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Por Samuel Segura

Ecatepec, Estado de México, 17 de mayo de 2023, [00:10 GMT-6] (Neotraba)

Las portadas amarillas relucen sobre todo el límpido y plateado anaquel.

Como santos sobre un altar, iluminadas por una luz blanca, brillan casi únicas en aquella tienda que antes solo era de discos: ahora también vende algunos libros, bocinas, audífonos, películas.

Aquel fue el mismo Mixup donde, siete años antes, compré el Hardwired To Self Destruct acompañado de mi jefita, solo que esta vez ella espera sentada afuera, en una banquita.

Para llegar aquí hemos viajado en Mexibús. Siete años antes no había esa forma segura de transporte en nuestro barrio. Apenas estaba en planes y fue ese tiempo, más o menos, lo que tardó en construirse. Un insulto.

Somos los únicos dos a bordo con cubrebocas. El Mexi está casi vacío. Ella ha enfermado una vez de covid y yo ninguna.

Llegamos rápido a la terminal desde la estación cercana a su casa y, tras bajar el puente peatonal, avanzamos por un descampado por donde pasa el tren. Viene a lo lejos, lo vislumbro; cruzamos las vías, esperamos del otro lado y, cuando pasa, chú chú, lo vemos como si nunca hubiéramos visto uno.

–¿Es la Bestia? –me pregunta.

–Creo que sí –le respondo y, con el tren aún avanzando tras nosotros, caminamos hacia la plaza.

Antes de llegar nos cruzamos con una joven delgada, de tez blanca, cabello chino no muy corto (ni muy largo). Nariz respingada, arracadas, un rostro fino de piel blanca. Botas altas tipo militar, indumentaria negra, playera metalera.

–Qué bonita muchacha –dice mi madre y agrega–: se parece a mí cuando era jovencita.

Es verdad, pienso. Así era según las fotos que he visto de ella cuando aún no nacíamos ni mis hermanas ni yo. Aunque, también pienso, aquella joven le da un aire a cierto personaje que escribí para cierta novela. Al menos eso imagino. Es como si hubiera cobrado vida y me viera a los ojos ¿para reclamarme? al pasar. No solo de ida, sino también de vuelta, cuando nos la volvemos a encontrar.

James Hetfield Papa Het!! Metallica. Fotografía de Lee Jeffries
James Hetfield Papa Het!! Metallica. Fotografía de Lee Jeffries

A toda velocidad o nada

De pronto, un día, apareció la nueva canción.

Fue un chingadazo que nadie vio venir, con nombre en latín –por qué no–, que conectó en las panzas de propios y extraños, dejándolas sin aire. Especialmente a aquellas panzas –cheleras y temblorosas– de los primeros, los propios, los fans, los seguidores, siempre pendientes de sus movimientos, los movimientos telúricos de una banda garajera que se convirtió en empresa multinacional. Metallica, sin embargo, los ha dejado atrás pues les lleva varios pasos (que son inmensos, como de dioses) de ventaja.

Porque –como con los dioses– nunca se sabe cuál será su siguiente movimiento. No se tiene certeza de su voluntad. Nunca se sabe de dónde vendrá el golpe, y así fue cuando ‘Lux Æterna’ apareció sin previo aviso, cierto día, sin nada que lo advirtiera –ni los años transcurridos, siete, desde su anterior álbum– pese a que los colores de la portada, a decir de este texto, pudieran sugerir una advertencia.

Yo diría que sugiere un Lamborghini de esos amarillos que corren a 700 mil caballos de fuerza. Entretenimiento salvaje, veloz, clásico. Un lujo.

Aunque Ulrich sí que lo advierte en este promo: este material es como para pisarle al acelerador (no lo recomienda) mientras se viaja en carretera.

Aunque si de una advertencia se tratara bien pudieron ahorrarse mucha de la iconografía que traslada a lo visual el título de esta onceava placa: 72 Seasons, 72 primaveras (o veranos, otoños, inviernos); el equivalente a dieciocho años en la vida de un joven (en la vida de cualquiera) llenos de elementos de diversa índole, rotos, despedazados. Tirados como juguetes en la habitación del niño que no quiere dejar de serlo mientras hace un berrinche monumental. Como el que suelen hacer sus detractores. Hammett, al respecto, ataja: “Componemos para cubrir nuestras necesidades creativas, no para cubrir las necesidades creativas de los otros, que pueden ser millones”. Como siempre han hecho Metallica, aspecto por el cual los adoro: jamás han sido complacientes.

O, si de una advertencia se tratara, habría estado bien que la eme ya icónica apareciera solita en esa portada amarilla, así nomás, donde está colocada, pero encerrada por algún triángulo oscuro, o rojo, qué sé yo.

En fin, que dieciocho años han transcurrido muy rápido y 72 temporadas son menos que lo que ha pasado desde que St. Anger (veinte ya) vio la luz (y el vituperio instantáneo; ambos discos parecieran compartir eso y la reflexión en torno a por qué estos señores hacen lo que hacen y para qué). Carajo, yo tenía quince por aquellos días y, como comenté en la ocasión previa, ese disco desplazó mi tapadera de los sesos muy lejos de mi alcance pues implicó el verdadero regreso de Metallica: ese del que tanto hablaban los críticos en las revistas, en la televisión y en el incipiente internet: ese de la velocidad y la agresión perdidas. Las de antaño. Las que les dieron gloria en los maravillosos ochenta.

La prueba irrefutable del comeback fue Lars Ulrich, quien desmadraba a toda velocidad el doble bombo y su tarola –ajá, sí, charolesca– mientras ponía cara de malo[1]. El punteo thráshico de Hetfield y de Hammett –sin solos–. La bienvenida de Trujillo, mi tocayo y paisano, en ese crudo y agreste retomar de las raíces lo necesario.

Una nueva etapa que cobró mucha más fuerza con Death Magnetic (más el Beyond…, y su participación en el disco tributo a Dio, del que, pensé, porqué carajos no abrevaron de ese sonido, no solo de la producción, sino de la composición: heavy metal puro y duro; cosa que hicieron, de algún modo, en el Hardwired y más aún en este nuevo) y luego con Hardwired… To Self Destruct, y ahora con 72 Seasons, álbum que nació tras la pandemia y una nueva rehabilitación de Papa Het.

Metallica viejo v Metallica moderno, cuatro discos v cuatro discos que, si los comparáramos a consciencia, se pondrían en la madre los unos a los otros… pero, ¿quién está listo para esta conversación? Y, ultimadamente, ¿quién estaba compitiendo?

Como bien dice uno de estos dos compitas (el que no es rubio): “Metallica escribieron el libro y ellos tienen todo el derecho de hacer lo que quieran con él”.

El auténtico regreso de Metallica, haciendo metal otra vez luego de un merecido intermezzo en los noventa, es un hecho que muchos no quisieron (o pudieron) ver.

Ellos querían cantar una y otra vez Master! o, peor aún, Seek and destroy!. Lo seguirán haciendo. Seguirán cantando (y esperando). Como se le espera al Mesías (con M de Metallica) [1] que, un día, quién sabe cuál, iluminará todo con su mera presencia (con su luz). Él (o ella, ¿o elle?) será nuestro Guía y Salvador en esta oscuridad que no solo abarca la adolescencia, sino la vida toda. Supongo que, así como ocurre con los que en otrora etapa les llamaran Los Cuatro Jinetes, no tendríamos la sensibilidad indicada para saber el momento en que el improbable hijo de dios pusiera su sacrosanto pie entre nosotros –como ocurrió dos mil y cacho de años antes–. Seríamos incapaces de verlo. De sentirlo. De escucharlo. Lo quemaríamos vivo en las redes sociales, de entrada (y de menos). No lo bajaríamos de loco, de rebelde, de incorrecto, de pervertido.

De malo.

Como ocurre con este nuevo álbum, que ya ha sido defenestrado por el simple hecho de aparecer.

72 Season de Metallica
72 Season de Metallica

Sin oscuridad no hay luz

Y es que, para escribir este relato –que es el relato de un escucha devoto a estos cabrones; no más que ustedes, no más que cualquier otro– he tenido que chutarme los inmundos apuntes de quienes, por alguna razón muy extraña, han optado por utilizar micrófono y cámara para expresar su desagradable punto de vista en internet (como hago yo a través de este texto, de la palabra escrita).

Unos más, otros menos, pero todos caen. Lo comprobé a través de esta especie de investigación –de sondeo, en realidad– pa’ ver cómo estaban de calientes (o frías) las aguas (sucias) de la internet. Porque cuando se habla de Metallica suelen arder –y esta vez son como un geiser–, pero la verdad ni hay tiempo ni ganas de chapucear en todas, que son muchísimas.

Es inaudito que a estas alturas de nuestras vidas (luego de tantos discos escuchados, de tantos libros leídos y películas vistas; de tantas temporadas –en el infierno– de nuestras inútiles vidas y de ciertas series televisivas) aún se usen los mismos argumentos, los mismos chantajes emocionales, las mismas chabacanerías e infundios para hablar del nuevo disco de una banda a la que, tras el pa los cuates Black Album, les dijeron: malditos vendidos, ya no es lo mismo de antes, son unos fresas, están acabados, solo lo hacen por dinero, pinche Lars… agh.

Una melomanía muy frágil.

Demos, sin embargo, por ciertos esos dichos (pues tienen un componente de verdad): Metallica pasaron de ser una banda underground a la cúspide del mainstream (como bien lo señala Lars aquí) desde hace 30 años… ¿Qué hacemos a continuación?

En mi caso: escuchar el disco. Mil veces (o las necesarias para poder hablar de él; no dos o tres y ya, alv, ay les va mi opinión). Dejarme seducir por sus sonidos. Ver qué tienen que decir estos multimillonarios de caras arrugadas, manchadas y canosas que aún pretenden tocar rápidos riffs.

Lo primero que sobresale (y que agradezco de rodillas) es la voz y los riffs de ese fulano llamado James Hetfield. Tan grande como Hemingway. Tan grande como Melville. Más grande aún.

Es el puto dios del tocar y cantar metal. No hay cabrón igualable, aunque lo hagan mejor que él (hablando de la técnica). Hetfield ha afianzado su estilo con una broca de acero indestructible en el corazón del mundo. Al grado de volverla inimitable. Insustituible.

Ni Ozzy, ni Halford o Dickinson. You name it. H E T F I E L D es puro poder. Es rock, es metal, lo que los extraterrestres habrán de escuchar cuando quieran entender esos conceptos (o las generaciones venideras, que vienen a ser casi lo mismo).

Basta escucharlo tantito.

Por eso Metallica son, en efecto, la banda más grande del género en el planeta. No se autonombran, como asegura un sujeto culo sucio que quiso verse muy crítico en una videoreseña (aunque resultó –al igual que su comparsa– infame, inane, varias veces ridículo). Los nombramos nosotros, los que nos hemos tatuado sus canciones en la piel, los que las cantamos en la ducha, en la peda, en la carretera o en el estadio; mientras cagamos o lloramos, cuando nuestra vida está en juego, cuando está en la cima, en la más profunda oscuridad. Cuando sea.

El día que James muera –día aciago para el que, por desgracia, falta cada vez menos– dejará un hueco del tamaño del que dejó el asteroide que aterrizó sobre Yucatán (un día, sin previo aviso) extinguiendo a los dinosaurios. Así de grande.

O como el ano de Dios, que es la negritud del universo.

Sin Hetfield no hay Metallica. Es muy simple.

Aunque tampoco la hay sin Ulrich[2].

Y, la neta, sin Hammett, quien da gracias al heavy metal por existir[3].

El mundo sin Metallica será otro mundo. Uno mucho peor.

Lars Ulrich Aaaarrrrrggghhh! Metallica. Fotografía de Lee Jeffries
Lars Ulrich Aaaarrrrrggghhh! Metallica. Fotografía de Lee Jeffries

¡Debes arder!

Roberto Samuel Trujillo Veracruz, mi tocayo y compatriota, un chingón, lo hace ídem en este álbum. Tiene un par de intros que te paran los pelos (el de Sleepwalk My Life Away en específico; es una delicia verlos tocar –y disfrutar– dicha rola en vivo). Gracias, Rob, aunque sin ti Metallica podría persistir.

Persistió sin Newsted, desde luego.

Persistió sin Burton.

Persistió sin un despreciable de apellido Mustaine[4].

Lo que Robert le ha otorgado a Metallica es un balance, un equilibrio desde hace veinte años, tiempo que ni todos los otros juntos duraron en el cargo.

Rob se ha vuelto, sin duda, un amigo, como bien revela esta conversación (especialmente de Kirk). Aunque, a mi juicio, nunca ha sido al cien por ciento aprovechado. Un músico de su calibre ninguneado… ¿sin querer?

–¿Y a qué viene esto, canalla? –te preguntarás, tú que lees este trabajo (te lo agradezco).

Pasa que este relato es el simple punto de vista de un carnal que ha maltocado la batería más de quince años con un mismo grupo (de metal mexicano). No podría, de ningún modo, comparar mi experiencia con la de Ulrich (mi primera influencia, por quien comencé a tocar), que es vasta como los siete mares, pero sé de primera mano lo que es tocar con un dios del riff, en principio. Y lo que es tocar con amigos, después.

(Es en la conversación citada arriba con Hetfield que me he encontrado con un poco del tema de la amistad en este 72 Seasons: 18 años es la edad en la que ellos, James y Lars empezaron –un poco antes– a tocar. La edad en la que yo empecé –también un poco antes– a tocar.)

Es importante.

Porque si hay un componente inquebrantable en una banda, el secreto de su éxito, es una dupla tan majestuosa (y amistosa). La banda que no tenga algo parecido, sea de donde sea, haga lo que haga, está condenada al olvido (incluso el de sus cuates, su familia y sus vecinos, quienes alguna vez los odiaron. Y aún cuando saquen discos y tengan reconocimiento. Al olvido de sí mismos).

Por más mal que toque Ulrich, por más viejo que Hetfield esté, esa mancuerna no la veremos autodestruirse. Ellos son el engranaje de la maquinaria, el aceite, el fuel, el fire, el desire. A su lado, Lennon y McCartney parecen los peores enemigos. Escucharlos juntos, a Hetfield y a Ulrich, aún en estos tiempos, es para agradecerles. Yo se los agradezco (quitándome el imaginario sombrero y poniéndome de pie). Gracias, Lars. Gracias, James. Los quiero.

Kirk Hammett. Fotografía de Lee Jeffries
Kirk Hammett. Fotografía de Lee Jeffries

Mi nombre es suicidio

Siete años antes yo estaba hundido.

Por esos días Metallica sacó el Hardwired, el cual me resultó, de entrada, indigerible. Desagradable. Luego le fui agarrando cariño.

En esos siete años tuve la oportunidad de suicidarme un par de veces. (Sé que oportunidad no es la palabra adecuada. ¿Cuál es? ¿Ocasión? ¿Deseo?)

En ese mismo lapso, James Hetfield recayó en su alcoholismo luego de un buen rato alejándose del vicio. Yo también recaí, aunque resistí mucho menos que él sin trago.

Hetfield se divorció. Yo también.

En un video en vivo, mientras interpreta Outlaw Torn (una de las canciones más bellas que ha compuesto esta banda) creí vislumbrar ese dolor del que James no había podido reponerse. Luego vino la noticia de la cancelación de un par de fechas de la banda a causa de su renovada adicción.

Mientras me embriagaba a solas, apenado por él, vi aquel clip de Bleeding Me en vivo en el Woodstock del 99. Ambos videos (ambas canciones, por cierto, del dúo Load-Reload; no por algo son los discos, digamos, más personales que han compuesto) parecían tener, como dicen los memes ahora, la same vibe (aunque el Hetfield de ahora cante mejor que nunca).

Se lo comenté a una amiga:

–Hetfield perdió eso cuando dejó de beber: esa fiereza, esa agresión que le infunde su sangre a las cuerdas. Ese filo.

Trató de matar eso de sí mismo (¿y de recuperarlo a última hora?), pensé, pero algo así no se muere tan fácil. Se sobrelleva. Se oculta. Se disimula. Pero no se muere. Persiste en los riffs. Y vive por siempre en sus canciones.

Hetfield habla ahora abiertamente del suicidio (¿del suyo propio, del nuestro?) a través de una de las canciones del 72 Seasons (quizá de las que menos disfruto del disco, pero que, en su conjunto, no desentona): Screaming Suicide. Es ese, quizá, uno de los aspectos más oscuros de la condición humana que pueda abordarse en cualquier campo del arte.

Queda claro para mí, entonces, que Metallica es la luz (la Lux Æterna, como Hetfield quería que se llamara el disco, cosa que comparto; el amarillo de la portada, para él, es eso: luz. Y la luz, bien sabemos, es vida. Amarillo que contrasta con el negro. Luz sobre oscuridad) y puede salvarte.

Como me salvó a mí.

Rob Trujillo. Fotografía de Lee Jeffries
Rob Trujillo. Fotografía de Lee Jeffries

La ira del hombre

¿Recuerdas tú, que por desgracia te encontraste con este texto, el día en que escuchaste a Metallica por primera vez? Te apuesto que sí. A que se volvió una experiencia única. De esas que algunas pocas bandas te provocan. (Atesórala, porque no volverá a pasar, aunque espero, de corazón, que sí pase.)

Yo me acuerdo y ya lo he relatado en el texto que autocité líneas arriba.

Era la época en que sus últimos discos de estudio eran Load y Reload. A los que todos tachaban de culerísimos.

Carajo, tengo muy mal gusto, pensé (y pienso, porque hasta hoy son de mis favoritos). No niego el componente emocional-sentimentaloide de estos, pero Metallica, en conjunto, nunca han sonado tan bien como en aquellos dos gemelos-malvados. Nunca han sido tan dueños de sus instrumentos. Ya habría querido Hetfield sonar así, especialmente en la voz, en aquellos primeros cuatro álbumes tan aclamados. Ya habría querido Ulrich mantener ese nivel.

Load y Reload son, sencillamente, un puto deleite.

Como lo es este nuevo trabajo, por cierto, el cual no se cansa de traerlos a la vida (especialmente en el sabrosérrimo y a su vez malignísimo riff de Crown of Barbed Wire, que pareciera tributo a King Nothing. ¡Está para bailar con tu pareja como lo hace este carnal consigo mismo!).

–Un disco sólido, consistente, poderoso; hay cohesión en todas las canciones, explora distintos ritmos, está muy pesado aunque por momentos se aproxima al rock, pero nunca llega a ser pop –me dijo, por cierto, mi popera esposa, a quien torturé oyendo 72 Seasons mil veces mientras viajábamos por carretera. Luego, cínico como soy, le pedí sus opiniones del mismo.

Porque sí: lo escuché (¿escuchamos?) a la menor provocación: mientras lavaba los trastes (lugar ideal), mientras salía con los perros a pasear, mientras viajaba en el camión o en el metro hacia mi destino, o mientras conducía mi vehículo 1999 de seis cilindros (digno de la potencia de este disco; haciéndole caso a Lars de pisarle –tantito– en carretera).

El primer track, homónimo, es un chingadazo que este hombre reseña como nadie. En algún momento dice, más o menos:

–Es Metallica puro y duro. No entiendo cómo es que se quejan algunos de sus fans. ¡Esto es maravilloso!

–Es que ningún chile les embona, don –quise ponerle como comentario, pero me pareció de mal gusto (que ya dije que tengo) ante tan buen gusto (de él). Me bastó con estar de acuerdo con sus argumentos pues 72 Seasons, la canción, es hija de Spit Out The Bone. Un trallazo descomunal que puede dislocarte el cuello en un descuido. Puro punch machacante.

–¡Está muy buena! —comentó mi jefita en exclusiva, al escucharla hace unos días.

Porque Metallica, como dije en ese texto de hace siete años, sigue siendo Metallica. Es evidente que las décadas les han permitido tomar de aquí y de allá elementos, pellizcar algo de ese álbum, algo de ese otro. ¡Porque son los mismos creadores! (cosa, esa sí, difícil de sostener en un grupo: cuatro décadas).

Naturalmente han cambiado (como bien dice Hetfield acá). Han envejecido (no tan mal como otros; Hammett asegura que varios fueron devorados por esa vida que perseguía el mito del sexo, drogas y rock and roll; por lo que ellos, dice, son sobrevivientes de un ambiente que brinda grandes satisfacciones, sí, pero que posee un lado muy siniestro). Son distintos, pero conservan eso de sí mismos: la colección de luces y sombras que los contienen, que todos los humanos poseen (y, hasta donde sé, como también dice Hetfield acá, Metallica son personas como tú y yo que alguna vez se han equivocado).

–Hay una aceptación de las voces en nuestra cabeza… hay que aceptarlas, darles su espacio… permitiéndonos ser humanos –le dice, sobre el paso del tiempo, sobre el peso de una carrera tan larga y la aceptación de quien es (“soy un trabajo en proceso”, asegura), James Hetfield a un intrigado (y conmovido) entrevistador.

De tal modo que aún conservan eso que hace que uno, al escucharlos, diga:

–¡Aquí están, son ellos, así es como te cimbran, así es como deben tocar!

Así me pasa cada vez que escucho Chasing light, quizá mi preferida del álbum. Pinche rolón furioso. Digno de Judas Priest. Qué poder. Qué abertura y qué cierre. Carajo. Escúchenlo y súbanle.

¡Súbanle!

De tal modo que, al igual que yo, Metallica se autorreferencia (cosa natural, desde luego, en los creadores de verdad: hablar siempre de lo mismo, abordar siempre los mismos temas, darles un distinto tratamiento), cosa que resulta emocionante para quienes los seguimos: Sí, ahí está Innamorata, baladón que rememora a My Friend Of Misery, pero también, me temo, no solo a Outlaw Torn o a Fixxxer, sino a la saga Unforgiven: “una clase magistral sobre la melancolía”, como bien resalta Kory Grow en su texto citado que escribió para la Rolling Stone.

Ahí está Room Of Mirrors diciendo explícitamente Broken, Beat and Scarred y, vaya, qué alegría de canción punkarra apropiada para azotar la cabeza o, en su defecto, armar slam.

Como dice el joven no rubio de Banger en el video citado arriba: este disco es Kill’em All meets Reload. Metallica mamando de nuevo[5] de la NWOBHM. Yo mamándome la hora y cacho que dura (me importa un comino ese aspecto: las canciones duran lo que tienen que durar; podrían ser dos horas de disco y yo estaría más que feliz. Vaya, por lo visto además de falto de buen gusto soy acrítico –e inmoral–. Bueno, no tan acrítico: sí le bajaría un tramo a ciertos tarolazos de Ulrich que se escuchan por encima de todo; a lo mejor si fueran solo ocho rolas –como sus viejos clásicos– el disco se sentiría mejor, más amarrado y todos guardaríamos silencio).

Así que no, no es falta de creatividad, es la confirmación de un estilo. De una autenticidad, pues Hetfield no te hablará de batallas en las que no ha luchado, sino de las que todavía libra. Metallica no tocará algo que no suene a ellos, que no les nazca. Pocas bandas pueden jactarse de eso. Metallica entrega esta placa que, en ese sentido, escurre lo que son. Lo que pueden dar. Te empapa. Te ilumina y deslumbra. Como quien logra ver a Dios.

James Hetfield. Fotografía de Lee Jeffries
James Hetfield. Fotografía de Lee Jeffries

Ella me necesita, pero yo la necesito más

Una vez dentro de la plaza, entramos al Mixup.

Hay más empleados que clientes, por lo menos al principio, donde están los cds, nacionales e importados, y el vinil nacional (aunque en realidad es argentino) del 72 Seasons. Les echo un ojo y luego me adentro en la tienda pa ver qué más me encuentro, como suelo hacer en este tipo de establecimientos.

Unos jóvenes, cuatro o cinco, retacan la zona donde está el rock chido (el que hace Beck, Interpol o Marillion) y el metal. Me aproximo un poco, echando una ojeada como ellos, como solía hacer yo a esa edad, con los bolsillos vacíos (aún vacíos).

–¡Mira, hijito, aquí hay otros discos de Metallica! –exclama de pronto, inesperada, en voz alta, fuerte, indecorosa, mi jefita.

Vaya, no pensé que aún tuviera esa capacidad de avergonzarme, pienso, como cuando era adolescente –o menos– y me probaba un pantalón en Suburbia para medirme el tiro frente a todos. Los jóvenes que un momento antes veían discos ahora me miran como si yo fuera un crío.

Le sonrío a mi madre, quien no ha dejado de verme como tal, y le hago una seña para que salgamos.

La vida adulta te obliga a tener prioridades y un cd importado de casi quinientos pesos no es una de ellas, pienso cuando damos otro rol por la plaza y terminamos almorzando en una Casa de Toño. Ella invita.

Luego de un par de horas de charla volvemos al ruedo y, cuando estoy a punto de resignarme, conforme avanzamos a la salida de la plaza, pienso: qué diablos, para eso vinimos, a comprar el disco, a registrar este momento con mi madre como he registrado tantos otros.

Más o menos eso le digo a ella, quien sonríe, y nos encaminamos nuevamente hacia la plaza. Entramos por la parte trasera de un Liverpool. Le digo a ella que me recordó a aquellas veces que íbamos al Suburbia (y le digo lo de los pantalones y el tiro). Ella se ríe y concuerda. Una doña y un joven nos ofrecen fragancias. Ella acepta la breve rociada, yo no (aprecio mi olor a guayaba, aunque no tanto como lo aprecia Ceiba, mi perra husky). Entonces nos encontramos con el saco.

Es un saco verde aperlado como los que mi jefita solía usar cuando era joven, cuando trabajaba para cierto banco. Ambos lo reconocemos.

–Mira —dice ella– ¡es como el que usaba!

–¡Sí, igualito! –le digo.

Luego vemos la etiqueta: dos mil quinientos varos.

–Me encantaría regalártelo, má, ahora mismo… –le digo, con cara triste, pero ella sonríe. Dice:

–No, hijito, ya ni lo usaría.

–¿Qué fue del que tenías?

–Lo regalé –dice y esa misma tarde me mostrará una hermosa chamarra de cuero de su armario que terminaré dándole a mi esposa (a quien todo le queda).

Salimos del Liverpool y me adentro al Mixup. Le pido a mi madre que me aguante sentada en una banquita. Te veo cansada, le digo[6].

Entro, veo aquel altar amarillo y tomo el cd de importación. A eso vinimos, me repito tres veces y me encamino a la caja. Pago con tarjeta para después facturar, como el miserable freelance que soy.

Así fue como cumplí el ritual que, desde St. Anger (el primer álbum que tuve en cd, considerándome ya un fan de Metallica; ese y los dos siguientes los compré nacionales, sin fijarme demasiado en ese aspecto como ahora me fijo) he llevado a cabo: ir por el nuevo disco de Metallica a la tienda de discos y disfrutarlo (aunque ahora no haya casi tiendas y me lo haya refinado mil veces antes en Spoti).

Quizá el vinil lo compre por Amazon (más barato que en Mixup) y me atasque por primera vez en ese formato (como ocurría en los ochenta) del nuevo lanzamiento.

Será un deleite además por un plus (súperplus) que este álbum contiene y que me asombró saber cuando lo supe: las fotos, los retratos de la banda, fueron tomadas por Lee Jeffries  (de quien, como dije en una nota al pie al principio de este texto, hablaría).

Conocí su trabajo gracias a Instagram (además de devoto de Metallica, lo soy de la fotografía; un aficionado que le rinde tributo al oficio de vez en cuando, publicándolo en dicha red). Sus retratos en escala de grises hipercercanos de indigentes, a quienes, por ejemplo, invita a comer tras la breve sesión, me asombraron. Ese tema, el de la indigencia, el de la fotografía de personas en situación de calle, me es especialmente familiar e interesante (he incursionado en él tomando prestada, por cierto, una frase de una canción de Metallica para nombrar dicha serie).

Por lo que sí que me entusiasmó durísimo saber que bajo esa óptica los retrataron: las imágenes de Jeffries revelan una degradación, una crudeza de la que no es posible escapar. Supongo que fue la intención antes la inminente vejez de los integrantes de esta banda. Vejez v Adolescencia.

El propio fotógrafo relata en uno de sus posts que se le asignó esta misión cierto día en una llamada que no pensaba contestar (como también hago). Maravilla.

Será bello disfrutar del vinil también porque, ya me vi, giraré a tope la perilla del estéreo que aún tengo (de aquellos años en los que fui niño) para dar paso a la música (dicen que suena mejor en ese formato) y alimentar a ese adolescente que he dejado de ser, pero que pervive en mí, metaleando bien recio.

Tal como Metallica.

Lars Ulrich. Fotografía de Lee Jeffries
Lars Ulrich. Fotografía de Lee Jeffries

[1] Como lo retrata, impecable, Lee Jeffries en esta imagen. Sobre el trabajo del fotógrafo con la banda hablaremos más adelante.

[2] A quien el mismísimo Thomas Lang rinde sus respetos al tocar su versión del sencillo Luz Eterna en este video. Lang habla de la fisicalidad de la canción, concepto que Ulrich ha usado previamente para hablar de la forma en la que se aproxima a sus composiciones.

[3] Y asegura que, de haber vivido en una época previa al rock o al metal, cien años antes, habrían hecho igualmente heavy poetry (poesía pesada). Le robaré el título para un poemario (queda consignado aquí).

[4] Porque no es un buen amigo. Por cierto, la verdad pensé que lo invitarían, en un suceso inusitado, a colaborar en alguna canción, pero me temo que no pasará en este universo.

[5] 😉

[6] 😉


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