Baudelio Camarillo: La densidad del agua
Edgard Cardoza Bravo escribe un ensayo sobre la obra de Baudelio Camarillo en donde el agua se vuelve un elemento poético y de vida

Edgard Cardoza Bravo escribe un ensayo sobre la obra de Baudelio Camarillo en donde el agua se vuelve un elemento poético y de vida

Por Edgard Cardoza Bravo
Ciudad de México, 28 de abril de 2026 (Neotraba)
Tiempo de lectura: 8 minutos
Así, medido por el agua,
una tarde de lluvia abandoné mi hogar
y desde entonces llueve.
(…) Quiero que este silencio retroceda,
sentirte ola,
sumergir este nombre entre aguas dulces,
ser sílaba de luz sobre tu espejo.
Baudelio Camarillo
Todo poema, con el tiempo, es una elegía.
Jorge Luis Borges
El agua es el elemento sobre el que discurre la casi totalidad de la poesía del tamaulipeco Baudelio Camarillo (avecindado en Celaya, Guanajuato, desde hace más de cuarenta años). El agua lo ha moldeado. El río Guayalejo de su infancia está presente siempre en esa mirada y marca el tono sosegado, vibrante, de toda su obra. Tal elemento, según Gastón Bachelard (“El agua y los sueños”), nos remite necesariamente a la placenta materna y su flujo es el tránsito mismo de la vida y del origen. El río que corre cadencioso y no se estanca es para Bachelard el agua que remonta su propia liquidez para convertirse en prístina sustancia de paraíso en donde ocurren todos los milagros de cara a la zozobra de la verdad profética: el hombre es negación del sueño obsesivo que lo vuelve espejo imperfecto de Dios sin más destello válido que la muerte perpetua. El único reflejo cierto es la prescripción que lo expresa. El río es la representación del Edén mismo embebido de tiempo y carnalidad contemplativa. En el agua no hay muerte sino pálpito de eternidad: tal elemento es la negación oportuna y contundente del polvo primigenio. El agua es salvación.
En la poesía de Camarillo todos los ríos son un sólo río (el Guayalejo) que agita, rejuvenece y reinventa a cada instante la memoria personal en su choque contra las piedras de lo real. Las crecidas del río simbólico son también manifestación de esa nostalgia a donde los hechos del pasado asoman vívidos y cordiales. Hay tristeza, sí, pero el reflejo luminoso del agua provee rutas airosas de salida. El río de ríos, el Guayalejo, limpia de telarañas, aclara el óxido, mitiga los dolores, afina las grecas ensoñadas del tiempo ido. Camarillo conversa con su pasado más sentido en un tono de luna tendida sobre la superficie de las aguas, mientras la poesía colorea de eternidad la finitud y difumina las imágenes calcáreas de la muerte. Poesía sufriente sí, la de este autor, mas a contracorriente de las emociones negativas por influjo del verbo creador: las ondas de su verso remontan siempre las malas vibraciones. La finitud misma se muestra dialogante y comprensiva en el eco de su voz.
En las más remotas honduras del cristianismo, la carnalidad, el movimiento, el verbo impregnado de mundo, derivan de la propensión a lo líquido. La humanidad es entonces venero consecuente de la divinidad creadora. Los grandes acontecimientos bíblicos están pautados por el agua: el diluvio, el acuoso y vivificante destello en los ojos de Agar en el desierto, el paso del mar rojo, el bautismo de Cristo en el Jordán, la peregrinación misma de Jesús y los milagros que delimitan su tránsito, ocurren alrededor del agua y sus imágenes. He aquí el origen de todo:
Al principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra estaba desierta y vacía, las tinieblas cubrían los abismos, mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas:
[Gén. 1: 1 – 2]
Desde la Ilíada y la Odisea, grandes poetas han hecho del agua el motivo nodal de su canto. Encontramos el agua como vía primordial en Elýtis, Seferis, Saint-John Perse, Harry Martinson, Darío, Juan Ramón Jiménez; y también en prosistas de las aguas terribles –que a su vez han generado tanta poesía– como el creador de Moby Dick, Melville; y gavieros de los mares poéticos como Álvaro Mutis. Octavio Paz la denomina líquido secreto que mana del centro de la noche (Agua nocturna), para Salomón de la Selva es la piel de una música que es posible tocar con las manos (Lluvia), san Juan de la Cruz la concibe como fuente divina de donde toda luz siempre es venida (Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe).
Desde ese trasfondo de agua verbal avasallante, Baudelio Camarillo nos remite a la historia emocional de su vida:
Besa mi sol celeste, suave cielo.
Ven a brillar bajo la voz azul de quien te mira.
Desgráname en espejos la garganta
y sigue ahí,
en un lugar que el calendario de mi sed
viste de agua.
[Espejos que se apagan]
Tal es el título del testamento lírico de José Lezama Lima, en donde el poeta cubano da fe de sus influencias, las cosas que le importan, y en donde muestra en un solo tendido los círculos concéntricos del agua de su vida poética. Obviamente, Lezama Lima no influye a nuestro poeta, pero lo justifica: agua imantada es el pregón del río que “se curva, / avanza, retrocede, da un rodeo / y llega siempre”, según Paz, y es espíritu liberador del mito, en la expresión de Robert Graves. La Cranea o Cardea, “la dura y petrea” ‘Diosa Blanca’ que menciona Graves es la guardante física, la piedra estelar de los misterios atribuidos a la influencia lunar sobre las aguas y demás criaturas terrestres: una presencia en estado de gracia, imagen / semejanza de la luna, que transita desde el blanco de la luna nueva del nacimiento y el crecimiento, pasando por la luna llena y roja del amor sublime y la batalla, hasta culminar en la luna vieja, diosa negra de la muerte y la adivinación: ‘piedra de la luna’ escribiendo en el agua, agitando los mares. Recuerdo que en más de una ocasión Camarillo ha confesado que el libro La Diosa Blanca, de este autor, es el discurso literario que más le ha influido.
Yo agregaría dos estelas más al viaje baudeliano: las imágenes, atmósfera ensoñada y cortes rítmicos del primer Pablo Neruda (sobre todo el de Crepusculario, Veinte Poemas de Amor y una canción desesperada y un poco más tarde los poemas genésicos de La Espada Encendida acerca del enamoramiento épico –envuelto de humedad primigenia– entre Rhodo y Rosía); e indiscutiblemente, Música Solar –libro ganador del Premio Aguascalientes 1984– y su contrasombra Música Lunar, ambos del chiapaneco Herman Efraín Bartolomé.
Desde el más personal de todos los silencios
tu vestido desciende
para aclarar el mundo
Cubres de sol mi piel
Propagas en mis muslos el motín de la carne,
dicen algunos versos de Música Solar; que bien podríamos complementar con estos brillos de finísimo erotismo de Poemas de Agua Dulce, de Camarillo:
Somos hombre y mujer con la cadencia justa
que hace danzar la luz desde una orilla a otra.
Nada hay como el verano
para quien tiene un río a tres pasos de su alma
y esta tarde de junio,
entre dos viejos sauces al ras del puro espejo,
sólo el amor encrespa
la tibia transparencia.
Canto y aguas aparte, sus versos lo definen: igual que en su poesía Baudelio Camarillo es un ser cálido en el trato, amigo incondicional de sus amigos, de profundas lealtades. De hecho, la totalidad de su poesía es un diálogo de amistad y admiración permanente con quien él considera su maestro de toda la vida, el poeta antes mencionado, Herman Efraín Bartolomé, con quien también comparte tonos, tesituras y búsquedas poéticas. Los libros Poemas de Agua Dulce, La Casa del poeta y otros poemas y el texto ganador del premio Aguascalientes (1993) En memoria del reino, de Camarillo, constituyen un diálogo puntual con la vida y la obra del poeta chiapaneco.
En la escritura del tamaulipeco / guanajuatense hay muy pocas inclinaciones a la crítica social. En su escritura ha tratado únicamente de contar la historia emocional de la casa familiar desde el río de su corazón sin ampliar la mirada al entorno humano circundante. Tal vez el único reclamo a la injusta realidad sea que finalmente, el progreso llegó, el río desfallece y ahora es sólo una puya ardiente que cruza su entrepierna y le causa dolor mental más que físico.
Toda la obra de Camarillo es un sólo río, el ondular imaginario de su sangre buscando tercamente filones resplandecientes de imágenes vitales. Probablemente el río físico ya ni existe como tal y hay grandes avenidas en su cauce vacío. Pero el río de la memoria sigue allí, pernoctando a la sombra de los sauces y los sabinos: el real río Guayalejo es el de su corazón, enorme casa enchida de destellos celestes, que seguramente seguirá contando historias.
Hoy, ante el gran Baudelio Camarillo, río tamaulipeco que desemboca elocuente y caudaloso en Guanajuato, recuerdo el eco de un río sideral fluyendo de la voz de Joaquín Pasos a través de algunos versos del Canto de guerra de las cosas:
El agua es la única eternidad de la sangre.
Su fuerza hecha sangre. Su inquietud hecha sangre.
Su violento anhelo de viento y cielo,
hecho sangre.
Mañana dirán que la sangre se hizo polvo,
mañana estará seca la sangre.
Ni sudor, ni lágrimas, ni orina
podrán llenar el hueco del corazón vacío.
Mañana envidiarán la bomba hidráulica de un inodoro palpitante,
la constancia viva de un grifo,
el grueso líquido.
El río se encargará de los riñones destrozados
y en medio del desierto los huesos en cruz pedirán en vano:
que regrese el agua al cuerpo de los hombres.
