Puebla, México, 28 de abril de 2026 (Neotraba)

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Cada generación se atribuye a sí misma características heroicas que la posicionan como el último bastión de la humanidad ante el apocalipsis. Las desventajas tecnológicas y comunicativas, así como cierto salvajismo imperante de la época en la que crecimos, parecen haber dejado a muchos miembros de las generaciones Boomer, X y Millenial, con taras emocionales que hoy día algunos hasta presumen como medallas.

No me refiero a los lugares comunes de haber jugado a las escondidas a las 10 de la noche sin supervisión adulta, saber llegar en camión a la escuela desde tercero de primaria o haber tomado agua de la llave sin contraer una infección estomacal. En oposición a aquel pasado idílico en el que uno se encontraba más a salvo en términos de crimen, había una violencia normalizada que muchos no logran disociar de la relativa (también idealizada) paz social que se vivía. Como si en términos supersticiosos se tratara de una especie de equilibrio de fuerzas ultraterrenas para mantener la paz. No había colgados de los puentes y casi nunca amanecían cuerpos descuartizados en bolsas de basura, pero se podía uno burlar de los gordos y de los homosexuales a diente pelado. Yo también lo hice, no vengo a dármelas de santo.

Hay pues una exaltación a los traumas que se vivieron en la escuela. Muchos de mi generación evocan con nostalgia y orgullo los zapes, el calzón chino, las golpizas y demás humillaciones públicas que dimos y recibimos. Incluso hay quienes así explican el actual bienestar en el que viven. Dentro de esa adecuada lógica cristiana del sufrimiento y la redención, aquel que no padeció abusos no se ganó la dicha de ejercerlos en el prójimo. Se trata, sí, de un círculo vicioso que perpetra el abuso a la vez que lo normaliza.

En mis tiempos, y trataré de evitar en lo sucesivo esa fórmula repulsiva que sabe a cortinilla de Silvia Pinal en Mujer: Casos de la vida real; entonces, decía, ya estaban tan bien definidos como ahora los roles dialécticos del golpeador y el golpeado o del amo y el esclavo si nos ponemos hegelianos. La relación de sometimiento basada en el miedo a la muerte siempre la determina quien tenga el arma más letal. En una estructura capitalista, como lo son las escuelas de acuerdo a Foucault, modeladas a partir de fábricas y cárceles de la época industrial, el opresor puede dejar que los reos se entreguen a la ley del garrote: mantener un caos perpetuo ayuda a preservar el status quo.

Me acuerdo de un tal maestro Álvaro. Me dio clases en cuarto de primaria en el colegio Salesiano de la 28 poniente y la 2 norte, por ahí de 1996. Ese hijo de la chingada desarrolló un método muy astuto para golpear impunemente a los alumnos. Como ya empezaba a ser incómodo que, en una escuela religiosa, exclusivamente para varones (al año siguiente la hicieron mixta), se siguieran infligiendo castigos físicos a los alumnos, Álvaro tuvo el ingenio maquiavélico de encontrar una laguna legal. En vez de propinarnos él los madrazos, hacía que nos los diéramos entre nosotros. Tan sencillo como pedirle al de junto: “Mira, Rivas acaba de decir tremenda tarugada; dámele un buen coscorronazo”. Y cuidado: para la otra podía ser que te tocara desquitarte, así que tenías que pegar más duro; no fuera a ser la de malas que al final quedaras debiendo un trancazo más fuerte que el que te dieron.

Bajo esta lógica malsana de la competitividad y el terror, Álvaro se regodeaba poniéndole apodos a los alumnos, haciéndonos golpearnos entre nosotros y no enseñando un carajo. No recuerdo haber aprendido nada con él más que la clase de hijo de puta que era. La escritura es, por supuesto, una forma de venganza.

Un par de años después de salirme, volví a cursar un año trunco de secundaria a esa misma escuela. Álvaro ya no era titular de grupo. Lo habían puesto a dar educación física.

“El año que entra vas a ser conserje”, le dije el día que me expulsaron.

En la novela El hombre de la situación de Manuel Payno hay un pasaje de magistral ironía en el que explica cómo funcionaba la educación en la Nueva España. Los alumnos debían copiar los siguientes preceptos:

El rigor es el manjar con que se debe alimentar a la juventud.

Los maestros son tan respetables en la tierra, como el mismo Dios.

La sabiduría no se adquiere sino a fuerza de castigos.

El niño que desobedece a su maestro se hace reo de las penas del infierno.

La pereza es un vicio que no se destierra sino con los azotes.

Los azotes, aunque lastiman un poco el cuerpo, dan salud al alma. (96-97).

Y para mostrarle a uno de sus amigos la efectividad de aquella máxima, “la letra con sangre entra”, el santo docente da la siguiente demostración:

–Calisto II –gritó el Padre. Calisto se levantó inmediatamente.

–Vamos á ver cómo estamos de doctrina, quién es Dios?

–La Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo –contestó Calisto II con las quijadas caidas de miedo.

–No hay que tener miedo, que yo no trato mal a nadie, y mas bien los quiero y los enseño como si fueran mis hijos…. vamos, ¿cuántos Dioses hay?

–Siete, el primero…

–¡Blasfemo! –gritó el Padre–. Seis azotes por blasfemo.

Una nube oscureció la vista de Calisto II, y se dejó caer en el banquillo. Dos muchachos de mas edad se apoderaron de Calisto, en un momento le bajaron los calzones, y uno de ellos lo cargó en las espaldas, entre tanto, Fray Rodrigo escogía de entre su colección de disciplinas, la mas dura y la de mayor número de ramales.

Calisto II, mas muerto que vivo, no oponía resistencia alguna; pero al primer azote que le descargó reverendo, comenzó a dar, sin interrupción, dolorosos gritos. Al sexto azote escurrian ya por sus muslos algunas gotas de sangre. Acabada la ejecución y sofocado el llanto de la criatura con las miradas cortantes y significativas del maestro, tocó su vez á otro desgraciado muchacho. (100)

Lo que hace en la novela el clérigo docente, y lo que hacía en la década de los noventa aquel maldito pusilánime de Álvaro, era análogo en maldad, si bien no en intensidad.

Sin pretender que el acoso escolar haya terminado, ni mucho menos negar su presencia y gravedad, considero que hoy en día hay nuevos roles del bullying en el salón. Lo suele ejercer la presencia etérea de los padres de familia y los directivos. Estos nuevos bullys de la educación ejercen violencia salarial y estructural sobre su víctima, han extendido su dominio más allá del patio de la escuela y ahora acosan a los maestros en su propio trabajo. Vaya generación tan jodida. Pasar de ser alumno víctima del acoso de los maestros y compañeros, a ser maestro víctima del acoso de los ex compañeros, ahora padres de familia. El colmo sería terminar dando educación física luego de haber tenido a cargo un grupo de primaria. Ahí sí no habría peor bullying que el de la propia vida.


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