Argentina, 3 de mayo de 2026 (Neotraba)

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El caos de la escena medieval aturde mi mente. Creo haber vivido todo esto antes y me siento fuera de este tiempo y este lugar. Mis ojos físicos observan y pueden dar fe de que lo que está ocurriendo es totalmente real, pero algo en mi interior me dice que no, que sólo es una impresión y que pronto estaré lejos de este desorden. Todo comenzó unos días atrás, de improviso (ni en los sueños más delirantes, podría alguien haber anticipado una escena como ésta). De repente, la quietud del pueblo se vio interrumpida por la llegada de una gran cantidad de gente desequilibrada; una turba enloquecida y danzante. Nos vimos sorprendidos, en el tedio de nuestras tareas cotidianas, por numerosos grupos de locos sujetos; un gran gentío heterogéneo de campesinos, artesanos, zapateros, sastres, criados y mendigos. También algún monje y alguna que otra prostituta, destacándose entre la masa inquieta y cambiante. Llegaron todos al mismo tiempo, quinientos o más. Entraron por el puente del río, sin explicaciones y sin contemplaciones.

Aterrados, casi todos atinamos a refugiarnos en la iglesia, que se vio invadida y abarrotada por otra gran masa humana, que temblaba y profería oraciones, desesperada. El clérigo salió apresuradamente de sus aposentos y se presentó ante los fieles, tratando de mostrar calma, infructuosamente, pues el susto mortal que lo dominaba se reflejaba en su palidez extrema y en la rigidez de sus facciones. Habló de pecado, de posesiones demoníacas, de castigo, de penitencias, asustando aún más a quienes esperábamos en la religión, un alivio para el terror.

Atemorizada, pensando en la suerte de los míos allá afuera, salí de la iglesia y me precipité calle abajo. Más que correr parecía volar, por la velocidad que el miedo imprimía a mi alocada carrera. Al llegar a un cruce de callejuelas, mis pasos apresurados, retumbando con gran eco en mi mente alterada, me topé de lleno con la gran turba enloquecida, y no tuve tiempo ni reflejos para evitar el encuentro. En un segundo, me vi inmersa en la extraña marea humana, y su descalabro de voces, colores, olores y sonidos. Un gran grupo de mujeres, presas de un profundo trance, bailaban como locas, tomadas de las manos, saltando, casi flotando, gritando y riendo histéricamente, bañadas en sudor, con sus ropas destrozadas, sucias. Me encontré, sin saber cómo, en el centro del corro, empujada por varias de ellas, mientras otras proferían carcajadas, y algunas me miraban con ojos que casi se les salían de sus órbitas. Recordé las palabras del sacerdote, relatando a los feligreses que esta gente llevaba ya varios días, y en algunos casos semanas, en una alocada faena de baile sin fin, y que esta catástrofe bien podía ser el producto de juegos del demonio o un castigo divino; pero más bien me incliné a pensar en un éxtasis de locura, provocado por los padecimientos sufridos durante largos años: la gran peste, las inundaciones, las plagas en los sembradíos, la angustia del hambre y las muertes de los seres queridos y los más cercanos, cayendo como moscas (yo misma había visto, incrédula, desaparecer en tres días, en una fosa común, a cuatro de mis hermanos, a mis padres y a casi todos mis vecinos).

Ante mis ojos, la maraña de colores, olores y ruidos conformaba un cuadro realmente digno de admirar; una escena extravagante, comparable a la más asombrosa pintura del más excelso artista. Las piedras de la calle estaban totalmente teñidas de rojo, producto de la sangre que manaba de los pies lacerados de los bailarines, algunos de los cuales daban enormes saltos, gritando para advertir a sus compañeros de que un imaginario río escarlata se los estaba llevando, corriente abajo. Más allá, muchos niños corrían y bailaban increíblemente excitados, sus ojos saltones, sus vestidos convertidos en harapos, precipitándose, cual hormiguero humano, hacia la salida del pueblo. A lo lejos, sobre el precario puente del río, cientos de personas bailaban, zapateaban y se contorsionaban, mientras el puente parecía cobrar vida propia, y en un breve instante, se derrumbaba por completo. Horroroso espectáculo se ofreció entonces a mis ojos: gente flotando, gente desapareciendo, gritando y ahogándose en las caudalosas aguas…

Una improvisada orquesta de músicos aficionados pugnaba por llegar al centro de la multitudinaria escena, con sus precarios instrumentos desafinados, testigos de innumerables reuniones mucho más calmas y felices. Embravecidos, los locos danzantes parecían excitarse aún más, llegando a un clímax imposible de describir, y espantando a los valientes y desventurados músicos, que huían desbandados. En medio del tumulto, el sacerdote intentaba cumplir sus obligaciones espirituales para con el rebaño, practicando ritos de exorcismo, a grandes voces, el rostro demudado y rodeado por la multitud, que reía a carcajadas mientras varias mujeres le arrancaban las ropas y el cabello, obligándolo a huir también. Me pareció distinguir, detrás de él, a una oscura silueta, casi inmaterial, armada con una gran guadaña. Antes de fundirse en la masa amorfa del gentío, creí ver que se volvía hacia mí y forzaba una gran sonrisa de carcomidos y enormes dientes, en una máscara horrenda, con órbitas vacías y prominentes huesos amarillentos como pómulos. Un escalofrío me erizó la piel. En el otro extremo de la calle, un monje giraba incansablemente sobre sí mismo, hasta caer desplomado, convulsionando, la boca desbordante de espuma, para volver a levantarse y seguir caracoleando, una y otra, y otra vez, hasta la última, en que ya nunca volvió a abrir los ojos, ni a incorporarse, mientras las gentes corrían y lo pisaban, y saltaban encima de sus piernas, de su torso, de su cabeza que, desprendida del cuerpo, rodaba ahora por el suelo… Recordé las enseñanzas recibidas de mi abuela, cuando niña, y comencé a orar en voz alta a San Wilibrordo, por la salvación del alma del monje muerto, y de la mía también. Atisbé entonces, entre la ronda serpenteante que me circundaba, el paso del esqueleto danzante, que otra vez se reía en mi cara, se quitaba la negra capucha, me extendía su mano y me conminaba a seguirlo… Corrí aterrada a refugiarme junto a un grupo de mujeres, y quedé de inmediato fascinada, contemplando a aquella que las guiaba (una mujer bellísima, alta, de cabellos azabache e increíbles ojos color plata). Reía y danzaba sin parar, parecía elevarse en cada paso por encima de la multitud, desbordando entusiasmo, y cantaba una canción desconocida, pero cautivante. Semejaba a una hechicera, congregando en aquelarre a todas las féminas que se iban acercando, atraídas como yo, hipnotizadas y extasiadas ante tal belleza de otro mundo. Después de todo, pensé en aquel momento, merezco también una alegría, merezco olvidarme de las penas, del hambre, de la muerte inexorable que recorre las calles y los campos… Quiero entregarme, como todos, al éxtasis, al movimiento sin frenos, al desenfreno de mi cuerpo joven y al agotamiento de mis fuerzas, en pos del agotamiento de mis dolores. Caminé entonces junto a estas mujeres, las observé, disfruté el bello paisaje colorido de sus cuerpos; de sus vestidos que permanecían suspendidos en el aire al saltar, y se estiraban al contorsionarse ellas en increíbles figuras, cayendo, rodando, arrastrándose de espaldas sobre las piedras de la calle, o por las malezas del campo, o sumergiéndose para volver a aparecer entre las aguas del río, estremeciéndose, mutando, contrayendo y aflojando sus brazos y piernas, gritando, cantando, implorando…

Emprendí junto a ellas un largo camino, que nadie sabía a dónde conducía… Me animé tímidamente a ensayar mis primeros movimientos, me solté y grité, olvidé mi tosco carácter, mis tontos miedos, y me sorprendí bailando, saltando, jugando con el viento y los pájaros, como una hoja, como un insecto, como una loca…

No sé cuántos días pasaron, no sé dónde estoy ni la distancia recorrida, sólo sé que la bella bruja dueña del aquelarre, ha muerto. Las demás hemos dejado su cuerpo a un costado del camino, y su belleza toda desparramada, desperdiciada, sus largos cabellos negros enredados y sus ojos color plata muy abiertos. No hubo tiempo para ocuparse de eso; no hay tiempo para nada, nuestro tiempo se consume en seguir soportando el agotamiento de los cuerpos, moviéndonos, hacia adelante, siempre hacia adelante, siempre moviéndonos…

Fuertes gritos y un gran desorden, provenientes del grupo que nos antecede, me obligan a tratar de concentrarme, a fijar la vista (mis ojos no me han servido de mucho en estos últimos días, toda vez que mis impulsos y mis sensaciones provienen exclusivamente de mi interior). Nos advierten a gritos que el Duque Guillermo se ha unido a nosotros, que quiere festejar junto a la plebe, el final de la gran peste. Intento estirarme para verlo, agarrotada, y logro admirar, entre la muchedumbre, su hermosa figura revestida de impactantes azul y dorado; camina con prisa, elegante, vadeando el río, trepando luego sobre las enormes piedras para atravesarlo. No estoy errada, no, si me figuro que viene hacia mí, rodeado de un coro danzante, loco de felicidad, que festeja el fin de la muerte en las calles. Caigo rendida ante él, ante su ostentosa belleza y su sonrisa encantadora; él me tiende la mano y me pongo de pie… y al estudiar sus distinguidas facciones, es que me digo: cuánto se parece el Duque a Guillermo…

Pero… ése no es… ¿Guillermo…? el Duque… ¿o es Guillermo, mi psiquiatra? ¡Qué parecidos son, qué idénticos…! Y esos otros, sus lacayos, que no se separan de él…

“¡Suéltame, Guillermo?, ¿qué pasa?, ¡suéltenme! ¿Quién es esa, la muerta, la del cabello negro, los ojos plateados y el delantal blanquísimo?”

Clara María Josefa Pérez, obtuvo el Primer Lugar Internacional en el Concurso Bailando con Elena Garro, 2026, en el área de cuento con el texto titulado “La Coreuta”.


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