Guadalajara, Jalisco, 27 de abril de 2026 (Neotraba)

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Dicen que son trece al día. Lo dicen rápido, como si el número pudiera quedarse quieto. Como si no se moviera de una casa a otra. Como si no aprendiera a sumar.

En las casas, las puertas se cierran con cuidado. No por educación, sino por costumbre. Nadie quiere que el ruido se confunda con otra cosa. Adentro, la gente baja la voz. Afuera, la calle sigue. Aunque a veces para, ya nos ha tocado. Hay gritos que no se escuchan porque no salen por la boca. Se quedan en el pecho, en la espalda, en la forma rara de mirar cuando cae la noche. Nadie pregunta por qué alguien dejó de salir, por qué una ventana no se abre más.

Los cerros miran. Siempre miran. No denuncian, no intervienen. Solo están ahí, acumulando historias como capas de tierra. Saben cuántas veces pasó algo. Saben que mañana puede volver a pasar. En la televisión repiten el promedio. Trece. En el periódico dicen lo mismo. Como si el dolor fuera una media aritmética. Como si se pudiera contar. Como si no hubiera casas cerradas, cuerpos tensos, noches que duran más. Personas desaparecidas. Personas violentadas.

Al final del día, alguien apaga la luz. La puerta queda cerrada. El cerro sigue ahí. Y el número, mañana, vuelve a empezar.

I. El dolor no terminó cuando terminó todo. Se quedó en el cuerpo como una mala postura, como un ruido interno. Nadie lo ve, pero está ahí: en la forma de sentarse, en la forma de evitar ciertas preguntas. El cuerpo aprendió algo que no puede desaprender.

II. No hizo falta fuerza. Bastó la risa, del gordo, ni aguantó nada, dijo. Y cerró la puerta. El comentario exacto, la indiferencia precisa. La crueldad fue limpia, vulgar. Después, cada quien volvió a su casa. Le dio la mano al flaco. Ninguno se sintió responsable de nada. Mañana les pagaban.

III. La calle siguió igual. El puesto de tacos abrió al día siguiente. La mancha ya no estaba. Solo quedó un espacio que nadie pisa. La ciudad aprendió rápido dónde no detenerse. Unas velas dejaron a un lado del puesto. Se apagaron.

IV. No fue solo el cuerpo. Fue la noche, mientras dormían. Fue en su cuarto. Fue la persona que duerme en el cuarto de al lado. Lo lleva haciendo desde niña. Aprendió a mirar para abajo. El suelo, a cargar el miedo que no se nombra en el desayuno de la mañana siguiente.

V. Primero fue el rumor. Después la certeza colectiva. Nadie dio la orden, todos supieron qué hacer. Cuando terminó, el silencio fue absoluto. La colonia se explicó a sí misma que no había alternativa, ya estaban hasta la madre, decían. El hombre había entrado a la tienda de Doña Julia, a la mala, dijeron. Martín tenía hambre, también sus hijos.

VI. No hubo tiempo de entender. Llegaron por la familia. Los subieron a una camioneta y se fueron al cerro. Todo ocurrió junto, rápido, sin pausas. Luego vinieron los números, las listas, las cruces improvisadas. El lugar quedó marcado. Aunque lo limpien, el aire quedó sucio. Quedó un rastro: el calcetín del niño.

VII. La casa ya no sirve. Las paredes están en su lugar, pero no sostienen nada. Los objetos quedaron como estaban, congelados. Nadie quiere entrar. No porque dé miedo, sino porque duele. Se la llevaron hace más de trece meses. Nadie la vio salir. Nadie la vio cuando la increparon cuatro morrillos. La amenazaron y se la llevaron. Las casas de los vecinos cerraron las puertas.

VIII. No fue uno solo. Fue la repetición lo que quebró algo. El patrón. La certeza de que podía volver a pasar. Cada caso aislado empezó a sentirse como parte de una misma historia que nadie quiere leer completa. Vivimos entre ausencias. Vivimos entre cuerpos. Vivimos entre desaparecidos. Así es vivir en este estado. En este tiempo.

IX. El encierro no siempre tiene paredes visibles. A veces es una mirada que vigila, una advertencia repetida, un “mejor no salgas”. El mundo se va achicando hasta caber en una habitación donde incluso el aire parece ajeno. Se lo dijeron, “no salgas”. Ha perdido la noción del tiempo. Ahora está encerrado. Lleva tres meses en esa habitación.

X. No pasó nada. Eso es lo que dicen. Primero fueron llamadas. Después mensajes en el teléfono. Desde entonces el teléfono se apaga de noche. Las cortinas no se abren del todo. La amenaza no se cumplió. Eso no fue un alivio. Se quedó a vivir ahí.

XI. No hay un final claro. Solo objetos que ya no se usan y preguntas que no encuentran dónde apoyarse. El tiempo sigue. Algo quedó suspendido. Como si la ausencia fuera un lugar. En mi ciudad, la ausencia es la vida.

XII. El expediente se cerró. Creo que nunca lo abrieron.  Nunca hicieron nada. Se fue con el novio o con una amiga. Así se perdió tiempo. La gente aprendió la palabra y la repite sin entenderla del todo. No es olvido. Es otra cosa. Una forma de aceptar que ciertas historias no tendrán respuesta.

XIII. Nada ocurrió sin testigos. Las casas, las calles, los cerros: todo estuvo ahí. Lo terrible no es que no se sepa. Lo terrible es que el mundo siga funcionando como si no hubiera pasado.

El hombre tiene treinta años y no piensa en eso como una edad peligrosa. Piensa en el café que se enfría, en el sillón que ya debería cambiar, en que mañana tiene que levantarse temprano. La televisión está prendida sin volumen. No la mira. Cuando sube el sonido, la conductora dice trece con naturalidad. Trece al día. Lo dice rápido, como si la cifra no pesara. Como si no se quedara flotando en el aire después de ser pronunciada.

Él no apaga la televisión. Nunca lo hace. Le gusta que haya ruido, que algo acompañe. Vive solo desde hace poco. No es una casa triste, se dice. Solo es silenciosa. En la pantalla pasan imágenes que no corresponden con lo que dice la voz: calles, patrullas, un cerro visto desde lejos. El cerro aparece siempre, incluso cuando la noticia es otra. Él piensa que los cerros miran demasiado. Que deben saber cosas.

Tiene treinta años. No lo piensa como un número importante. No sabe que treinta es una edad que desaparece con frecuencia. En el celular hay mensajes sin responder. Su madre preguntando si va a comer el domingo. Su hermana mandándole una foto de su sobrina. Él piensa en contestar después. No es una despedida si se deja para más tarde.

La conductora sigue hablando. Usa palabras que él ya aprendió a no escuchar completas. Las deja pasar, como cuando uno deja pasar una ambulancia sin girar la cabeza. No es indiferencia, se dice. Es cansancio.

Se asoma por la ventana. La calle está tranquila. Demasiado. Las casas cerradas, las luces bajas. En algún punto, más arriba, el cerro sigue ahí. Negro contra el cielo. Inmóvil. Treinta años. Treinta no suena a final.

Se pone los zapatos sin pensarlo mucho. Sale a comprar algo, no sabe qué, solo salir un momento. No deja nota. No apaga la televisión. El noticiero sigue hablando solo, repitiendo cifras, construyendo promedios. En la calle, el aire es distinto. Más pesado. Camina rápido. Mira su reflejo en los vidrios de los coches estacionados. El cerro parece más cerca. No es la primera vez que siente que alguien lo sigue. En esta ciudad uno aprende a no comprobarlo.

En algún lugar, una puerta se cierra. No es la suya. Al día siguiente, la televisión vuelve a encenderse en la casa vacía. La conductora dice trece otra vez. El número no cambia. Nunca cambia. Solo se actualiza.

En la mesa, el café sigue intacto. El celular vibra. Nadie contesta. Su familia piensa que no avisó porque siempre ha sido así: distraído, independiente, adulto. Nadie imagina que esa fue la última noche normal. Nadie se despide cuando cree que va a volver. El cerro, desde arriba, guarda otra historia más. No la distingue de las anteriores. No hace diferencia entre nombres. Solo suma capas.

La televisión sigue encendida. La casa permanece cerrada. El promedio continúa.

Sale de la escuela con la mochila colgada de un solo hombro. Todavía trae el uniforme puesto. Piensa en llegar rápido porque su jefecita le pidió que pasara por las llaves de la estética. Van a abrir temprano mañana.

La estética huele a laca fresca y a cabello quemado. Todavía no está terminada del todo. Falta un espejo grande, falta una repisa. Falta pagarles a los hombres que ayudaron a levantarla, pero eso él no lo sabe bien. Eso es cosa de adultos.

Camina con el celular en la mano. Escribe un mensaje que no manda. Se detiene en la esquina de siempre. No siente miedo. Es su barrio. Reconoce la camioneta. Le preguntan un nombre. No es el suyo. Dice que no.

La confusión dura segundos. Eso es lo que más tarde nadie entiende lo rápido que puede pasar todo cuando alguien decide que ya no importa aclarar. Él piensa en su jefecita. En cómo se emocionó cuando colgó el letrero nuevo. En que la estética iba a ser de las dos. En que por fin no iba a trabajar para nadie más. Él iba a barrer, a contestar el teléfono, a ayudar.

No sabe que no pagar una deuda no siempre se queda en números. No sabe que hay errores que no son tuyos, pero se te cobran igual. La mochila cae al suelo. El uniforme se ensucia. La calle sigue funcionando.

Esa noche, su jefecita deja prendida la luz de la estética. Cree que así se ve más bonita. Cree que mañana él va a llegar temprano, como siempre. No imagina que el problema no fue el hijo, ni la deuda, ni la confusión.

El problema fue estar ahí. A esa hora. Con ese apellido. Con una madre que se atrevió a deber. Al día siguiente, la escuela pasa lista. La silla queda vacía. Alguien dice que seguro se cambió de turno. La estética no abrió más. El espejo nunca llegó. El letrero se despinta con el sol.

En la colonia, todos entienden la lección sin que nadie la explique. Hay errores que no se cometen. Hay deudas que no se heredan. Hay hijos que pagan. Y hay calles que, después de cierta hora, ya no son para salir.

En la bodega hay dos sillas ocupadas. El hombre de treinta años en una. El muchacho con uniforme en la otra. Más tarde serán trece.


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