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Por Juan Jesús Jiménez

Puebla, México, 23 de enero de 2023 [00:01 GMT-6] (Neotraba)

El aleatorio de las playlist es un mar de coincidencias y paranoias retroalimentadas que es mejor no cuestionar. https://www.youtube.com/watch?v=QJ4amXn6h78.

¿Si pudiera pedir lo que sea para navidad qué sería?

Que me abrace Dios y poder llorar con él.

Uno pensaría que este tipo de cosas vendrían de un libro o una película conmovedora de navidad. Pero no, me lo topé un día cualquiera de vacaciones mientras veía el noticiero para cocinar con ruido de fondo. A menudo con la ola de notas rojas y titulares amarillos, se nos olvida que el periodismo real se desarrolla con personas reales y no con caricaturas de lo que pasa. El reportaje que escuché hablaba de las dificultades que atraviesan las personas sin hogar en la temporada de frío que llega con el invierno.

Es rudo. En cualquier perspectiva que lo analicemos, la respuesta que dio la mujer del reportaje es pesada. La más obvia de ellas está en el hecho de lo que la fe es capaz de hacer por un ser humano, pero más allá de eso, creo que vale la pena hablar del cómo la calle despersonaliza a un ser humano, o, en otras palabras, del cómo la indiferencia hace que uno solo pida un abrazo para llorar.

No creo ser el primero en hablar del tema. Muy probablemente ya existan interminables textos de cómo la perspectiva de una persona sin hogar para alguien que lo mira desde el privilegio, siempre es hostil y de extrañeza. Apenas me topé con una lámina que acotaba sobre el término chacal, que además de denigrante, hace de una persona un elemento feral de lo urbano, siendo solo parte de la fauna como lo es un gato o un perro, pero no alguien que solo hace uso de su derecho a la libre expresión y desarrollo de la identidad. Algo así sucede cuando miramos a alguien sin hogar. Un elemento feral de la fauna urbana. Pero no porque como humanos estamos condicionados a denigrar a otros seres humanos, sino porque si estamos condicionados para hacer una distinción de lo desconocido y potencialmente peligroso. Y nos es desconocido porque nuestra realidad no es próxima al porqué esas personas no tienen hogar.

Solo lo damos por hecho, y argumentamos que pudo ser por situaciones relacionadas al abuso de sustancias, el abandono familiar, problemas económicos, pero todo por efecto de una malicia impregnada en el hecho de que no tengan un hogar. No parecemos ser indulgentes con ellos. Y esto es un error por dos sencillas razones; la primera de ellas es que no conocemos toda la historia de esa persona, y que, en todo caso, de tener problemas con sustancias, puede que sea producto de un problema mucho más grande y anterior; la segunda es que partimos de caricaturas de personas y de una cultura del trabajo como garantía de progreso, donde un ser no útil para el sistema es una persona que no debería estar ahí.

Y basta con mirar el diseño de la arquitectura hostil para comprender este punto. Una persona sin hogar no es deseada, pero tampoco es como que exista una alternativa para personas que no tienen nada. Porque resulta más sencillo caminar por una calle, ignorando a las personas que llevan encima tres o cuatro chamarras, con los zapatos gastados, los pantalones llenos de polvo. Hacer como que no existen. Mirarlos solo cuando están en medio del escape, cuando es inevitable notar que llevan en la mano, cuando los ocupan de objeto político, cuando se les entregan despensas en las iglesias, cuando dañan la imagen de la ciudad, cuando existen y rompen la normalidad urbana, hacen notar que no son fauna del concreto. Cuando la gente se pregunta: ¿por qué no lo sacan de aquí?

Es complicado vivir en Puebla. Uno hace lo posible por hacer las paces con la ciudad, pero la gente no se deja. Y me pasó un domingo, mediodía –de nuevo mediodía– cuando al andar en Angelópolis, en el estacionamiento escuché esa pregunta de una señora que miraba de reojo a otra que solo caminaba en la acera. O hace meses, cuando ayudaba a dar despensas en la misa de los martes en Santiago, al escuchar la opinión de una catequista sobre esa gente que vive mal y solo desaprovecha lo que se les da.

Creo que eso solo es un reflejo de qué tan alienante es vivir sin mirar un poco más allá de lo evidente. Y no porque yo me crea un ser superior moralmente que le viene a cantar sus verdades, sino porque yo mismo soy consciente que desapegarse de la concepción normativa es difícil, porque no tenemos un medio para romper con lo conocido.

Pues como ya dije, la gente sin hogar muchas veces solo son parte del discurso, o una herramienta para evidenciar la carencia en la que se vive fuera de la ciudad. Pero nunca como un problema que tiene raíces mucho más profundas que colocar bancas que no permitan que se queden a dormir ahí, o una cuestión de imagen para el ojo extranjero. Es una situación humana, que requiere del trato directo y una atención amplia para su resolución, más completa que solo darles mantas cada invierno, y sacar un reportaje que solo hable de las consecuencias del cambio climático –tema que le toca su espulgada la siguiente semana. Incluso si se tiene una mente tan podrida como para ver qué beneficio puede obtener la sociedad para dar una respuesta al problema, piense en la cantidad de perspectivas que se pueden obtener del contacto con lo real, con aquello que no forma parte de nuestra normalidad urbana en que solo vamos al centro para cumplir con nuestra parte del contrato social, imagine cuánto podemos rescatar de tratar a un ser humano como lo que es. La cantidad de burbujas que se desplomaran de saber que más allá de los parques y de las caricaturas identitarias, existe la realidad con nosotros como antagonistas e imágenes despersonalizadas. Una en que el invierno solo es una excusa para abrazar a Dios y llorar con él.


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