Ciudad de México, 5 de abril de 2026 (Neotraba)

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Estimada Lic. Gonzaga:

Como directora del colegio usted decide quién es admitido y quién no. Su dictamen es inapelable. Y tiene la política de no recibir a las madres de los rechazados (me quedó claro ayer, cuando me dejó fuera de su oficina desde las seis y media de la mañana hasta las tres de la tarde). Sin embargo, y sé que ese “sin embargo” la hizo torcer los ojos, quisiera tomar cinco minutos de su tiempo para explicarle el caso de mi hijo, que a final de cuentas es mi caso, ya que en el espacio que tiene la solicitud de ingreso para explicar el motivo del rechazo escribió usted que no pueden admitir a un alumno cuya madre tiene un pasado como el mío.

Bajo el término de “su pasado”, usted se refiere a los años en que tuve una relación con el “Carnitas” Hernández, jefe de plaza del cártel que sometió nuestra ciudad durante años. No lo voy a negar. Fui su novia, su querida, su amante; utilice el término que quiera. Cuando lo conocí, ocupaba un puesto ínfimo: le dieron una moto y una pistola, y lo mismo entregaba droga que cobraba derecho de piso o servía de apoyo en los robos. Yo iba en la preparatoria y me enamoré de él por gandalla, por bravucón, por tosco. Que fui la típica estúpida que se enamora del chico malo, no se lo voy a negar. Sé que lo está pensando, y es cierto.

No es difícil suponer que me embaracé muy pronto. Ni siquiera pude terminar mi bachillerato. Y tuve que abandonar el taller de danza de la maestra Abigail, que era el oasis de mi vida (en mi casa imperaba el valemadrismo de unos por otros y mi relación con el “Carnitas” era explosiva, tanto por la pasión como por la ira).

A la par que él iba ascendiendo yo me iba transformando en la típica consorte del narco. Cuando alguien habla de una buchona todos piensan inmediatamente en los implantes, las pestañas extralargas y el maquillaje pesado, pero es mucho más que eso. Una se asume como la posesión principal de su hombre, cuyo único objetivo es personificar su éxito a través de la desmesura. Se renuncia a los pensamientos propios y todo gira en torno a lo que él quiera. Y así como recibes regalos que jamás soñaste, como las joyas y las camionetas, también tienes que soportar que él tenga a otras mujeres y que te envíe a los brazos de otro hombre si eso es lo que se necesita.

Y sí, yo tampoco quisiera a mi hijo cerca de una mujer así. Pero es que esa no es toda mi historia.

De hecho, esa parte de mi vida se terminó cuando la Guardia Nacional nombró un nuevo comandante de zona y éste se planteó como objetivo principal capturar al “Carnitas”. Eso fue hace dos años; seguramente lo vio en las noticias. Tal vez incluso me vio a mí, con una barra negra cubriéndome los ojos, con mis leggins de ochocientos dólares, y mis implantes 36C casi saliéndoseme de la blusa mientras nos sacaban a empellones de la mansión.

Tiempo después me exoneraron porque yo nunca participé del negocio. Y me devolvieron la custodia de mi hijo. No sabía qué hacer. Llevaba años sin hacer otra cosa que servirle de pareja a un criminal, y mi hijo me tenía rencor por haberle quitado la vida de lujos e indisciplina a la que estaba acostumbrado. Apenas teníamos para comer y peleábamos mucho. Y es que no teníamos ningún apoyo. Los conocidos del “Carnitas” no se nos acercaban por temor a que también los capturaran. Solamente un compañero de la prepa me llamó: se acordó de que en la escuela había estado en el taller de danza y, como había puesto un table dance, quería que trabajara allí.

Dirán que lo hice porque ya me había corrompido, porque me gusta la putería, si me perdona usted la expresión. Yo sólo puedo decir que cuando metí mis cosas en una petaca y tomé un camión hacia el table lo único que pensaba era que pronto podría llevar a mi hijo a cenar tacos.

Fue en el camino que me topé con la maestra Abigail.

Le platiqué mi situación esperando que tuviera lástima de mí. En vez de eso, me dijo: «Voy a hacer esto por única vez», y me dio un zape.

Entonces recordé uno de esos consejos obvios de gurú de TikTok, ya sabe, de esos que dicen: «Come bien, consigue empleo y ten buen sexo, y serás feliz». Si volvía a lo mismo, terminaría igual. En el table conocería otro mandón y volvería a ser una buchona. Y yo ya no quería eso.

La maestra me dijo que ahora tenía su propio estudio y me invitó a asistir. Comencé a ensayar y todo salió mal. Después de años de descuido, mis músculos y tendones resentían la disciplina; me dormía con la espalda hecha trizas y despertaba con calambres. Tenía la gracia de un camión de basura y mi hijo resentía mi ausencia porque, después de practicar, me quedaba a hacer la limpieza (ese era el trato). Lo peor no era hacer labores domésticas, nunca he creído en la supuesta humillación de hacer quehacer. Lo verdaderamente terrible era ver a las jóvenes alumnas, con sus cuerpos ágiles y sus mentes eficaces que les permitían no sólo aprender sino divertirse; y saber que yo había sido una de ellas y había desperdiciado mi oportunidad.

Yo le consultaba a la maestra Abigail, pero ella sólo me decía: «Lo que necesitas es equilibrio, el equilibrio perfecto». Cuando le suplicaba que me dejara renunciar, porque estaba cansada y me dolían todas las articulaciones, sólo me decía: «Así es el trabajo. Tienes que sentirte muy mal para después sentirte muy bien».

Una noche, en el departamento, vi “El lago de los cisnes”; una bailarina se desplazaba hacia la derecha y, al llegar al borde del escenario, daba el quiebre hacia dentro. Si yo hubiera querido hacer eso, me hubiera seguido por el peso. Y pensé que tal vez eso era lo que me hacía falta. Si quería acercarme a la bailarina que había sido en la preparatoria, tenía que arrojar todo lo que me había ido echando encima, en el cuerpo y en el alma, y recuperar la agilidad y la gracia. Al día siguiente, salí sin las pestañas y con un maquillaje muy discreto, aunque sentía que se me hacían ojos de tachuela y se me veían todas las arrugas. También conseguí un producto para diluir el relleno de labios y doné mis implantes a una asociación que pagaba la cirugía a cambio de quedarse con los silicones para reciclarlos con quinceañeras de escasos recursos.

Todo eso fue fácil a comparación del esfuerzo en mejorar mi alimentación. La verdad es que cuando apresaron al “Carnitas” yo ya estaba rellenita. Y, aunque la maestra Abigail decía que la danza no era cuestión de peso sino de armonía, yo sentía que alcanzaría mejor mis objetivos si me deshacía del sobrepeso. Mi hijo protestó, por supuesto, porque lo había malacostumbrado a los antojos y a la comida chatarra. No sabe cómo me dolía sentirlo lejos, como si prefiriera la buchona que había sido a la madre responsable que estaba intentando ser.

Justo cuando estaba logrando el ritmo y la elegancia que había añorado, la maestra Abigail me dijo que ya no ensayaría antes de mi turno. Yo iba a tirarme de rodillas a rogarle que me dejara continuar, cuando me explicó que ya tenía el nivel suficiente para que me pasara con sus alumnas y me incluyera en el recital de fin de cursos. En ese momento sentí que tocaba el cielo.

Sin embargo, cuando regresé a casa bajé al suelo de madrazo (perdóneme la expresión): el “Carnitas” estaba allí. Le había comprado una docena de juguetes a nuestro hijo y a mí me traía joyas y un vestido que no me pude poner porque él lo había comprado para mi escote de antes.

Nos platicó cómo había salido libre gracias a un juez “comprensivo”, que hasta le había restituido su patrimonio (en realidad, el 80% de su patrimonio). Dijo que esa misma noche podíamos regresar a su mansión y que al día siguiente me agendaría cita con un cirujano plástico. “Ahora que estás flaca, se te van a notar más las pelototas que te voy a poner”, dijo con entusiasmo.

Antes, yo hubiera aceptado, pero ahora sentía que aquello no me llevaría al equilibrio perfecto que ya empezaba a alcanzar. Así que le dije que no, que mi hijo y yo nos quedábamos. En mi caso se resignó, lo cual me confirmó que ya no le interesaba, pero de nuestro hijo insistía en que fuera él quien decidiera si se iba o no. Creí que era lo justo y acepté.

Cuando los vi salir juntos, inició una de las noches más horribles de mi vida.

Al día siguiente era el recital. Yo no tenía ganas de ir porque extrañaba demasiado a mi hijo. Me dolía que hubiera preferido la vida de antes. Sin él, me era imposible hallar el equilibrio perfecto y, si guardé mis cosas en la petaca y me fui al teatro, fue sólo porque me había comprometido.

Al teatro que rentó la maestra Abigail se entraba por un portón en la parte de atrás. Me sequé las lágrimas antes de entrar y ahí, entre los botes de basura, me estaba esperando mi hijo. No nos dijimos nada en ese momento. Nos abrazamos y luego él se fue a formar a la entrada. Fue hasta después que me contó que su padre se había vuelto paranoico después del arresto y en cada uno de sus allegados veía al traidor por cuya culpa lo habían capturado. También sospechaba de él y lo interrogaba repitiendo las mismas preguntas. A la tercera, mi hijo se hartó.

Mi papel no fue el principal, ya no estoy para eso. Lo hizo una de las alumnas y lo hizo muy bien. Pero puedo decir con orgullo que hice mi parte lo mejor que pude. En cada movimiento y en cada postura pude sentir el equilibrio perfecto por el que tanto había luchado.

Después de la función, mi hijo y yo fuimos a celebrar con un helado gigante de esos que llevan tres bolas de diferentes sabores, galletas, jarabe de chocolate, nuez y chispas. Cuando ya íbamos terminando, mi hijo se puso de pie, rodeó la mesa y vino hasta mi lugar para abrazarme.

Si él ya comprendió que he cambiado, yo le pido a usted que haga lo mismo y que no le cierre una oportunidad tan importante por un lastre que hace mucho que yo ya deseché.

Pues bien, ya dije todo lo que quería decirle. Por favor, déjeme un mensaje con su secretaria para saber qué decidió.

Atte.

Una antigua buchona que encontró el equilibrio perfecto en su vida.


Álvaro Sánchez Ortiz, obtuvo mención honorífica en el Concurso Bailando con Elena Garro, 2026, en el área de cuento con el texto titulado “El equilibrio perfecto”.


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