Puebla, México, 13 de mayo de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 7 minutos

Con el fotolibro Bosque de signos (2026) de Alejandro Pérez Cervantes (Saltillo, Coah., 1973) asistimos a un esfuerzo de difusión de una obra fotográfica seleccionada y premiada en diversas instancias. Obra que se ha ido construyendo a lo largo del tiempo y que refleja sus obsesiones y preocupaciones expresadas en imágenes poderosas y plenas de significado. Resulta natural entonces que el tomo refiera a un bosque, y esa metáfora nos lleva a la idea de la variedad, de la intertextualidad. Al poner a interactuar lo visual con lo narrativo que se propone en esta obra, se añade complejidad a la realidad y se incorpora la idea de lo múltiple. Su fotografía no es un elemento aislado dentro de su trabajo sino una expresión complementaria a su labor como ensayista, novelista, académico y diseñador gráfico. Esa visión deriva en una preocupación honesta e incesante por temas culturales, sociales, literarios.

Las imágenes del libro invitan a una reflexión pausada. No hablamos de un simple registro fugaz e instantáneo diseñado para el bombardeo visual o las ráfagas de contenido que inundan Instagram o X con el reel o lasmicrohistorias de 15 segundos. Deber haber algo más: el autor invita a una meditación lenta que explore esa luz fosilizada y su cualidad de mármol blanco (y su escala de grises) para luego, engendrar una obra alterna en forma de reflexión y creación. Ahí, en la obra de Pérez Cervantes, es donde la cámara se convierte en ese “ojo en la cabeza de un poeta” del que hablaba Orson Welles. Entonces, el fotógrafo debe señalar todo aquello que el tedio le arrebató a la mirada: por costumbre, por indiferencia, por cansancio. De alguna forma, se trata de un proceso de “desnaturalización” en donde la imagen recupera ese efecto de sorpresa o desconcierto en el espectador. La imagen se renueva. Pienso entonces en esa frase que ya es un lugar común (pero también una verdad): podemos ver algo mil veces, verlo una vez más supone contemplarlo por vez primera.

Alejandro Pérez Cervantes. Fotografía tomada de su cuenta de FB sin su permiso
Alejandro Pérez Cervantes. Fotografía tomada de su cuenta de FB sin su permiso

Bosque de signos responde a una necesidad de diálogo entre la imagen y la palabra, entre lo narrativo y lo visual, entre lo simultáneo de la imagen (en donde todo sucede a un tiempo) y la linealidad de la narración escrita. Pérez Cervantes propone una imagen y sugiere a amigos a dar una interpretación literaria sobre la misma. Pensamos en la fotografía, su invitación a la reflexión y en su equivalente verbal, en sus provocaciones, en la emergencia de su inspiración. Exhorta a que cada imagen sea un estímulo hacia la expresión literaria: puede ser un cuento, un poema, un ensayo. El fotógrafo sabe que cada evento artístico no puede permanecer aislado ni existir de manera autónoma sino dentro de un contexto que lo crea, una conversación cultural que la expande o delimita; o bien, un conjunto de influencias, de versiones, de di-versiones, de bifurcaciones variadas. Tal vez de ahí venga su preocupación del autor por la intertextualidad: la noción de que cada obra deriva de otra y, a su vez, inspira una genealogía de expresiones distintas. Todo está interconectado, todo existe como referencia de algo más. El gran mérito de la fotografía es generar conversación alrededor de la misma: motiva un discurso cultural que la enriquece, que le aporta contexto, espacio de difusión y de diálogo.

Hay una metáfora de Esther Seligson que recuerdo como fosilizada en este verso: “La mirada, al estallar, se hace palabra”. El fotolibro obedece a esa premisa: hacer una traducción que reconstruya y traslade lo que la mirada inventa al reposar en la imagen. Cuando pienso en esa traducción imagino un trémolo de ideas que giran en torno a la vista, por ejemplo, de una cancha de soccer en su lejana perspectiva de polvo y nube que le da a la imagen un aire de ensoñación en donde los jugadores parecen disputar un partido en otro planeta: el paisaje de rocas y regolito, de arena lunar que se levanta en el vértigo de ese encuentro. Una perspectiva que da a los jugadores la apariencia de figuras de acción de juguete que acomoda aleatoriamente un niño en sus tardes de juegos; de maqueta arquitectónica en donde la cámara implacable persigue la inteligencia de los participantes, sus pausas, su rigor y sus esfuerzos, y luego la devuelve en una síntesis que la fija en una visión que la quiere presumir eterna.

El fotolibro de Pérez Cervantes también refleja una preocupación social y ética con respecto a la migración, la malandanza del viajero que cruza la frontera y experimenta los trabajos en el destierro. El mismo autor (migrante en algún momento), a través de su arte, realiza una invocación emocional y sensible hacia los músicos callejeros a quienes ha retratado en sus periplos cruzando la frontera. Su intención también es documental: las jornadas de sol a sol de los artistas en una ciudad ajena y distante a la querencia, la soledad del viajero impuesta por la distancia emocional con el entorno, el notorio contraste entre la urbe fría e impersonal: de edificios altos y brutales contra la cálida ensoñación humana que nos obliga a cruzar fronteras, tanto físicas, como espirituales. Los paisajes pueden ser neutrales e impasibles, la humanidad del viajante le restituye al paisaje la respiración de un tiempo personal que puede notarse en las imágenes.

Esos músicos itinerantes, que retrata en su fotolibro, parecen salir de un paisaje de arenas yermas, de un entresueño de montañas desérticas y valles en donde el sol no da tregua y la sucesión de los días solo les deja callosidades en las manos y manchas de nicotina en los dedos. Los músicos son emisarios, vates (en el sentido de adivinos), payadores que se aparecen como una visión etérea que, en parte implora la invisibilidad y en parte requiere la atención a una música que nace del aire de las vivencias y la conversación con un mundo hostil y despiadado que no quiere darnos respuestas. Se presentan en las cantinas, en las fiestas, en los funerales, donde, con respeto y humildad, solicitan el permiso del respetable para narrar lo que solo puede decirse con música: la tristeza de la ausencia, la soledad de quién anhela, el reproche a la malqueriente, el luto por el que fallece. Su presencia parece sugerirnos algo que, de seguro, hubiera dicho o pensado Kafka: “Le ruego me considere un fantasma”.

El fotolibro nos interpela como la ensoñación de la palabra cuando responde a esa mirada que estalla. Habrá otros temas en su recorrido como fotógrafo: un relato visual del viacrucis en el Barrio Ojo de Agua de Saltillo, con sus contrastes entre la tradición y la modernidad; los espacios del abandono en las calles y sus umbrales, y los recorridos en su arquitectura; los perros callejeros que parecen salir de la niebla y que la ciudad engendra como por generación espontánea; los procesos de la migración y sus épicas humildes, por desconocidas, por cotidianas; su acercamiento a la lucha libre, con sus epopeyas y mitologías populares. El fotolibro nos forzará a contar nuestras propias historias en un intercambio de sensibilidades, ya sea como lectores o como escritores porque, al final, el propósito de todo arte es engendrar valores que no existían antes y proponer una conversación constantemente renovada.


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