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Por Yorleni L. Rojas

Puebla, México, 17 de agosto de 2022 [00:04 GMT-5] (Neotraba)

Dana y Ale son mis sobrinas por custodia y ahora se han aventurado a tomar la bici y hacer suyas las calles, a abrir una caja de Pandora que deja escapar emociones y sentires… andar en bici, usarla como medio de movilidad, de la autonomía.

En realidad, son sobrinas de un ex novio. Para mí siguen siendo familia porque después de terminar esa relación, el hecho de poder estar presente en sus vidas, en sus logros, las tristezas que se han dado, los cambios y los (des)aprendizajes, representa una de las mejores victorias de mi vida.

Primero Dana recibió una bicicleta como regalo de su madre. Comenzamos a rodar con los Nómadxs, un colectivo ciclista que para mí se han convertido en una extensión del corazón y mi familia. Después, Ale se unió a las aventuras semanales y ahora son todas unas maestras de esas dos ruedas y el manubrio.

Julio y yo las acompañamos, de casa a rodar, durante el recorrido y de ahí a casa nuevamente.

“Dana tiene sólo un año menos que Jos y su manera de trasladarse en bici es muy distinta: de noche él se va sólo, anda de aquí a allá”.

Y sí, pero no porque Dana no pueda hacerlo. Intervienen otros factores.

Tal vez el principal: Dana es mujer. Ojo, no digo que el que ella fisiológicamente se vea diferenciada a través de las órdenes y procesos que en su sistema endocrino se desatan sea el determinante. Lo que digo es que al ser mujer hay ojos que la tienen en la mira, que la acechan y buscan el momento de hacer lo que se les venga en gana.

¿Con qué derecho? No lo hay.

El acoso con el que las mujeres vivimos desde temprana edad no es un invento, las calles no son seguras, la ciudad no lo es, las dinámicas que se han establecido entre quienes hacemos uso del espacio público tampoco lo son. La violencia que representa el acoso viene de cualquier punto, desde conductores de vehículos motorizados, ciclistas, peatones hasta policías.

¿Qué hacemos? Resistimos, combatimos, confrontamos. Con el corazón acelerado nos abrimos paso entre los automóviles sobre las calles y avenidas que se caen a pedazos, a veces llorando y gritando de coraje al cabrón que pasó a nuestro lado y desde su auto nos grita cosas que nadie quiere repetir, que no queremos recordar; otras veces sin importarnos lo que las palabras representan y no porque seamos ajenas a ellas sino porque es cansado, porque hay días en los que no queremos esa lucha y está bien.

Yo quisiera que mis sobrinas, mis amigas, todas fueran libres de no ser molestadas, acosadas, perseguidas.

Como tía, como amiga, lo único que puedo hacer es acompañar en la calma y el enojo, la furia y la confrontación, decirles que no teman, que no dejen de gritar, de señalar lo que nos hacen, que no dejemos de pedalear. Nunca.

Saquen la bici chicas, en short, en falda, en vestido, jeans, como les venga en gana pero que no nos quiten más de lo ya arrebatado, que no les quiten la oportunidad de defender nuestros sueños, nuestro cuerpo, nuestra movilidad, nuestra vida… sí, sobre una bicicleta.


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