Ciudad de México, 7 de mayo 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 6 minutos

Hicimos de los ojos una especie de espejos vueltos

hacia dentro, con el resultado, muchas veces, de que

acaban mostrando sin reserva lo que estábamos tratando

de negar con la boca.

José Saramago

I

Sicalíptica, diría, Adelina lanza una mirada de negro estupor sobre mi cuerpo. “La vista es muy natural”, reza el refrán. Pero en verdad, Adelina no me mira: sus ojos atraviesan un fortín de fantasmas hasta chocar con los contornos insumisos de no sé qué objetos en proceso de apagarse. Porque Adelina piensa con los ojos, aunque lo duden. Sus pensamientos son más bien presentimientos sobre las formas difusas del entorno, tacto de lo no justificado, presencia que se alarga hasta palpar el horizonte: todo concluye en un vacío que ansía ser llenado por cuanto sus ojos nombren sin nombrarlo. La oscuridad es un gozo que pocos silabean. La negra Ade mira lo que otros no ven con tantos ojos: el mundo que se desmorona en visiones apocalípticas y formas huidizas sin constituir a ciencia cierta ningún mal en específico sino su representación más densa y sombría: el miedo inexplicable. El miedo no tiene más connotación que el miedo mismo ya próximo a caer en materia mundana de infortunio, pero sin precipitarse del todo. El ojo es lejanía, tendencia de infinito. De acuerdo a las manifestaciones sórdidas, tanatófilas, carentes de vocación humana, del mundo actual, prácticamente todo trabaja en pro del temor y la desesperanza, pero no desde los ojos velados de Adelina. En su expresión, en su semblante, no se denotan los mínimos rasgos de amargura. Se diría que es feliz, pese a la oscuridad que hoya su vida.

Mientras la observo en silencio –creo mirarla– la exhalación de un abarcador ente luminoso flota en el ambiente. Porque la contemplación siempre es recíproca: miras y a la vez eres mirado por el espejo que acabas de crear con tu gesto lleno de tanto Dios como te fue posible.

A lo lejos se escucha el sonido cuasi hiriente de los fuegos pirotécnicos [en esta ocasión dedicados a san Judas Tadeo] que siempre me provocan ansiedad y sobresalto. Me marcho a mi rincón íntimo a protegerme de su onda ofensiva.

Adelina tararea una tonadilla de antigua prosapia que se pierde en mis oídos apagándose.

II

¿Estará Adelina –igual que ‘doña Blanca’– cubierta de pilares de oro y plata? Si es así, quiero romper esos pilares para mirar a Adelina, a la verdadera Ade, sentada sobre sus glúteos de negra luminosa aunque sin luz. Esta mujer es la reina del sentido común: le preguntan y su contestación borda en filigrana los enigmas y avatares de la realidad. Sus elucidaciones son exactas. No mira, mas su elocuencia es un camino sin posibilidades de tropiezo, y es cuando sus ojos velados irremediablemente para siempre se vuelven extremidades que remontan cualquier obstáculo posible (destellos constelados de su vislumbre inalcanzable) por la contundencia de su simplicidad.

Igual que las más diestras adivinas pareciera tener una infalible [inflable] bola de cristal que todo lo sabe o deduce. La verdad fluye de su boca como torrente de agua viva buscando el cauce más propicio. Todo se reduce a su voz ¿despectiva? nombrando por enésima vez todo lo que flota envilecido de sustancia humana sobre la superficie de las aguas.

Como un ‘noúmeno’ bioycasareano sus ojos –que no ven– hurgan entraña adentro: “porque el mundo acontece a contracorriente de la simulación: característica inequívoca del comportamiento humano promedio”. La panorámica interior se va ensombreciendo a medida que aquella ‘no mirada’ ensimismada transita la soledad enfermiza del mundo real, que para Adelina es percibida tan solo por sus cuatro sentidos sensibilizados a su máxima función posible. “Lo real prescindible ocurre afuera, la realidad que importa vive en ti sin mostrarse hasta que un soplo de azar divino la convierte en luz y aparece la burbuja de iluminación que desde antes de los tiempos estaba destinada sólo a ti. Tal burbuja es tu destino inapagable. Cuando encuentres tu burbuja de fe propiciatoria no importarán ya las demás señales de tus sentidos atrofiados por la falsedad del mundo exterior. Tú no consigues o alcanzas los signos fundamentales de tu vida, ellos te encuentran, aún a pesar de ti”.

III

¡Háblame, Adelina bocadeprofeta!

¡Invócame y convócame, Adelina bocadeperrofiel, vistadelinceciego!

Háblame desde tu iluminante oscuridad.

Acaríciame, Adelina, con tus cálidas manos de maga.

Que tu voz acompañe mis pasos de can perdiguero con su aliento magnífico.

Háblame desde tu ceguera para que mis ojos y olfato descubran la señal más propicia.

Hoy Adelina parece triste y cabizbaja. Desde que amaneció es muy claro que algo le incomoda. Yo sé que ella no entiende bien a bien mis muestras de cariño. Pero me acerco y poso mi cabeza entre sus muslos. Ella me acaricia al desgaire y continúa pensando –como siempre– en voz alta. Pensar de ese modo es algo así como imprimir en su mente la panorámica de realidad (sonora en este caso) que –por defecto– sus ojos no realizan. Supongo que el sonido de su voz rebotando en los muros le concede sentido de ubicación a sus cuatros sentidos restantes.

Estoy seguro que Ade ni se imagina que escucho y dilucido cada una de esas expresiones según ella lanzadas al vacío: “yo estoy igual que siempre, entre sombras y objetos acechantes que aunque no veo pueblan mi soledad. Me siento un poco rara. Algo que por ahora no reconozco, flota en el ambiente. A lo mejor es tanta violencia local sumada al caos que los gringos andan regando por el mundo. No tienen llenadera. Qué corazón se debería tener para bombardear una escuela llena de infantes. Yo, que trato de ser tan positiva: esas cosas sí me deprimen. Es imposible soslayar el dolor –y el olor a sangre podrida– de la guerra que a quienes más afecta es a los menos favorecidos. Para los ricos la huida es fácil, en cambio, los pobres tienen que quedarse a justificar y a sufrir tanto dolor que no pidieron y arbitrariamente les fue sembrado en las entrañas”.

‘Desde Caín somos carne de dolor. La saña humana ha existido siempre’ –le habría contestado a Ade si pudiera entender mis gruñidos–. ‘Quizá menos sangre cercana, pero los gringos siempre han derramado maldad y soberbia por todos lados’.

–¿Qué quién soy? ¿No lo deducen? Soy ‘Nano’, el perro-guía de la negra Adelina.

Por un instante el eco de esos muros apagados retorna a las cuerdas bucales de Adelina. Mi voz, de pronto, sorpresivamente, toma configuración humana. Mis pupilas de perro lazarillo se montan en sus ojos; y hay claridad al fin en aquel manantial de oscuridad que antes eran los ojos de Adelina. Y somos en aquel fugaz instante un solo cuerpo, una sola presencia indisoluble y placentera: igual que la belleza, breve, pero eterna.


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