¿Te gustó? ¡Comparte!

Nuevo León, 18 de diciembre de 2023 (Neotraba)

Difícil pasar por alto la novela ejemplar de Miguel de Cervantes Saavedra titulada El coloquio de los perros. Si bien El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha es la obra cumbre de el manco de Lepanto, injusto es que otros libros queden rezagados como Los trabajos de Persiles y Segismunda o el coloquio de los canes.

En esta última novela se cuenta la historia de Cipión y Berganza, dos perros guardianes de un hospital en España durante el siglo XVII que una noche, asombrados por el ingenio recién adquirido, deciden dejar su puesto de guardia para platicar con palabras humanas sus pensamientos que rayan en lo filosófico.

Los perros cervantinos no son cualquier can. Pues ellos, creados por la misma inteligencia que describió al loco genial más famoso de la lengua española, guardan entre sus colmillos sabiduría, humor, esoterismo y magia negra. Los perros de raza indefinida inician su conversación explicando al público algunas de las características bondadosas que encarna la figura de los caninos domésticos.

CIPIÓN. Lo que yo he oído alabar y encarecer es nuestra mucha memoria, el agradecimiento y gran fidelidad nuestra; tanto, que nos suelen pintar por símbolo de la amistad; y así, habrás visto (si has mirado en ello) que en las sepulturas de alabastro, donde suelen estar las figuras de los que allí están enterrados, cuando son marido y mujer, ponen entre los dos, a los pies, una figura de perro, en señal que se guardaron en la vida amistad y fidelidad inviolable.

BERGANZA. Bien sé que ha habido perros tan agradecidos que se han arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura. Otros han estado sobre las sepulturas donde estaban enterrados sus señores, sin apartarse de ellas, sin comer, hasta que se les acababa la vida. Sé también que, después del elefante, el perro tiene el primer lugar de parecer que tienen entendimiento; luego, el caballo, y el último, la simia. (Cervantes, 242)

Cipión y Berganza desde un lugar privilegiado, pues precisamente por su condición de perros domésticos tienen acceso a lugares que un ser humano no, describen a la sociedad de su tiempo. Sus palabras son testimonio íntimo de la realidad cotidiana que se vivía en España durante el siglo XVII. Los perros muestran un gran conocimiento de la naturaleza humana pues atestiguan lo que sus amos hacen en privado, cuando creen que nadie los ve[1]. Los lomitos relatan su autobiografía al tiempo que plantean pensamientos de índole filosófico tanto en lo ético, lo político y lo moral.

BERGANZA. A lo que me preguntaste del orden que tenía para entrar con amo, digo que ya tú sabes que la humildad es la base y fundamento de todas las virtudes, y que sin ella no hay alguna que lo sea. Ella allana inconvenientes, vence dificultades, y es un medio que siempre a gloriosos fines nos conduce; de los enemigos hace amigos, templa la cólera de los airados y menoscaba la arrogancia de los soberbios… (Cervantes, 258)

CIPIÓN. Según eso, Berganza, si tú fueras persona, fueras hipócrita, y todas las obras que hicieras fueran aparentes, fingidas y falsas, cubiertas con la capa de la virtud solo porque te alabaran, como todos los hipócritas hacen. (Cervantes, 271)

Pero no crea el lector que El coloquio de los perros es un tratado de filosofía disfrazado de novela. La biografía de Cipión y Berganza es una obra divertida en la que el humor negro va de la mano con situaciones chuscas con ambos perros como protagonistas de sus recuerdos. Como en aquel fragmento en el que uno de los canes decide tomar venganza porque una sirvienta robaba a su amo.

BERGANZA. Digo, pues, que habiendo visto la insolencia, ladrocinio y deshonestidad de los negros, determiné, como buen criado, estorbarlo, por los mejores medios que pudiese; y pude tan bien, que salí con mi intento. Bajaba la negra como has oído, a refocilarse con el negro, fiada en que me enmudecían los pedazos de carne, pan o queso que me arrojaba… ¡Mucho pueden las dádivas, Cipión! (…) finalmente, mi buena intención rompió por las malas dádivas de la negra; a la cual, bajando una noche muy oscura a su acostumbrado pasatiempo, arremetí sin ladrar, porque no se alborotasen los de casa, y en un instante le hice pedazos toda la camisa y le arranqué un pedazo de muslo; burla que fue bastante a tenerla de veras más de ocho días en la cama, fingiendo para con sus amos no sé qué enfermedad. Sanó, volvió otra noche y yo volví a la pelea (…). Nuestras batallas eran a la sorda, de las cuales salía siempre vencedor, y la negra malparada y peor contenta. Pero sus enojos se parecían bien en mi pelo y en mi salud; alzóseme con la ración y los huesos, y los míos poco a poco iban señalando los nudos del espinazo. Con todo esto, aunque me quitaron el comer, no pudieron quitarme el ladrar. (Cervantes, 273)

Los perros ficticios de Cervantes representan la visión de mundo de la metrópoli española cuando el imperio se dilataba en cuatro continentes. Es un retrato de las condiciones de vida que imperaban en la península ibérica. El folklore, la tradición, incluso las alegrías y miedos de la población encuentran eco en la conversación de este par de perros sabios. Para interés del público ejemplificamos con citas la noción de magia negra en la obra cervantina. En El coloquio de los perros, tal como en Los trabajos de Persiles y Segismunda e incluso en el Quijote, se menciona directamente:

BERGANZA. Has de saber, hijo, que en esta villa vivió la más famosa hechicera que hubo en el mundo, a quien llamaron la Camacha de Montilla, fue tan única en su oficio, que las Eritos, las Circes, las Medeas, de quien he oído decir que están las historias llenas, no la igualaron. Ella congelaba las nubes cuando quería, cubriendo con ellas la faz del sol, y cuando se le antojaba, volvía sereno al más turbado cielo; traía los hombres en un instante de lejas tierras; remediaba maravillosamente las doncellas que habían tenido algún descuido en guardar su entereza; cubría a las viudas que con honestidad fuesen deshonestas; descasaba las casadas, y casaba las que ella quería. Por diciembre tenía rosas frescas en su jardín y por enero segaba trigo. Esto de hacer nacer berros en una artesa era lo menos que ella hacía, ni el hacer ver en un espejo, o en la uña de una criatura, los vivos o los muertos que le pedían que mostrase. Tuvo fama que convertía los hombres en animales, y que se había servido de un sacristán seis años, en forma de asno. (Cervantes, 292)

BERGANZA. Una verdad te quiero confesar, Cipión amigo: que me dio gran temor verme encerrado en aquel estrecho aposento con aquella figura delante, la cual te la pintaré como mejor supiere. Ella era larga, de más de siete pies; toda era notomía de huesos, cubiertos con una piel negra, vellosa y curtida; con la barriga, que era de badana, se cubría las partes deshonestas, y aún le colgaba hasta la mitad de los muslos; las tetas semejaban dos vejigas de vaca secas y arrugadas; denegridos los labios, traspillados los dientes, la nariz corva y entablada, desencasados los ojos, la cabeza desgreñada, las mejillas chupadas, angosta la garganta y los pechos sumidos; finalmente, toda era flaca y endemoniada. Púseme despacio a mirarla, y aprisa comenzó a apoderarse de mí el miedo, considerando la mala visión de su cuerpo y la peor ocupación de su alma. Quise morderla, por ver si volvía en sí, y no hallé parte en toda ella que el asco no me lo estorbase; pero, con todo esto, la así de un carcaño y la saqué arrastrando al patio; mas ni por esto dio muestras de tener sentido. (Cervantes, 300)

Alusión o abierta descripción de rituales paganos o satanistas, solo los enterados en las artes oscuras darán una opinión al respecto[2].


[1] Pregunta al lector: ¿Qué diría tu perro si algún día contara todo lo que sabe de ti?

[2] Las similitudes e influencia de El Asno de oro, de Apuleyo, con el tema de magia en la obra cervantina es innegable. Para más información sobre el ritual que menciona el perro Berganza buscar el libro El dios de los brujos, de Margaret A. Murray.


¿Te gustó? ¡Comparte!