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Fotografías por Newman

Monterrey, Nuevo León, 25 de julio de 2025 (Neotraba)

La ciudad es una criatura de alucinaciones febriles, late desquiciante bajo el sol. Es un delirio sofocante. El tráfico de corriente lenta y densa, la urgencia de la noche y el aletargado caminar del fin de semana. Esa mezcla extraña de prisa contenida y pasos pausados.

Es la segunda fecha de Kevin Kaarl en el recinto contiguo, una horda de chicas con vestido blanco y con overoles de mecánico se congrega, avanzas con dificultad hasta el Foro Tims, mientras ellas, expectantes, aguardan el inicio del “Ultra Sodade Tour”. Inspirado en Sodade, una melancolía profunda y anhelo eterno que Cesária Évora popularizó. Kevin, abraza el sentimiento como un estandarte, un mantra que lo impulsa a redefinir su madurez artística desde el epicentro del desamor.

“Ultra Sodade”, interpretada junto a Nsqk, la voz y el espíritu de Cesária Évora emergen a través de un sampleo que invade tu silencio. La noche anterior, sentada desde tu butaca, miras hacia el techo entre sombras que se elevan alrededor. A veces también son tus lágrimas que, al echar tu cabeza hacia atrás, quedan suspendidas, condenas a no suceder.

El camino se abre paso para unos y para otros se transforma: No es el fin, es un comienzo.

Hoy el llanto es de otros, es de ella con sus ojitos cerrados y la nostalgia hendida. Se le desprenden lágrimas que se mezclan con el rímel, los trazos negros de sus ojos delineados se escurren, se diluyen por sus mejillas.

Se abrazan, al frente, ella y su madre, encandiladas con el resplandor de las luces, acariciadas por el alcohol, gritan eufóricas. El abrazo perdura casi toda la noche, de ojos hinchados, al consuelo de la pérdida que seguramente arrastra toda una vida de historias entretejidas con canciones de San Pascualito Rey.

Aquí, entre la música, la noche y los destellos de luz, coexisten historias: llanto, abrazos y baile. No hay retroceso, para conservar la esencia intacta el ciclo se cierra de tajo, no hay cabida al arrepentimiento, solo para la eternidad del recuerdo.

Lo lamentas mucho por quienes no estuvieron acá, al menos no físicamente, aunque hubo quien se esmeró por volver, arrojarse en presencia, en un recuerdo, en una foto olvidada entre libros viejos, a manera de recordatorio, de lo que eres hoy.

Las giras de despedida se padecen a herida abierta. Algo dentro de ti sigue siendo incomprensible; de forma voluntaria, no deseas encontrarle un sentido. Sabes que se van, que una historia de 25 años desemboca en unas cuantas fechas anunciadas como un adiós, un hasta siempre. De todas formas, su música ahí estará, te dicen. Sí, pero ¿y a dónde va la música viva? La interpretación sobre los escenarios de la música que, como un albor, día con día, ofrece nuevos comienzos, la posibilidad de reiniciarse a pesar de la oscuridad.

Hay a quien no le basta con esperar a que la luz caiga, los bañe, los habite y abandone; más bien, salen tras ella, y eso te hace pensar que, quizá, al igual que tú, no buscan entenderlo. Han llegado hasta Monterrey, fecha tras fecha, con ganas de saciar el vacío al que serán sometidos ante el final. Conversan sobre el viaje, el camino de ida y de vuelta, la siguiente fecha a la que van, por un concierto más, no importa el dinero o gastar sus 12 mínimos días de ley por vacaciones, con tal de gozar con la banda que les ha acompañado en distintas etapas; comienzos y finales. Y precisamente entre el fin emprenden nuevas historias con otros, y ese algo valioso que conservaran en común: San Pascualito Rey.

Temprano, unos cuantos esperan, hacen fila afuera del Foro Tims con algunos presentes en mano, por la foto del recuerdo, las ganas de compartir y agradecer entre diálogos efímeros, miradas, un abrazo y despedida. Por más advertida que te pueda ser la muerte, por ejemplo, no podrías ser capaz de llegar a ella de forma plena ni de forma consciente. Nada nunca es suficiente, no todos consiguen apaciguar ese deseo de sumergirse entre su música una noche más, en otro tiempo, en esa complicada transición emocional que se vuelve más profunda con los años. Existen muchas formas de acompañamiento, pero la música está por encima de cualquiera. No juzga, un poco lastima, sí, al evocar pasados dolorosos, pero abraza, hace presencia de muchas formas, no abandona del todo, salvo cuando es preciso preservar genuinamente un gran proyecto.

Espero que detrás de tus ojos no haya un barranco con rumbo al infierno porque voy corriendo.

En cuclillas, por debajo del escenario, aguardas por el brevísimo instante de luz, de su canto que irradia melancolía y dolor, o ese trance en el que, en determinado momento, cada uno de los músicos, se envuelve. Miras a través de una cámara y asimilas la despedida a través de las escenas que te regala la noche.

El aroma del asfalto que arde bajo el sol, se hace presente en tu memoria olfativa y te atrapa en ese preciso segundo que miras a un hombre tomar entre sus brazos a su mujer. Bailan, la sostiene, la protege, se mueven a la cadencia de una canción triste, están aquí pero pareciera que en otra dimensión, solo ellos dos. Y lo recuerdas, al paso de tu andar adolorido, tomar tu mano, por primera vez. La ráfaga de recuerdos te revuelve el estómago, te resulta una mezcla incómoda entre los buenos y malos ratos, de una historia desequilibrada, de entre muchas, la única que bastó para experimentar desde la entraña un cúmulo de emociones que al día de hoy te habitan sin sosiego. Su recuerdo de ciudad incesante que engulló tu historia con la de él y luego la escupió al abrasador asfalto.

Robó tus discos viejos, los llevó de regreso, los volvió a robar y se deshizo de ellos. Te hizo feliz, te traicionó, te prometió todo y te dejó sin nada. Los discos volvieron, desde otras manos y de otras formas, lo material viene y se va, el amor también, pero jamás igual que como llegó. Y aunque te hubiera gustado conservar un recuerdo como el de ellos, a mitad de concierto, una acalorada noche como hoy, agradeces que no haya sido posible.

Los rastros de estas canciones en tu vida tienen que ver más contigo que con alguien más. Con la forma en la que concibes el amor y el paso de las personas en tu vida. La forma en la que percibes el tiempo, el principio y el fin, el progreso, la madurez en el dolor y a pesar del dolor más hondo.

Te detienes a la mitad, por un rato, entre el bullicio y encuentras quietud. Contemplas la música. La voz de Pascual Reyes, grave y quebrada, cargada de añoranza, te contiene. Baja del escenario, le canta de cerca a su público, se arremolinan a su alrededor, lo abrazan, cantan a la par con él. Se desvanece la barrera entre el artista y su audiencia en una celebración tan íntima y cercana destinada a trascender. Pascual lo consigue, la creación del recuerdo, de un concierto memorable. Y más allá de tu historia, esas canciones suyas, te han volcado a la creación nocturna. De noches de invierno, solitarias, frente al ordenador, te pierdes al fondo de una melodía, de una historia que no te pertenece y, a la vez, sientes tan tuya:

Yo no voy tras el dinero, busco tesoros tierra adentro. No me importa dormir en el suelo, en mi cabeza yo tengo un reino.

Lo terminas por entender, sin más, tienen razón, ahí estarán, entre canciones, así perduran al paso del tiempo, al descubrimiento de nuevas generaciones, a las ganas de resucitar recuerdos, de simplemente sentir, que entre esos discos alguna canción te provoque, que te incendie, te estremezca y te recuerde lo vulnerable que eres.

La memoria de esta noche permanece lejos de cualquier setlist, tres horas de canciones o de un gran escenario. Es la vibración de las voces del público, con el llanto atravesado en la garganta, los cuerpos entregados al baile, las miradas que cruzamos con desconocidos entre esas canciones vivas; los silencios imperceptibles, pero más agudos que los gritos, la piel que se eriza al primer acorde de una canción entrañable, y lo más difícil de describir:  la sensación sin nombre de estar aquí.


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