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Por Luis Rubén Rodríguez Zubieta

Tijuana, Baja California, 27 de julio de 2020 [00:47 GMT-5] (Neotraba)

Nada más para no dejar, decidí hacer una última búsqueda en los foros de sabiduría popular. Ahora, de los dos principales bandos emergían otros dos sub-bandos más activos y beligerantes: los detractores y los apologistas de López Obrador.

Los partidarios de uno y otro se enarbolaban como expertos en medidas de salud para contrarrestar el COVID19. Contaban con información híper confiable, proveniente de investigaciones harto científicas. Conocían, según ellos, experiencias en el mundo de atinadas medidas para resolver la crisis de salud que enfrentábamos. ¿En serio ya habíamos tenido una pandemia como esta? Dicho en palabras de unas primas que eran fifí: O sea, ¿cómo? Debo suponer que todos los epidemiólogos y los expertos en políticas de salud tomaban nota de las atinadas propuestas que salían de la siempre constructiva discusión que se daba entre ellos.

Como era de esperarse, comenzaron los insultos entre ambos. El más frecuente —y debo creer que es con el que piensan lastimar profundamente a su oponente— era el de chairo y su contraparte derechairo. Para mí un chinga tu madre sería más que doloroso, pero cada quien se insulta como quiere o como puede. Se insultaban, pero nadie explicaba qué era y de dónde venía el COVID-19. Sus argumentos al igual que en el caso de las teorías conspiracionistas, la mayoría de las veces eran chafísimas y, al contrario de aquellas, nada divertidas.

Tijuana. Foto de Luis Rubén Rodríguez Zubieta
Tijuana. Foto de Luis Rubén Rodríguez Zubieta

Dice una amiga, y concuerdo con ella, que la constante entre estos dos sub-bandos —yo agregaría que en todos— es que solo quieren hablar, pero no están dispuestos a escuchar. En ocasiones, sin darse cuenta, coinciden en lo que proponen, tienen diferencias de matiz, pero solo les interesa la diatriba, nunca los argumentos.

De todas las encantadoras propuestas que encontré la que más llamó mi atención era la del toque de queda y garrote para los que anduvieran circulando en la calle. Sus apologistas subían videos de Italia y España, sin contexto, donde la policía detenía y toleteaba a quienes estuvieran circulando en la calles. ¡Así debería ser en México!, exigían enfáticos.

También compartían otros, de Italia y España, de las calles vacías y de los habitantes de los barrios de clase media alta cantando desde su balcón a coro con sus vecinos, como ejemplo de disciplina. ¡Por Dios!, exclamé en mis adentros e imbuido por un espíritu religioso, ¡pero si los españoles y los italianos están así justamente por indisciplinados!

El argumento central de esta propuesta de toque de queda y garrote era el éxito de los chinos para contrarrestar la pandemia. ¿En serio eso querían? ¿Sabrían que en China el gobierno es comunista y enemigo número dos de Trump? —el uno somos nosotros—, ¿sabrían que los gobiernos democráticos cuestionan la violación de los derechos humanos en ese país? ¿De verdad estarían dispuestos a ser sujetos del garrote como en China?

Entre los amigos de mis redes sociales hay varios partidarios de esa medida. Pero resulta que como no tenían ni idea de lo que eso significaba, en la práctica la condenaban.

Como ejemplo de múltiples incongruencias que encontré, está una conversación entre dos de mis amigas de Facebook, ambas rabiosas partidarias del toque de queda y el garrote, cuando los supermercados Walmart y Sams anunciaron el cierre de todos sus departamentos excepto los de alimentos y productos esenciales. Condenaron esa medida como si se tratara de un atentado contra de la dignidad humana: ¿Cómo se les había ocurrido esa medida extrema? A ellas les gustaba ir a pasear por esas tiendas y necesitaban comprar otras cosas que no fueran alimentos para sobrevivir. Los insultos que lanzaron contra esas dos cadenas comerciales me harían ver como un santo.

Tijuana. Foto de Luis Rubén Rodríguez Zubieta
Tijuana. Foto de Luis Rubén Rodríguez Zubieta

No me las quiero imaginar si de verdad se aplicara en nuestro país la medida de la que eran verbalmente partidarias y que no pudieran deshacerse de su basura o que cuando se tapara su excusado no hubiera plomeros para destaparlo.

Otro ejemplo de incongruencia corresponde a la hermana de un amigo, también feroz defensora del toque de queda y garrote, quien tenía programada su boda por el civil para mediados de abril. El ayuntamiento de Tijuana estableció como medida acorde con la sana distancia que, al registro civil solo podrían entrar los futuros cónyuges y sus respectivos testigos. Pues resulta que el día que se casó se puso la encabronada de su vida porque los policías que custodiaban la entrada no dejaban entrar a una veintena de sus invitados. Ella, a gritos, profería insultos contra ellos y les decía que esa restricción era violatoria de sus derechos humanos, que iba a demandar al ayuntamiento si no dejaban entrar a todos.

Tampoco sé cuál sería el diagnóstico de un psicólogo sobre el asunto, pero André Breton estaría feliz constatando su teoría de que el surrealismo surgió en México. Para los que proponen esa medida extrema viene a cuento una frase que no se quien la dijo: Hágase justicia en los bueyes de mi compadre.

La peor y más aburrida de las propuestas provenientes de la sabiduría popular era la de aprovechar la oportunidad que nos había dado la pandemia y el encierro al que nos obligaba. Se lanzaban cursilerías como esta: es tiempo de volver a nosotros mismos. Acaso alguna vez no lo hemos hecho. La pandemia solo reforzó nuestro individualismo, misántropos ya éramos, así le conviene al sistema. Lo gregario le resulta peligroso. En el tiempo que llevo encerrado ya fui y volví a mí mismo. Lo único que encontré es que, si sigo encerrado, voy a terminar agarrando a chingadazos a alguien.

Tijuana. Foto de Luis Rubén Rodríguez Zubieta
Tijuana. Foto de Luis Rubén Rodríguez Zubieta

Convivamos con nuestros hijos y estrechemos nuestros lazos, era otra cursilería que algunos lanzaban. Mi hija y yo estamos encerrados desde hace 33 días. Juro que nos llevábamos a toda madre antes de la aparición del COVID-19. Cada día de encierro que pasa pienso que está urdiendo un plan para asesinarme. Ahora no solo me cuido de infectarme sino de la violencia doméstica. El único lazo que he estrechado es el que me va a servir para suicidarme si se extiende por más tiempo el confinamiento.

Pasó otra semana y no tenía nada de información para explicarle a mi amigo el pepenador. Como entre la sabiduría popular no encontré la información que me permitiera saber que era y de dónde provenía el coronavirus decidí ponerme serio y buscar en sitios más formales.

La madrugada del siguiente lunes lo esperaba con tres bolsas de basura reciclable. Nunca había generado tanto desperdicio. Apareció puntual como siempre. Escuché el ruido que generaba la propulsión de los baleros y salí a su encuentro. De nueva cuenta venía con sus tres hijos. Todos portaban un cubreboca de color azul. Les daba instrucciones para que se apuraran a separar la basura de los tambos. Venía sudoroso y agitado.

—Quiubo, ¿cómo estás?

—Pues aquí en chinga, jefe, cada vez con más chamba.

—Entonces, ¿te ha ido bien?

—La verdad sí, mire, ya traigo otro carro de baleros que hice, así todo nos lo llevamos en un solo viaje.

—¿Y siguen saliendo muchos botes?

—Es lo que más, jefe, la verdad.

—Ya vi que tus hijos traen cubreboca.

—Sí, jefe, el otro día me agarraron los municipales y me dijeron que si no nos poníamos esos trapos, nos iban a levantar.

—Ah, cabrón, ¿y eso?

—Pos ya ve, cosas del gobierno pa’ fastidiarlo a uno. Que dizque pa’ que no nos de la cosa esa. Puros cuentos, jefe, nomás pa’ sacarle feria a uno. Viera cuantos hay de esos tirados en la calle.

—En serio.

—Uy, jefe, por montones. De esos y guantes.

—Oye, y, ¿tú los recoges?

—No, por esos no me dan nada.

Le entregué las bolsas, me despedí, de nueva cuenta le deseé suerte y le aconsejé que se cuidara. Regresé a mi departamento. Como traigo el reloj biológico adulterado, en la madrugada comencé la investigación en fuentes que creí serias. Abrí la página de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Pensé que ahora sí iba a contar con información para explicarle a mi amigo el pepenador, pero estoy seguro de que le vale madres saber qué es el coronavirus. Considerando que le está yendo mejor que nunca, siento que si logro acopiar información suficiente para revelársela, me va a mandar a la chingada y no volverá por mis bolsas de basura reciclable.


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