, nomás para montársele encima como un burro. Bonita, para lavarle las camisas, prepararle el desayuno, el almuerzo y la cena. Bonita para perder a su primera hija a los 17 años.
Bonita, piensa Fátima mientras talla la ropa, tan bonita que un día que regresaba de la milpa por la tarde, atrajo al monstruo que vivía en su pared.
___________________
Román y sus hermanos pasarían toda la noche en el trapiche, arriando los bueyes para que molieran la caña. Fátima les llevó la cena, unos bocaditos de longaniza, frijoles, chiltipines y carne seca para que pasaran la noche.
Cuando llegó, se dio cuenta de que su marido estaba borracho: nomás la vio y ahí, enfrente del hombrerío, le levantó la falda; según él para que los demás calaran la mercancía. Fátima estaba acostumbrada. No reclamó, no gritó ni siquiera lloró. Sólo se dio media vuelta y se dirigió al camino para regresar al pueblo. En los dos años que llevaban casados, Román la había convertido, a los ojos de otros, en una de esas mujeres que no se dan a respetar.
Caminaba despacio como deseando nunca llegar a ningún lugar. Era tarde. Acababa de pasar la reja de la finca de los López, cuando sintió que algo se le colgó del vestido. Pensando que era un animal ponzoñoso, arrancó una rama de un árbol y se golpeó con fuerza la pierna izquierda. No alcanzó a gritar por el dolor, pero algo más sí lo hizo.
Asustada, buscó por el suelo al bicho que acababa de herir. Nada, para donde volteara sólo veía hojas y bayas de café pudriéndose en el suelo. Trató de calmarse y siguió caminando, pero no dejaba de escuchar pasos detrás de ella. “Los nervios, los nervios. La gente alterada suele ver y escuchar cosas”.
No quiso pasar la noche sola, así que al llegar al pueblo se encaminó a la casa de Mamita. Uno de sus hermanos le tendió un petate junto al fogón y allí se acostó. No pudo dormir. Toda la madrugada escuchó ruidos de platos y tazas que cambiaban de lugar. Como los niños, intentó calmarse entonando canciones en su mente, pero como pasa en esos casos, las únicas tonadas que le llegaban a la cabeza trataban de diablos, brujas y cosas por el estilo.
Al amanecer se sintió más tranquila y regresó a su casa, justo a tiempo para llevar el nixtamal al molino y preparar el almuerzo que le llevaría a Román. Mientras colaba el maíz con un paño, notó de reojo que algo se movía entre las cazuelas colgadas de la pared.
Levantó el torso aún con la cubeta de nixtamal en las manos. Sin saber por qué, se quedó inmóvil unos segundos, mientras contemplaba el enorme reptil de color negro que se desplazaba en la pared, muy cerca de las vigas. Como pudo, dejó la cubeta sobre el fogón, tomó una escoba de palma que tenía cerca y apuntó al animal para hacerlo caer.
Una sensación extraña le sacudió el brazo cuando la escoba chocó contra el cuerpo de la iguana. Dolor y miedo convertidos en ola bajaron por su brazo y le llegaron al pecho. El animal no se alteró por el ataque. Miró con sus ojos vacíos a su agresora y siguió su camino hacia el techo.
La mujer acabó de cocinar el almuerzo y se lo llevó a Román al trapiche. De regreso a casa, pasó con Mamita para pedirle que le ayudara a agarrar una alimaña que se había metido a su cocina. Apenas abrió la puerta de entrada, Fátima vio encima de la cama a la iguana negra. “Mire mamá, ya llegó hasta la sala. Qué asco, está en mi cobija, la voy a tener que lavar otra vez. Vaya usted a saber si esa cosa es tan prieta de tanto veneno que tiene”. La anciana miró desconcertada el rostro de su hija. Por más que se acercaba, no veía más que las flores bordadas en la colcha. Del animal ni rastro, aunque por la cara de asco que ella hacía, clarito se veía el miedo que le tenía.
Al ver que su madre no reaccionaba, la muchacha se acercó a la cama para levantar la cobija y sacudirla. La cogió de una orilla y la levantó con fuerza como para lanzar al bicho al suelo. Ningún ruido se oyó, nada cayó. El animal seguía impasible sobre el colchón. Extrañada por el comportamiento de Fátima, quien frenética seguía levantando la colcha, Mamita la tomó de los hombros y la llevó a la cocina para prepararle un té.
Temblorosa, la joven bebió la infusión y trató de serenarse. Tal vez Mamita se estaba quedando ciega, después de todo ya era anciana y tarde o temprano el cuerpo pasa la factura de una vida dura. Ya no la molestaría más con el tema. Román sacaría a la iguana cuando llegara.
Todo el día estuvo Fátima encontrando a la iguana: en el ropero, sobre las sillas, encima del fogón, en la cazuela, en el lavadero, en la pila de agua, debajo del naranjo, en el corral de las gallinas, en el chiquero… Al atardecer, cuando su marido regresó del trapiche, la iguana se fue a parar junto al clavo donde Román colgaba el sombrero después del trabajo.
El campesino no la vio. Guindó su machete y su sombrero, pero no dijo nada, a pesar de que por poco le pone la mano encima. En silencio, Fátima sirvió la cena. Román no se acordaba de lo que le hizo a su mujer en el trapiche. Nunca se enteraba de lo que hacía: la había expuesto a los otros hombres, pero, según él, todo estaba justificado, “el hombre de la casa nunca se equivoca”: para algo ella le había dado el sí. El trato era claro, él la mantenía y a cambio podía disponer del cuerpo de Fátima como mejor le viniera en gana.
Mientras recalentaba las tortillas en la leña, la muchacha lloraba. Él le anunció que después de cenar se iría al billar y que regresaría hasta la madrugada. Fátima volteó decidida, por una vez, a reclamar. Al girar la cabeza se quedó pasmada. Ahí, sobre la mesa, la iguana lengüeteaba lentamente el caldo de su marido, mientras él seguía comiendo como si nada.
Día tras día, noche tras noche. El reptil seguía allí y la mujer ya no lograba olvidarse de él. Se acostumbró a tenerlo por compañero y, como los demás, aprendió a fingir que no lo veía, incluso cuando despertaba en la madrugada y lo descubría frente a ella, vigilándola.
Una tarde, Román llegó borracho. Fátima lo había ido a buscar por la mañana a la milpa, pero no lo había encontrado. Los demás hombres le dijeron que no había llegado a trabajar. Cuando lo vio cruzar la puerta, sintió ganas de salir corriendo, pero en lugar de eso se acercó a él para sostenerle el morral. Sin mediar palabra, el hombre la tumbó con fuerza en el suelo, se montó en ella, mientras le decía que debería irse unos días a vivir con las mujeres malas de la casa de la madama, para que aprendiera a dejar de estar tiesa como una tabla.
Después de que Román terminó, le entraron ganas de darle a Fátima puñetazos en la cara. Entre más gritaba y lloraba ella, con más gusto él la atizaba. La muchacha trataba de no sentir dolor, de no pensar en nada. De tan desesperada que estaba, fijó su vista en la iguana que en silencio los miraba, mientras con una de sus patas se aferraba al machete.
____________
Desde que supo de su embarazo, todo fue mejor para Fátima. Román ya no se atrevía a tocarla y se podría decir que hasta cariñoso era. Mamita la visitaba todas las tardes y le llevaba algo bueno de comer: jamoncillos, pepitas, dulces de leche, enchiladas rojas y tamales de elote. De la iguana no había sabido nada en cinco meses.
Fátima estaba confiada, tranquila, segura. Amaba a su hija –ella sabía que era una niña– y percibía que ella la amaba también. La sentía crecer dentro y se complacía en cantarle todas las noches antes de irse a dormir. Mientras trajinaba por la casa, Fátima siempre tenía un segundo para hablarle a su bebé: le contaba de los tiempos en los que los hombres de Zapata se habían querido llevar a Mamita y como un capitán al que le decían “El Cejudo” la había salvado, nada más porque ella le había dado las tortillas más sabrosas que él había comido en su vida; le hablaba del trapiche, de la milpa, de cómo las mujeres se gritan versos de cerro a cerro mientras recogen las cerezas del café en las fincas.
Fátima le decía que, si era buena, la llevaría cada domingo al pueblo de arriba para comprarle una pieza de pan y, si se podía y había dinero, hasta un vestido y zapatitos nuevos para que fuera a la iglesia a visitar a la virgen.
Azucena se llamaría la niña y sería la consentida de Mamita, la alumna más latosa de la escuela y la muchacha más inteligente del pueblo. Azucena se hubiera llamado, de no ser por la iguana que una tarde volvió a aparecer.
Fátima la vio tendida en el fondo de la pileta seca cuando salió por agua. Estaba ahí, como si nada, como si no hubiera decidido dejarla en paz por algunos meses. Tras unos instantes de mutua observación, el reptil le saltó encima y le clavó sus uñas en el vientre… un dolor agudo… un nombre: el suyo, pronunciado por una alimaña que no debería tener la facultad de hablar.
Sangre en las manos, en las naranjas podridas y en la tierra del patio. Fátima intentó frenar lo inevitable. Salió a la calle sosteniéndose el vientre. La gente la miraba con miedo. Cruzó el atrio de la iglesia y un par de cuadras después llegó a la casa de Mamita. Se desmayó frente a la puerta.
Azucena se fue y por poco también ella.
____________
La noche se acerca mientras la anciana tiende la ropa. Si no fuera por el sereno, se quedaría debajo del naranjo toda la noche a esperar que llegue la madrugada. Resignada abre las puertas de la cocina para que las gallinas regresen seguidas de sus pollitos. Antes de trasponer el quicio, el único gallo que tiene se le monta a una de las hembras; sin saber muy bien por qué, Fátima agarra una escoba y le avienta un golpe al atrevido: “Anda tú, machito, síguete de listillo y mañana como caldo”.
Fátima entra a la sala cantando en voz alta una estrofa sobre laureles y rosas. Entre más ruido hace la iguana, más alto canta ella. Se acerca a la repisa, mientras entona algo sobre unos valientes que en las carreras perdieron la vida. Toma la muñeca de vestido blanco y la abraza contra su pecho: “Azucena, mi vida, te voy a pintar la carita”.
Como a un bebé, desviste a la muñeca y la baña con jabón perfumado en un cubo con agua tibia. Le seca el cuerpo con una toalla rosa, le echa talco y la envuelve en un vestido limpio y recién almidonado. Busca en el ropero una caja de plástico con unas princesas pintadas en la tapa. La abre y saca los botes de colorete que le regala Cata cada año que viene. La anciana le pone rubor en las mejillas a su hija muerta hace 60 años; termina al maquillarle con carmín los labios de plástico. “Tan bonita como siempre. Te voy a comprar en la plaza un vestidito nuevo para que vayas conmigo a ver a la virgen… No, no mi vida, la iguana ya no nos va a molestar, que no ves que está encerrada debajo de San Miguel ¡cómo vas a creer que el Diablo le pueda ganar! Ya, no digas locuras. Ya está bien arregladita, así que váyase a dormir”.
Por unos minutos, Azucena cuida el sueño de la mujer que dormita en una silla. Un ruido como de papel rasgado despierta con un sobresalto a Fátima. Con incredulidad, la mujer ve cómo se rompe poco a poco el cuadro de San Miguel. Justo en el punto en el que el santo clava la espada al dragón, la iguana asoma su cara negra, liberándose lentamente de su prisión en la pared.
Los ojos vacíos del reptil arrastran a Fátima hasta aquella mañana en que, armada con el coraje que le daba la muerte reciente de su hija, viajó sola al pueblo de arriba para comprar un bulto de cemento. Ese día no llevó el almuerzo a la milpa: dedicó toda la mañana a abrir un boquete en la piedra maciza de la pared.
Como todas las noches posteriores a la muerte de Azucena, Ramón no llegó a dormir. Mejor para ella y sus planes: vació cemento y agua en una tina e hizo, como Dios le dio a entender, una mezcla gris y espesa.
Dos horas anduvo Fátima vagando por la casa, fingiendo que cumplía con sus quehaceres, cuando en realidad se dedicaba a espiar de reojo al reptil. Esperó que se quedara quieto y se echara cerca de la cama. Tomó una de las camisas de franela de su marido y de un salto envolvió con ella al animal.
De nada le valieron los trucos a la iguana. Una y otra vez la escuchó gruñir y repetir su nombre. Fátima aventó el bulto al agujero y puño a puño lo rellenó de cemento. Varias veces intentó la iguana asomar la cara, pero en cada ocasión Fátima la recibía con un chorro de agua bendita.
Unas horas después, el cemento se había secado. Para asegurarse de que el demonio no escaparía, la muchacha clavó encima el cuadro con la imagen de San Miguel que una navidad Mamita le había regalado.
Más de medio siglo pasó antes de que Fátima volviera a ver el rostro de la iguana. Ya no la asustaba: cada vez que volvía a oír sus gritos, la mujer pegaba una nueva imagen. Sospechaba que, a lo largo de los años, el reptil había excavado las paredes y las había convertido en un enorme cascarón.
Decenas de Magdalenas, Marías, Martines, Felipes y Jesuses tapizaron con el tiempo la sala. Sólo los ojos piadosos de esos mártires y santos le permitían a la anciana conciliar el sueño por las noches.
La tregua acaba. La iguana mira con odio a su captora. Sin pensarlo dos veces, Fátima descuelga el enmohecido machete de Román. Con todas sus fuerzas, lo empuña y le corta la cabeza al demonio. La mujer no se toma ni un segundo para respirar: de un momento a otro y sin saber cómo o por qué, el animal podría volver a vivir, pues bien sabido es que el Diablo no sigue, como los demás seres, las leyes de la naturaleza.
Toma la cubeta en la que minutos antes había bañado a la muñeca y mete en ella el cuerpo de la iguana negra.
Fátima se envuelve la cabeza con su rebozo y sale con el cubo en los brazos. Son más de las once. En la calle sólo encuentra al grupo de borrachos de siempre, pasa de largo y se dirige a la iglesia, sabe que las puertas están abiertas. Pedro, el encargado, es tan perezoso que casi siempre olvida cerrar.
La anciana entra al templo. Por un segundo, se sobresalta al escuchar sus propios pasos en la nave. Orientada tan sólo por las flamas oscilantes de los cirios, camina hasta el centro del templo.
El cadáver de la iguana negra se desangra en el altar principal. Fátima toma el lugar de siempre en la primera fila. Muy derechita, escucha al silencio. No voltea a la izquierda. No voltea a la derecha. Mucho menos se asoma hacia atrás. Si lo hiciera, estaría cometiendo más que un error, estaría tentando a Dios.
