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Por Rigoberto Badilla

Ciudad Obregón, Sonora, 6 de junio de 2023 [00:10 GMT-7] (Neotraba)

Desde un cubo de metro y medio cuadrado, con una torta de chorizo puesta en la mesa, y un café colado, “de altura” –acota–, el escritor Carlos Sánchez accede a esta conversación.

–¿Por qué contamos las tragedias?

–Porque nacimos en ellas y queremos desahogarlas, compartirlas. Contar es emocionante. La palabra recrea los mundos, la vida. Somos tragedia y asumirla es un acto de dignidad. También la empatía: los dolores nos suceden a todos, ¿importa la posición socioeconómica?, no. En la crónica caben todos los mundos, desde los pudientes hasta los ultra marginales.

–¿Recuerdas la primera vez que escribiste una historia de terror?

–Fue uno de mis primeros textos, y fue precisamente una crónica, desde la memoria y como testigo presencial. El Choky, un compa del barrio, de mi camada, se aferró tanto al solvente que se trepó de la escalera más alta, aún no ha podido bajar. Una tarde, debajo de un árbol, me puse a recordar y escribir, en unos volantes media carta, el recicle perfecto, y ahí estoy, buscando cómo decirlo, y una pinchi llorona que me agarró de pura impotencia nomás por no encontrar el rumbo.

Pasé horas debajo del árbol, con el lápiz en la mano, de pronto recordé la cueva de Santa Martha, el refugio de nosotros los locos, y pude verlo clarito, al Choky, con la bolsa de chocomil, como en un acto de magia flui en la palabra, sin cesar. Quedó al puro pelo el texto, me lo publicaron en el Semanario de Acá, 1993, fue tanta mi suerte que esa semana llegó como editor Alfredo Acedo, quien leyó la crónica y me tuvo fe, me pidió trabajos de la calle, ya con la confianza del editor en jefe me solté la greña, desde entonces no he podido o no he querido parar de contar historias de la raza.

–¿Qué se siente escribir para la raza, como tú dices?

–Es una inercia, ni siquiera hubo reflexión previa, me emocionó siempre el estilo de la gente del barrio, de la ciudad, su manera de ver la vida, su manera de hablar. Había unos señores de sombrero conversando en la banqueta y ahí me quedaba nomás para escucharlos, pienso que uno aprende de los libros, pero aprende también, y mucho, de las personas.

Ahora que recuerdo esto de la manía de observar y escuchar, se me viene a la mente la María Trejo, una señora gorda con cara de niña, se pintaba los chapetes, tenía el pelo lacio y corto, de piel blanca, con pantalones de terlenca y blusas ombligueras. En su casa que era muy grande a diferencia de donde yo vivía, me impresionaba como mientras su hija gateaba, ella se ponía a inhalar solventes, y su elocuencia maravillosa, un día me contaba de cuando estuvo presa, de los motivos por los que pasó un buen rato entambada. Verla y escucharla era como ver una película en vivo, sus capacidades para mover el ritmo de las palabras, las frases, lenguaje reinventado, lo que la calle, la cárcel, la vida da. Aprendí de ella esa necesidad urgente de vivir el momento, de acudir a lo que le hacía feliz, incluso sin abandonar su responsabilidad de madre, porque criaba a sus hijos, a cómo podía, pero siempre con ellos.

Luego se vinieron encima de mis días todas esas historias crueles, de amor y desamor, la pasión que desencadena en muerte, y pues como para que el tiempo no nos haga olvidar, lo que se me ha ocurrido es anotarlas en libros, contarlas para extender su existencia en los ojos de lectores.

Carlos Sánchez y Rigoberto Badilla. Foto por cortesía de Carlos Sánchez
Carlos Sánchez y Rigoberto Badilla. Foto por cortesía de Carlos Sánchez

–¿Escribir te hace sentirte luminaria?

–Al contrario, me hace agachar la cabeza, no en tono de sumisión, pero sí de respeto para con los demás, entender la importancia que tiene cada una de las personas que me topo a mi paso, porque son ellas quienes nutren las historias que se cuentan. A las luminarias las veo cada día, en redes sociales, encabezando festivales de literatura, anteponiéndose a lo que escriben opinando con “autoridad” como eruditos sabelotodo solo porque tienen en su haber un premiecito o algún libro publicado. Nunca falta el protagónico que cree o siente que ponerse un sombrero o dejarse la greña o llenarse de rimbombancia lo hará ser mejor escritor. Abundan, y están en todos los programas, en primera fila. Lo importante es que la historia pone a los nombres verdaderos en la permanencia.

Actualmente hay mucho escribidor de relumbrón, que aprende a redactar para entretener, para encontrar fórmulas y complacer a jurados y editoriales, pobres porque solos se engañan, la literatura debe ser profundidad, el contenido que golpee la entraña, de eso depende su permanencia, los clásicos de la literatura por eso son clásicos: el discurso que proponen además de ser honesto, lo menos que busca es el reconocimiento, los de verdad escriben por un padecimiento, desde perspectivas dista ntes a los premios y aplausos, ferias y fotos para Instagram.

–¿No serás tú uno de eso?

–Puede ser, ahí están las redes sociales, los programas de festivales o ferias de libros, donde el lector puede sacar cuentas. La memoria no se marchita, lo que uno hace y dice es lo que es o puede ser. El lector o el peatón, la historia, juzgarán. No está nada mal por lo menos aspirar a la honestidad, algo de lo que carecemos en estos días, es pandémica la egolatría.

–Cómo reportero o escritor, ¿dónde encuentras los temas?, ¿cómo los buscas?

–Esta mañana me ha sorprendido la prensa con una nota sobre seis casas que se quemaron en la ciudad, en un barrio marginal, el móvil fue el de un marido celoso o drogado, o vaya uno a saber, pero la nota ahí está, y la declaración de la esposa quien cuenta que llegó su pareja y le prendió fuego a la vivienda, el fuego se propagó y consumió a otras cinco casas, de lámina, de cartón, por supuesto.

La tragedia está todos los días, cercanísima, y si contar es una vocación, los temas nos tocan a la puerta todos los días, no se necesita buscarle mucho. ¿Por qué o para qué contarla?, cada quien escribe tendrá sus argumentos, quizá sea también que los dolores, venden, o emocionan.

–¿A seguir narrando?

Inevitable, el padecimiento de la palabra se encaja como un trinche y ni para adónde hacerse.

*Esta conversación se realizó durante la pandemia, 2020, al tiempo compartimos con lectores.


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