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Por Jesús M. Koyoc Kú (@J_KoyocKu)

Halachó, Yucatán, 4 de mayo de 2023 [00:05 GMT-6] (Neotraba)

Nací y crecí en una familia profundamente religiosa. Católica, para ser más específico. Al poco tiempo de nacer, fui bautizado –con el nombre del salvador, además. Al crecer, iba cada sábado a la iglesia, a la doctrina, a prepararme para recibir el siguiente sacramento: la comunión. Recibí clases de muchas personas, muy diferentes todas; algunas veces recuerdo cuando, en una ocasión, en segundo o tercer año, la catequista nos dijo que los apóstoles habían recibido lenguas de fuego sobre sus cabezas y alguien le preguntó que si habían sido los Pokémon quienes pusieron esas lenguas ahí. La mujer se persignó asustada; quizá ella participó en la quema de tazos, peluches, y cualquier parafernalia que aludiera a los monstruos de bolsillo. Mi buena memoria me hizo aprobar los exámenes fácilmente, algunas veces, y recibir premios otras tantas, como el rosario que uno de mis catequistas me regaló el año anterior a mi primera comunión –un rosario que mi madre aún tiene en casa y que seguramente usa para rezar de vez en cuando. En sexto de primaria, llegué a pensar que podía ir al seminario; incluso me invitaron a un retiro en un campo-escuela a la salida de Cancún. Qué afortunado soy al no haber sentido ninguna conexión –era un retiro organizado por los Legionarios de Cristo– aunque en ese momento me sentí muy triste por no poder seguir ese camino.

Dejé de creer en la religión en la preparatoria y luego, como si fuese un camino natural, dejé de creer en Dios en la universidad. Por un tiempo intenté negar y combatir la idea de su existencia, pero gracias a Dios –ja– entendí que cada quien cree lo que mejor le acomoda. En la carrera me di cuenta de que lo religioso seguía causándome un chingo de fascinación. Leí la poesía mística de Santa Teresa y San Juan de la Cruz en una materia que se llamaba Siglo de Oro. Luego, siguiendo mi propio camino, descubrí novelas como La última tentación de Cristo o Cristo de nuevo crucificado, del griego Nikos Kazantzakis. Luego leí a César Vallejo y sus Heraldos negros. En años recientes, mucho tiempo después de estas cosas, más cerca de las vanguardias y lo especulativo, leí a Margaret Atwood y sus dos novelas de Gilead: El cuento de la criada y Los testamentos, en donde la religión cristiana, llevada al extremo, es usada para establecer un régimen heteropatriarcal en donde las mujeres son poco más que accesorios que solo tienen dueños y dependen de ellos para existir y cuando ya no les sirven, son desechadas.

Hablo sobre esto porque, aunque desde hace unos tres años me acerqué a la obra de Octavia E. Butler (gracias a Los sonidos del silencio, un cuento que aparece en una antología de Valdemar, Paisajes del apocalipsis), este año comencé el ejercicio de leer a la autora afroamericana una vez al mes, y en febrero le tocó el turno a La parábola de los talentos, la segunda de tres novelas que componen esta trilogía (antes, La parábola de la sembradora[1], y después, The Parable of the Trickster, que la autora dejó inacabada –¿o era una trilogía inacabable?– al momento de morir). La parábola de los talentos apareció publicada en español en años recientes, editada por Capitán Swing y traducido por Silvia Moreno Parrado. En su momento, este libro fue ganador del Premio Nébula.

La novela está dividida en 21 capítulos, y al igual que su antecesora, podemos encontrar al inicio de cada uno de ellos unos versos extraídos de El libro de la vida/El libro de quienes viven, principal palabra escrita de Earthseed[2], la religión que Lauren Oya Olamina—LOO—ha establecido. A su vez, cada capítulo está dividido en tres. Además de los versos de Earthseed (la primera parte, o el epígrafe de cada capítulo, a gusto de cada quien), nos encontramos con un preámbulo de una voz que narra desde el futuro y que pertenece a Larkin/Asha Vere, hija de Taylor Franklin Bankole y Lauren Oya Olamina. Finalmente, nos encontramos con los extractos de los diarios de LOO, fechados entre el 26 de septiembre de 2032 y una última nota en el epílogo, fechada el 20 de julio de 2090.

En la primera mitad del libro conocemos la vida en Acorn, una comunidad establecida en unos terrenos que pertenecían a Bankole y donde, después de La Viruela, se estableció una comunidad alrededor de la religión llamada Earthseed.

La parábola de los talentos de Octavia E. Butler
La parábola de los talentos de Octavia E. Butler

La voz narrativa nos describe la organización de la comunidad: quienes pertenezcan a ella, sin necesariamente formar parte de la religión, tienen que trabajar y se les permite recibir una parte de las ganancias que se generan vendiendo los productos obtenidos y producidos en la comunidad. También están quienes sí pertenecen a la religión; igual tienen que trabajar, aunque sus ganancias son mayores y se les permite votar en las Asambleas semanales cuando hay alguna decisión importante por tomar. Estas Asambleas se llevan a cabo en la escuela de Acorn, que es a su vez la iglesia, algo que Olamina explica en la segunda mitad del libro. Por medio de las excursiones que diferentes personajes hacen a las comunidades cercanas, también conocemos aspectos de la vida fuera de Acorn, que son muy parecidos a las del libro antecesor: la gente sigue caminando por las carreteras en busca de una solución a su desesperación, exponiéndose a pandillas de ladrones, esclavistas, y traficantes de personas que usan la violencia para lograr sus acometidos.

También nos enteramos de que Alaska, tomando ventaja de su situación geográfica y de que los efectos de la crisis climática no han sido tan severos como en otras partes de Estados Unidos, se declara un país independiente.

Además de este tipo de violencia en el que los personajes conviven a diario, aparece una figura que logrará encumbrarse para generar un régimen de terror por medio de sus cruzados: Jarrett, un extremista derechango que predica que Estados Unidos podrá recuperar su grandeza después de volver a Dios –algo así como Make America Great Again, un eslógan que aparece en la novela de Butler. Los cruzados de Jarrett cazan brujas, gente que camina en las carreteras, traficantes de drogas –cualquier cosa que consideren fuera de la América Cristiana, la religión de la que Jarrett se vale para su ascenso al poder. La América Cristiana romperá con la vida comunitaria de Acorn tal y como la conocíamos hasta ese punto del libro. Las escenas en las que Butler describe estos hechos son caóticas –y rápidas, además de violentas, como cualquier golpe inesperado que busca derribar a sus rivales, algo que los cruzados logran. Acorn, antes una comunidad horizontal (no completamente, pues había jerarquías, aunque también diálogo) se vuelve un campo de trabajos forzados donde todas las personas que profesaban Earthseed se vuelven paganas y por lo tanto son sometidas por medio de collares eléctricos que pueden causar grandes dolores, e incluso la pérdida de cordura y la vida, sin dejar ninguna marca. Todo lo que no sea leer la Bibllia y memorizar sus versículos se prohíbe: no dirigirle la palabra a nadie. No responder a los “maestros”, que en realidad son los cruzados que violan a las mujeres y someten a los hombres por medio de los collares. No pensar en nada. La voz narrativa de Olamina nos revela detalles de la vida bajo el régimen de Jarrett, que además ha iniciado una guerra –la guerra Al-Can– para recuperar Alaska: los hijos de las personas paganas son separados de sus padres y madres para darles hogares cristianos (en donde nos enteramos de los abusos que sufren por parte de sus familias adoptivas, ya que el origen pagano es algo de lo que nadie puede desprenderse) y los registros de todos los actos, como en cada dictadura, son desaparecidos, y los actos negados en todo momento.

Otra cosa que me causó horror fue el hecho de que Olamina puede compartir las emociones de las personas alrededor suyo. Esto incluye que, si ve a alguien con una herida, Olamina siente dolor en la misma parte del cuerpo. Si alguien está siendo sometida con los collares, Olamina puede sentir el mismo dolor si establece contacto visual. En algún punto, Olamina se da cuenta de que algunos de sus maestros sienten placer sexual al someter a las mujeres con las que ella comparte el espacio, ya que ella también siente el placer de los cruzados sin dejar de sentir el dolor de las mujeres torturadas.

Los personajes de la novela son complejos y sus motivaciones más profundas de lo que parecen. En algún punto volvemos a saber de Marcus, hermano de Olamina que ella creía estaba muerto –pero que en realidad había sido esclavizado y prostituido. Marcus quiere ser predicador, como el padre de ella y él, y lo intenta en Acorn, aun cuando Olamina le advierte que en las Asambleas se cuestionan las palabras de quien predica y se establece un debate que no es común en otras prácticas religiosas. Estos hechos son vistos por la hija de Olamina como una forma en la que LOO obtuvo lo que quería: hacer a un lado a su hermano sin tener que confrontarlo. Después de varias prédicas fallidas en las que Marcus se siente traicionado, decide alejarse de Earthseed y de Acorn para abrazar a la América Cristiana, la religión de Jarrett. Esta aparente certeza será lo único que Marcus tenga, al parecer, y se vuelve un aspecto definitorio en su relación con Olamina, primero, y luego con Larkin/Asha Vere, su propia sobrina.

La parábola de los talentos de Octavia E. Butler. Imagen tomada de Libros Antimateria
La parábola de los talentos de Octavia E. Butler. Imagen tomada de Libros Antimateria

Con el paso de las páginas, y más allá de las palabras que preceden las de LOO, vamos conociendo más sobre Larkin/Asha Vere y lo que pasó con ella después de la destrucción de Acorn. Fue separada de su madre con apenas unos meses de nacida, y no supo que era adoptada hasta muchos años después, aunque lo sospechó siempre. Su nombre de rebautizada, después de ser entregada a una familia de la América Cristiana, fue tomado de una personaja que fue creada por la misma religión para captar a sus públicos más jóvenes por medio de cascos de realidad virtual que en la novela se llaman DreamMask; Asha Vere es además distinta de todas las demás heroínas de la América Cristiana, según cuenta Larkin/Asha Vere, ya que la personaja hace que las cosas pasen y no se queda en casa para limpiar, cocinar o atender a su esposo.

Asha Vere rescata a la niñez en manos de la gente pagana, arriesgando su vida incluso, y eso es lo que hace que Larkin/Asha Vere sienta una conexión con el personaje, primero, y luego con el nombre que se le ha dado. Asha, como decide llamarse Larkin, es violada por su padre adoptivo en repetidas ocasiones –incluso en la iglesia, lo que hace que Asha se una al coro para alejarse de su padrastro al menos por un momento. Con el paso del tiempo, conocemos el destino de Asha al alejarse de su familia adoptiva y reencontrarse con su tío, primero, y luego con Olamina.

Finalmente, una cosa más que me gustó es como Octavia E. Butler especuló sobre diferentes cosas en la novela, desde aspectos globales hasta detalles de la vida cotidiana. Además de los efectos de la crisis climática y la guerra, esta trilogía de Butler parece ser también sobre la migración, algo que podemos ver por medio de la diversidad de personajes de ascendencia hispana o asiática o afromestiza.

La voz narrativa de Butler también nos revela cómo la información se mueve por medio de discos que contienen noticias actuales, o cómo la realidad virtual es la realidad en la que muchas personas adineradas viven sin necesidad de establecer contacto con quienes están a su alrededor físicamente. Esta poderosa novela es también una clara transición hacia lo inacabable del viaje a las estrellas, el destino de la humanidad, de acuerdo con Earthseed.


[1] Si bien esto hace referencia a los evangelios, es Lauren Oya Olamina la que se encarga de escribir el libro principal de la religión que aparece en el libro, lo que me llevó a cuestionarme si “Sembrador”, en masculino, es lo más adecuado, cuando en inglés (“Parable of the Sower”), el género es indefinido.

[2] Algo así como “semilla de la tierra”, aunque también podría ser interpretado como “la tierra semilla”; esta interpretación cobra sentido con la dirección que Butler le dio a la trilogía con el destino de la humanidad en las estrellas.


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